México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 








 

Lirian Astrid Ciro (Colombia, 1981). Licenciada en Español y Literatura, cursó estudios en Lexicografía Hispánica, actualmente se desempeña como docente universitaria en el área de pedagogía y lenguaje.

 

Despiertas. Te parece que regresas de un largo viaje, no recuerdas de dónde vienes, sólo te sientes agotado; es un nuevo día pero quisieras que la noche se prolongara para poder extasiarte en el delirio del sueño, en el único espacio en el que realmente eres libre. El amargo sabor de tu boca tiene la huella de una noche de tragos y de romances furtivos, recuerdas a la voluptuosa rubia con la que querías olvidar que eres un fracasado en tu vida sentimental y que tu mujer te cambió por uno de sus pacientes, lo recuerdas con rabia e impotencia, pero te consuelas pensando en que sólo es un loco que se llevará mejor con la loca de tu mujer que juega a ser sicóloga.

No quieres levantarte, ¿para qué?, es un domingo y los domingos te deprimen. Sigues en tu cama mientras el sol te da en la cara, con fastidio tomas la cobija y te tapas, después de media hora tratando inútilmente de conciliar el sueño, y viendo que te es imposible no pensar en la idiota de tu mujer, decides levantarte, lo haces tan bruscamente que sientes un leve mareo. Miras el reloj de la pared, regalo de bodas de tu suegra, la asfixiante y patética matrona, y mientras observas con indiferencia que es la una y cuarto de la tarde, te preguntas sin querer cómo no te diste cuenta que tu hermosa novia se convertiría en una réplica de esa señora que conociste con temor aquella calurosa tarde de mayo, para presentarte como el novio oficial de su niña consentida… no quieres pensar más en el pasado.

Te diriges al baño y en el espejo del tocador observas un rostro frío e inexpresivo, quién diría que no hace muchos años ese rostro lucía una estúpida sonrisa al pensar en la cajera del supermercado que trabajaba para pagarse sus estudios de psicología… “¡Diablos!”, exclamas al darte cuenta que de nuevo estas pensando en tu mujer, ¡no!, ya no es tuya, pero piensas en ella como si aún lo fuera. Te sigues mirando fijamente en el espejo como tratando de reconocerte, pero no eres el mismo, te ves feo, quizá se deba a esa barba de un mes, por una extraña razón quieres verte bien y decides afeitarte; buscas en el cajón del tocador tu máquina y la ves desgastada, no podrás hacerlo con ella, una pérdida más, desesperadamente tratas de hallar cuchillas de repuesto, nunca has tenido paciencia para buscar las cosas que se te pierden en tu desorden (reflejo de tu caótica mente), con rabia por no encontrar nada y por toparte con cosas viejas e inútilmente almacenadas, das un puñetazo al espejo, “¡¡hijueputa!!” es tu expresión de dolor, mezcla de rabia y angustia frente a tu acto de neurosis… “¡ha!”, ahí está otra vez tu mujer, llamándote neurótico, “¡Qué se vaya al infierno, con el loco imbécil!”, sigues hablando sólo, pero esta última expresión te lleva a pensar que el único que está viviendo un infierno eres tú. La sangre empieza a gotear y un ardor molesto te lleva al deseo de cortarte la muñeca de tu mano lastimada y, no sólo eso, quisieras cortarte todo de un tajo para desaparecer de esta tarde de domingo, para dejar de pensar en ella, no obstante desechas la idea de inmediato, la posibilidad de un suicidio te suena ridícula, meditas (mientras sacas del botiquín una gasa y el algodón) que si alguien debe morir en esta historia es tu mujer; te diviertes imaginando como asesinarla sin dejar huella, disfrutas tanto pensando en las posibles formas de matar a una mujer que se odia y que antes se amó tanto, que inevitablemente piensas en el día que ella aceptó ser tu esposa y de cómo se deleitaban pensando en los futuros hijos que vendrían, en la casa que comprarían…, te das un puñetazo en la cara como reproche por pensar en esas tonterías, no calculaste bien y te das con tu mano malherida, después de maldecir del cielo al infierno, empiezas a limpiar la sangre de tu puño y finalmente vendas tu mano.

