México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









 

Agustín Toro Solís Ovando.Chileno, ingeniero Comercial con menciones de Economía y administración de Empresas titulado por la Universidad de Concepción.Ex Académico de la facultad de Leyes de la Universidad Católica y Santa María, ex sede Universidad Católica Talcahuano; Universidad Metropolitana de la Educación, Ex Pedagógico de la Universidad de Chile. Perito Contable financiero Corte de Apelaciones. Experto en Evaluaciones Ex-post.Colaboraciones en: El- Recreo.com y Crítica. cl

 

Después de que salió del cóctel en la Sociedad de escritores que, al final no resultó ser tan malo y aburrido como él lo había supuesto durante el fin de semana, Esteban Moreno, por primera vez, se reconoció explícitamente así mismo el desasosiego que siempre le había causado pensar en las consecuencias que traerían sus cáusticas críticas. Inicialmente, creyó que su misión era rescatar la excelencia literaria de los escritos y fue generalmente muy drástico, hasta cruel a veces. Sintió estremecimientos al recordar a ese anciano escritor quien hace unos años atrás le recriminó en su cara el hecho de haberle hecho perder la ilusión de su vida que era escribir ¿Qué necesidad tuvo de ser tan hiriente y sarcástico con él? Todavía no se lo explicaba bien. No pudo hacer sido su seudo mesiánica misión de salvar a la literatura de la mediocridad sino fueron algunos aspectos inconscientes, ocultos para él, pero claros a la hora de pensar ecuánimemente en ellos.

El siempre quiso ser escritor pero su afán perfeccionista lo impidió, al no poder terminar nunca una obra, pues la cambiaba y cambiaba. No era un Göethe para estar sesenta años escribiendo un libro, él solo era Julio Moreno, un joven provinciano que había venido a conquistar la gloria literaria en la capital, cosa que hizo pero por otro derrotero, quizá no tan gratificante pero sí más lucrativo y cómodo. El juzgaba y podía levantar como hundir a un escritor pues su periódico tenía bastante influencia en el ámbito literario y nacional.

Era fines de septiembre y aún se mantenían las altas temperaturas de la calurosa temporada estival. No había viento que moviese las nubes ni las hojas de los árboles, pero el ventarrón de pensamientos en su mente no tenía sosiego, pasando de una imagen a otra, de un tema a otro. Como había descubierto en la Sociedad de Escritores su preocupación era la vida del hombre detrás del artista, aquél que vive, come, sufre, se alegra y finalmente muere, como todos, pero que en su fuero íntimo hubiese deseado haberlo hecho con un público reconocimiento hacia su obra. No obstante, él se había acostumbrado a tratar sólo con relatos de vidas, con historias de la vida, impresas, pero no vividas. Todo un mundo inanimado, objetivado. Inconscientemente había al borrado al hombre de su mente, pues él sufrió durante largo tiempo por la opinión ajena. En ese entonces estaba convencido de que no importaba como te consideraras a ti mismo sino el cómo te veían los demás. ¡Era la competencia en su máxima expresión.

Por suerte no había entregado aún las criticas y pensó en releer los libros y realizar otras criticas que a lo mejor resultarían muy similares a las primeras, pero esta vez sin sarcasmos e indicando dónde se debía mejorar. ¡Estaba contento, deseoso de ponerse a trabajar aunque le tomase toda la noche y la mañana siguiente!. Volvió a tomar conciencia de la importancia de la opinión ajena en las vidas humanas y sin pretender, como otros habían señalado, que nada de lo humano le era ajeno, él ya sabía el efecto que aquélla tenía sobre las personas pues había vivido intensamente esa situación, deseando con toda su alma que ésta fuese positiva y, asimismo, sufriendo con desesperación por ella!

Sintió unos golpeteos en la puerta. Se levantó de su mesa de comedor- escritorio y se dirigió a la puerta. Abrió y se encontró con Leonardo, un aspirante a escritor, quien le había remitido sus originales para que él los viese antes de publicarlos. No los había leído aún y como tenía poco tiempo le dijo con voz cortés, pero bastante distante. – Sí dígame. ¿Qué desea a estas horas de la noche?

- Señor Moreno, soy Leonardo Jiménez, yo soy quien vino personalmente a entregarle unos originales para tener su opinión antes de llevarlo a la Editorial ¿Ha podido darles un vistazo, siquiera? -preguntó con voz queda y humilde.

- ¡No!. Qué va, hombre.- le espetó.- Si recién me los trajiste hace dos semanas. A responderle, él mismo se dio cuenta de lo feble y desconsiderada que era su respuesta y lo arrogante que parecía ser. Decidió entonces cambiar el tono e invitarlo a pasar.

- Vamos pasa, charlaremos un momento y tú me contarás un resumen de la novela, si me convences, la leeré completa-¿ Es un trato? – le respondió finalmente.

- Trato hecho. Muchas gracias señor.

