El
sol bajaba lentamente como acariciando las paredes del edificio
al otro lado del parque y en su camino acariciaba también los
árboles del jardín afuera de aquel hospital, a estos últimos la
infinita cascada de luz proveniente de las alturas los hacía
brillar como si estuvieran forrados de diamantina. La mañana
poco a poco se calentaba y las mariposas y los pajarillos
comenzaban a desemperezarse del frío de la madrugada.
A inicios de la
primavera es muy extraño ver las hojas de los árboles cayendo y
tapizar el suelo y, sin embargo el espectáculo es hermoso,
parece que las hojas rinden tributo al sol y caen rendidas a los
pies de las personas que descuidadas se pasean por el jardín en
espera de alguna noticia de sus familiares enfermos.
Juan contemplaba
este escenario en el jardín de la sala de urgencias del
hospital, donde había pasado la noche en auxilio de su padre que
había sufrido un accidente y a quién los doctores habían
diagnosticado un terrible traumatismo encefálico y lo habían
declarado en estado grave de salud.
Después de pasar
una noche terrible y que parecía interminable, a esa hora de la
mañana Juan estaba con el corazón desecho y con las lágrimas a
punto de brotar como el agua de una fuente.
Veía la mañana y
la vida parecía comenzar de nuevo la rutina de todos los días,
cuan ajeno se sentía a esa vida que lo abofeteaba con esa
indiferencia y alegría. Absorto, contemplaba las hojas de los
árboles cayendo, se llevó la mano al bolsillo y sacó un
cigarrillo que dejó en sus labios temblorosos, aspiro
profundamente y el humo entró en sus pulmones en un vano intento
de encontrar la calma que no había encontrado durante la jornada
nocturna y que necesitaba desesperadamente en esos momentos.
Juan se lamentaba
de la situación por la que estaba pasando y se preguntaba una y
otra vez el por qué había llegado a la situación que estaba
viviendo, pero no encontraba respuesta y ¿a quién reprocharle?,
ni el mismo lo sabía, quizá a Dios, quizá a su padre, quizá a él
mismo. Al pensar en esto las lágrimas comenzaron a brotar
incontenibles del manantial en que se habían convertido sus ojos,
el humo del cigarrillo inundaba una y otra vez sus pulmones
tratando de ahogar todo ese llanto, pero todo era en vano, ya no
le importó que la gente lo viera llorar inconteniblemente, ya no
le importó perder ese aire de valiente macho que nunca llora, y
que en la mayor parte del son calificados los hombres, estuvo
largo rato de esta forma hasta que lo vio.
El señor tendría
unos cincuenta o sesenta y cinco años de edad según lo que pudo
calcular, el pelo cano dejaba entrever un gran espacio donde
terminaba la frente hasta donde comenzaba la nuca, era de
estatura mediana y delgado, quizá como resultado de una vida
llena de ejercicio o efectos de una mala alimentación, estaba un
poco encorvado también como síntoma de la edad, vestía una
chaqueta de color negro y si se ponía más atención uno podría
descubrir que sus ojos tenían una magia fuera de lo común, como
si fueran intemporales.
El hombre, al
igual que él miraba las hojas que al caer se mecían al capricho
de la brisa matutina y terminaban su viaje en el suelo, y esto
en realidad lo hizo sentirse extrañamente acompañado.
–Es
raro ver que las hojas caigan de los árboles en plena primavera
–Dijo el hombre al ver que Juan lo miraba, queriendo entablar
una conversación y pasar el tiempo de espera un poco más rápido.
–Sí
es muy extraño, estamos en pleno mayo y pareciera que es otoño –Respondió
Juan acercándose un poco al lugar en que estaba el hombre y
secándose las lágrimas de los ojos–, y el frío que hace aquí
cala hasta los huesos, no sé por que el clima es tan caprichoso.
¿Fuma usted? –Preguntó Juan, ofreciendo un cigarrillo de su
cajetilla.
–No
gracias –Respondió el hombre haciendo un gesto con la mano–. Yo
estoy bien así ¿Cómo está su paciente?.
La pregunta que
Juan no esperaba, salió de pronto y la trató de responder sin
ningún temor, sin ninguna duda, sin ningún quebranto.
–Pues,
es algo que no me gustaría comentar, me duele y pienso que
acabaría llorando inconsolablemente y eso no me gustaría creo. –Respondió
Juan, ya con un nudo en la garganta.
–¡Vamos!
–Añadió el hombre–, creo yo que de vez en cuando tenemos que
desahogarnos con alguien, si no quieres hacerlo no te obligaré,
pero si quieres yo te escucharé. A veces pienso que es bueno
sacar todas las penas que trae uno adentro y si es con una
persona desconocida, es lo mejor que puedes hacer en momentos
como este.
