Al
cumplir los veintiséis, Ernesto sólo concebía tres categorías de
mujer. Peligrosas, bandidas y prostitutas. La verdad es que él
nunca pudo sobreponerse a lo que le ocurriera, diez años atrás,
con su primer enamorada.
Roxana, así se llamaba la niña, era hija de italianos, rubia, de
grandes ojos azules y mirada inocente. La mayor parte del idilio
había transcurrido entre agarradas de mano, besos apurados en la
última fila del cine y largas caminatas, de ida y vuelta, sobre
la vereda frente a la casa de Roxana.
En
todo el tiempo que fueron enamorados ella nunca se dejó manosear
las piernas, menos los senos. “Esas son prerrogativas de esposo”,
le decía. “¿Deseas que me arrebate y como consecuencia transija
ante los placeres de la carne, para luego llegar al altar toda
sucia y desvergonzada?”, mascullaba, Roxana, con voz de niña,
cada que Ernesto intentaba tocarla.
Las
peligrosas, decía Ernesto, aparecen ante nuestros ojos como
mujeres virginales, inteligentes y siempre preocupadas por un
matrimonio perfecto. Prolongan el camino hacia la marcha nupcial
por lo que parece ser una eternidad y en el trayecto destruyen
el sentimiento de independencia que caracteriza a los hombres.
Agregaba el joven que con el correr del tiempo, los compañeros
de estas mujeres habrán vivido sólo para complacer sus caprichos
como robots. Por último decía que quienes sucumben a este tipo
de mujer devienen en lo que la gente llama: Hombres de saco
largo y que los merecedores de este apelativo nunca llegarán a
saber con quien se acuesta su mujer ni cuánto cobra por hacerlo.
Ernestito, como lo llamaba la madre de la chica, llegaba a la
casa de su amada todos los días a las seis y cuarenta y cinco de
la tarde. Roxana le había dicho con rostro muy serio: “Nunca
llegues antes de esa hora. Si lo haces, no me dejarán salir el
resto de la semana.” Cuando el joven indagó por las razones de
tan extraña situación, la chica le explicó que el programa
televisivo que capturaba el intelecto de su progenitor comenzaba
a esa hora y que el buen hombre se quedaba dormido frente a la
pantalla mágica hasta las nueve de la noche, por lo menos. Luego
la niña agregaba: “A mi padre no le gusta que salga contigo”, y
así el muchacho, mirando el piso, daba la aprobación de la
demanda de su amada.
Ernesto había aceptado de buen talante la historia completa. El
padre de la joven era dueño de su propia empresa. Se dirigía
hacia su fábrica a las cinco de la mañana y estaba de regreso en
casa a las tres de la tarde. Ernesto respetaba el arreglo porque
adoraba a Roxana. Ella era una joven muy inteligente y vivaz.
“Soy muy buena con los números, como mi papá”, le decía. “Yo soy
capaz de ver dónde está el negocio, dónde está la plata, dos
días antes que los demás.”
Renzo Gandolfi era el padrino de Ernesto. Había sido como un
padre para él. En efecto su progenitor, Mario Candiotti, había
muerto en Italia durante un viaje de negocios, cuando Ernesto
tenía un año y medio. Todo lo que conocía de ese tema era lo que
su madre, y en algunas oportunidades su padrino, le habían
contado.
Su
padrino siempre se hizo cargo de todos sus gastos de colegio,
ropa y diversiones. Lo llevaba a restaurantes caros, a los toros,
al teatro y a la playa. Iban siempre juntos, los dos solos, a
todas partes. Su madre le había contado de la gran amistad que
existió entre su papá y su padrino. “Se querían mucho. Tu
padrino vivía y moraba en esta casa. Renzo se quedaba a dormir
en el cuarto del tercer piso, cuando tu padre se iba en viaje de
negocios, para que estuviéramos a salvo de cualquier peligro”,
le había contado su mamá, muchas veces, desde que tenía uso de
razón.
Un
día soleado Renzo se apareció por el colegio de Ernesto, a las
dos de la tarde. Habló con el profesor y lo dejaron salir
temprano. El joven estaba muy contento, No importa la razón,
salir temprano alegra siempre el espíritu de los estudiantes.
Renzo le explicó que lo iba a llevar a comer a un nuevo
restaurante de pescado y mariscos. “Vamos a comer, a tomarnos
unos vinos y a conversar sobre las cosas de la vida. No me digas
que tienes algún compromiso importante para esta tarde”,
preguntó el padrino con cara socarrona. Ernesto le explicó que
su único compromiso, todos los días, era ir a visitar a Roxana a
un cuarto para la siete. Renzo replicó con una amplia sonrisa,
que él mismo lo llevaría para que pudiera ver a su enamoradita.
Las
bandidas, explicaba Ernesto, viven bajo la sombra de una doble
vida, la mayor parte del tiempo. De manera cotidiana dan
explicaciones que ellas juran tienen sentido y por lo tanto
están seguras de que engañan a cualquier interlocutor. El joven
Candiotti se explayaba para decir que la realidad es cruel ya
que nunca nadie puede controlar el destino de tanto cuento con
estructura similar, sobre el mismo tema. Decía que este tipo de
mujer no logra casarse por mucho que se esfuerce y si lo hace,
el conjunto de fabricaciones que teje para encubrir sus
actividades reales son como letreros que advierten a los demás
sobre su naturaleza engañosa. Ernesto era fulminante para
concluir que en estos casos los hijos que les nacen a estas
mujeres, son incapaces de saber cuál amigo de su padre es en
realidad su verdadero progenitor.
Al
terminar el almuerzo, cerca de las cuatro de la tarde, Renzo
comenzó una larga explicación de las sorpresas que la vida nos
da. “Hay sorpresas que nos hacen pensar que todo se ha perdido,
que ya no hay razón para continuar la lucha, pero no es así. Los
más dolorosos golpes que recibimos los hombres, son en realidad
lecciones importantes que debemos aprender”, dijo Renzo mientras
colocaba el brazo estirado sobre los hombros de su ahijado.
“Tómate un trago más”, continuó y con las cejas hizo una seña al
encargado del bar. El hombre detrás del mostrador, un mestizo
maduro y encorvado, ejecutó con rapidez y una sonrisa constante
aquella orden repetida a menudo por aquellos individuos que
hacen negocios con el estómago lleno y el vapor del alcohol
saliéndoles por los ojos.
Ernesto cogió el vaso de whisky con su mano sudorosa mientras
escuchaba el tintineo de los hielos contra el cristal. El
muchacho intuía que algo malo se avecinaba. Pensó en su mamá y
en la posibilidad de que ella tuviera un amante, pero al mismo
tiempo entretuvo la idea de que ella había vivido sola por más
de quince años, desde la muerte de su padre. Pobre mujer, dijo
en silencio y la mirada perdida en el vapor dulzón del licor
añejo. Ella ha trabajado tanto para criarme, que bien se merece
una aventura de cuando en cuando. Ernesto acercó el vaso a sus
labios y se sintió orgulloso de su amplitud de criterio y de su
bondad para con su madre.
Las
prostitutas, según Ernesto, visten ligero, se maquillan
demasiado y cobran abiertamente por acostarse contigo. A pesar
de esta compendiosa y a la vez despectiva definición, Ernesto
parecía preferir este tipo de mujer. “Son honestas y confiesan
su pecado antes de intentar relacionarse contigo”, explicaba. “Y
como son mujeres al fin, se pueden enamorar de ti y ya está,
tienes tu amorcito que te prefiere cuando vas al burdel y encima
no te cobra”, remataba con este dicho su detallada definición.
Renzo continuó con una explicación circular y redundante sobre
las sorpresas que la vida nos da y para terminar le dijo a su
ahijado que ya eran las cuatro y que tenían que ir a un lugar en
San Isidro, “Un departamento que es una paja”, le dijo, salud,
obligó, consumió el contenido de su vaso y chasqueando la lengua
emitió un prolongado: “Ah”. Le contó que era un lugar que la
gente llamaba, la tía Tula. “No es la novela de Unamuno”,
explicó, “es una puta que se hace llamar Tula; ella es la mami
del sitio”, terminó por aclarar.
Abrió la puerta una mujer en sus cuarenta pero muy guapa. Vestía
negligé negro de nilón y vaporosa gasa y tenía el pelo suelto
hasta la cintura. “¡Don Renzo!” exclamó con apagada voz en el
umbral de la puerta. Renzo era conocido cliente y la tía Tula
sabía que el señor Gandolfi no sólo era dueño de una fabrica de
cerveza, sino que también era la cabeza de una poderosa familia
de origen italiano que pagaba con billetes y dejaba propinas que
le erizaban los vellos del pubis.
El
visitante, ingresó al departamento y recibió en la mano un vaso
de licor servido por una mujer tan joven que más parecía una
estudiante de secundaria. “Quiere usted aprovechar la hora de
colegio”, le dijo la tía Tula y Renzo, entre risas, dijo que sí,
que eran las cuatro y que sólo tenían hasta las seis y al mismo
tiempo abrazó por la espalda a su ahijado. “Este es mi ahijado,
tía”, le dijo a la mujer en camisa de dormir. “Si a él se le
antojara venir, cualquier día, me lo atiendes a todo costo y lo
pones en mi cuenta.”
“Haznos un desfile de modas, para escoger”, dijo Renzo y tomó
asiento en un sofá en medio del gran salón. “Ven, Ernestito”, le
dijo a su ahijado y lo jaló de la manga para que se sentara
junto a él. Ernesto contempló alucinado las paredes cubiertas de
espejos, los cuadros de cortesanas desnudas colgados a la altura
de los ojos mientras frotaba las manos en el terciopelo suave
del sillón.
Las
chicas salieron de un cuarto aledaño, empezaron a desfilar en
sus diminutos vestidos de dormir. Se desplazaban con gracia de
niñas inocentes al compás de My sweet Lord, de George Harrison.
Era como un grupo de chicas en la casa de sus primas, jugando en
el dormitorio de la dueña de casa, a puerta cerrada. Ernesto
sintió el frío de una navaja en la manzana de Adán y no pudo
tragar la saliva que tenía en la boca. Una palidez verdosa le
invadió el rostro y las manos le sudaron de manera brutal.
Percibió un cosquilleo extraño en los testículos y la erección
que había tenido al contemplar a la tía Tula, cuando recién
llegaron, desapareció. Ernesto sintió que su pipí no sólo había
perdido rigidez, si no que se encogía a sorprendente velocidad.
El adolescente comenzó a respirar con dificultad cuando esperaba
con angustia el momento en que la peligrosa de Roxana apareciera
delante de él. El chico comprendió, con claridad meridiana, que
su padrino no había estado hablando de su mamá.