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Lirian
Astrid Ciro
(Colombia, 1981). Licenciada en Español y Literatura,
cursó estudios en Lexicografía Hispánica,
actualmente se desempeña como docente universitaria
en el área de pedagogía y lenguaje.

Despiertas.
Te parece que regresas de un largo viaje, no recuerdas de
dónde vienes, sólo te sientes agotado; es un nuevo día pero
quisieras que la noche se prolongara para poder extasiarte
en el delirio del sueño, en el único espacio en el que
realmente eres libre. El amargo sabor de tu boca tiene la
huella de una noche de tragos y de romances furtivos,
recuerdas a la voluptuosa rubia con la que querías olvidar
que eres un fracasado en tu vida sentimental y que tu mujer
te cambió por uno de sus pacientes, lo recuerdas con rabia e
impotencia, pero te consuelas pensando en que sólo es un
loco que se llevará mejor con la loca de tu mujer que juega
a ser sicóloga.
No quieres
levantarte, ¿para qué?, es un domingo y los domingos te
deprimen. Sigues en tu cama mientras el sol te da en la cara,
con fastidio tomas la cobija y te tapas, después de media
hora tratando inútilmente de conciliar el sueño, y viendo
que te es imposible no pensar en la idiota de tu mujer,
decides levantarte, lo haces tan bruscamente que sientes un
leve mareo. Miras el reloj de la pared, regalo de bodas de
tu suegra, la asfixiante y patética matrona, y mientras
observas con indiferencia que es la una y cuarto de la tarde,
te preguntas sin querer cómo no te diste cuenta que tu
hermosa novia se convertiría en una réplica de esa señora
que conociste con temor aquella calurosa tarde de mayo, para
presentarte como el novio oficial de su niña consentida… no
quieres pensar más en el pasado.
Te diriges al baño
y en el espejo del tocador observas un rostro frío e
inexpresivo, quién diría que no hace muchos años ese rostro
lucía una estúpida sonrisa al pensar en la cajera del
supermercado que trabajaba para pagarse sus estudios de
psicología… “¡Diablos!”, exclamas al darte cuenta que de
nuevo estas pensando en tu mujer, ¡no!, ya no es tuya, pero
piensas en ella como si aún lo fuera. Te sigues mirando
fijamente en el espejo como tratando de reconocerte, pero no
eres el mismo, te ves feo, quizá se deba a esa barba de un
mes, por una extraña razón quieres verte bien y decides
afeitarte; buscas en el cajón del tocador tu máquina y la
ves desgastada, no podrás hacerlo con ella, una pérdida más,
desesperadamente tratas de hallar cuchillas de repuesto,
nunca has tenido paciencia para buscar las cosas que se te
pierden en tu desorden (reflejo de tu caótica mente), con
rabia por no encontrar nada y por toparte con cosas viejas e
inútilmente almacenadas, das un puñetazo al espejo, “¡¡hijueputa!!”
es tu expresión de dolor, mezcla de rabia y angustia frente
a tu acto de neurosis… “¡ha!”, ahí está otra vez tu mujer,
llamándote neurótico, “¡Qué se vaya al infierno, con el loco
imbécil!”, sigues hablando sólo, pero esta última expresión
te lleva a pensar que el único que está viviendo un infierno
eres tú. La sangre empieza a gotear y un ardor molesto te
lleva al deseo de cortarte la muñeca de tu mano lastimada y,
no sólo eso, quisieras cortarte todo de un tajo para
desaparecer de esta tarde de domingo, para dejar de pensar
en ella, no obstante desechas la idea de inmediato, la
posibilidad de un suicidio te suena ridícula, meditas (mientras
sacas del botiquín una gasa y el algodón) que si alguien
debe morir en esta historia es tu mujer; te diviertes
imaginando como asesinarla sin dejar huella, disfrutas tanto
pensando en las posibles formas de matar a una mujer que se
odia y que antes se amó tanto, que inevitablemente piensas
en el día que ella aceptó ser tu esposa y de cómo se
deleitaban pensando en los futuros hijos que vendrían, en la
casa que comprarían…, te das un puñetazo en la cara como
reproche por pensar en esas tonterías, no calculaste bien y
te das con tu mano malherida, después de maldecir del cielo
al infierno, empiezas a limpiar la sangre de tu puño y
finalmente vendas tu mano.
Hace rato que no
piensas en ti, no sabes cuándo tienes hambre ni cuándo
tienes ganas de orinar, todo lo haces tan mecánico que
descuidadamente sacas tu pene, lo miras con tristeza, su
flacidez te deprime más; si no fuera por culpa de ese
apéndice con vida propia que ahora duerme, quizá tu mujer
seguiría a tu lado, “¡qué va! Eres hombre y todo lo que pasó
con la prima de tu mujer fue sólo un desliz, sólo deseo,
lástima que las mujeres no entiendan que un hombre sólo
puede amar a una pero desear a todas”, te dices para aplacar
el sentimiento de culpa que empieza a invadirte, continúas
diciendo en voz alta que esa no es excusa para que tu mujer
te haya hecho lo mismo, claro que peor porque tú nunca
pensaste abandonarla. Sin darte cuenta de tu acto, terminas
de orinar y sales del baño.
No sientes hambre,
pero tienes sed, abres la nevera, se encuentra vacía, sacas
la última cerveza que te queda y la bebes deprisa, luego te
diriges a la sala y te dejas caer como un muñeco de trapo
sobre el sofá y prendes el estéreo, “¡Carajo!”, exclamas
cuando escuchas que en la radio suena la voz del ídolo
musical de tu mujer: Ricardo Arjona, y mientras escuchas con
desconsuelo la estrofa y terminas por tararearla: “
realmente no estoy tan solo, quién te dijo que te fuiste, si
aún te encuentro cocinando algún recuerdo en la cocina o en
la sombra que dibuja la cortina…”, apagas con rabia el
estéreo y por primera vez, en muchos años, lloras porque
sabes que sí estás solo y que la soledad te da miedo.
Miras desconsolado
el reloj, quien se ríe de ti y te presenta las dos y treinta
de la tarde, este día es eterno y tu soledad se agiganta al
compás del movimiento del minutero, sigues en el sofá, ya no
piensas, pero sientes la amargura de esta tarde de domingo.
Rinn, rinn, rin…, contestas el teléfono, es tu madre,
invitándote a que cenes en tu antigua casa, no quieres hacer
nada en tu desastrosa tarde y menos ir donde tu madre que te
repetirá que esa mujer no te convenía, por ello inventas
cualquier excusa para no ir y simulando que estás muy
interesado en terminar de leer un libro le cuelgas el
teléfono, te quedas mirando fijamente tu soledad, seguro de
que no vas a volver a pensar en nada ni en nadie y que,
sobre todo, tu mente va a ser libre de ella por unas cuantas
horas, hasta que ves un sobre en el piso, la embriaguez de
la noche anterior y tus caminatas evasivas de los días
pasados no te habían permitido percatarte de ese papel
intruso que se coló por la rendija de la puerta, lo tomas
sin expectativa
y lo lees
con desgano:
“Señor José
Enrique Fonnegra Cañas, el juzgado 1704 de la ciudad lo cita
a comparecer ante él el día 15 del mes en curso, para
efectos de divorcio.
Firmado Juez de la
dependencia.”
Arrugas la
citación, mientras te repites: José Enrique Fonnegra Cañas,
José Enrique, José…, no te reconoces en tu propio nombre,
siempre te pareció extraño pronunciar tu nombre pero ahora
te parece algo inexplicable como si de pronto ese nombre no
te representara y no fueras más que un ser anónimo que se
consume en una tarde de domingo.
Un acto de
conciencia te golpea y descubres que el día quince es mañana,
empiezas a pensar de nuevo en ella y que mañana la verás. No
la ves desde hace dos meses cuando se largó y te dejó una
escueta carta dando sus razones; desde hace dos meses tu
vida empezó a derrumbarse poco a poco, recuerdas todo con
amargura: te despidieron de la fábrica porque llegabas tarde
y hacías que la producción se detuviera y tus amigos se
fueron alejando por causa de tu malgenio. De pronto
descubres que sin ella no eres nada y que le sigues
guardando luto, a pesar de que ella parece que está muy bien
sin ti.
El divorcio es
inevitable. Cuando hace dos años se juraron amor eterno ante
el altar y por primera vez pensaste que podías ser fiel…
“¡qué hermosa se veía con el vestido blanco!, ¡Basta, basta!”
te dices, más que como un reproche como un acto de lástima.
Definitivamente es imposible no pensar en ella. Siempre
pensaste que envejecerías a su lado a pesar de tus aventuras
y de sus asfixiantes reclamos; en el último año de
convivencia ella parecía una madre cantaletosa y
amonestadora, no obstante escuchabas pacientemente y hasta
te reías de sus imprecaciones, luego, para evadirla, salías
de noche con algunas amigas que nunca esperaban de ti ni
superación intelectual ni que consiguieras un trabajo “más
honroso” y mejor remunerado… te llevas las manos a la cabeza,
tu pasado te agobia y regresa a ti el vacío de esta tarde.
Mañana la verás y decides verte bien para que se dé cuenta
que ella no es necesaria, que eres feliz con tu libertad.
Vuelves al baño y
te desnudas frente al espejo vuelto pedazos, descubres que
esa es tu verdadera imagen, no la que un par de horas antes
habías observado, eres un ser fragmentado, incompleto. Miras
tu cuerpo, estás muy delgado y demacrado, además tu mano
está lastimada, ¿qué le vas a decir?, tal vez “…una pelea
callejera con un vago”, luego caes en cuenta que “a ella ¡qué
le importa!, al fin y al cabo es mi vida y no tengo porque
darle explicaciones de nada. ¿Cómo estará ella? ¡No me
importa!”, exclamas, aunque sí te importa, más de lo que
quisieras.
El tiempo parece detenerse en
tu casa que se va cerrando poco a poco. Decides huir. Te
vistes con lo primero que encuentras, el blue jean del día
anterior y una camiseta negra, vas a dar una vuelta. Abres
la puerta, el atardecer te golpea con su belleza, es
increíble que todo transcurra tan bien allí afuera cuando
por dentro estás derrumbado, ese es el sentimiento que te
invade; cierras la puerta con un golpe seco y caminas aprisa
sin rumbo fijo, llegas al parquecito ubicado a unas cuantas
cuadras de tu casa y te sientas en una banca decidido a
dejarte atrapar por el olvido, pero él no te quiere y
contrariamente lo que recibes es un montón de recuerdos
desordenados que se agolpan en tu mente: regresan las tardes
primeras en que con ella venías a este parque, de cómo
disfrutaban del atardecer juntos y de lo bello que era
acariciarla mientras ella hablaba del futuro y de lo felices
que serían, ¡qué bella utopía!, ahora ya ni siquiera tienes
futuro, tal vez debas regresar donde tu madre y empezar de
nuevo.
Definitivamente
los recuerdos te vencen y decides escapar de ellos haciendo
un poco de ejercicio en el pequeño parque, pero los trotes,
las sentadillas y demás ejercicios que realizas, lo único
que te causan es un leve mareo, que te hace recordar que no
has comido nada; vas a una tienda cercada y pides un
refresco, lo tomas lentamente, luego pides una torta que al
primer bocado descubres que no quieres comer, pero debes
hacerlo para recuperar fuerzas y verte bien mañana, ella te
estará esperando; sientes enormes deseos de emborracharte
para poder olvidarte de todo, pero no lo debes hacer, ella
te verá mañana.
Regresas a tu
casa, prendes un cigarrillo que pronto abandonas en el
cenicero, el laberinto de recuerdos que te ha atrapado
durante todo el día te tira en la cama y te agobias tanto
que la posibilidad del suicidio se recrea: tal vez ahorcado
en el palo de los columpios del parque o con una puñalada en
el pecho para arrancarte el dolor del corazón, al mejor
estilo de las rancheras o tomando arsénico para acabar del
todo con tu envenenada existencia; pero no, de nuevo te
sientes estúpido, es ella la que debe sufrir y no tú, y en
todo caso si mueres, ella te acompañará al infierno, pero
primero la debes reconquistar así la venganza será plena; “a
la mañana siguiente que la vea iré muy bien presentado y le
mostraré indiferencia”, piensas que con esa estrategia ella
regresará, pues te pensará perdido y su orgullo la inclinará
a volver contigo. Sí, ella volverá y tu vida tendrá un
sentido: acabar con la de ella, con su aparente felicidad.
Tus planes te adormecen y terminas pensando en ella, en lo
bella que se verá al otro día, pero para ti no habrá, nunca
más, un mañana, has olvidado cerrar la llave del gas y ese
cigarrillo ignorado hará todo por ti, por fin ahora sí serás
libre.

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