- Termina con el señor y ven al comedor que le daré la última vuelta a las críticas que tengo que entregar mañana. Así verás que esto no es nada fácil. Pretendo bajarles el tenor a algunas para que no suenen tan descarnadas. – Ah, ya que estás aquí, ve algunas tú, total no tendrás tiempo de contarle a nadie sobre ellas.

- Ni tampoco lo haría Esteban- le contestó en un tono que no dejaba dudas al respecto. El muchacho admiraba a Esteban Moreno y jamás soñó con estar en una situación así, siendo su ayudante. Estaba radiante de felicidad, tanto, que por algunas horas se olvidó completamente de su novela.

Trabajaron toda la noche, al principio los aportes de Leonardo eran tímidos y escuetos, luego con la confianza que le dio Esteban se fue explayando más y más. En la mañana siguiente habían reescrito todas las críticas.

- Bueno, terminamos. Nos tomaremos un apetitoso desayuno y tú dormirás unas horas en la pieza de alojados, aunque éstá tiene sólo el nombre ya que sólo es una cama casi desvencijada y unas cubiertas. Yo voy al periódico y vuelvo para cumplir con nuestro trato- le dije afablemente al muchacho.

En la oficina, un mensajero buscaba afanosamente a Esteban, preguntando por él en todos lados y dejándole recado de que era muy urgente que se comunicara con el Editor en Jefe. Él estaba en la cafetería conversando con unos colegas cuando lo encontró el joven

- Don Esteban, el jefe quiere hablar urgente con usted.

- A ver cálmate, qué jefe, ¿el de Redacción, mi Jefe, quién? Dilo ya.

- Es el Editor en Jefe, don Emilio, señor.

Esteban palideció un poco, qué habría pasado, nunca lo habían llamado después de entregar una crítica. ¿Habrá algún conocido del Jefe entre los autores? Respiró hondo y se calmó. Se arregló la corbata y dijo desenvueltamente.

-Espérenme que ya vuelvo. ¿Qué querrá don Emilio esta vez?-dijo en voz alta para que todos escucharan, como si fuese usual que a él lo mandasen llamar con frecuencia. Sus amigos lo miraron con franca envidia.

Tomó el ascensor hasta el último piso. - ¿Loreto, el Jefe me buscaba?- le consultó a la antigua pero muy influyente secretaria del Editor.

- Sí señor Moreno, por favor tome asiento. Yo le avisaré de inmediato- le comunicó mientras entraba al despacho.

- Adelante, don Emilio lo espera. ¿Le apetece un café o una bebida?

- No gracias estoy bien- le contestó un nervioso Esteban. Jamás había estado en aquel despacho. Elegante, sobrio, con muebles de cuero y estantes de caoba.

- Esteban, muchacho. ¡ Esta vez sí que la hiciste!- exclamó don Emilio.

- Las críticas están excelentes, son lo mejor que has hecho y, seguramente, una de las mejores de las que ha publicado el periódico. – Dime, ¿desde cuándo cambiaste tu estilo y enfoque?. ¡Que elegancia para describir yerros y alabar aciertos!¡ Maravillosa prosa! En verdad has aprendido mucho durante estos cinco últimos años, ya creíamos que te habías estancado en tu demoledora y trillada perspectiva.- Tendremos que hablar luego- dijo, finalizando con esto la entrevista.

No volvió a la cafetería sino que se dirigió directo a casa. Al llegar, se quedó unos momentos en el auto. Meditaba apresuradamente.- ¡Mierda, si fue Leonardo quien al final escribió casi todas las críticas! ¿Cómo lo voy a hacer si me exigen ese nivel de calidad, no podré superar esa valla, este muchacho es realmente increíble. Bueno, descansaré un rato y pensaré después, calmadamente, cómo lo hago. Abrió la puerta y fue a su dormitorio para recostarse y dormir un poco. En realidad fueron largas horas de sueño y despertó de noche ya. Percibió un delicioso olor a comida. ¡Diantre, se le había olvidado que Leonardo seguía allí!.

- Salió de la habitación en bata y le dijo- Hola muchacho, llegué rendido y me dormí.

- No te preocupes Esteban y perdona mi descaro al quedarme sin tu permiso, pero pensé que podríamos cumplir con nuestro trato o fijar el día para ello. Te preparé comida, sabía que despertarías con hambre, son pasadas la diez de la noche.

- Bueno, me doy una buena ducha, comemos y nos abocamos a tu novela- le dijo un entusiasta Esteban, pero por motivos diferentes a lo que Leonardo se imaginaba. En la ducha, con el agua fría sobre el rostro y cabeza, iba fraguando algo que hasta hace poco jamás habría pasado por su mente. - Veremos la famosa novela y si es tan buena como las críticas, buscaré la forma de compartir la autoría con él- pensaba casi en voz alta. -Calma, calma, no podrá darse cuenta de nada, esto debe ser una astuta y sutil emboscada. No se percatará hasta que esté completamente entrampado en mi intrincada red. Lo más gracioso es que hasta me dará las gracias por ello, estoy seguro- pensó auto complacientemente.

