Nuestra
disciplina se sustenta en un algo que roza la pasión, que no
sólo vuelve placentero el tiempo de trabajo, sino que llena de
sentido una parte importante de la propia vida. Y es porque
concebimos nuestra profesión como una labor trascendente y
gozosa, por lo que un grupo de medievalistas nos unimos hace 17
años para conformar lo que hoy es uno de los proyectos
interdisciplinarios más notables en el ámbito académico:
Medievalia. Una preocupación de este
proyecto de medievalistas es, además de la rigurosa
investigación académica, la formación de alumnos de licenciatura,
maestría y doctorado; para apoyar este último propósito se
planteó la colección editorial Manuales de Medievalia,
que en su tercera entrega pone a disposición del público en
general una Introducción a la cultura medieval
(México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2005, 252
pp.), que es libro editado por Aurelio González y María Teresa
Miaja de la Peña.
El volumen
reúne veinte ensayos, que son fruto de la laboriosa dedicación a
lo largo de los años, en ciertas parcelas del conocimiento, de
los especialistas que los escriben; de allí la consistencia, la
confiabilidad y la exactitud de la mayoría de los capítulos.
Además, contiene una extensa cantidad de temas que cubren en
buena medida los aspectos más significativos de aquellos tiempos
antiguos medievales que nos fundamentan. Se divide en tres
grandes rubros. El primero, con nueve trabajos, abre con la
explicación de Antonio Rubial de lo que fueron las instituciones
medievales: la feudalidad (sociedad feudal, que se define a
partir de las relaciones económicas, y Feudalismo, a partir de
las jurídicas); la sociedad urbana, el municipio (con sus
centros artesanales y otras actividades comerciales); la Iglesia
y las concepciones religiosas. Sigue el ensayo de Laurette
Godinas, en el que la investigadora expone dos sistemas de
pensamientos fundamentales en la Edad Media: el neoplatonismo
cristiano, con Agustín y el pseudo-Dionisio a la cabeza, y el
aristotelismo (Avicena, Averroes y, obviamente, Alberto Magno y
Tomás de Aquino, autores que lo lógicamente conducen a Godinas a
hacer un comentario sobre la universidad medieval). Ernesto
Priani Saisó aborda el tema de la magia que, como indica, está
en realidad constituida por varias prácticas distintas que
tienen como finalidad, en última instancia, “la lucha contra la
dispersión del tiempo y de la materia” y la búsqueda de la
unidad. La clerecía es el tema que desarrolla Alejandro Higashi.
Nos informa del devenir del oficio: desde el poco prestigio
intelectual del clérigo hasta convertirse en factor decisivo en
la formación intelectual de los grupos dirigentes civiles; el
investigador se detiene en el estudio de la clerecía de la
península Ibérica, hecho que da pie al tratamiento de su llamado
“mester” en el siglo XIII y de la estrofa en cuaderna vía. Otro
grupo importantísimo del Medioevo lo constituyen los caballeros,
objeto del capítulo de Axayácatl Campos Rojas. Él explica la
evolución de la caballería medieval, sus actividades y ritos.
Determina la existencia de tres tipos de caballeros cortesanos:
los de órdenes militares, los caballeros cubiertos y los
caballeros andantes ―que nutrieron la imaginación de los
creadores de novelas de caballerías (tema éste que también se
acomete). Algunas de la corrientes amorosas sensuales que se
dieron en la Edad Media conforman mi capítulo “El amor”, en el
que doy cuenta de las enfoques goliardescos, de corte ovidiano
y, como habría que esperar, de los que provienen de ese sistema
llamado “amor cortés”. En el ensayo que sigue estudio a la mujer,
pero desde otra perspectiva: la oficial (tratados religiosos y
didácticos, científicos y códigos legales). Me centro, en
particular, en la explicación sobre cómo se conceptuaban ciertos
elementos propiamente femeninos: su inteligencia (que obliga a
hablar del alma), así como su aparato reproductivo y su
sexualidad. En su ensayo, Aurelio González da detallada cuenta
de las comidas, fiestas e indumentaria medievales. Comenta las
diferencias sociales y geográficas; con base en éstas, aclara
qué se comía, cómo se conservaba, qué se preparaba, etc. En su
siguiente apartado, explica las festividades más importantes de
la Edad Media bajo dos categorías: las populares y las
cortesanas (incluye en esta última, los modos de diversión
nobiliarios). En cuanto a la indumentaria, Aurelio González
presenta los atavíos de los pobres y los ricos, prenda por
prenda. Cierra la sección con un trabajo, a cargo de Guadalupe
Avilez Moreno, sobre uno de los principales fenómenos estéticos
del Medioevo: el Románico. Puntualiza sus características y
objetivos, así como el porqué de su creación, expansión y
desarrollo; se detiene en el estudio del Románico en España: su
impulso y obras arquitectónicas más representativas.
La segunda
sección da tratamiento a las lenguas y literaturas romances. En
el primer tema, a cargo de Concepción Company, la investigadora
expone la fragmentación lingüística, los tipos de variación que
se dan en la lengua y la documentación más antigua que revela el
empleo de las lenguas romances; clarifica, en un siguiente
apartado, las características del método comparativo, para
llegar, así, a las clasificaciones o agrupaciones de las lenguas
romances; dedica un último apartado a los cambios lingüísticos
compartidos. A continuación Rosalba Lendo Fuentes muestra el
desenvolvimiento de la literatura francesa en lenguas romances
en el tiempo, mediante la especificación de las particularidades
de los diversos géneros literarios; se detiene en un autor
cumbre y en uno de sus romans más significativos:
Chrétien de Troyes, Le Chevalier de la Charrete. La
literatura italiana en el Medioevo es materia de exposición de
Mariapia Lamberti. La investigadora detalla las primeras
muestras literarias de las que se tiene conocimiento, la poética
de la escuela siciliana, las características y grandes
personalidades de la escuela toscana-boloñesa y el importantísmo
Dolce stil novo. Dedica sendos apartados ―no faltaba más―
a los tres grandes de Italia (Dante, Petrarca y Boccaccio), y
uno más a aquellos escritores que, en virtud de la trascendencia
de los tres mencionados, han permanecido un tanto a la sombra.
Claudia Lucotti se encarga de la historia de la literatura
inglesa de la Edad Media. Parte de las primeras manifestaciones
anglosajonas conocidas; explica, pues, los cantares heroicos y
cristianos, la poesía elegíaca hasta llegar a la prosa de los
siglos IX y XI (“A comienzos del [...] XII la prosa anglosajona
es sustituida en términos generales por el latín o el francés”).
Continúa con la literatura en inglés medio con base en los
géneros más representativos de la poesía, el teatro y la prosa;
como era de esperarse, en el rubro de la poesía, dedica especial
atención a Geoffrey Chaucer y sus célebres The Canterbury
Tales. En cuanto a la literatura alemana, dos son los temas
que aborda Elisabeth Siefer; por un lado, el Cantar de los
Nibelungos y, por otro, un poema épico casi sin explorar
también de comienzos del siglo XIII: Gudrun.
La tercera
sección del libro se dedica a diversos géneros literarios de
España y, dentro de éstos, se da cuenta de dos de las obras
maestras hispánicas medievales: el Poema de mio Cid y el
Libro de buen amor, a cargo de José Antonio Muciño Ruiz y
María Teresa Miaja de la Peña, respectivamente. El Poema de
mio Cid es explicado mediante la hermenéutica literaria, que
debe entenderse, dice Muciño, como “la construcción de un saber
literario que permita fundamentar nuestra experiencia literaria”.
Así explora, en la obra, la lengua poética, la poética (en la
hermenéutica, la idea que cada grupo social tiene de la poesía),
su valoración (el efecto comunicativo; la recepción), la visión
del mundo implícita en el texto, así como el problema del ser y
del saber que en éste se observa (forma de conocimiento mediante
el mito). Por su parte, María Teresa Miaja expone los problemas
genéricos y autoriales del Libro de buen amor; examina
sus fuentes y el propósito de la obra bajo la perspectiva del
empleo de una poética de múltiple faz; se detiene en la
estructura y aborda un tema al que es particularmente proclive:
los muchos y diversos personajes femeninos. La lírica popular en
la España medieval es materia descrita por Mariana Masera, quien
inicia el capítulo con la definición del concepto “poesía
popular”; continúa con la lírica más antigua que se conoce en
lengua romance alguna: las jarchas (su inserción dentro de las
muwashahas, personajes, temas, etc.). A este apartado le
sigue otro en el que se explica un nutrido género medieval: las
cantigas galaico-portuguesas, en especial las de amigo.
Finalmente, la investigadora detalla las características de la
última de las tradiciones populares de la Edad Media: los
villancicos castellanos, que son estrofas semánticamente
autónomas de dos a cuatro versos en promedio. Dos capítulos se
consagran a los relatos breves medievales; uno a cargo de Carmen
Elena Armijo, y otro, al de Graciela Cándano Fierro, quien
explica el género conocido como “colecciones de exempla”
del siglo XIII. Armijo señala las denominaciones de lo que ahora
llamamos simplemente “cuento”, comenta las representaciones
hispanas de textos orientales, el exemplum homilético y
el cuento folclórico; en su último apartado, trata tres de los
libros con inclusión de relatos breves, más significativos del
Medioevo hispano: el Libro de buen amor, el Caballero
Zifar y el Conde Lucanor; asimismo, destina unas
palabras a otro escritor notable: Alfonso Martínez de Toledo, en
su Arcipreste de Talavera o Corbacho. Cándano
Fierro, por su parte, expone el florecimiento cultural del siglo
XIII y sus objetivos didácticos doctrinarios en los que se
inscriben las peculiares “colecciones de exempla”, cuya
estructura (que posibilita la inserción de relatos) explica con
detalle en las obras representativas del género. También brinda
una definición del exemplum y determina los atributos que
comparten todos los relatos que caen dentro de este concepto: la
univocidad, además de ser breves, didácticos y carismáticos. El
volumen concluye con “Libros de viajes, de caballerías y novelas
caballerescas”, capítulo elaborado por María José Rodilla en el
que con detenimiento se analizan estos dos géneros. De los
polifacéticos libros de viajes se explican sus temas, sus
descripciones, los recursos empleados, la recepción de éstos,
así como las obras más importantes de notorios viajeros (aunque
quizá alguno, Mandavila, haya hecho el viaje sólo con la
imaginación y sin salir de la biblioteca). En un segundo
apartado la investigadora presenta los ciclos a los que
pertenecían los romans, para enfocar su atención en la
materia caballeresca: los libros de caballerías, el héroe y las
narraciones autóctonas (Zifar y Amadís). Concluye
su capítulo con la incidencia de esta materia literaria en la
vida de la sociedad coetánea.
No quiero concluir
sin reiterar que el libro posee un indudable valor. Escrito por
los especialistas, posee la virtud de ser a la vez fiable, y de
fácil y entretenida lectura. Mi enhorabuena, pues, a los autores,
así como a los editores que conjuntaron y cuidaron los trabajos,
y mi reconocimiento al Proyecto que lo hizo posible, Medievalia,
que se ha erigido no sólo como el mayor promotor de los estudios
en este campo, sino también como difusor de la cultura de esos
tiempos antiguos que tanto apasionan.