Juan Escobar peleaba siempre
con urgencia, como si necesitara deshacerse rápido del rival
para ir a visitar a un pariente hospitalizado.
Desde el primer campanazo
salía decidido a matar o a morir, y con frecuencia moría,
porque pegaba mucho pero no sabía cómo impedir que le
pegaran a él. Nunca aprendió a bailotear en la punta de los
pies, ni a mover el tronco, ni a apartar la mandíbula. Esas
sutilezas siempre han sido esquivas para los boxeadores como
él, que tienen más corazón que piernas y más agallas que
cintura, y por eso están obligados a comportarse en el
ring como si estuvieran en una carnicería y no en un
escenario de ballet.
A menudo, recibía cuatro o
cinco golpes del contrario por cada puñetazo de los suyos.
Y, sin embargo, continuaba peleando. En parte por fe, pero,
sobre todo, porque desde el momento en que un periodista lo
bautizó como Ruddy, por su fiereza, el boxeo lo había
arrastrado hasta un callejón sin retorno. Era rehén de su
propio apodo, mártir de un orgullo que lo enaltecía y lo
condenaba. Estaba forzado a seguir y a ser cada vez más
temerario, para proteger la leyenda de su coraje.
Muchas veces combatió a
sabiendas de que sería aplastado por el rival de turno. Así
ocurrió, por ejemplo, cuando se enfrentó al campeón mundial
Antonio Buchi Amaya, quien le desfiguró el rostro
antes de que el árbitro parara la contienda, en el séptimo
asalto. “Yo a ese tipo no lo vencía ni con un cuchillo”,
admite, con la frente en alto y sin la aparente intención de
hacer un chiste.
El Chango Carmona, otro
campeón mundial, también lo masacró. Dos días antes del
enfrentamiento, en México, Ruddy sufrió el
desprendimiento parcial de su riñón izquierdo, mientras
esquiaba para relajarse. A pesar de que orinaba sangre, los
promotores de la velada lo empujaron hacia el ring,
pues cancelar la pelea a esas alturas implicaba cuantiosas
pérdidas que no estaban dispuestos a asumir. Carmona, que
había leído en los diarios la noticia del accidente, subió
al cuadrilátero con un propósito específico: vapulear el
riñón lastimado. No tuvo el detalle de olvidarse de esa zona
ni la hombría para mirar a los ojos de Escobar. Por el
contrario, mientras desarrollaba su plan esbozaba una
sonrisa que dolía más que los golpes de su infamia. En el
séptimo Escobar no aguantó más y se retiró. Perdió por
abandono pero permaneció de pies, tal y como terminó en sus
17 derrotas restantes.
Paradójicamente, las dos
peleas más bárbaras que libró las ganó por nocaut. La
primera fue ante su compatriota Rodrigo Valdez, que le
sacaba una cabeza de estatura y ocho kilos de ventaja. Y la
segunda, ante un venezolano al que le apodaban El
petrolero.
La contienda con Valdez tuvo
desde el principio ribetes de circo bárbaro. Ambos poseían
manos feroces y pieles blandengues: destrozaban como taladro
y se desbarataban como gelatina. Ambos iban de frente, con
la espada y sin el capote. Viendo aquella pelea en una
película en blanco y negro; viendo que ambos tenían rotas
las narices, la ceja izquierda y la boca, uno pensaría que
se trataba de un solo gladiador que al mismo tiempo era él y
su sombra: con el golpe que castigaba, era castigado. La
sangre del uno, empozada en la lona, era también la sangre
del otro, un lodazal en el que los dos resbalaban y caían
por turnos. Hasta que el árbitro suspendió las acciones y
declaró ganador a Ruddy, con el argumento de que sus
heridas eran menos profundas.
La batalla contra El
petrolero fue igual de violenta: Ruddy recuerda
haber recibido, en el segundo asalto, un par de guantazos
asesinos que le dejaron zumbando las orejas. A partir de ese
momento, no escuchaba ni los porrazos que lanzaba ni los que
le conectaban a él. Miraba hacia su esquina con insistencia,
para leer en los labios de su entrenador las palabrotas que
no podía oír, aunque fueran proferidas a gritos. El público,
gesticulante pero sin voz, era una horda de mimos que lo
hacían sentir más solo. De pronto, Escobar tuvo una
revelación pavorosa: el boxeo sería más inhumano si fuera
practicado por sordos, porque habría que pegar tan duro como
para aniquilar al otro y, de paso, tratar de reventar el
silencio.
El Petrolero perdió por
nocaut técnico, pero Ruddy permaneció muchos años con
un oído roto. “Cuando me soplaba los mocos me salía aire por
los oídos”, dice. “Y cuando entraba en el mar o en una
piscina, el agua se me filtraba por ese oído dañado y me
hacía estallar la cabeza”.
La desgracia de Escobar era
que cuando ganaba sufría tanto como cuando perdía. Siempre
se estaba inmolando. Sólo después de su retiro definitivo
del boxeo, cuando le diagnosticaron el Mal de Parkinson y
miró su carrera en perspectiva, descubrió que el ring
lo había elegido como protagonista de un destino en el que
todos los caminos conducían a la derrota.
***
La inteligencia que nunca tuvo
como boxeador le sobra, en cambio, aquí afuera, y la expresa
con una agudeza sorprendente. Dice, por ejemplo, que hace
poco, reordenando su archivo personal, encontró las agendas
telefónicas de los últimos 10 años, y cayó en la cuenta de
que la de 1992 era más gorda que la de 1999. “En ese momento”,
concluye, “me puse a contar los amigos que había perdido,
pero no terminé el ejercicio porque no me hubiera servido
para sentirme mejor. Yo borro los números de las personas
que ya no me llaman o que no me contestan las llamadas, para
no atormentarme”.
Sin una pizca de resentimiento,
Escobar afirma que la marcha de los amigos le ha servido
para apreciar mejor el tamaño de su verdad y para buscar en
su interior las respuestas que nunca pudo encontrar en el
exterior. “Yo no culpo a los que se fueron”, observa.
“Prefiero darles las gracias a los que se quedaron”.
Hubo un tiempo en que Escobar
evitaba el contacto con personas que, como él, tuvieran el
Mal de Parkinson. Sentía que al reunirse con ellas, se
revivían, uno a uno, los puñetazos que le arruinaron la vida.
Después se puso a pensar que su conducta era cobarde, que
nada cambiaría por el simple hecho de cerrar los ojos y que
no era piadoso negarles a los otros – y negarse a sí mismo –
la posibilidad de la compañía. “Está bien que los amigos se
retiren, pero está muy mal que uno se aleje de sí mismo”,
dice. Además, insiste en que los enfermos viven una realidad:
no posan, no aparentan, no se maquillan para salir al patio
y jamás conversan por mera cortesía.
Escobar cumple cada paso de su
rutina diaria con una minuciosidad sobrecogedora. Cuando
estaba sano, no reparaba en ciertos detalles que le parecían
insignificantes: le tenía sin cuidado que un tinto se le
derramara, que un grano de arroz se le cayera del plato o
que una luz permaneciera encendida sin necesidad. Jamás se
detuvo a contemplar el avance lento de cada segundo en los
relojes, porque confiaba más en el ritmo de su cuerpo que en
el del tiempo. Ahora, en cambio, siente que no hay minucias,
que todo es importante: la pastilla debe ser tomada cuando
corresponde, la hora de las citas es sagrada y hay que
guardar un orden que le permita encontrar, en el momento
justo, lo que necesita.
Viéndolo hoy, uno tiene la
impresión de que se juega la vida en cada actividad, minuto
a minuto. Se la juega al abrir su cartera de mano, para
sacar los lentes. Se la juega al verificar en un talonario
cuándo le tocará la próxima terapia física y cuándo la
próxima consulta sicológica. Se la juega cuando llega de
visita y, antes de sentarse, recuesta su caminador contra la
pared, con un cuidado extremo. Una sola omisión puede
amargarle el rato. Está tan compenetrado con su realidad,
que recita de memoria la definición del Mal de Parkinson:
“obstrucción de las células que lubrican el sistema
nerviovascular de la columna”.
“No es mortal”, añade, “pero
te deteriora progresivamente. Te pone a temblar y hace que
te duela el coxis, como si te lo estuvieran apretando por
dentro con unas pinzas. Primero te manda a un caminador y
después a una silla de ruedas”.
Cuando le detectaron el
Parkinson, en 1986, tenía 42 años. Desde entonces, el mal ha
avanzado hasta su tercera fase. “La más peligrosa es la
quinta”, precisa, “que es la que tiene el boxeador Muhamad
Alí: ya en ese estado, uno no puede mover los músculos”.
Al principio, Ruddy
caminaba ayudado por un bastón. Ahora debe usar el caminador.
