- Antes, cuando
eran tiempos de las haciendas... –cuenta Doña Cleofas-,
teníamos que pedir permiso al patrón para buscar la manera
de calmar la sed; claro, todavía éramos niñas y digo éramos,
porque la muchachada se juntaba para hacer algo todo el día,
mujeres principalmente, porque antes como ahora, todavía los
hombres se siguen largando pal norte en busca de trabajo:
- Patroncito, ¿nos
deja ir a cortar unos corazones de nopal?
- No, no las dejo
porque se van a terminar el agua y luego no va a haber para
el ganado...
Y pos no nos
dejaba.
Pero cuando daba
su permiso, nos entregaba un papelito con su autorización
para cortar los nopales, sólo las pencas grandes, viejas,
que se cortaban de la orillita y luego lo de en medio, eso
comíamos porque, al no haber mucho agua, con la que
contienen los nopales calmábamos la sed, aunque de
preferencia todas queríamos que nos permitiera cortar unos
cuantos de los más tiernitos.
Así era como
también se le daba al ganado, porque muchos pozos no había o
teníamos que sacar el agua con una palanganita, de esos
hoyos que escarbábamos. En ocasiones, cuando el patrón
estaba de malas –que era las más de las veces-, recurríamos
a don Eusebio, el capataz:
- Don Eusebio,
¿nos corta unos nopales para comer corazón de nopal?
- No...
-contestaba- ...a menos que me ayuden a echarles la pastura
a los animales.
Y sí, ahí íbamos
todos y todas a ayudarle a juntar la paja, a cortar cebada,
a echar la comedera al ganado y a darles agua, cuando no se
les daban nopales y había en abundancia.
Por el contrario,
cuando no había ni una sola gota, Don Eusebio se encargaba
de ello: cortaba las pencas grandes, les quitaba las espinas
y luego las iba tasajeando en los abrevaderos. Y mientras él
cortaba los nopales, toda la chamacada juntábamos leña seca,
ramas de huitzache o troncos podridos, también para que no
se terminara la leña buena.
Los nopales, ya
cortaditos por la orilla, ya sin espinas, puro corazón, ahí
en la fogata Don Eusebio les daba una sazonadita. Para los
animales nada más les quitaba las espinas, pero para comer
nosotros y calmar la sed, sobre la fogata se quedaban un
buen rato.
Lo raro es que
todas las vacas estaban como para quitarles el pellejo con
las uñas, bien gordas, y no que ahora, aunque les echen
molido de sorgo y otros granos y alimentos que según muy
nutritivos para una buena leche, pues no, están flacos los
animales.
Ya terminado el
trabajo, nos cortaba los nopales, unas cuantas pencas
grandes y los más tiernitos que luego iba rebanando tras
quitarles las espinas y todos metíamos mano para comer, y
siempre alcanzábamos lo suficiente para calmar la sed y
sobre todo, para matar el hambre.
A veces Don
Eusebio nos premiaba con puros nopales tiernitos a los que
con sólo quitarles las espinas, cortaba en pedazos y así
crudos servían para calmar la sed y hasta el hambre, como
todavía me acuerdo, pero para comer, primero hay que
trabajar y por ello a veces hasta nos convidaba de su
comida, frijolitos y café. Esa era su comida todos los días.
Don Eusebio sí
sabía leer, por eso el patrón lo nombró capataz, y pues le
fue bien, aunque la mayoría de los peones no lo querían,
hablaban mal de él diciendo que se creía mucho y es verdad
porque con aquellos que siempre andaban de pleito con él,
les cargaba mano dura en el trabajo. Pero con nosotros era
diferente y bueno el hombre, hasta nos contaba historias:
“... Cuando
ustedes sean grandes, después de que pasen algunos años, las
cosas irán cambiando poco a poco. Va a haber uno como
gusano, enorme, que les traiga trabajo a todos los hombres
de por aquí en la región y a muchos más que les interese el
jornal y ganarse unos pesos, plata pura de ley habrán de
ganar, sin importar de donde sean.
Ese gusano va a
cargar con todos juntos pues será enorme y no se cansará
nunca, con mucha gente va a poder, pero para que pueda
caminar, habrá que meterle piedra janama, de esa que hay por
ahí en el cerro, que por eso le nombran el Cerro del Janamo,
y leña, mucha leña habrá que meterle hasta que la piedra se
caliente y quede prendida, roja como las brazas.
Y luego de eso,
unos años después -ya lo verán ustedes porque les tocará
vivir para contarlo-, van a llegar unos como pájaros de
acero que se vayan muy alto alto, hasta el cielo y más
arriba del cielo mismo. Muchas cosas raras que no vemos
ahora habrán de ocurrir, porque así está en las Santas
Escrituras.
Pero también
con esas cosas extrañas vendrán los males que azoten la
región, ya lo verán. Se va a terminar el agua y las tierras
a lo mejor ya no puedan cultivarse. Los ríos, que de por sí
no tenemos agua, se van a quedar secos y no va a correr ni a
pocos metros como ahora, ni una sola gota de agua para
beber. Toda será del Anticristo, porque así está en la Santa
Palabra del Señor.
Después, los
hombres entre sí, unos y otros se van a matar, a tenerse
envidias, a pelear por las tierras, a querer ser los dueños
de todo lo que ahora vemos. Van a dejar sus casas, a dejar a
sus hijos muriéndose de hambre y todo por seguir los malos
pensamientos que les lleguen al corazón.
Vendrán los del
gobierno, muchos hombres del gobierno con campesinos de
otras tierras cargando sus máuseres, que son como de esos
rifles que tiene el patrón, todos van a llegar arriba del
gusano y cuando vengan, le quitarán sus tierras al patrón, a
la mala, y nosotros que aquí trabajamos, nos van a correr, a
echarnos de la hacienda; nos dejarán sin nada, sin esas
chozas donde vivimos ni en donde trabajar y mucho menos algo
para comer; si ahora nos alcanza para unos cuantos frijoles
y café y corazón de nopal, después ni para eso va a
alcanzar...”
Un día comenzó a
temblar, fuertes explosiones retumbaban en la región.
En las alacenas
los platos se mecían y muchos terminaron rotos, estrellados
contra el suelo. El estruendo parecía provenir de atrás del
cerro del Janamo, hasta donde la gente se encaminó para ver
que ocurría: lo del gusano que dijera Don Eusebio se hizo
cierto; él mismo nos llevó hasta el rancho de Guadalupe,
cerca de San Isidro.
Muchos hombres que
se veían rete chiquititos desde el cerro, iban abriendo
camino y tendiendo otro de acero y madera. Es por ahí que
sigue pasando el tren que hay desde entonces y por donde
llegaron los agraristas, arriba del gusano aquel del que ya
se hablaba en las escrituras y que nos había sido anunciado
por Don Eusebio.
Cuando llegaron
los agraristas junto con el gobierno cargando sus máuseres,
arriba del gusano que caminaba con la piedra janama
quemándole las entrañas, encendida, roja, la madre de Doñas
Cleofas decía a su papá:
- No Pantaleón, no
te vayas a ir con los de esa “secta”, no le vayan a quitar
sus tierras al patrón, qué mal les ha hecho ese pobre
hombre. No Pantaleón, tú no vayas con ellos...
Pero cuando
entraron a las haciendas, comenzaron a robar, violaban a las
sirvientas, mataban a los capataces, a todos los que habían
trabajado con los explotadores -decían-, y a los amos los
humillaban y a sus hijas las desvestían para ver sus carnes
blancas y burlándose de ellas las hacían huir antes de
matarlas. A los peones que no se sumaban a la revuelta, los
lanzaban desde los techos de las trojes, desde hasta amero
arriba de la parroquia, o simplemente les daban un tiro.
Pero de todas
formas nos echaron de la hacienda.
Los hombres con
sus máuseres se subían a las naves de las trojes para
vigilar, o al techo de las casas y cantaban y componían
versos en las noches, con acordes de guitarra, versos que
decían:
“...ora sí,
pinches ricos, ya enseñaron el cobre, pero ya no tendrán más
que tragar con el sudor de los pobres...”
Así cantaban, al
igual que se les oía otra canción que hablaba de un pájaro
que se fue más allá del cielo y que luego la prohibieron
porque hablaba de la muerte del Padre Miguel y decía cosas
malas de los agraristas y cosas contra el mal gobierno.
Quien sabe que
tanto diría aquella canción que no me acuerdo, y por eso la
prohibieron, pero no sólo por criticar al gobierno, sino,
dicen que hablaba de la sangre del Padrecito Miguel, que iba
quedando en el camino luego de que le cortaron la planta de
los pies, porque al caminar dejaba mucha sangre, y si uno
agarraba así un puño de tierra, el lodo que se hacía era
pura sangre.
Pero el que si se
acordaba de muchas cosas era Margarito, el hermano mayor de
Doña Cleofas, y contaba como conoció a Pancho Villa cuando
aquellos pájaros que anunció den Eusebio, bajaban cerca del
cerro de Arandas, allá por el lado del rancho San José de
Jorge López, pos cuales pájaros enormes volaban, que luego
supimos se les llamaban avionetas y aunque nomás cargaban
con dos personas arriba, si subían y bajaban muy cerca y uno
quería ser también como los pájaros, tener alas y levantarse
de la tierra para mirar cómo se veía uno acá abajo, todo
chaparro, que de por sí.
Margarito tenía
diez años y se acordaba de muchas cosas, las avionetas que
iban bajando bajando y él y otros chiquillos corrían hasta
cerca de San José para ver aquellos pájaros y un día, ya por
la tarde, cuando anduvieron de fisgones por ahí cerca, que
los pepena uno de los guardias que estaba vigilando ahí
parado cerca, con el rifle en la mano todo el tiempo y
cuando vio a los chiquillos que andaban merodeando, nomás de
metiches, pos que los agarra y ahí los lleva con el mero
mero, que entonces supieron luego ese era el mero Pancho
Villa, un hombre alto, bigotón y con una pistola a cada lado
del cinto y sus cartucheras cruzadas en el pecho y una
sonrisota enorme y aquel sombrero como los que tren ahora
los cazadores que ves en la televisión y que no había antes.
Los muchachos,
decía Margarito, él y todos los que le seguían, como unos
siete, pos los agarraron y los llevaron ante Villa y éste
les dijo:
-Pos qué andan
haciendo por aquí demontres de escuincles, se me hace que
ustedes nomás andan de espías, fisgoneando lo que no les
importa, ¿verdá? A ver, díganme quién los mandó a espiar...
Porque si no, aquí mismo doy la orden oritita pa’ que los
fusilen, qué me importa que estén todavía chamacos, pa’ que
escarmienten y no vayan a llegar luego otros también de
metiches...
Y los chiquillos
que casi se hacían en el pantalón, temblando del susto y
como que querían chillar unos no más de verle la cara a
Villa, todo seriesote y grande grande plantado frente a los
muchachos, que luego nos dijo:
-Pos n’hombre
muchachos, si nomás quería saber si andaban de espías para
ir a contarle a otros lo que vieron aquí en el campamento,
pero si nomás vinieron a ver las avionetas, pos ya las
vieron así que a echar pulgas a otro petate, que si no aquí
mismo me los quiebro, órale, hay que irse de aquí y no
vuelvan pa’ que no me agarren en una de estas de malas...
Y patas pa’ qué
las quiero, los escuincles echaron a correr entre los
maizales, saltándose las acequias de riego y los canales que
no llevaban agua y regresarse pal’ pueblo y ya nomás desde
lejos, muy lejecitos, ver las avionetas que subían hasta el
cielo y se hacían chiquititas cuando se iban y luego se oía
el ruido otra vez cuando llegaban e iban bajando poco a poco
allá cerca del cerro.
En el pueblo no
faltaba quien se diera cuenta de cuando agarraban a los que
no querían irse con los agraristas a la pelea, porque
entonces los subían amarrados con las manos por atrás y
órale, que si no dicen con quien estás, si con los ricos o
con los pobres, si con los agraristas o con los del
gobierno, aquí mismo te mueres pelao.
Y los que no
querían irse a la balacera con ellos ni querían dejar a sus
familias trabajando en las haciendas, aunque tampoco estaban
del lado del gobierno, desde ahí arriba de la parroquia los
echaban “como de aguilita” y venían a dar hasta el suelo,
ahí entre las piedras porque todavía no estaba la plaza ni
limpio el lugar, y ahí caían y se golpeaban la cabeza,
descalabrados todos los que aventaban, muriéndose hasta que
se les acababa la sangre.
A veces a los que
mataban duraban muchos días apestando nomás el lugar, el
olor a muerto que se pudría despacito con el sol y el calor
y la humedad y se pudrían y ni quien los pudiera recoger pa’
darles cristiana sepultura, porque no dejaban que la gente
se acercara, guardias a un lado y otro de la parroquia,
cerca de donde encerraban los caballos y que ahora es una
escuela de niños, ahí estaban los fulanos con sus rifles
vigilando que nadie se acercara a los que mataban, hasta que
a ellos mismos les cansaba la pestilencia y entonces ya
decían que alguien se los llevara a enterrar, fueran o no
familiares.
Y por el otro lado
del pueblo, como viniendo de la capital, se hablaba que ya
venían los del gobierno en caballos, todo un regimiento que
decían iban a aplacar a los agraristas que nomás llegaron al
pueblo a robarle la calma y que con ellos venía un tal
Obregón, que ese sí tenía muchos pantalones y se los iba a
aplacar a todos, a ver si sin los máuseres eran tan
hombrecitos.
Pero con todo y
que dijeran esas y muchas cosas de ese tal Obregón, pos nos
fue peor y a él igual, porque ni los agarró ni los alcanzó
en las avionetas que aquellos traían, los de Pancho Villa
que luego luego se largó pal lado de Los Aldamas y allá lo
fue a seguir Obregón con sus soldados y allá, pos que en una
de esas les echaron un cañonazo y allá fue a quedar la mano
de Obregón, manco lo dejaron al soldadito ese, que muy
general y con todo y eso sin una mano se quedó por andar de
hocicón, que muchos pantalones y toda la cosa.
Nada, peor le fue
porque no había hospitales y ni quien lo atendiera, porque
los doctores que él traía con su regimiento, venían atrás,
muy atrás desde la capital y no alcanzaban a llegar para el
día cuando le dieron el cañonazo y lo dejaron mocho. Fue ese
Obregón el que mandó hacer el hospital militar que está allá
a la salida, del rumbo por donde él llegó y que nomás
pa’acordarse como vino a dar aquí completo y luego se quedó
sin mano y que pa’que otros que luego padecieran,
encontraran en donde los curaran, por eso mandó hacer el
hospital de los soldados.
Unos años más
tarde supimos que se llamaba Álvaro Obregón, y eso porque
comenzó a recorrer el país en campaña porque quería ser el
presidente de la república y sí, hasta eso, yo no sé si
porque todavía decía que tenía muchos pantalones, o si fue
por pura lástima porque el hombre ya no tenía su mano y pos
por aquí en el rumbo la gente si votó por él, aunque ya
desde entonces al pueblo nomás le veían la cara porque desde
antes decían ese fulano, zutano o mengano van a ser
presidentes o que gobernadores y esos eran, ningún otro.
Y a final de
cuentas ¿qué dejó aquella revolución? Nada, nomás viudas,
huérfanos, unos cuantos que otra vez se quedaron con casi
toda la tierra que les quitaron a los que tenían las
haciendas y disque primero la repartieron entre todos y los
que no sabían trabajarla, o nomás era dos de familia y luego
se murieron, el que estaba al lado se la quedaba y si no
había quien la reclamara, o no la querían trabajar, pos la
compraba el otro con el dinero que se robaron de las mismas
hacienda, de sus anteriores patrones y así empezaron a tener
unos más que otros y a pagarles a quienes trabajaran y estos
a no hacer nada.
De todos modos la
gente se sigue yendo pa’l norte en busca de trabajo y aquí,
como puede verse, puras mujeres y niños y los hombres viejos
que ya no pueden trabajar, los que ya se fueron al otro lado
y siguen aquí, porque regresan tarde o temprano nomás a
morirse de viejos, con sus sueños guardados en el ropero y
lo poco que se acuerda, hablándolo, repitiendo en las
esquinas donde se juntan a la espera del día que les toque
morirse.
Pos no, porque
para nada sirvió hacer la revolución y aunque ya sepa uno
más cosas, pos a mí si que me hubiera gustado saber leer,
aprender muchas historias como las sabía don Eusebio porque
él si sabía leer.
Doña Cleofas vive
en Rancho Nuevo, junto al canal, pasando la hacienda, porque
cuando llegaron los agraristas, luego de matar a los
traidores y dejar a otros libres, a Pantaleón le dieron unas
tierritas con unas bardas que estaban a punto de caerse;
quién sabe desde cuando estarían ahí que luego sirvieron
para levantar el fogón, la cocinita después, un fogón de
piedra y lodo para calentar los frijoles y el café, o
sazonar los nopales tiernitos cuando ya no había que pedirle
permiso al patrón, sin ningún papelito con su licencia para
comer corazón de nopal.
Los años se le han
acumulado a Doña Cleofas, tiene la piel curtida por el sol,
tiene tantas arrugas en la cara como surcos tiene la tierra;
cree que los jóvenes de ahora ya no saben uncir una yunta y
para ella las cosas no han cambiado demasiado, después de
todo.
Quienes sembraron
sorgo este año les fue muy mal, lo pagaron barato y pues fue
mucha la inversión en trabajo y fertilizantes y semillas, y
con lo caro que está todo.
- Don Eusebio
tenía razón... –dice-, el agua está a punto de terminarse,
va a ser nada más del Anticristo. Antes se agarraba una vara
como horqueta y te ponías a buscar agua, así, guiado por las
corrientes subterráneas, y rápido la encontrabas. Con un
poquito que escarbaras, ahí brotaba el agua limpia, fresca,
transparente. Ahora ya ni con los pozos que están tan
hondos, que hay que hacer tan hondos. No hay agua.