México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









 

Alberto Salcedo Ramos. Barranquilla, Colombia, 1963. Cronista. Ha publicado en varias de las revistas más importantes del género en América Latina, como Etiqueta Negra, SoHo y El Malpensante. Autor de varios libros de periodismo narrativo y ganador de muchas distinciones, como el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Salcedo ha sido incluido en diferentes antologías, como Citizens of fear, de la Universidad de Rütgers, y Lo Mejor del Periodismo de América Latina, del Fondo de Cultura Económica.

 

Desde hace 20 años Ruddy Escobar padece el Mal de Parkinson, como consecuencia de los golpes que recibió en su época de boxeador. Pero dice que no piensa tirar la toalla.


 

Juan Escobar peleaba siempre con urgencia, como si necesitara deshacerse rápido del rival para ir a visitar a un pariente hospitalizado.

Desde el primer campanazo salía decidido a matar o a morir, y con frecuencia moría, porque pegaba mucho pero no sabía cómo impedir que le pegaran a él. Nunca aprendió a bailotear en la punta de los pies, ni a mover el tronco, ni a apartar la mandíbula. Esas sutilezas siempre han sido esquivas para los boxeadores como él, que tienen más corazón que piernas y más agallas que cintura, y por eso están obligados a comportarse en el ring como si estuvieran en una carnicería y no en un escenario de ballet.

A menudo, recibía cuatro o cinco golpes del contrario por cada puñetazo de los suyos. Y, sin embargo, continuaba peleando. En parte por fe, pero, sobre todo, porque desde el momento en que un periodista lo bautizó como Ruddy, por su fiereza, el boxeo lo había arrastrado hasta un callejón sin retorno. Era rehén de su propio apodo, mártir de un orgullo que lo enaltecía y lo condenaba. Estaba forzado a seguir y a ser cada vez más temerario, para proteger la leyenda de su coraje.

Muchas veces combatió a sabiendas de que sería aplastado por el rival de turno. Así ocurrió, por ejemplo, cuando se enfrentó al campeón mundial Antonio Buchi Amaya, quien le desfiguró el rostro antes de que el árbitro parara la contienda, en el séptimo asalto. “Yo a ese tipo no lo vencía ni con un cuchillo”, admite, con la frente en alto y sin la aparente intención de hacer un chiste.

El Chango Carmona, otro campeón mundial, también lo masacró. Dos días antes del enfrentamiento, en México, Ruddy sufrió el desprendimiento parcial de su riñón izquierdo, mientras esquiaba para relajarse. A pesar de que orinaba sangre, los promotores de la velada lo empujaron hacia el ring, pues cancelar la pelea a esas alturas implicaba cuantiosas pérdidas que no estaban dispuestos a asumir. Carmona, que había leído en los diarios la noticia del accidente, subió al cuadrilátero con un propósito específico: vapulear el riñón lastimado. No tuvo el detalle de olvidarse de esa zona ni la hombría para mirar a los ojos de Escobar. Por el contrario, mientras desarrollaba su plan esbozaba una sonrisa que dolía más que los golpes de su infamia. En el séptimo Escobar no aguantó más y se retiró. Perdió por abandono pero permaneció de pies, tal y como terminó en sus 17 derrotas restantes.

Paradójicamente, las dos peleas más bárbaras que libró las ganó por nocaut. La primera fue ante su compatriota Rodrigo Valdez, que le sacaba una cabeza de estatura y ocho kilos de ventaja. Y la segunda, ante un venezolano al que le apodaban El petrolero.

La contienda con Valdez tuvo desde el principio ribetes de circo bárbaro. Ambos poseían manos feroces y pieles blandengues: destrozaban como taladro y se desbarataban como gelatina. Ambos iban de frente, con la espada y sin el capote. Viendo aquella pelea en una película en blanco y negro; viendo que ambos tenían rotas las narices, la ceja izquierda y la boca, uno pensaría que se trataba de un solo gladiador que al mismo tiempo era él y su sombra: con el golpe que castigaba, era castigado. La sangre del uno, empozada en la lona, era también la sangre del otro, un lodazal en el que los dos resbalaban y caían por turnos. Hasta que el árbitro suspendió las acciones y declaró ganador a Ruddy, con el argumento de que sus heridas eran menos profundas.

La batalla contra El petrolero fue igual de violenta: Ruddy recuerda haber recibido, en el segundo asalto, un par de guantazos asesinos que le dejaron zumbando las orejas. A partir de ese momento, no escuchaba ni los porrazos que lanzaba ni los que le conectaban a él. Miraba hacia su esquina con insistencia, para leer en los labios de su entrenador las palabrotas que no podía oír, aunque fueran proferidas a gritos. El público, gesticulante pero sin voz, era una horda de mimos que lo hacían sentir más solo. De pronto, Escobar tuvo una revelación pavorosa: el boxeo sería más inhumano si fuera practicado por sordos, porque habría que pegar tan duro como para aniquilar al otro y, de paso, tratar de reventar el silencio.

El Petrolero perdió por nocaut técnico, pero Ruddy permaneció muchos años con un oído roto. “Cuando me soplaba los mocos me salía aire por los oídos”, dice. “Y cuando entraba en el mar o en una piscina, el agua se me filtraba por ese oído dañado y me hacía estallar la cabeza”.

La desgracia de Escobar era que cuando ganaba sufría tanto como cuando perdía. Siempre se estaba inmolando. Sólo después de su retiro definitivo del boxeo, cuando le diagnosticaron el Mal de Parkinson y miró su carrera en perspectiva, descubrió que el ring lo había elegido como protagonista de un destino en el que todos los caminos conducían a la derrota.


***

La inteligencia que nunca tuvo como boxeador le sobra, en cambio, aquí afuera, y la expresa con una agudeza sorprendente. Dice, por ejemplo, que hace poco, reordenando su archivo personal, encontró las agendas telefónicas de los últimos 10 años, y cayó en la cuenta de que la de 1992 era más gorda que la de 1999. “En ese momento”, concluye, “me puse a contar los amigos que había perdido, pero no terminé el ejercicio porque no me hubiera servido para sentirme mejor. Yo borro los números de las personas que ya no me llaman o que no me contestan las llamadas, para no atormentarme”.

Sin una pizca de resentimiento, Escobar afirma que la marcha de los amigos le ha servido para apreciar mejor el tamaño de su verdad y para buscar en su interior las respuestas que nunca pudo encontrar en el exterior. “Yo no culpo a los que se fueron”, observa. “Prefiero darles las gracias a los que se quedaron”.

Hubo un tiempo en que Escobar evitaba el contacto con personas que, como él, tuvieran el Mal de Parkinson. Sentía que al reunirse con ellas, se revivían, uno a uno, los puñetazos que le arruinaron la vida. Después se puso a pensar que su conducta era cobarde, que nada cambiaría por el simple hecho de cerrar los ojos y que no era piadoso negarles a los otros – y negarse a sí mismo – la posibilidad de la compañía. “Está bien que los amigos se retiren, pero está muy mal que uno se aleje de sí mismo”, dice. Además, insiste en que los enfermos viven una realidad: no posan, no aparentan, no se maquillan para salir al patio y jamás conversan por mera cortesía.

Escobar cumple cada paso de su rutina diaria con una minuciosidad sobrecogedora. Cuando estaba sano, no reparaba en ciertos detalles que le parecían insignificantes: le tenía sin cuidado que un tinto se le derramara, que un grano de arroz se le cayera del plato o que una luz permaneciera encendida sin necesidad. Jamás se detuvo a contemplar el avance lento de cada segundo en los relojes, porque confiaba más en el ritmo de su cuerpo que en el del tiempo. Ahora, en cambio, siente que no hay minucias, que todo es importante: la pastilla debe ser tomada cuando corresponde, la hora de las citas es sagrada y hay que guardar un orden que le permita encontrar, en el momento justo, lo que necesita.

Viéndolo hoy, uno tiene la impresión de que se juega la vida en cada actividad, minuto a minuto. Se la juega al abrir su cartera de mano, para sacar los lentes. Se la juega al verificar en un talonario cuándo le tocará la próxima terapia física y cuándo la próxima consulta sicológica. Se la juega cuando llega de visita y, antes de sentarse, recuesta su caminador contra la pared, con un cuidado extremo. Una sola omisión puede amargarle el rato. Está tan compenetrado con su realidad, que recita de memoria la definición del Mal de Parkinson: “obstrucción de las células que lubrican el sistema nerviovascular de la columna”.

“No es mortal”, añade, “pero te deteriora progresivamente. Te pone a temblar y hace que te duela el coxis, como si te lo estuvieran apretando por dentro con unas pinzas. Primero te manda a un caminador y después a una silla de ruedas”.

Cuando le detectaron el Parkinson, en 1986, tenía 42 años. Desde entonces, el mal ha avanzado hasta su tercera fase. “La más peligrosa es la quinta”, precisa, “que es la que tiene el boxeador Muhamad Alí: ya en ese estado, uno no puede mover los músculos”.

Al principio, Ruddy caminaba ayudado por un bastón. Ahora debe usar el caminador. Antes, el temblor era pasajero. Ahora es permanente y, con frecuencia, le afecta el habla. Cuando la crisis se recrudece – una fase que los médicos califican como “ponerse en off” – debe acostarse bocabajo en una cama, hasta que se le alivien los dolores. Además, tiene que tomar bastante agua, para combatir la sensación de resequedad en la garganta.

Escobar, que vive con su tercera esposa, Janeth Cuéllar, y con los tres hijos que tuvo con ella, disfruta de una pensión de las Fuerzas Militares, donde trabajó como entrenador de boxeo durante 18 años. Pero padece penurias económicas a las que no se refiere por puro pudor. Lo único que dice es que el Parkinson es desconsiderado con el dinero ajeno y les impone a sus víctimas la obligación de gastar como si fueran ricas.


***

Aunque procura borrar de su mente cualquier pensamiento que lo atormente, con frecuencia no puede evitar sentirse culpable. Cuando recuerda cómo llegó al boxeo, concluye que fue el instrumento de un destino que ya estaba escrito.

“No me hice boxeador por hambre ni por falta de estudios”, explica. “Mi papá era el presidente del Sindicato de Panaderos de Bogotá y yo terminé mi bachillerato. Mi inclinación por el boxeo fue una maldición que yo no fui capaz de descubrir a tiempo”.

Tendría quizás unos ocho años cuando vio por primera vez, en un gimnasio del barrio Samper Mendoza, de Bogotá, unos guantes de boxeo. Eran rojos, lo cual aumentó su encantamiento. En las peleas de Rocky Marciano, que había visto con avidez en el cine, los guantes siempre parecían negros o blancos. Ahora descubría que también podían ser de colores. Ruddy los acariciaba, como si fueran el talle de una mujer deseada. Y entonces empezó a soñar con ponérselos algún día.

En otra ocasión paseaba por un parque, de la mano de su padre, cuando vio a dos hombres dándose golpes en el centro de un cuadrilátero. En seguida, como poseído, echó a correr para ver de cerca aquel espectáculo. El boxeo tuvo después el descaro de ir a buscar a Ruddy en su propio barrio: un grupo industrial había lanzado al mercado un nuevo refresco, promocionado como la bebida de los campeones, y para calar en el público organizaba veladas boxísticas en los sectores populares de la ciudad. Los niños del Samper Mendoza hacían fila para pelear: los ganadores obtenían 70 centavos y un refresco.

Al principio, Ruddy creyó que peleaba por el premio. Ahora comprende que estaba encadenado y que, adonde quiera que se fuera, el boxeo lo iba a encontrar, porque necesitaba su cabeza. “Para mí no hubo bebida de campeones sino de perdedores”, dice con ironía.

El humor negro, a propósito, es uno de sus principales recursos defensivos. Hace tres años, en el barrio Egipto, un delincuente lo asaltó, para robarle el caminador. Con la mejor de sus caras de idiota, Ruddy le pidió al hombre que lo sostuviera por la cintura, mientras él se quitaba el caminador. El ladrón accedió a la solicitud con una confianza miserable, y al bajar las manos hasta la cintura de Escobar, quedó con el mentón descubierto: por allí le entró una trompada terrorífica que lo dejó viendo estrellitas. En seguida, salieron los vecinos de sus casas y lo remataron a palos, antes de entregárselo a la Policía.

“Fue un buen gancho de derecha”, dice Ruddy, con una sonrisa traviesa. “Esa pelea sí la gané sin sufrir”.

La máxima perla de su humor negro fue cuando, sentado en la sala de su casa, trató de encender un viejo radio que, en vez de sonar, tosió. Escobar lo apagó en el acto, y a continuación, con una mirada maliciosa, dijo que “ese radio también tiene el Mal de Parkinson”.

-- ¿No le parece demasiado despiadado con usted mismo?

-- No, para nada.

-- ¿Y si fuera yo el que hubiera hecho ese chiste?

-- Usted no tiene derecho a hacerlo. Yo sufro mi verdad pero también me defiendo con ella.

Después, con un rostro serio, dijo que si la vida quiere matarlo, tendrá que emplear sus mejores golpes, porque él no está dispuesto a rendirse. “Si Dios me ayuda” – fueron sus palabras textuales – “esta última pelea no voy a perderla por nocaut sino por decisión”.

 

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