- Cenaron, con un poco de vino y luego Leonardo lavó los platos mientras Leonardo acomodaba el comedor para el trabajo.

La novela resultó ser mucho mejor de lo que Esteban esperaba, sería un éxito literario y de ventas, algo poco usual en estos días. Estaba un poco demudado. Elegante y amena prosa más un argumento interesante y que lleva al lector por diferentes clímax en el desarrollo del argumento, teniendo además un final inesperado. Hasta podría ser adaptada al cine. ¡Qué exitazo será!

- Bueno Leonardo que opinas, le pregunto un ansioso Leonardo. ¿Tendrá éxito o la destruirá la crítica?.

- Mira, quiero ser muy franco contigo. Tiene mucho potencial, pero hay que pulir una serie de aspectos. ¿Si quieres yo te podría ayudar?. Te vienes por un tiempo al departamento y la trabajamos juntos. ¿Qué te parece?

- ¿Qué me parece? Sería un sueño, jamás pensé que fueses tan buena leche con un escritor novel- le replicó un agradecido Leonardo.

-Pero antes, como está amaneciendo, vamos a pié a tomar desayuno. Cerca de aquí hay un lugar donde el pan y el jamón serrano son excelentes.- no te preocupes yo pago esta vez.

Le prestó un viejo chaquetón que le quedaba algo largo y el también se puso un chaquetón delgado, más a la moda. Bajaron por el ascensor sin ver a nadie. De pronto Esteban le hizo unas preguntas que le parecieron algo extrañas a Leonardo.

- ¿Te vio alguien cuando subías al departamento o cuando viniste a dejarme la novela? ¿ Le has llevado a alguien más tu original o alguien sabe de éste?

- No pongas esa cara hombre. Si te pregunto es por ti, por resguardar tus derechos de autor, no se te olvide que el plagio está a la orden del día- le comentó tranquilamente, tratando de borrar la impresión de duda que le provocaron a Leonardo sus preguntas.

-. No, nadie más que tú sabe de la existencia del libro y ninguna persona me vio ir a tu casa. ¿Crees que eso te comprometería en tu futura crítica?- le contesto Leonardo en un tono que no era ingenuo ni suspicaz, pero que denotaba un cierto y vago recelo.

¡Mierda, di un paso en falso!. Este imbécil sospechó algo raro. Ya no podré convencerlo de que lo presentemos juntos ni menos de que se le ocurra a él proponérmelo, como habría sido lo correcto- racionalizó.

- El local queda cruzando esta plazoleta, pero porque no respiramos un poco de aire antes de meternos a un fumadero, ¿te parece?- le convidó.

Sentados en un antiguo escaño de oxidados metales y rodeado de gruesos y añosos árboles que impedían la vista desde la calle, Esteban se paró y comenzó a caminar alrededor.- -Ah , que rico es respirar el aire puro de la mañana, no te parece- dijo para sí en voz alta. Una vez que estaba detrás del banquillo observó que había una pequeña piedra, que se utilizaba como un promontorio demarcatorio para cerrar el área del césped con el caminillo. Sin pensarlo mucho, actuando instintivamente, hizo un esfuerzo sobre humano y levantó la roca, dejándola caer sobre la nuca de Leonardo, quien falleció de inmediato.

Posteriormente, lo acomodó bien para que pareciese que dormía en el escaño y limpió todo alrededor. Borró, pisadas, sobre todo las de él, aseó el escaño y cualquier cosa que pudiese haber tocado. Luego, corrió como si la muerte lo persiguiese, alejándose del lugar. Fue de inmediato a su departamento, escondió la novela y limpió la sala como la pieza de alojados. Nuevamente no dejó huella o signo alguno del paso de Leonardo por su casa. Se vistió elegantemente y concurrió a un local de moda para tomar desayuno y juntarse con algunos conocidos. Sus críticas aparecían hoy y los madrugadores que ya habían leído el periódico se acercaban a saludarlo, para gran sorpresa de sus amigos de mesa.

- Me cansé de la crítica, escribiré una novela - anunció pomposamente Esteban al pequeño pero hablador grupo. Con ellos, se sabría esta noticia en todos los medios literarios en pocas horas más.

Seis meses después, la Editorial más prestigiosa del país daba una cena de gala en honor de Esteban Moreno, la nueva promesa literaria de habla hispana. Había firmado contrato por cinco años con un cuantioso salario y porcentajes de ventas por sus obras. Todo un contrato, pocas veces visto.

Ya en su nuevo departamento, con una copa de exquisito whisky en su mano meditaba a que, al final, nadie sabía para quien trabaja.

¡Pobre Leonardo, pero él no se habría acostumbrado a esto!- racionalizaba, como era su costumbre de desde una parte aquí.

No sentía remordimiento alguno. Total, ¡los duelos, con pan son menos! 

 

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