México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









 

Juan Carlos Hernández Cuevas (Ciudad de México, 1959). Es profesor en educación primaria por la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México, maestro de artes por Portland State University (Portland, Oregon, EUA), licenciado en artes y letras (Portland), minor en estudios africanos (Portland) y doctorando en la Universidad de Alicante (Valencia, España). Becario de la Fundación Max Aub (Segorbe, Valencia, España; 2000-2001). Ha trabajado como instructor de español para Emporia State University (Kansas, EUA, 2002-2004) y otras universidades norteamericanas. Sus publicaciones incluyen cuentos y ensayos.

 

Sin inmutarse, colgó el auricular para regresar con dificultad a su mesa del Grand Emporium. Los demás comensales prosiguieron bebiendo hasta ser echados de aquel oasis urbano. Unos minutos después, fueron adentrándose en la espesa neblina de la madrugada que, desde la distancia, sólo permitía escuchar los ecos de pisadas torpes, acompañadas por un taconeo arrítmico y el ruido esporádico de automóviles opacos, cuyas luces cruzaban asimismo calles, semáforos, avenidas, y terminaban difuminándose en el interior de escaparates vacíos. Rafael Bermúdez reparó en la fachada del Kansas City Star e imaginó a Hemingway, embriagado como él, pero con el bolsillo repleto de dólares. ¿No era eso lo que buscaba?, continuó divagando así hasta llegar a un edificio yermo; recubierto por ladrillos rojizos y húmedos. Por un instante, observó la fachada anticuada del inmueble que otrora albergó a Count Basie. La imagen distante de las veladoras encendidas en La Candelaria de los Patos y el Templo de la Soledad le acompañó el resto de la noche.

Rafa creció por el rumbo de Jesús María, San Pablo, Anillo de Circunvalación y Fray Servando Teresa de Mier. Cada mañana y desde la misma azotea, acostumbraba examinar religiosamente las chimeneas, el logotipo azul marino de la cervecería Corona y los rastros de agua fría, derramada por camiones cargados de pescado y marisco que se vendían en La Viga. A intervalos, solía atisbar las interminables filas de carros, taxis, peseros y autobuses repletos de obreros somnolientos, secretarias maquilladas y algunos oficinistas pedantes. Sobre las blusas o camisas almidonadas, distinguía arrugas y manchas del sudor excesivo de cientos de axilas tensas de tanto restregón y manoseos fortuitos. Esa vida no era para él, pensaba una y otra vez mientras escuchaba el ruido descomunal de los escapes de camiones cargados de fruta y legumbres, sujetadas por cadenas y gruesas cuerdas que, casi siempre, evitaban que la mercancía y guacales se desparramasen y rodaran como una cascada multicolor encima de los cofres atrapados en Circunvalación. La avenida y banquetas aparecían congestionadas por un titipuchal de amas de casa, niños, aves enjauladas de extraños plumajes, chiquihuites, sombreros, petates, artesanías, chácharas, puestos de fritangas, tacos, jugos… Ancianos, vagos y teporochos miraban los dulces apilados con explícito desprecio, y por doquier continuaban apareciendo marchantes, desplazándose con prontitud, entre el estruendo musical acompañado con fragancias de plantas y flores; aromas de huitlacoche, flor de calabaza, cilantro y cebolla picados. Aparecían, entre la multitud, perros escuálidos y cargadores con músculos de acero, quienes desde las largas filas de camiones, desplazaban con ligereza cientos de diablitos que se perdían dentro de naves, corredores y el desnivel de La Merced.

Rafa creció rodeado de smog, cines, loncherías, cantinas y bares que albergaban a toda hora meretrices acostumbradas a alternar con borrachos léperos, conejos, cinturitas, mecapaleros, vendedores ambulantes, estibadores, comerciantes, magos y hechiceros del mercado de Sonora. Las asiduas visitas a los cines del área fueron antesala de su vida actual, pues aprendió a escapar del ambiente citadino por medio de películas que idealizaban la existencia de una minoría selecta, cuyo estilo de vida reflejaba las perspectivas de Disney y Hanna-Barbera. Supo aprovechar el momento para cazar entre las sombras del Sonora, Colonial, Atlas y Nacional, a meseras de lonchería y café de chinos; sirvientas, secretarias y hasta señoras entradas en carnes que acudían al cinematógrafo para desahogar las frustraciones generadas por la vida en la gran metrópoli. Amelia y él se conocieron, cortejaron y concibieron al vástago en el claroscuro del Atlas. La idea de abandonar el Distrito Federal surgió un día lluvioso, después de la matiné que incluía dos películas mexicanas y tres caricaturas de La Pantera Rosa.

El peor error de Rafael, según su propia madre, fue haber hecho a un lado la asidua lectura de Lágrimas y risas, Notitas Musicales, México Canta, Kalimán, Memín Pinguín, Chanoc, El Payo, e inscribirse en un curso universitario de Juan José Arreola: responsable de haber cambiado la visión del futuro hijo pródigo. Desde entonces, perdió la fe en el PRI y empezó a leer Los Burrón y Los Agachados. Además, iniciaba sus pinitos en el periodismo de nota roja como fotógrafo de Alarma, La Prensa y exiguas colaboraciones en Plural.

Hoy en día, Rafa es asistente administrativo en una universidad privada de los Estados Unidos, donde enfoca toda su energía en enamorar profesoras y parroquianas de clase media alta. Les cuenta chistes rojos e invita cerveza con alitas de pollo picantes. La paga extra no está mal, conjetura y sonríe al masticar un trozo de la hamburguesa sostenida por sus dedos decorados con anillos dorados y aceite del queso derretido que se desparrama sobre las papas fritas, el ketchup y los aros de cebolla. El brillo del neón distorsiona la ingeniería y colorido infinito de los automóviles que continúan desplazándose prudentemente sobre el suave asfalto nocturno. Desde ese punto, continúa observando los impresionantes puentes de acero que dividen a la ciudad y parecen burlarse del gentío aséptico que entra y sale de los casinos flotantes, hoteles, tiendas y restaurantes iluminados por miles de bombillas, focos y algunos reflectores. Quisiera gritar, correr y extraviarse por las calles de la joven y lúgubre metrópoli; pero calla e intuye por primera vez que, sin haberse percatado, lo han despojado hasta de su pobreza.

 

 

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 7 I  2007 ©

volver al índice  

 

 

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved