México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









 

 

Eugenio Bautista De la Cruz: Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica, egresado del Instituto Politécnico Nacional. Poeta y narrador. Mención de Honor en el IV Concurso Internacional de Poesía y Narrativa del Instituto Cultural Latinoamericano de Buenos Aires Argentina .Ha escrito un cuadernillo de poemas que se llama Poemas para Daniela, inédito, y actualmente escribe otros dos que son: Vuelo de hojas y De tiempo en tiempo, así como dos libros de cuentos Mis historias, mis cuentos, mis narraciones y Desde la ventana, Participa en diversos certámenes de literatura, en México y España.

 

El sol bajaba lentamente como acariciando las paredes del edificio al otro lado del parque y en su camino acariciaba también los árboles del jardín afuera de aquel hospital, a estos últimos la infinita cascada de luz proveniente de las alturas los hacía brillar como si estuvieran forrados de diamantina. La mañana poco a poco se calentaba y las mariposas y los pajarillos comenzaban a desemperezarse del frío de la madrugada.

A inicios de la primavera es muy extraño ver las hojas de los árboles cayendo y tapizar el suelo y, sin embargo el espectáculo es hermoso, parece que las hojas rinden tributo al sol y caen rendidas a los pies de las personas que descuidadas se pasean por el jardín en espera de alguna noticia de sus familiares enfermos.

Juan contemplaba este escenario en el jardín de la sala de urgencias del hospital, donde había pasado la noche en auxilio de su padre que había sufrido un accidente y a quién los doctores habían diagnosticado un terrible traumatismo encefálico y lo habían declarado en estado grave de salud.

Después de pasar una noche terrible y que parecía interminable, a esa hora de la mañana Juan estaba con el corazón desecho y con las lágrimas a punto de brotar como el agua de una fuente.

Veía la mañana y la vida parecía comenzar de nuevo la rutina de todos los días, cuan ajeno se sentía a esa vida que lo abofeteaba con esa indiferencia y alegría. Absorto, contemplaba las hojas de los árboles cayendo, se llevó la mano al bolsillo y sacó un cigarrillo que dejó en sus labios temblorosos, aspiro profundamente y el humo entró en sus pulmones en un vano intento de encontrar la calma que no había encontrado durante la jornada nocturna y que necesitaba desesperadamente en esos momentos.

Juan se lamentaba de la situación por la que estaba pasando y se preguntaba una y otra vez el por qué había llegado a la situación que estaba viviendo, pero no encontraba respuesta y ¿a quién reprocharle?, ni el mismo lo sabía, quizá a Dios, quizá a su padre, quizá a él mismo. Al pensar en esto las lágrimas comenzaron a brotar incontenibles del manantial en que se habían convertido sus ojos, el humo del cigarrillo inundaba una y otra vez sus pulmones tratando de ahogar todo ese llanto, pero todo era en vano, ya no le importó que la gente lo viera llorar inconteniblemente, ya no le importó perder ese aire de valiente macho que nunca llora, y que en la mayor parte del son calificados los hombres, estuvo largo rato de esta forma hasta que lo vio.

El señor tendría unos cincuenta o sesenta y cinco años de edad según lo que pudo calcular, el pelo cano dejaba entrever un gran espacio donde terminaba la frente hasta donde comenzaba la nuca, era de estatura mediana y delgado, quizá como resultado de una vida llena de ejercicio o efectos de una mala alimentación, estaba un poco encorvado también como síntoma de la edad, vestía una chaqueta de color negro y si se ponía más atención uno podría descubrir que sus ojos tenían una magia fuera de lo común, como si fueran intemporales.

El hombre, al igual que él miraba las hojas que al caer se mecían al capricho de la brisa matutina y terminaban su viaje en el suelo, y esto en realidad lo hizo sentirse extrañamente acompañado.

Es raro ver que las hojas caigan de los árboles en plena primavera –Dijo el hombre al ver que Juan lo miraba, queriendo entablar una conversación y pasar el tiempo de espera un poco más rápido.

Sí es muy extraño, estamos en pleno mayo y pareciera que es otoño –Respondió Juan acercándose un poco al lugar en que estaba el hombre y secándose las lágrimas de los ojos–, y el frío que hace aquí cala hasta los huesos, no sé por que el clima es tan caprichoso. ¿Fuma usted? –Preguntó Juan, ofreciendo un cigarrillo de su cajetilla.

No gracias –Respondió el hombre haciendo un gesto con la mano–. Yo estoy bien así ¿Cómo está su paciente?.

La pregunta que Juan no esperaba, salió de pronto y la trató de responder sin ningún temor, sin ninguna duda, sin ningún quebranto.

Pues, es algo que no me gustaría comentar, me duele y pienso que acabaría llorando inconsolablemente y eso no me gustaría creo. –Respondió Juan, ya con un nudo en la garganta.

