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Agustín Toro Solís Ovando.Chileno,
ingeniero Comercial con menciones de
Economía y administración de Empresas
titulado por la Universidad de Concepción.Ex
Académico de la facultad de Leyes de la
Universidad Católica y Santa María, ex sede
Universidad Católica Talcahuano; Universidad
Metropolitana de la Educación, Ex Pedagógico
de la Universidad de Chile. Perito Contable
financiero Corte de Apelaciones. Experto en
Evaluaciones Ex-post.Colaboraciones en: El-
Recreo.com y Crítica. cl

Después
de que salió del cóctel en la Sociedad de escritores que, al
final no resultó ser tan malo y aburrido como él lo había
supuesto durante el fin de semana, Esteban Moreno, por primera
vez, se reconoció explícitamente así mismo el desasosiego que
siempre le había causado pensar en las consecuencias que
traerían sus cáusticas críticas. Inicialmente, creyó que su
misión era rescatar la excelencia literaria de los escritos y
fue generalmente muy drástico, hasta cruel a veces. Sintió
estremecimientos al recordar a ese anciano escritor quien hace
unos años atrás le recriminó en su cara el hecho de haberle
hecho perder la ilusión de su vida que era escribir ¿Qué
necesidad tuvo de ser tan hiriente y sarcástico con él? Todavía
no se lo explicaba bien. No pudo hacer sido su seudo mesiánica
misión de salvar a la literatura de la mediocridad sino fueron
algunos aspectos inconscientes, ocultos para él, pero claros a
la hora de pensar ecuánimemente en ellos.
El siempre quiso ser
escritor pero su afán perfeccionista lo impidió, al no poder
terminar nunca una obra, pues la cambiaba y cambiaba. No era un
Göethe para estar sesenta años escribiendo un libro, él solo era
Julio Moreno, un joven provinciano que había venido a conquistar
la gloria literaria en la capital, cosa que hizo pero por otro
derrotero, quizá no tan gratificante pero sí más lucrativo y
cómodo. El juzgaba y podía levantar como hundir a un escritor
pues su periódico tenía bastante influencia en el ámbito
literario y nacional.
Era fines de
septiembre y aún se mantenían las altas temperaturas de la
calurosa temporada estival. No había viento que moviese las
nubes ni las hojas de los árboles, pero el ventarrón de
pensamientos en su mente no tenía sosiego, pasando de una imagen
a otra, de un tema a otro. Como había descubierto en la Sociedad
de Escritores su preocupación era la vida del hombre detrás del
artista, aquél que vive, come, sufre, se alegra y finalmente
muere, como todos, pero que en su fuero íntimo hubiese deseado
haberlo hecho con un público reconocimiento hacia su obra. No
obstante, él se había acostumbrado a tratar sólo con relatos de
vidas, con historias de la vida, impresas, pero no vividas. Todo
un mundo inanimado, objetivado. Inconscientemente había al
borrado al hombre de su mente, pues él sufrió durante largo
tiempo por la opinión ajena. En ese entonces estaba convencido
de que no importaba como te consideraras a ti mismo sino el cómo
te veían los demás. ¡Era la competencia en su máxima expresión.
Por suerte no había
entregado aún las criticas y pensó en releer los libros y
realizar otras criticas que a lo mejor resultarían muy similares
a las primeras, pero esta vez sin sarcasmos e indicando dónde se
debía mejorar. ¡Estaba contento, deseoso de ponerse a trabajar
aunque le tomase toda la noche y la mañana siguiente!. Volvió a
tomar conciencia de la importancia de la opinión ajena en las
vidas humanas y sin pretender, como otros habían señalado, que
nada de lo humano le era ajeno, él ya sabía el efecto que
aquélla tenía sobre las personas pues había vivido intensamente
esa situación, deseando con toda su alma que ésta fuese positiva
y, asimismo, sufriendo con desesperación por ella!
Sintió unos golpeteos
en la puerta. Se levantó de su mesa de comedor- escritorio y se
dirigió a la puerta. Abrió y se encontró con Leonardo, un
aspirante a escritor, quien le había remitido sus originales
para que él los viese antes de publicarlos. No los había leído
aún y como tenía poco tiempo le dijo con voz cortés, pero
bastante distante. – Sí dígame. ¿Qué desea a estas horas de la
noche?
- Señor Moreno, soy
Leonardo Jiménez, yo soy quien vino personalmente a entregarle
unos originales para tener su opinión antes de llevarlo a la
Editorial ¿Ha podido darles un vistazo, siquiera? -preguntó con
voz queda y humilde.
- ¡No!. Qué va,
hombre.- le espetó.- Si recién me los trajiste hace dos semanas.
A responderle, él mismo se dio cuenta de lo feble y
desconsiderada que era su respuesta y lo arrogante que parecía
ser. Decidió entonces cambiar el tono e invitarlo a pasar.
- Vamos pasa,
charlaremos un momento y tú me contarás un resumen de la novela,
si me convences, la leeré completa-¿ Es un trato? – le respondió
finalmente.
- Trato hecho. Muchas
gracias señor.
- Termina con el señor
y ven al comedor que le daré la última vuelta a las críticas que
tengo que entregar mañana. Así verás que esto no es nada fácil.
Pretendo bajarles el tenor a algunas para que no suenen tan
descarnadas. – Ah, ya que estás aquí, ve algunas tú, total no
tendrás tiempo de contarle a nadie sobre ellas.
- Ni tampoco lo haría
Esteban- le contestó en un tono que no dejaba dudas al respecto.
El muchacho admiraba a Esteban Moreno y jamás soñó con estar en
una situación así, siendo su ayudante. Estaba radiante de
felicidad, tanto, que por algunas horas se olvidó completamente
de su novela.
Trabajaron toda la
noche, al principio los aportes de Leonardo eran tímidos y
escuetos, luego con la confianza que le dio Esteban se fue
explayando más y más. En la mañana siguiente habían reescrito
todas las críticas.
- Bueno, terminamos.
Nos tomaremos un apetitoso desayuno y tú dormirás unas horas en
la pieza de alojados, aunque éstá tiene sólo el nombre ya que
sólo es una cama casi desvencijada y unas cubiertas. Yo voy al
periódico y vuelvo para cumplir con nuestro trato- le dije
afablemente al muchacho.
En la oficina, un
mensajero buscaba afanosamente a Esteban, preguntando por él en
todos lados y dejándole recado de que era muy urgente que se
comunicara con el Editor en Jefe. Él estaba en la cafetería
conversando con unos colegas cuando lo encontró el joven
- Don Esteban, el jefe
quiere hablar urgente con usted.
- A ver cálmate, qué
jefe, ¿el de Redacción, mi Jefe, quién? Dilo ya.
- Es el Editor en Jefe,
don Emilio, señor.
Esteban palideció un
poco, qué habría pasado, nunca lo habían llamado después de
entregar una crítica. ¿Habrá algún conocido del Jefe entre los
autores? Respiró hondo y se calmó. Se arregló la corbata y dijo
desenvueltamente.
-Espérenme que ya
vuelvo. ¿Qué querrá don Emilio esta vez?-dijo en voz alta para
que todos escucharan, como si fuese usual que a él lo mandasen
llamar con frecuencia. Sus amigos lo miraron con franca envidia.
Tomó el ascensor hasta
el último piso. - ¿Loreto, el Jefe me buscaba?- le consultó a la
antigua pero muy influyente secretaria del Editor.
- Sí señor Moreno, por
favor tome asiento. Yo le avisaré de inmediato- le comunicó
mientras entraba al despacho.
- Adelante, don Emilio
lo espera. ¿Le apetece un café o una bebida?
- No gracias estoy
bien- le contestó un nervioso Esteban. Jamás había estado en
aquel despacho. Elegante, sobrio, con muebles de cuero y
estantes de caoba.
- Esteban, muchacho. ¡
Esta vez sí que la hiciste!- exclamó don Emilio.
- Las críticas
están excelentes, son lo mejor que has hecho y, seguramente,
una de las mejores de las que ha publicado el periódico. –
Dime, ¿desde cuándo cambiaste tu estilo y enfoque?. ¡Que
elegancia para describir yerros y alabar aciertos!¡
Maravillosa prosa! En verdad has aprendido mucho durante
estos cinco últimos años, ya creíamos que te habías
estancado en tu demoledora y trillada perspectiva.-
Tendremos que hablar luego- dijo, finalizando con esto la
entrevista.
No volvió a la
cafetería sino que se dirigió directo a casa. Al llegar, se
quedó unos momentos en el auto. Meditaba apresuradamente.- ¡Mierda,
si fue Leonardo quien al final escribió casi todas las
críticas! ¿Cómo lo voy a hacer si me exigen ese nivel de
calidad, no podré superar esa valla, este muchacho es
realmente increíble. Bueno, descansaré un rato y pensaré
después, calmadamente, cómo lo hago. Abrió la puerta y fue a
su dormitorio para recostarse y dormir un poco. En realidad
fueron largas horas de sueño y despertó de noche ya.
Percibió un delicioso olor a comida. ¡Diantre, se le había
olvidado que Leonardo seguía allí!.
- Salió de la
habitación en bata y le dijo- Hola muchacho, llegué rendido
y me dormí.
- No te preocupes
Esteban y perdona mi descaro al quedarme sin tu permiso,
pero pensé que podríamos cumplir con nuestro trato o fijar
el día para ello. Te preparé comida, sabía que despertarías
con hambre, son pasadas la diez de la noche.
- Bueno, me doy
una buena ducha, comemos y nos abocamos a tu novela- le dijo
un entusiasta Esteban, pero por motivos diferentes a lo que
Leonardo se imaginaba. En la ducha, con el agua fría sobre
el rostro y cabeza, iba fraguando algo que hasta hace poco
jamás habría pasado por su mente. - Veremos la famosa novela
y si es tan buena como las críticas, buscaré la forma de
compartir la autoría con él- pensaba casi en voz alta. -Calma,
calma, no podrá darse cuenta de nada, esto debe ser una
astuta y sutil emboscada. No se percatará hasta que esté
completamente entrampado en mi intrincada red. Lo más
gracioso es que hasta me dará las gracias por ello, estoy
seguro- pensó auto complacientemente.