Juan se quedó
pensativo, volteó a ver la cara del hombre y sintió que le
hablaba con sinceridad, eso le dio confianza para contar la
experiencia que estaba sufriendo.
–Se
trata de mi padre –Dijo dándose por vencido y empezando una
plática que sabía le iba a doler profundamente–. Lo internamos
anteayer, de un golpe en la cabeza y por el momento los doctores
lo reportan grave –lanzó un suspiro para continuar–, no sé como
fue lo que pasó, yo solo supe que se cayó. Ayer me quedé con él
toda la noche y lo he notado muy diferente, no reconoce a nadie
y el golpe que recibió en la cabeza es peor de lo que
esperábamos. Solo espero que se pueda reestablecer y quedar como
antes. No he sido muy buen hijo, pero él tampoco ha sabido ser
un buen padre, eso debo decirlo y aún así no me gustaría que
muriera, aún no.
–¿Por
qué no? –Preguntó el hombre.
–No
lo sabría decir a ciencia cierta, creo que a nadie le gustaría
perder a un ser querido nunca –Respondió Juan con un dejo de
tristeza reflejado en su voz–. Pero el destino es muy incierto y
sé que, lo que todos tenemos seguro en esta vida, es la muerte.
–Es
cierto lo que dices –Respondió el hombre–, la única diferencia
que se puede notar entre el vivir y el morir es en la forma en
que ocupas tu tiempo.
–Es
una ironía que cuando tienes a la persona querida junto a ti,
sin ningún tipo de problema, no digas lo que sientes por ella, y
lo que te hace sentir, pero cuando cae enferma o sufre un
accidente –como en mi caso–, no quieres que pierda la vida o que
sufra mucho –Dijo Juan, con la mirada fija en el rostro del
hombre.
El hombre quedó en
silencio miraba una hoja del árbol que al ser mecida por el
viento se fue a posar en sus pies, al parecer reflexionaba sobre
lo que Juan había dicho, el silencio quedo flotando como una
interrogación entre los dos.
–Perdón
–dijo Juan–, parece que lo estoy aburriendo con mi historia.
Hizo el intento de
retirarse pero el hombre le puso una mano sobre el hombro y lo
obligó a quedarse.
–No
te preocupes –Respondió el hombre–, sólo meditaba un poco acerca
de todo lo que me dijiste, es claro que eres muy inteligente
muchacho y que tienes una sensibilidad fuera de lo normal ¡ánimo!,
verás que tu padre no morirá. Se recuperará aunque eso lleva
mucho tiempo ¿sabes? –Añadió–, yo creo que todos tenemos un
destino en esta vida, un propósito por el que estamos aquí,
aunque esto muchos de nosotros lo ignoremos, pienso que cuando
aún no hemos cumplido con ese propósito, no podemos morir.
Pienso que tu papá no lo ha cumplido aún y es por eso que está
vivo.
–Eso
espero –Murmuró Juan entre dientes–, pero ahora hábleme de usted
–dijo de pronto–, ¿Tiene familiares aquí?, ¿cómo están ellos?.
–Bueno
te diré por que estoy aquí, aunque no debiera –dijo el hombre un
poco triste, y dejando que sus palabras fueran arrastradas por
el misterio y por el viento matutino.
–Estoy...
En ese momento se
oyó la sirena de una ambulancia interrumpiendo la platica del
hombre, la ambulancia que llegaba venía escoltada por un auto
patrulla del cual bajaron dos policías rifle en mano, de la
ambulancia extrajeron a una mujer. La cual venía inconsciente y
fue trasladada al pabellón de urgencias seguida por los policías,
levantando una ola de murmullos de la gente que curiosa
comenzaba a arremolinarse en torno a los autos.
–Bueno,
yo he venido a ver a dos personas –Continuó el hombre–, las
cuales han sufrido severos accidentes y los doctores han dicho
que no sobrevivirán el día de hoy.
–¡Que
lástima!, son familiares suyos me supongo –Afirmó Juan con un
asomo de curiosidad en el rostro.
–En
cierta forma, digamos que así es –Dijo el hombre, quedando en
silencio por unos momentos–, el hombre fue baleado a unos
cuantos metros de su casa y está agonizante, la mujer es una
persona que se dedica al tráfico y robo de coches, en una
persecución choco en el carro que acababa de robar y se lastimó
todo el cuerpo ahora está agonizante también.
Guardó silencio
como meditando un poco, quizá por que la conversación había
tomado un poco del aburrimiento de esa mañana, solo interrumpido
por la voz del vigilante en la puerta de la sala de urgencias.
–¿Qué
opina usted de todo esto? – Preguntó Juan.
–¿Opinar?,
sobre ¿qué? –Contestó el hombre.