¡Vamos! –Añadió el hombre–, creo yo que de vez en cuando tenemos que desahogarnos con alguien, si no quieres hacerlo no te obligaré, pero si quieres yo te escucharé. A veces pienso que es bueno sacar todas las penas que trae uno adentro y si es con una persona desconocida, es lo mejor que puedes hacer en momentos como este.

Juan se quedó pensativo, volteó a ver la cara del hombre y sintió que le hablaba con sinceridad, eso le dio confianza para contar la experiencia que estaba sufriendo.

Se trata de mi padre –Dijo dándose por vencido y empezando una plática que sabía le iba a doler profundamente–. Lo internamos anteayer, de un golpe en la cabeza y por el momento los doctores lo reportan grave –lanzó un suspiro para continuar–, no sé como fue lo que pasó, yo solo supe que se cayó. Ayer me quedé con él toda la noche y lo he notado muy diferente, no reconoce a nadie y el golpe que recibió en la cabeza es peor de lo que esperábamos. Solo espero que se pueda reestablecer y quedar como antes. No he sido muy buen hijo, pero él tampoco ha sabido ser un buen padre, eso debo decirlo y aún así no me gustaría que muriera, aún no.

¿Por qué no? –Preguntó el hombre.

No lo sabría decir a ciencia cierta, creo que a nadie le gustaría perder a un ser querido nunca –Respondió Juan con un dejo de tristeza reflejado en su voz–. Pero el destino es muy incierto y sé que, lo que todos tenemos seguro en esta vida, es la muerte.

Es cierto lo que dices –Respondió el hombre–, la única diferencia que se puede notar entre el vivir y el morir es en la forma en que ocupas tu tiempo.

Es una ironía que cuando tienes a la persona querida junto a ti, sin ningún tipo de problema, no digas lo que sientes por ella, y lo que te hace sentir, pero cuando cae enferma o sufre un accidente –como en mi caso–, no quieres que pierda la vida o que sufra mucho –Dijo Juan, con la mirada fija en el rostro del hombre.

El hombre quedó en silencio miraba una hoja del árbol que al ser mecida por el viento se fue a posar en sus pies, al parecer reflexionaba sobre lo que Juan había dicho, el silencio quedo flotando como una interrogación entre los dos.

Perdón –dijo Juan–, parece que lo estoy aburriendo con mi historia.

Hizo el intento de retirarse pero el hombre le puso una mano sobre el hombro y lo obligó a quedarse.

No te preocupes –Respondió el hombre–, sólo meditaba un poco acerca de todo lo que me dijiste, es claro que eres muy inteligente muchacho y que tienes una sensibilidad fuera de lo normal ¡ánimo!, verás que tu padre no morirá. Se recuperará aunque eso lleva mucho tiempo ¿sabes? –Añadió–, yo creo que todos tenemos un destino en esta vida, un propósito por el que estamos aquí, aunque esto muchos de nosotros lo ignoremos, pienso que cuando aún no hemos cumplido con ese propósito, no podemos morir. Pienso que tu papá no lo ha cumplido aún y es por eso que está vivo.

Eso espero –Murmuró Juan entre dientes–, pero ahora hábleme de usted –dijo de pronto–, ¿Tiene familiares aquí?, ¿cómo están ellos?.

Bueno te diré por que estoy aquí, aunque no debiera –dijo el hombre un poco triste, y dejando que sus palabras fueran arrastradas por el misterio y por el viento matutino.

Estoy...

En ese momento se oyó la sirena de una ambulancia interrumpiendo la platica del hombre, la ambulancia que llegaba venía escoltada por un auto patrulla del cual bajaron dos policías rifle en mano, de la ambulancia extrajeron a una mujer. La cual venía inconsciente y fue trasladada al pabellón de urgencias seguida por los policías, levantando una ola de murmullos de la gente que curiosa comenzaba a arremolinarse en torno a los autos.

Bueno, yo he venido a ver a dos personas –Continuó el hombre–, las cuales han sufrido severos accidentes y los doctores han dicho que no sobrevivirán el día de hoy.

¡Que lástima!, son familiares suyos me supongo –Afirmó Juan con un asomo de curiosidad en el rostro.

En cierta forma, digamos que así es –Dijo el hombre, quedando en silencio por unos momentos–, el hombre fue baleado a unos cuantos metros de su casa y está agonizante, la mujer es una persona que se dedica al tráfico y robo de coches, en una persecución choco en el carro que acababa de robar y se lastimó todo el cuerpo ahora está agonizante también.

Guardó silencio como meditando un poco, quizá por que la conversación había tomado un poco del aburrimiento de esa mañana, solo interrumpido por la voz del vigilante en la puerta de la sala de urgencias.

¿Qué opina usted de todo esto? – Preguntó Juan.

¿Opinar?, sobre ¿qué? –Contestó el hombre.

