México, Distrito Federal I Enero-Febrero 2007 I Año 1 I Número 6

 








 


 

Lillian von der Walde Moheno. Dra. en Literatura Hispánica por El Colegio de México.Profesora-Investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa. Codirectora de la revista Medievalia. Directora de la revista Signos Literarios. Corresponsable del Fondo Ruiz de Alarcón de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Secretaria de la Asociación de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 2.Ha publicado cuatro libros propios y diesciseis en coedición, así como 51 artículos especializados.  

 

 

 

Nuestra disciplina se sustenta en un algo que roza la pasión, que no sólo vuelve placentero el tiempo de trabajo, sino que llena de sentido una parte importante de la propia vida. Y es porque concebimos nuestra profesión como una labor trascendente y gozosa, por lo que un grupo de medievalistas nos unimos hace 17 años para conformar lo que hoy es uno de los proyectos interdisciplinarios más notables en el ámbito académico: Medievalia. Una preocupación de este proyecto de medievalistas es, además de la rigurosa investigación académica, la formación de alumnos de licenciatura, maestría y doctorado; para apoyar este último propósito se planteó la colección editorial Manuales de Medievalia, que en su tercera entrega pone a disposición del público en general una Introducción a la cultura medieval (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2005, 252 pp.), que es libro editado por Aurelio González y María Teresa Miaja de la Peña.

El volumen reúne veinte ensayos, que son fruto de la laboriosa dedicación a lo largo de los años, en ciertas parcelas del conocimiento, de los especialistas que los escriben; de allí la consistencia, la confiabilidad y la exactitud de la mayoría de los capítulos. Además, contiene una extensa cantidad de temas que cubren en buena medida los aspectos más significativos de aquellos tiempos antiguos medievales que nos fundamentan. Se divide en tres grandes rubros. El primero, con nueve trabajos, abre con la explicación de Antonio Rubial de lo que fueron las instituciones medievales: la feudalidad (sociedad feudal, que se define a partir de las relaciones económicas, y Feudalismo, a partir de las jurídicas); la sociedad urbana, el municipio (con sus centros artesanales y otras actividades comerciales); la Iglesia y las concepciones religiosas. Sigue el ensayo de Laurette Godinas, en el que la investigadora expone dos sistemas de pensamientos fundamentales en la Edad Media: el neoplatonismo cristiano, con Agustín y el pseudo-Dionisio a la cabeza, y el aristotelismo (Avicena, Averroes y, obviamente, Alberto Magno y Tomás de Aquino, autores que lo lógicamente conducen a Godinas a hacer un comentario sobre la universidad medieval). Ernesto Priani Saisó aborda el tema de la magia que, como indica, está en realidad constituida por varias prácticas distintas que tienen como finalidad, en última instancia, “la lucha contra la dispersión del tiempo y de la materia” y la búsqueda de la unidad. La clerecía es el tema que desarrolla Alejandro Higashi. Nos informa del devenir del oficio: desde el poco prestigio intelectual del clérigo hasta convertirse en factor decisivo en la formación intelectual de los grupos dirigentes civiles; el investigador se detiene en el estudio de la clerecía de la península Ibérica, hecho que da pie al tratamiento de su llamado “mester” en el siglo XIII y de la estrofa en cuaderna vía. Otro grupo importantísimo del Medioevo lo constituyen los caballeros, objeto del capítulo de Axayácatl Campos Rojas. Él explica la evolución de la caballería medieval, sus actividades y ritos. Determina la existencia de tres tipos de caballeros cortesanos: los de órdenes militares, los caballeros cubiertos y los caballeros andantes ―que nutrieron la imaginación de los creadores de novelas de caballerías (tema éste que también se acomete). Algunas de la corrientes amorosas sensuales que se dieron en la Edad Media conforman mi capítulo “El amor”, en el que doy cuenta de las enfoques goliardescos, de corte ovidiano y, como habría que esperar, de los que provienen de ese sistema llamado “amor cortés”. En el ensayo que sigue estudio a la mujer, pero desde otra perspectiva: la oficial (tratados religiosos y didácticos, científicos y códigos legales). Me centro, en particular, en la explicación sobre cómo se conceptuaban ciertos elementos propiamente femeninos: su inteligencia (que obliga a hablar del alma), así como su aparato reproductivo y su sexualidad. En su ensayo, Aurelio González da detallada cuenta de las comidas, fiestas e indumentaria medievales. Comenta las diferencias sociales y geográficas; con base en éstas, aclara qué se comía, cómo se conservaba, qué se preparaba, etc. En su siguiente apartado, explica las festividades más importantes de la Edad Media bajo dos categorías: las populares y las cortesanas (incluye en esta última, los modos de diversión nobiliarios). En cuanto a la indumentaria, Aurelio González presenta los atavíos de los pobres y los ricos, prenda por prenda. Cierra la sección con un trabajo, a cargo de Guadalupe Avilez Moreno, sobre uno de los principales fenómenos estéticos del Medioevo: el Románico. Puntualiza sus características y objetivos, así como el porqué de su creación, expansión y desarrollo; se detiene en el estudio del Románico en España: su impulso y obras arquitectónicas más representativas.

La segunda sección da tratamiento a las lenguas y literaturas romances. En el primer tema, a cargo de Concepción Company, la investigadora expone la fragmentación lingüística, los tipos de variación que se dan en la lengua y la documentación más antigua que revela el empleo de las lenguas romances; clarifica, en un siguiente apartado, las características del método comparativo, para llegar, así, a las clasificaciones o agrupaciones de las lenguas romances; dedica un último apartado a los cambios lingüísticos compartidos. A continuación Rosalba Lendo Fuentes muestra el desenvolvimiento de la literatura francesa en lenguas romances en el tiempo, mediante la especificación de las particularidades de los diversos géneros literarios; se detiene en un autor cumbre y en uno de sus romans más significativos: Chrétien de Troyes, Le Chevalier de la Charrete. La literatura italiana en el Medioevo es materia de exposición de Mariapia Lamberti. La investigadora detalla las primeras muestras literarias de las que se tiene conocimiento, la poética de la escuela siciliana, las características y grandes personalidades de la escuela toscana-boloñesa y el importantísmo Dolce stil novo. Dedica sendos apartados ―no faltaba más― a los tres grandes de Italia (Dante, Petrarca y Boccaccio), y uno más a aquellos escritores que, en virtud de la trascendencia de los tres mencionados, han permanecido un tanto a la sombra. Claudia Lucotti se encarga de la historia de la literatura inglesa de la Edad Media. Parte de las primeras manifestaciones anglosajonas conocidas; explica, pues, los cantares heroicos y cristianos, la poesía elegíaca hasta llegar a la prosa de los siglos IX y XI (“A comienzos del [...] XII la prosa anglosajona es sustituida en términos generales por el latín o el francés”). Continúa con la literatura en inglés medio con base en los géneros más representativos de la poesía, el teatro y la prosa; como era de esperarse, en el rubro de la poesía, dedica especial atención a Geoffrey Chaucer y sus célebres The Canterbury Tales. En cuanto a la literatura alemana, dos son los temas que aborda Elisabeth Siefer; por un lado, el Cantar de los Nibelungos y, por otro, un poema épico casi sin explorar también de comienzos del siglo XIII: Gudrun.

La tercera sección del libro se dedica a diversos géneros literarios de España y, dentro de éstos, se da cuenta de dos de las obras maestras hispánicas medievales: el Poema de mio Cid y el Libro de buen amor, a cargo de José Antonio Muciño Ruiz y María Teresa Miaja de la Peña, respectivamente. El Poema de mio Cid es explicado mediante la hermenéutica literaria, que debe entenderse, dice Muciño, como “la construcción de un saber literario que permita fundamentar nuestra experiencia literaria”. Así explora, en la obra, la lengua poética, la poética (en la hermenéutica, la idea que cada grupo social tiene de la poesía), su valoración (el efecto comunicativo; la recepción), la visión del mundo implícita en el texto, así como el problema del ser y del saber que en éste se observa (forma de conocimiento mediante el mito). Por su parte, María Teresa Miaja expone los problemas genéricos y autoriales del Libro de buen amor; examina sus fuentes y el propósito de la obra bajo la perspectiva del empleo de una poética de múltiple faz; se detiene en la estructura y aborda un tema al que es particularmente proclive: los muchos y diversos personajes femeninos. La lírica popular en la España medieval es materia descrita por Mariana Masera, quien inicia el capítulo con la definición del concepto “poesía popular”; continúa con la lírica más antigua que se conoce en lengua romance alguna: las jarchas (su inserción dentro de las muwashahas, personajes, temas, etc.). A este apartado le sigue otro en el que se explica un nutrido género medieval: las cantigas galaico-portuguesas, en especial las de amigo. Finalmente, la investigadora detalla las características de la última de las tradiciones populares de la Edad Media: los villancicos castellanos, que son estrofas semánticamente autónomas de dos a cuatro versos en promedio. Dos capítulos se consagran a los relatos breves medievales; uno a cargo de Carmen Elena Armijo, y otro, al de Graciela Cándano Fierro, quien explica el género conocido como “colecciones de exempla” del siglo XIII. Armijo señala las denominaciones de lo que ahora llamamos simplemente “cuento”, comenta las representaciones hispanas de textos orientales, el exemplum homilético y el cuento folclórico; en su último apartado, trata tres de los libros con inclusión de relatos breves, más significativos del Medioevo hispano: el Libro de buen amor, el Caballero Zifar y el Conde Lucanor; asimismo, destina unas palabras a otro escritor notable: Alfonso Martínez de Toledo, en su Arcipreste de Talavera o Corbacho. Cándano Fierro, por su parte, expone el florecimiento cultural del siglo XIII y sus objetivos didácticos doctrinarios en los que se inscriben las peculiares “colecciones de exempla”, cuya estructura (que posibilita la inserción de relatos) explica con detalle en las obras representativas del género. También brinda una definición del exemplum y determina los atributos que comparten todos los relatos que caen dentro de este concepto: la univocidad, además de ser breves, didácticos y carismáticos. El volumen concluye con “Libros de viajes, de caballerías y novelas caballerescas”, capítulo elaborado por María José Rodilla en el que con detenimiento se analizan estos dos géneros. De los polifacéticos libros de viajes se explican sus temas, sus descripciones, los recursos empleados, la recepción de éstos, así como las obras más importantes de notorios viajeros (aunque quizá alguno, Mandavila, haya hecho el viaje sólo con la imaginación y sin salir de la biblioteca). En un segundo apartado la investigadora presenta los ciclos a los que pertenecían los romans, para enfocar su atención en la materia caballeresca: los libros de caballerías, el héroe y las narraciones autóctonas (Zifar y Amadís). Concluye su capítulo con la incidencia de esta materia literaria en la vida de la sociedad coetánea.

No quiero concluir sin reiterar que el libro posee un indudable valor. Escrito por los especialistas, posee la virtud de ser a la vez fiable, y de fácil y entretenida lectura. Mi enhorabuena, pues, a los autores, así como a los editores que conjuntaron y cuidaron los trabajos, y mi reconocimiento al Proyecto que lo hizo posible, Medievalia, que se ha erigido no sólo como el mayor promotor de los estudios en este campo, sino también como difusor de la cultura de esos tiempos antiguos que tanto apasionan.

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