- Cenaron, con un
poco de vino y luego Leonardo lavó los platos mientras
Leonardo acomodaba el comedor para el trabajo.
La novela resultó
ser mucho mejor de lo que Esteban esperaba, sería un éxito
literario y de ventas, algo poco usual en estos días. Estaba
un poco demudado. Elegante y amena prosa más un argumento
interesante y que lleva al lector por diferentes clímax en
el desarrollo del argumento, teniendo además un final
inesperado. Hasta podría ser adaptada al cine. ¡Qué exitazo
será!
- Bueno Leonardo
que opinas, le pregunto un ansioso Leonardo. ¿Tendrá éxito o
la destruirá la crítica?.
- Mira, quiero ser
muy franco contigo. Tiene mucho potencial, pero hay que
pulir una serie de aspectos. ¿Si quieres yo te podría ayudar?.
Te vienes por un tiempo al departamento y la trabajamos
juntos. ¿Qué te parece?
- ¿Qué me parece?
Sería un sueño, jamás pensé que fueses tan buena leche con
un escritor novel- le replicó un agradecido Leonardo.
-Pero antes, como
está amaneciendo, vamos a pié a tomar desayuno. Cerca de
aquí hay un lugar donde el pan y el jamón serrano son
excelentes.- no te preocupes yo pago esta vez.
Le prestó un viejo
chaquetón que le quedaba algo largo y el también se puso un
chaquetón delgado, más a la moda. Bajaron por el ascensor
sin ver a nadie. De pronto Esteban le hizo unas preguntas
que le parecieron algo extrañas a Leonardo.
- ¿Te vio alguien
cuando subías al departamento o cuando viniste a dejarme la
novela? ¿ Le has llevado a alguien más tu original o alguien
sabe de éste?
- No pongas esa
cara hombre. Si te pregunto es por ti, por resguardar tus
derechos de autor, no se te olvide que el plagio está a la
orden del día- le comentó tranquilamente, tratando de borrar
la impresión de duda que le provocaron a Leonardo sus
preguntas.
-. No, nadie más
que tú sabe de la existencia del libro y ninguna persona me
vio ir a tu casa. ¿Crees que eso te comprometería en tu
futura crítica?- le contesto Leonardo en un tono que no era
ingenuo ni suspicaz, pero que denotaba un cierto y vago
recelo.
¡Mierda, di un
paso en falso!. Este imbécil sospechó algo raro. Ya no podré
convencerlo de que lo presentemos juntos ni menos de que se
le ocurra a él proponérmelo, como habría sido lo correcto-
racionalizó.
- El local queda
cruzando esta plazoleta, pero porque no respiramos un poco
de aire antes de meternos a un fumadero, ¿te parece?- le
convidó.
Sentados en un
antiguo escaño de oxidados metales y rodeado de gruesos y
añosos árboles que impedían la vista desde la calle, Esteban
se paró y comenzó a caminar alrededor.- -Ah , que rico es
respirar el aire puro de la mañana, no te parece- dijo para
sí en voz alta. Una vez que estaba detrás del banquillo
observó que había una pequeña piedra, que se utilizaba como
un promontorio demarcatorio para cerrar el área del césped
con el caminillo. Sin pensarlo mucho, actuando
instintivamente, hizo un esfuerzo sobre humano y levantó la
roca, dejándola caer sobre la nuca de Leonardo, quien
falleció de inmediato.
Posteriormente, lo
acomodó bien para que pareciese que dormía en el escaño y
limpió todo alrededor. Borró, pisadas, sobre todo las de él,
aseó el escaño y cualquier cosa que pudiese haber tocado.
Luego, corrió como si la muerte lo persiguiese, alejándose
del lugar. Fue de inmediato a su departamento, escondió la
novela y limpió la sala como la pieza de alojados.
Nuevamente no dejó huella o signo alguno del paso de
Leonardo por su casa. Se vistió elegantemente y concurrió a
un local de moda para tomar desayuno y juntarse con algunos
conocidos. Sus críticas aparecían hoy y los madrugadores que
ya habían leído el periódico se acercaban a saludarlo, para
gran sorpresa de sus amigos de mesa.
- Me cansé de la
crítica, escribiré una novela - anunció pomposamente Esteban
al pequeño pero hablador grupo. Con ellos, se sabría esta
noticia en todos los medios literarios en pocas horas más.
Seis meses después,
la Editorial más prestigiosa del país daba una cena de gala
en honor de Esteban Moreno, la nueva promesa literaria de
habla hispana. Había firmado contrato por cinco años con un
cuantioso salario y porcentajes de ventas por sus obras.
Todo un contrato, pocas veces visto.
Ya en su nuevo
departamento, con una copa de exquisito whisky en su mano
meditaba a que, al final, nadie sabía para quien trabaja.
¡Pobre Leonardo,
pero él no se habría acostumbrado a esto!- racionalizaba,
como era su costumbre de desde una parte aquí.
No sentía
remordimiento alguno. Total, ¡los
duelos, con pan son menos!
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