Antes, el temblor era pasajero. Ahora es permanente y, con
frecuencia, le afecta el habla. Cuando la crisis se
recrudece – una fase que los médicos califican como “ponerse
en off” – debe acostarse bocabajo en una cama, hasta
que se le alivien los dolores. Además, tiene que tomar
bastante agua, para combatir la sensación de resequedad en
la garganta.
Escobar, que vive con su
tercera esposa, Janeth Cuéllar, y con los tres hijos que
tuvo con ella, disfruta de una pensión de las Fuerzas
Militares, donde trabajó como entrenador de boxeo durante 18
años. Pero padece penurias económicas a las que no se
refiere por puro pudor. Lo único que dice es que el
Parkinson es desconsiderado con el dinero ajeno y les impone
a sus víctimas la obligación de gastar como si fueran ricas.
***
Aunque procura borrar de su
mente cualquier pensamiento que lo atormente, con frecuencia
no puede evitar sentirse culpable. Cuando recuerda cómo
llegó al boxeo, concluye que fue el instrumento de un
destino que ya estaba escrito.
“No me hice boxeador por
hambre ni por falta de estudios”, explica. “Mi papá era el
presidente del Sindicato de Panaderos de Bogotá y yo terminé
mi bachillerato. Mi inclinación por el boxeo fue una
maldición que yo no fui capaz de descubrir a tiempo”.
Tendría quizás unos ocho años
cuando vio por primera vez, en un gimnasio del barrio Samper
Mendoza, de Bogotá, unos guantes de boxeo. Eran rojos, lo
cual aumentó su encantamiento. En las peleas de Rocky
Marciano, que había visto con avidez en el cine, los guantes
siempre parecían negros o blancos. Ahora descubría que
también podían ser de colores. Ruddy los acariciaba,
como si fueran el talle de una mujer deseada. Y entonces
empezó a soñar con ponérselos algún día.
En otra ocasión paseaba por un
parque, de la mano de su padre, cuando vio a dos hombres
dándose golpes en el centro de un cuadrilátero. En seguida,
como poseído, echó a correr para ver de cerca aquel
espectáculo. El boxeo tuvo después el descaro de ir a buscar
a Ruddy en su propio barrio: un grupo industrial
había lanzado al mercado un nuevo refresco, promocionado
como la bebida de los campeones, y para calar en el público
organizaba veladas boxísticas en los sectores populares de
la ciudad. Los niños del Samper Mendoza hacían fila para
pelear: los ganadores obtenían 70 centavos y un refresco.
Al principio, Ruddy
creyó que peleaba por el premio. Ahora comprende que estaba
encadenado y que, adonde quiera que se fuera, el boxeo lo
iba a encontrar, porque necesitaba su cabeza. “Para mí no
hubo bebida de campeones sino de perdedores”, dice con
ironía.
El humor negro, a propósito,
es uno de sus principales recursos defensivos. Hace tres
años, en el barrio Egipto, un delincuente lo asaltó, para
robarle el caminador. Con la mejor de sus caras de idiota,
Ruddy le pidió al hombre que lo sostuviera por la
cintura, mientras él se quitaba el caminador. El ladrón
accedió a la solicitud con una confianza miserable, y al
bajar las manos hasta la cintura de Escobar, quedó con el
mentón descubierto: por allí le entró una trompada
terrorífica que lo dejó viendo estrellitas. En seguida,
salieron los vecinos de sus casas y lo remataron a palos,
antes de entregárselo a la Policía.
“Fue un buen gancho de derecha”,
dice Ruddy, con una sonrisa traviesa. “Esa pelea sí
la gané sin sufrir”.
La máxima perla de su humor
negro fue cuando, sentado en la sala de su casa, trató de
encender un viejo radio que, en vez de sonar, tosió. Escobar
lo apagó en el acto, y a continuación, con una mirada
maliciosa, dijo que “ese radio también tiene el Mal de
Parkinson”.
-- ¿No le parece demasiado
despiadado con usted mismo?
-- No, para nada.
-- ¿Y si fuera yo el que
hubiera hecho ese chiste?
-- Usted no tiene derecho a
hacerlo. Yo sufro mi verdad pero también me defiendo con
ella.
Después, con un rostro serio,
dijo que si la vida quiere matarlo, tendrá que emplear sus
mejores golpes, porque él no está dispuesto a rendirse. “Si
Dios me ayuda” – fueron sus palabras textuales – “esta
última pelea no voy a perderla por nocaut sino por decisión”.