México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









Juan Carlos Galván Vela. (Pueblo Nuevo, Gto. México 1960) Periodista, Narrador y Poeta, Docente y ex Becario de la Universidad Quetzalcoatl en Irapuato Premio Nacional de Cuento “Francisco J. Mújica” 1988. Premio al Mérito Periodístico “José Pagés Llergo 1999”.Cuenta con los poemarios Puerto de Águilas, Horizontes, El Desierto del Mar, y prepara Donde Florece la Soledad; la novela Silencio, y dos volúmenes de cuentos: La noche creció en el tecolote, e Itinerario de la desolación. Dos libros de motivación bajo el título: Mapa del tesoro que guardé para mis hijos.Ha acumulado veintiún preseas diversas durante su carrera periodística y literaria. Hoy en día, sus textos se difunden en portales de España, Perú, Argentina y México y pronto aparecerá en una edición de California, Estados Unidos.

 

Doña Cleofas mandó ampliar la fotografía que su madre le dejó de herencia, para no olvidar lo que pasó dos años después de casarse, a sus veinticinco años, ya que ella tiene ahora noventa y cuatro.

La foto era así de chiquitita y le pidió a un señor que iba con frecuencia al rancho, que se la hiciera más grande, pero el hombre ya luego no volvió, aunque mandó con otro la foto del Padre Miguel, el que se pasó todos sus años en la comunidad, y fue de ahí que lo sacaron los que decían que “...Padres y ricos son la misma cosa...”

Al Padre Miguel lo sacaron de la Hacienda de Yóstiro con la planta de los pies cortados y así llegó caminando hasta la plaza principal del pueblo Eraitzicutzio, en donde lo mataron.

El padrecito ya les había dicho:

- “...El día en que vengan los del gobierno, me van a dejar solo, van a permitir que me lleven y me maten...”

Eso les dijo a todos los lugareños, pero la gente le contestaba:

-“...No padrecito, cómo lo vamos a dejar, no permitiremos que se lo lleven, aunque sea a pedradas los corremos, a garrotazos, pero no lo dejaremos solo...”

Y sí, él tenía razón: a la hora de los carambazos nadie le entró y cuando llegaron los del gobierno, se lo llevaron y lo mataron.

Por eso Doña Cleofas mandó ampliar la fotografía del sacerdote Miguel y aunque el fotógrafo ya no volvió, mandó la reproducción ya ampliada al rancho con otro fulano, pero el muy desgraciado se quedó con la foto de ella, la original, la que le regaló su madre, que seguramente la ha de andar vendiendo por ahí, ya que es milagrosa.

El Padre Miguel era del pueblo de Mastonde y de ahí también se llevaron a otros tres sacerdotes que se fueron a esconder al rancho de San Guillermo, al otro lado del río. De ellos tres, a Ángel y a Agustín los mataron en la ladera del cerro de Panales, ahí en donde se construyó la capilla que recuerda su sacrificio.

Ángel era canónigo y Agustín vicario, ambos hermanos; el otro, Miguelito, como le decían de cariño tanto en el rancho como en el pueblo, dicen que se escapó y llegó hasta Los Aldamas, pero lo siguieron y allá lo mataron.

Doña Cleofas recuerda, ahora que empieza el calor, que antes se sentía tanto la intensidad del sol que se prendían las hierbas en el cerro y también en la ladera de las lomas, y como no había agua en abundancia -ni presas ni bordos-, los pastizales se perdían.

Si la gente hacía un hoyo así, escarbando en las tierras bajas o en las riberas de los arroyos y en el lecho de los ríos -la mayor parte del año secos-, pronto salía el agua, se minaba entre la arena o en la tierra lama, según fuera la zona, y no que ahora hay que escarbar mucho, harto hay que escarbar para encontrar el agua.

- Antes, cuando eran tiempos de las haciendas... –cuenta Doña Cleofas-, teníamos que pedir permiso al patrón para buscar la manera de calmar la sed; claro, todavía éramos niñas y digo éramos, porque la muchachada se juntaba para hacer algo todo el día, mujeres principalmente, porque antes como ahora, todavía los hombres se siguen largando pal norte en busca de trabajo:

- Patroncito, ¿nos deja ir a cortar unos corazones de nopal?

- No, no las dejo porque se van a terminar el agua y luego no va a haber para el ganado...

Y pos no nos dejaba.

Pero cuando daba su permiso, nos entregaba un papelito con su autorización para cortar los nopales, sólo las pencas grandes, viejas, que se cortaban de la orillita y luego lo de en medio, eso comíamos porque, al no haber mucho agua, con la que contienen los nopales calmábamos la sed, aunque de preferencia todas queríamos que nos permitiera cortar unos cuantos de los más tiernitos.

Así era como también se le daba al ganado, porque muchos pozos no había o teníamos que sacar el agua con una palanganita, de esos hoyos que escarbábamos. En ocasiones, cuando el patrón estaba de malas –que era las más de las veces-, recurríamos a don Eusebio, el capataz:

- Don Eusebio, ¿nos corta unos nopales para comer corazón de nopal?

- No... -contestaba- ...a menos que me ayuden a echarles la pastura a los animales.

Y sí, ahí íbamos todos y todas a ayudarle a juntar la paja, a cortar cebada, a echar la comedera al ganado y a darles agua, cuando no se les daban nopales y había en abundancia.

Por el contrario, cuando no había ni una sola gota, Don Eusebio se encargaba de ello: cortaba las pencas grandes, les quitaba las espinas y luego las iba tasajeando en los abrevaderos. Y mientras él cortaba los nopales, toda la chamacada juntábamos leña seca, ramas de huitzache o troncos podridos, también para que no se terminara la leña buena.

Los nopales, ya cortaditos por la orilla, ya sin espinas, puro corazón, ahí en la fogata Don Eusebio les daba una sazonadita. Para los animales nada más les quitaba las espinas, pero para comer nosotros y calmar la sed, sobre la fogata se quedaban un buen rato.

Lo raro es que todas las vacas estaban como para quitarles el pellejo con las uñas, bien gordas, y no que ahora, aunque les echen molido de sorgo y otros granos y alimentos que según muy nutritivos para una buena leche, pues no, están flacos los animales.

Ya terminado el trabajo, nos cortaba los nopales, unas cuantas pencas grandes y los más tiernitos que luego iba rebanando tras quitarles las espinas y todos metíamos mano para comer, y siempre alcanzábamos lo suficiente para calmar la sed y sobre todo, para matar el hambre.

A veces Don Eusebio nos premiaba con puros nopales tiernitos a los que con sólo quitarles las espinas, cortaba en pedazos y así crudos servían para calmar la sed y hasta el hambre, como todavía me acuerdo, pero para comer, primero hay que trabajar y por ello a veces hasta nos convidaba de su comida, frijolitos y café. Esa era su comida todos los días.

Don Eusebio sí sabía leer, por eso el patrón lo nombró capataz, y pues le fue bien, aunque la mayoría de los peones no lo querían, hablaban mal de él diciendo que se creía mucho y es verdad porque con aquellos que siempre andaban de pleito con él, les cargaba mano dura en el trabajo. Pero con nosotros era diferente y bueno el hombre, hasta nos contaba historias:

“... Cuando ustedes sean grandes, después de que pasen algunos años, las cosas irán cambiando poco a poco. Va a haber uno como gusano, enorme, que les traiga trabajo a todos los hombres de por aquí en la región y a muchos más que les interese el jornal y ganarse unos pesos, plata pura de ley habrán de ganar, sin importar de donde sean.

Ese gusano va a cargar con todos juntos pues será enorme y no se cansará nunca, con mucha gente va a poder, pero para que pueda caminar, habrá que meterle piedra janama, de esa que hay por ahí en el cerro, que por eso le nombran el Cerro del Janamo, y leña, mucha leña habrá que meterle hasta que la piedra se caliente y quede prendida, roja como las brazas.

Y luego de eso, unos años después -ya lo verán ustedes porque les tocará vivir para contarlo-, van a llegar unos como pájaros de acero que se vayan muy alto alto, hasta el cielo y más arriba del cielo mismo. Muchas cosas raras que no vemos ahora habrán de ocurrir, porque así está en las Santas Escrituras.

Pero también con esas cosas extrañas vendrán los males que azoten la región, ya lo verán. Se va a terminar el agua y las tierras a lo mejor ya no puedan cultivarse. Los ríos, que de por sí no tenemos agua, se van a quedar secos y no va a correr ni a pocos metros como ahora, ni una sola gota de agua para beber. Toda será del Anticristo, porque así está en la Santa Palabra del Señor.

Después, los hombres entre sí, unos y otros se van a matar, a tenerse envidias, a pelear por las tierras, a querer ser los dueños de todo lo que ahora vemos. Van a dejar sus casas, a dejar a sus hijos muriéndose de hambre y todo por seguir los malos pensamientos que les lleguen al corazón.

Vendrán los del gobierno, muchos hombres del gobierno con campesinos de otras tierras cargando sus máuseres, que son como de esos rifles que tiene el patrón, todos van a llegar arriba del gusano y cuando vengan, le quitarán sus tierras al patrón, a la mala, y nosotros que aquí trabajamos, nos van a correr, a echarnos de la hacienda; nos dejarán sin nada, sin esas chozas donde vivimos ni en donde trabajar y mucho menos algo para comer; si ahora nos alcanza para unos cuantos frijoles y café y corazón de nopal, después ni para eso va a alcanzar...”

Un día comenzó a temblar, fuertes explosiones retumbaban en la región.

En las alacenas los platos se mecían y muchos terminaron rotos, estrellados contra el suelo. El estruendo parecía provenir de atrás del cerro del Janamo, hasta donde la gente se encaminó para ver que ocurría: lo del gusano que dijera Don Eusebio se hizo cierto; él mismo nos llevó hasta el rancho de Guadalupe, cerca de San Isidro.

Muchos hombres que se veían rete chiquititos desde el cerro, iban abriendo camino y tendiendo otro de acero y madera. Es por ahí que sigue pasando el tren que hay desde entonces y por donde llegaron los agraristas, arriba del gusano aquel del que ya se hablaba en las escrituras y que nos había sido anunciado por Don Eusebio.

Cuando llegaron los agraristas junto con el gobierno cargando sus máuseres, arriba del gusano que caminaba con la piedra janama quemándole las entrañas, encendida, roja, la madre de Doñas Cleofas decía a su papá:

- No Pantaleón, no te vayas a ir con los de esa “secta”, no le vayan a quitar sus tierras al patrón, qué mal les ha hecho ese pobre hombre. No Pantaleón, tú no vayas con ellos...

Pero cuando entraron a las haciendas, comenzaron a robar, violaban a las sirvientas, mataban a los capataces, a todos los que habían trabajado con los explotadores -decían-, y a los amos los humillaban y a sus hijas las desvestían para ver sus carnes blancas y burlándose de ellas las hacían huir antes de matarlas. A los peones que no se sumaban a la revuelta, los lanzaban desde los techos de las trojes, desde hasta amero arriba de la parroquia, o simplemente les daban un tiro.

Pero de todas formas nos echaron de la hacienda.

Los hombres con sus máuseres se subían a las naves de las trojes para vigilar, o al techo de las casas y cantaban y componían versos en las noches, con acordes de guitarra, versos que decían:

“...ora sí, pinches ricos, ya enseñaron el cobre, pero ya no tendrán más que tragar con el sudor de los pobres...”


Así cantaban, al igual que se les oía otra canción que hablaba de un pájaro que se fue más allá del cielo y que luego la prohibieron porque hablaba de la muerte del Padre Miguel y decía cosas malas de los agraristas y cosas contra el mal gobierno.

Quien sabe que tanto diría aquella canción que no me acuerdo, y por eso la prohibieron, pero no sólo por criticar al gobierno, sino, dicen que hablaba de la sangre del Padrecito Miguel, que iba quedando en el camino luego de que le cortaron la planta de los pies, porque al caminar dejaba mucha sangre, y si uno agarraba así un puño de tierra, el lodo que se hacía era pura sangre.

Pero el que si se acordaba de muchas cosas era Margarito, el hermano mayor de Doña Cleofas, y contaba como conoció a Pancho Villa cuando aquellos pájaros que anunció den Eusebio, bajaban cerca del cerro de Arandas, allá por el lado del rancho San José de Jorge López, pos cuales pájaros enormes volaban, que luego supimos se les llamaban avionetas y aunque nomás cargaban con dos personas arriba, si subían y bajaban muy cerca y uno quería ser también como los pájaros, tener alas y levantarse de la tierra para mirar cómo se veía uno acá abajo, todo chaparro, que de por sí.

Margarito tenía diez años y se acordaba de muchas cosas, las avionetas que iban bajando bajando y él y otros chiquillos corrían hasta cerca de San José para ver aquellos pájaros y un día, ya por la tarde, cuando anduvieron de fisgones por ahí cerca, que los pepena uno de los guardias que estaba vigilando ahí parado cerca, con el rifle en la mano todo el tiempo y cuando vio a los chiquillos que andaban merodeando, nomás de metiches, pos que los agarra y ahí los lleva con el mero mero, que entonces supieron luego ese era el mero Pancho Villa, un hombre alto, bigotón y con una pistola a cada lado del cinto y sus cartucheras cruzadas en el pecho y una sonrisota enorme y aquel sombrero como los que tren ahora los cazadores que ves en la televisión y que no había antes.

Los muchachos, decía Margarito, él y todos los que le seguían, como unos siete, pos los agarraron y los llevaron ante Villa y éste les dijo:

-Pos qué andan haciendo por aquí demontres de escuincles, se me hace que ustedes nomás andan de espías, fisgoneando lo que no les importa, ¿verdá? A ver, díganme quién los mandó a espiar... Porque si no, aquí mismo doy la orden oritita pa’ que los fusilen, qué me importa que estén todavía chamacos, pa’ que escarmienten y no vayan a llegar luego otros también de metiches...

Y los chiquillos que casi se hacían en el pantalón, temblando del susto y como que querían chillar unos no más de verle la cara a Villa, todo seriesote y grande grande plantado frente a los muchachos, que luego nos dijo:

-Pos n’hombre muchachos, si nomás quería saber si andaban de espías para ir a contarle a otros lo que vieron aquí en el campamento, pero si nomás vinieron a ver las avionetas, pos ya las vieron así que a echar pulgas a otro petate, que si no aquí mismo me los quiebro, órale, hay que irse de aquí y no vuelvan pa’ que no me agarren en una de estas de malas...

Y patas pa’ qué las quiero, los escuincles echaron a correr entre los maizales, saltándose las acequias de riego y los canales que no llevaban agua y regresarse pal’ pueblo y ya nomás desde lejos, muy lejecitos, ver las avionetas que subían hasta el cielo y se hacían chiquititas cuando se iban y luego se oía el ruido otra vez cuando llegaban e iban bajando poco a poco allá cerca del cerro.

En el pueblo no faltaba quien se diera cuenta de cuando agarraban a los que no querían irse con los agraristas a la pelea, porque entonces los subían amarrados con las manos por atrás y órale, que si no dicen con quien estás, si con los ricos o con los pobres, si con los agraristas o con los del gobierno, aquí mismo te mueres pelao.

Y los que no querían irse a la balacera con ellos ni querían dejar a sus familias trabajando en las haciendas, aunque tampoco estaban del lado del gobierno, desde ahí arriba de la parroquia los echaban “como de aguilita” y venían a dar hasta el suelo, ahí entre las piedras porque todavía no estaba la plaza ni limpio el lugar, y ahí caían y se golpeaban la cabeza, descalabrados todos los que aventaban, muriéndose hasta que se les acababa la sangre.

A veces a los que mataban duraban muchos días apestando nomás el lugar, el olor a muerto que se pudría despacito con el sol y el calor y la humedad y se pudrían y ni quien los pudiera recoger pa’ darles cristiana sepultura, porque no dejaban que la gente se acercara, guardias a un lado y otro de la parroquia, cerca de donde encerraban los caballos y que ahora es una escuela de niños, ahí estaban los fulanos con sus rifles vigilando que nadie se acercara a los que mataban, hasta que a ellos mismos les cansaba la pestilencia y entonces ya decían que alguien se los llevara a enterrar, fueran o no familiares.

Y por el otro lado del pueblo, como viniendo de la capital, se hablaba que ya venían los del gobierno en caballos, todo un regimiento que decían iban a aplacar a los agraristas que nomás llegaron al pueblo a robarle la calma y que con ellos venía un tal Obregón, que ese sí tenía muchos pantalones y se los iba a aplacar a todos, a ver si sin los máuseres eran tan hombrecitos.

Pero con todo y que dijeran esas y muchas cosas de ese tal Obregón, pos nos fue peor y a él igual, porque ni los agarró ni los alcanzó en las avionetas que aquellos traían, los de Pancho Villa que luego luego se largó pal lado de Los Aldamas y allá lo fue a seguir Obregón con sus soldados y allá, pos que en una de esas les echaron un cañonazo y allá fue a quedar la mano de Obregón, manco lo dejaron al soldadito ese, que muy general y con todo y eso sin una mano se quedó por andar de hocicón, que muchos pantalones y toda la cosa.

Nada, peor le fue porque no había hospitales y ni quien lo atendiera, porque los doctores que él traía con su regimiento, venían atrás, muy atrás desde la capital y no alcanzaban a llegar para el día cuando le dieron el cañonazo y lo dejaron mocho. Fue ese Obregón el que mandó hacer el hospital militar que está allá a la salida, del rumbo por donde él llegó y que nomás pa’acordarse como vino a dar aquí completo y luego se quedó sin mano y que pa’que otros que luego padecieran, encontraran en donde los curaran, por eso mandó hacer el hospital de los soldados.

Unos años más tarde supimos que se llamaba Álvaro Obregón, y eso porque comenzó a recorrer el país en campaña porque quería ser el presidente de la república y sí, hasta eso, yo no sé si porque todavía decía que tenía muchos pantalones, o si fue por pura lástima porque el hombre ya no tenía su mano y pos por aquí en el rumbo la gente si votó por él, aunque ya desde entonces al pueblo nomás le veían la cara porque desde antes decían ese fulano, zutano o mengano van a ser presidentes o que gobernadores y esos eran, ningún otro.

Y a final de cuentas ¿qué dejó aquella revolución? Nada, nomás viudas, huérfanos, unos cuantos que otra vez se quedaron con casi toda la tierra que les quitaron a los que tenían las haciendas y disque primero la repartieron entre todos y los que no sabían trabajarla, o nomás era dos de familia y luego se murieron, el que estaba al lado se la quedaba y si no había quien la reclamara, o no la querían trabajar, pos la compraba el otro con el dinero que se robaron de las mismas hacienda, de sus anteriores patrones y así empezaron a tener unos más que otros y a pagarles a quienes trabajaran y estos a no hacer nada.

De todos modos la gente se sigue yendo pa’l norte en busca de trabajo y aquí, como puede verse, puras mujeres y niños y los hombres viejos que ya no pueden trabajar, los que ya se fueron al otro lado y siguen aquí, porque regresan tarde o temprano nomás a morirse de viejos, con sus sueños guardados en el ropero y lo poco que se acuerda, hablándolo, repitiendo en las esquinas donde se juntan a la espera del día que les toque morirse.

Pos no, porque para nada sirvió hacer la revolución y aunque ya sepa uno más cosas, pos a mí si que me hubiera gustado saber leer, aprender muchas historias como las sabía don Eusebio porque él si sabía leer.

Doña Cleofas vive en Rancho Nuevo, junto al canal, pasando la hacienda, porque cuando llegaron los agraristas, luego de matar a los traidores y dejar a otros libres, a Pantaleón le dieron unas tierritas con unas bardas que estaban a punto de caerse; quién sabe desde cuando estarían ahí que luego sirvieron para levantar el fogón, la cocinita después, un fogón de piedra y lodo para calentar los frijoles y el café, o sazonar los nopales tiernitos cuando ya no había que pedirle permiso al patrón, sin ningún papelito con su licencia para comer corazón de nopal.

Los años se le han acumulado a Doña Cleofas, tiene la piel curtida por el sol, tiene tantas arrugas en la cara como surcos tiene la tierra; cree que los jóvenes de ahora ya no saben uncir una yunta y para ella las cosas no han cambiado demasiado, después de todo.

Quienes sembraron sorgo este año les fue muy mal, lo pagaron barato y pues fue mucha la inversión en trabajo y fertilizantes y semillas, y con lo caro que está todo.

- Don Eusebio tenía razón... –dice-, el agua está a punto de terminarse, va a ser nada más del Anticristo. Antes se agarraba una vara como horqueta y te ponías a buscar agua, así, guiado por las corrientes subterráneas, y rápido la encontrabas. Con un poquito que escarbaras, ahí brotaba el agua limpia, fresca, transparente. Ahora ya ni con los pozos que están tan hondos, que hay que hacer tan hondos. No hay agua.

  • Don Eusebio decía la verdad, sabía tantas cosas, porque él si aprendió a leer...

 

 

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