–Pues
del ambiente que reina en este lugar, pasar de la muerte a la
vida, de la esperanza a la tristeza y el desaliento en tan sólo
unos minutos, de la ansiedad que se ve en todos los rostros de
la gente con deseos de recuperar a los seres queridos después de
ingresarlos así, medio muertos, de la desesperación de aquellos
a los cuales ya no se les encuentra remedio, y de todo lo que
concierne a esta sección del hospital es decir, a esta sección
de vida y muerte.
Hubo un prolongado
silencio entre los dos, mientras la voz del guardia de seguridad
seguía leyendo nombres de pacientes y la gente se arremolinaba
ante él para oír noticias de su enfermo. Al cabo de unos
segundos el hombre respondió con una voz tranquila y pausada.
–Mira
muchacho, este lugar es especial, yo lo llamaría el lugar de las
esperanzas, aquí el ambiente es de una cooperación increíble.
Los seres humanos somos muy sensibles y amorosos, todos los
sentimientos buenos que somos capaces de mostrar a los demás
salen a flote aquí, aquella mujer que tiene problemas y que no
tiene el dinero para aliviar a su marido, o a su padre o a su
hermano o hijo, viene aquí con la esperanza de hallar ayuda, y
aquí la obtiene por que estamos en las mismas condiciones o
quizá por el temor de encontrarnos en una situación igual o peor.
A la persona que se le muere algún ser querido, ve en todas las
personas que se encuentran aquí un poco de entendimiento y
comprensión, este lugar es como una isla en medio de un mar de
amarguras y de odio. Si Dios existe, el lugar en donde debe
estar es aquí, en el corazón de todas las personas que están
entre nosotros en este preciso momento. Y si alguna persona
comete algún pecado, está dispuesta a cumplir su penitencia con
gusto, por el solo hecho de salir con el milagro de ver a su ser
querido repuesto.
–No
lo había visto de esa forma –Interrumpió Juan con una esperanza
nueva en el rostro.
–Escucha
–Continuó el hombre–, a veces nos duele mucho que algún ser
querido se nos muera, nos duele mucho el ya no verlo más, el
sentir que se nos fue por alguna razón desconocida, pero la
verdad es que eso es algo inherente a la propia vida y al ser
humano.
El tiempo es un
buen consejero en estos casos, si nosotros no tenemos asuntos
pendientes con la persona que se fue, hallamos resignación muy
pronto y convivimos con ese ser, aunque ya no esté con nosotros
y lo seguimos amando al recordarlo, pero si es al contrario, la
conciencia de lo que fuimos y lo que somos nos castiga
implacablemente, nos sentimos culpables de su pérdida y no
vivimos tranquilos ni morimos de la mejor forma.
–Pero,
¿Cómo podemos soportar el dolor de una pérdida de tal magnitud?
–Preguntó Juan, mientras volteaba a ver a una chica que, con un
pie roto trataba de llegar a la puerta en donde el vigilante se
encontraba, ayudada por su madre–. Espere un poco –Dijo y
tomándola en brazos la cargo y la introdujo a la sala para que
fuera revisada por el doctor.
–¿Ves
lo que te digo? –Dijo el hombre al regresar Juan a su lado–, hay
mucha gente que gustosa ayuda al prójimo sin pedir nada a cambio,
quizá otra persona hubiera ayudado a la muchacha si no lo haces
tú, ¿no lo crees?. Volviendo a tu pregunta y respondiéndote,
todo está en el corazón, y en nuestra forma de ser; si la
persona que soporta un dolor, cualquiera que este fuere no se
desahoga de cualquier forma, el único camino que queda es morir,
así la persona se libra de todo y es libre, libre como el viento,
libre como aquella mariposa que se ve volando por allá. Si esto
sucediese la persona experimentaría un cambio a su alrededor, y
aunque todo cambio duele, a veces es mucho mejor, y sin duda es
un trago amargo que todos debemos tomar algún día.
Algunas veces, yo
diría que la mayoría de nosotros preferimos seguir viviendo con
un dolor que conocemos, a sentirnos libres de ese dolor y de
realizar un cambio en nuestra vida. Lo que se debe hacer es
buscar algo que te mueva a encontrarte a ti mismo y a la causa
que te ocasiona el dolor, descubrir cada día que la vida está en
constante cambio y que siempre vivir es un reto, reto que se
debe vencer día con día.
–Familiares
del señor Roberto Jiménez –Se oyó la voz del vigilante que
fuerte y clara parecía que la pronunciaba por enésima vez.
–Creo
que me buscan –Dijo Juan volteando en la dirección en que estaba
el vigilante y respondiendo al grito dio dos pasos. De pronto
recordó al hombre y se quiso despedir de él, al voltear de nuevo
no vio a nadie solo al barandal de hierro en el que momentos
antes estuvo recargado y a las mariposas más allá revoloteando
entre las flores y el viento que al soplar levantaba un poco de
polvo del suelo.