Hace rato que no piensas en ti, no sabes cuándo tienes hambre ni cuándo tienes ganas de orinar, todo lo haces tan mecánico que descuidadamente sacas tu pene, lo miras con tristeza, su flacidez te deprime más; si no fuera por culpa de ese apéndice con vida propia que ahora duerme, quizá tu mujer seguiría a tu lado, “¡qué va! Eres hombre y todo lo que pasó con la prima de tu mujer fue sólo un desliz, sólo deseo, lástima que las mujeres no entiendan que un hombre sólo puede amar a una pero desear a todas”, te dices para aplacar el sentimiento de culpa que empieza a invadirte, continúas diciendo en voz alta que esa no es excusa para que tu mujer te haya hecho lo mismo, claro que peor porque tú nunca pensaste abandonarla. Sin darte cuenta de tu acto, terminas de orinar y sales del baño.

No sientes hambre, pero tienes sed, abres la nevera, se encuentra vacía, sacas la última cerveza que te queda y la bebes deprisa, luego te diriges a la sala y te dejas caer como un muñeco de trapo sobre el sofá y prendes el estéreo, “¡Carajo!”, exclamas cuando escuchas que en la radio suena la voz del ídolo musical de tu mujer: Ricardo Arjona, y mientras escuchas con desconsuelo la estrofa y terminas por tararearla: “ realmente no estoy tan solo, quién te dijo que te fuiste, si aún te encuentro cocinando algún recuerdo en la cocina o en la sombra que dibuja la cortina…”, apagas con rabia el estéreo y por primera vez, en muchos años, lloras porque sabes que sí estás solo y que la soledad te da miedo.

Miras desconsolado el reloj, quien se ríe de ti y te presenta las dos y treinta de la tarde, este día es eterno y tu soledad se agiganta al compás del movimiento del minutero, sigues en el sofá, ya no piensas, pero sientes la amargura de esta tarde de domingo. Rinn, rinn, rin…, contestas el teléfono, es tu madre, invitándote a que cenes en tu antigua casa, no quieres hacer nada en tu desastrosa tarde y menos ir donde tu madre que te repetirá que esa mujer no te convenía, por ello inventas cualquier excusa para no ir y simulando que estás muy interesado en terminar de leer un libro le cuelgas el teléfono, te quedas mirando fijamente tu soledad, seguro de que no vas a volver a pensar en nada ni en nadie y que, sobre todo, tu mente va a ser libre de ella por unas cuantas horas, hasta que ves un sobre en el piso, la embriaguez de la noche anterior y tus caminatas evasivas de los días pasados no te habían permitido percatarte de ese papel intruso que se coló por la rendija de la puerta, lo tomas sin expectativa y lo lees con desgano:

Señor José Enrique Fonnegra Cañas, el juzgado 1704 de la ciudad lo cita a comparecer ante él el día 15 del mes en curso, para efectos de divorcio.

Firmado Juez de la dependencia.”

Arrugas la citación, mientras te repites: José Enrique Fonnegra Cañas, José Enrique, José…, no te reconoces en tu propio nombre, siempre te pareció extraño pronunciar tu nombre pero ahora te parece algo inexplicable como si de pronto ese nombre no te representara y no fueras más que un ser anónimo que se consume en una tarde de domingo.

Un acto de conciencia te golpea y descubres que el día quince es mañana, empiezas a pensar de nuevo en ella y que mañana la verás. No la ves desde hace dos meses cuando se largó y te dejó una escueta carta dando sus razones; desde hace dos meses tu vida empezó a derrumbarse poco a poco, recuerdas todo con amargura: te despidieron de la fábrica porque llegabas tarde y hacías que la producción se detuviera y tus amigos se fueron alejando por causa de tu malgenio. De pronto descubres que sin ella no eres nada y que le sigues guardando luto, a pesar de que ella parece que está muy bien sin ti.

El divorcio es inevitable. Cuando hace dos años se juraron amor eterno ante el altar y por primera vez pensaste que podías ser fiel… “¡qué hermosa se veía con el vestido blanco!, ¡Basta, basta!” te dices, más que como un reproche como un acto de lástima. Definitivamente es imposible no pensar en ella. Siempre pensaste que envejecerías a su lado a pesar de tus aventuras y de sus asfixiantes reclamos; en el último año de convivencia ella parecía una madre cantaletosa y amonestadora, no obstante escuchabas pacientemente y hasta te reías de sus imprecaciones, luego, para evadirla, salías de noche con algunas amigas que nunca esperaban de ti ni superación intelectual ni que consiguieras un trabajo “más honroso” y mejor remunerado… te llevas las manos a la cabeza, tu pasado te agobia y regresa a ti el vacío de esta tarde. Mañana la verás y decides verte bien para que se dé cuenta que ella no es necesaria, que eres feliz con tu libertad.

Vuelves al baño y te desnudas frente al espejo vuelto pedazos, descubres que esa es tu verdadera imagen, no la que un par de horas antes habías observado, eres un ser fragmentado, incompleto. Miras tu cuerpo, estás muy delgado y demacrado, además tu mano está lastimada, ¿qué le vas a decir?, tal vez “…una pelea callejera con un vago”, luego caes en cuenta que “a ella ¡qué le importa!, al fin y al cabo es mi vida y no tengo porque darle explicaciones de nada. ¿Cómo estará ella? ¡No me importa!”, exclamas, aunque sí te importa, más de lo que quisieras.

El tiempo parece detenerse en tu casa que se va cerrando poco a poco. Decides huir. Te vistes con lo primero que encuentras, el blue jean del día anterior y una camiseta negra, vas a dar una vuelta. Abres la puerta, el atardecer te golpea con su belleza, es increíble que todo transcurra tan bien allí afuera cuando por dentro estás derrumbado, ese es el sentimiento que te invade; cierras la puerta con un golpe seco y caminas aprisa sin rumbo fijo, llegas al parquecito ubicado a unas cuantas cuadras de tu casa y te sientas en una banca decidido a dejarte atrapar por el olvido, pero él no te quiere y contrariamente lo que recibes es un montón de recuerdos desordenados que se agolpan en tu mente: regresan las tardes primeras en que con ella venías a este parque, de cómo disfrutaban del atardecer juntos y de lo bello que era acariciarla mientras ella hablaba del futuro y de lo felices que serían, ¡qué bella utopía!, ahora ya ni siquiera tienes futuro, tal vez debas regresar donde tu madre y empezar de nuevo.


Definitivamente los recuerdos te vencen y decides escapar de ellos haciendo un poco de ejercicio en el pequeño parque, pero los trotes, las sentadillas y demás ejercicios que realizas, lo único que te causan es un leve mareo, que te hace recordar que no has comido nada; vas a una tienda cercada y pides un refresco, lo tomas lentamente, luego pides una torta que al primer bocado descubres que no quieres comer, pero debes hacerlo para recuperar fuerzas y verte bien mañana, ella te estará esperando; sientes enormes deseos de emborracharte para poder olvidarte de todo, pero no lo debes hacer, ella te verá mañana.

Regresas a tu casa, prendes un cigarrillo que pronto abandonas en el cenicero, el laberinto de recuerdos que te ha atrapado durante todo el día te tira en la cama y te agobias tanto que la posibilidad del suicidio se recrea: tal vez ahorcado en el palo de los columpios del parque o con una puñalada en el pecho para arrancarte el dolor del corazón, al mejor estilo de las rancheras o tomando arsénico para acabar del todo con tu envenenada existencia; pero no, de nuevo te sientes estúpido, es ella la que debe sufrir y no tú, y en todo caso si mueres, ella te acompañará al infierno, pero primero la debes reconquistar así la venganza será plena; “a la mañana siguiente que la vea iré muy bien presentado y le mostraré indiferencia”, piensas que con esa estrategia ella regresará, pues te pensará perdido y su orgullo la inclinará a volver contigo. Sí, ella volverá y tu vida tendrá un sentido: acabar con la de ella, con su aparente felicidad. Tus planes te adormecen y terminas pensando en ella, en lo bella que se verá al otro día, pero para ti no habrá, nunca más, un mañana, has olvidado cerrar la llave del gas y ese cigarrillo ignorado hará todo por ti, por fin ahora sí serás libre.

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 7 I  2007 ©

volver al índice  

 

 

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved