Sin
inmutarse, colgó el auricular para regresar con dificultad a
su mesa del Grand Emporium. Los demás comensales
prosiguieron bebiendo hasta ser echados de aquel oasis
urbano. Unos minutos después, fueron adentrándose en la
espesa neblina de la madrugada que, desde la distancia, sólo
permitía escuchar los ecos de pisadas torpes, acompañadas
por un taconeo arrítmico y el ruido esporádico de
automóviles opacos, cuyas luces cruzaban asimismo calles,
semáforos, avenidas, y terminaban difuminándose en el
interior de escaparates vacíos. Rafael Bermúdez reparó en la
fachada del Kansas City Star e imaginó a Hemingway,
embriagado como él, pero con el bolsillo repleto de dólares.
¿No era eso lo que buscaba?, continuó divagando así hasta
llegar a un edificio yermo; recubierto por ladrillos rojizos
y húmedos. Por un instante, observó la fachada anticuada del
inmueble que otrora albergó a Count Basie. La imagen
distante de las veladoras encendidas en La Candelaria de los
Patos y el Templo de la Soledad le acompañó el resto de la
noche.
Rafa creció por el
rumbo de Jesús María, San Pablo, Anillo de Circunvalación y
Fray Servando Teresa de Mier. Cada mañana y desde la misma
azotea, acostumbraba examinar religiosamente las chimeneas,
el logotipo azul marino de la cervecería Corona y los
rastros de agua fría, derramada por camiones cargados de
pescado y marisco que se vendían en La Viga. A intervalos,
solía atisbar las interminables filas de carros, taxis,
peseros y autobuses repletos de obreros somnolientos,
secretarias maquilladas y algunos oficinistas pedantes.
Sobre las blusas o camisas almidonadas, distinguía arrugas y
manchas del sudor excesivo de cientos de axilas tensas de
tanto restregón y manoseos fortuitos. Esa vida no era para
él, pensaba una y otra vez mientras escuchaba el ruido
descomunal de los escapes de camiones cargados de fruta y
legumbres, sujetadas por cadenas y gruesas cuerdas que, casi
siempre, evitaban que la mercancía y guacales se
desparramasen y rodaran como una cascada multicolor encima
de los cofres atrapados en Circunvalación. La avenida y
banquetas aparecían congestionadas por un titipuchal de amas
de casa, niños, aves enjauladas de extraños plumajes,
chiquihuites, sombreros, petates, artesanías, chácharas,
puestos de fritangas, tacos, jugos… Ancianos, vagos y
teporochos miraban los dulces apilados con explícito
desprecio, y por doquier continuaban apareciendo marchantes,
desplazándose con prontitud, entre el estruendo musical
acompañado con fragancias de plantas y flores; aromas de
huitlacoche, flor de calabaza, cilantro y cebolla picados.
Aparecían, entre la multitud, perros escuálidos y cargadores
con músculos de acero, quienes desde las largas filas de
camiones, desplazaban con ligereza cientos de diablitos que
se perdían dentro de naves, corredores y el desnivel de La
Merced.
Rafa creció
rodeado de smog, cines, loncherías, cantinas y bares
que albergaban a toda hora meretrices acostumbradas a
alternar con borrachos léperos, conejos, cinturitas,
mecapaleros, vendedores ambulantes, estibadores,
comerciantes, magos y hechiceros del mercado de Sonora. Las
asiduas visitas a los cines del área fueron antesala de su
vida actual, pues aprendió a escapar del ambiente citadino
por medio de películas que idealizaban la existencia de una
minoría selecta, cuyo estilo de vida reflejaba las
perspectivas de Disney y Hanna-Barbera. Supo
aprovechar el momento para cazar entre las sombras del
Sonora, Colonial, Atlas y Nacional, a meseras de lonchería y
café de chinos; sirvientas, secretarias y hasta señoras
entradas en carnes que acudían al cinematógrafo para
desahogar las frustraciones generadas por la vida en la gran
metrópoli. Amelia y él se conocieron, cortejaron y
concibieron al vástago en el claroscuro del Atlas. La idea
de abandonar el Distrito Federal surgió un día lluvioso,
después de la matiné que incluía dos películas mexicanas y
tres caricaturas de La Pantera Rosa.
El peor error de
Rafael, según su propia madre, fue haber hecho a un lado la
asidua lectura de Lágrimas y risas, Notitas
Musicales, México Canta, Kalimán, Memín
Pinguín, Chanoc, El Payo, e inscribirse en un
curso universitario de Juan José Arreola: responsable de
haber cambiado la visión del futuro hijo pródigo. Desde
entonces, perdió la fe en el PRI y empezó a leer Los
Burrón y Los Agachados. Además, iniciaba sus
pinitos en el periodismo de nota roja como fotógrafo de
Alarma, La Prensa y exiguas colaboraciones en
Plural.
Hoy en día, Rafa
es asistente administrativo en una universidad privada de
los Estados Unidos, donde enfoca toda su energía en enamorar
profesoras y parroquianas de clase media alta. Les cuenta
chistes rojos e invita cerveza con alitas de pollo picantes.
La paga extra no está mal, conjetura y sonríe al masticar un
trozo de la hamburguesa sostenida por sus dedos decorados
con anillos dorados y aceite del queso derretido que se
desparrama sobre las papas fritas, el ketchup y los
aros de cebolla. El brillo del neón distorsiona la
ingeniería y colorido infinito de los automóviles que
continúan desplazándose prudentemente sobre el suave asfalto
nocturno. Desde ese punto, continúa observando los
impresionantes puentes de acero que dividen a la ciudad y
parecen burlarse del gentío aséptico que entra y sale de los
casinos flotantes, hoteles, tiendas y restaurantes
iluminados por miles de bombillas, focos y algunos
reflectores. Quisiera gritar, correr y extraviarse por las
calles de la joven y lúgubre metrópoli; pero calla e intuye
por primera vez que, sin haberse percatado, lo han despojado
hasta de su pobreza.