Pues del ambiente que reina en este lugar, pasar de la muerte a la vida, de la esperanza a la tristeza y el desaliento en tan sólo unos minutos, de la ansiedad que se ve en todos los rostros de la gente con deseos de recuperar a los seres queridos después de ingresarlos así, medio muertos, de la desesperación de aquellos a los cuales ya no se les encuentra remedio, y de todo lo que concierne a esta sección del hospital es decir, a esta sección de vida y muerte.

Hubo un prolongado silencio entre los dos, mientras la voz del guardia de seguridad seguía leyendo nombres de pacientes y la gente se arremolinaba ante él para oír noticias de su enfermo. Al cabo de unos segundos el hombre respondió con una voz tranquila y pausada.

Mira muchacho, este lugar es especial, yo lo llamaría el lugar de las esperanzas, aquí el ambiente es de una cooperación increíble. Los seres humanos somos muy sensibles y amorosos, todos los sentimientos buenos que somos capaces de mostrar a los demás salen a flote aquí, aquella mujer que tiene problemas y que no tiene el dinero para aliviar a su marido, o a su padre o a su hermano o hijo, viene aquí con la esperanza de hallar ayuda, y aquí la obtiene por que estamos en las mismas condiciones o quizá por el temor de encontrarnos en una situación igual o peor. A la persona que se le muere algún ser querido, ve en todas las personas que se encuentran aquí un poco de entendimiento y comprensión, este lugar es como una isla en medio de un mar de amarguras y de odio. Si Dios existe, el lugar en donde debe estar es aquí, en el corazón de todas las personas que están entre nosotros en este preciso momento. Y si alguna persona comete algún pecado, está dispuesta a cumplir su penitencia con gusto, por el solo hecho de salir con el milagro de ver a su ser querido repuesto.

No lo había visto de esa forma –Interrumpió Juan con una esperanza nueva en el rostro.

Escucha –Continuó el hombre–, a veces nos duele mucho que algún ser querido se nos muera, nos duele mucho el ya no verlo más, el sentir que se nos fue por alguna razón desconocida, pero la verdad es que eso es algo inherente a la propia vida y al ser humano.

El tiempo es un buen consejero en estos casos, si nosotros no tenemos asuntos pendientes con la persona que se fue, hallamos resignación muy pronto y convivimos con ese ser, aunque ya no esté con nosotros y lo seguimos amando al recordarlo, pero si es al contrario, la conciencia de lo que fuimos y lo que somos nos castiga implacablemente, nos sentimos culpables de su pérdida y no vivimos tranquilos ni morimos de la mejor forma.

Pero, ¿Cómo podemos soportar el dolor de una pérdida de tal magnitud? –Preguntó Juan, mientras volteaba a ver a una chica que, con un pie roto trataba de llegar a la puerta en donde el vigilante se encontraba, ayudada por su madre–. Espere un poco –Dijo y tomándola en brazos la cargo y la introdujo a la sala para que fuera revisada por el doctor.

¿Ves lo que te digo? –Dijo el hombre al regresar Juan a su lado–, hay mucha gente que gustosa ayuda al prójimo sin pedir nada a cambio, quizá otra persona hubiera ayudado a la muchacha si no lo haces tú, ¿no lo crees?. Volviendo a tu pregunta y respondiéndote, todo está en el corazón, y en nuestra forma de ser; si la persona que soporta un dolor, cualquiera que este fuere no se desahoga de cualquier forma, el único camino que queda es morir, así la persona se libra de todo y es libre, libre como el viento, libre como aquella mariposa que se ve volando por allá. Si esto sucediese la persona experimentaría un cambio a su alrededor, y aunque todo cambio duele, a veces es mucho mejor, y sin duda es un trago amargo que todos debemos tomar algún día.

Algunas veces, yo diría que la mayoría de nosotros preferimos seguir viviendo con un dolor que conocemos, a sentirnos libres de ese dolor y de realizar un cambio en nuestra vida. Lo que se debe hacer es buscar algo que te mueva a encontrarte a ti mismo y a la causa que te ocasiona el dolor, descubrir cada día que la vida está en constante cambio y que siempre vivir es un reto, reto que se debe vencer día con día.

Familiares del señor Roberto Jiménez –Se oyó la voz del vigilante que fuerte y clara parecía que la pronunciaba por enésima vez.

Creo que me buscan –Dijo Juan volteando en la dirección en que estaba el vigilante y respondiendo al grito dio dos pasos. De pronto recordó al hombre y se quiso despedir de él, al voltear de nuevo no vio a nadie solo al barandal de hierro en el que momentos antes estuvo recargado y a las mariposas más allá revoloteando entre las flores y el viento que al soplar levantaba un poco de polvo del suelo.

 

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 7 I  2007 ©

volver al índice  

 

 

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved