México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









 

Manuel Aguirre. Nació en Arequipa, 1940. Publica un libro de poemas en 1972, “Razón de silencio”;  descubre, en 1994 que no puede vivir sin escribir. Publica cuentos en varias revistas de Internet y posteriormente en agosto el año 2006, en Lima, Perú, publica su primer libro de relatos, “Una bala en la frente”, a través de Estruendo Mudo, editores. Actualmente prepara la edición de su segundo libro de relatos con nombre provisional: “Los Caminos del Señor.”

 

Al cumplir los veintiséis, Ernesto sólo concebía tres categorías de mujer. Peligrosas, bandidas y prostitutas. La verdad es que él nunca pudo sobreponerse a lo que le ocurriera, diez años atrás, con su primer enamorada.

Roxana, así se llamaba la niña, era hija de italianos, rubia, de grandes ojos azules y mirada inocente. La mayor parte del idilio había transcurrido entre agarradas de mano, besos apurados en la última fila del cine y largas caminatas, de ida y vuelta, sobre la vereda frente a la casa de Roxana.

En todo el tiempo que fueron enamorados ella nunca se dejó manosear las piernas, menos los senos. “Esas son prerrogativas de esposo”, le decía. “¿Deseas que me arrebate y como consecuencia transija ante los placeres de la carne, para luego llegar al altar toda sucia y desvergonzada?”, mascullaba, Roxana, con voz de niña, cada que Ernesto intentaba tocarla.

Las peligrosas, decía Ernesto, aparecen ante nuestros ojos como mujeres virginales, inteligentes y siempre preocupadas por un matrimonio perfecto. Prolongan el camino hacia la marcha nupcial por lo que parece ser una eternidad y en el trayecto destruyen el sentimiento de independencia que caracteriza a los hombres. Agregaba el joven que con el correr del tiempo, los compañeros de estas mujeres habrán vivido sólo para complacer sus caprichos como robots. Por último decía que quienes sucumben a este tipo de mujer devienen en lo que la gente llama: Hombres de saco largo y que los merecedores de este apelativo nunca llegarán a saber con quien se acuesta su mujer ni cuánto cobra por hacerlo.

Ernestito, como lo llamaba la madre de la chica, llegaba a la casa de su amada todos los días a las seis y cuarenta y cinco de la tarde. Roxana le había dicho con rostro muy serio: “Nunca llegues antes de esa hora. Si lo haces, no me dejarán salir el resto de la semana.” Cuando el joven indagó por las razones de tan extraña situación, la chica le explicó que el programa televisivo que capturaba el intelecto de su progenitor comenzaba a esa hora y que el buen hombre se quedaba dormido frente a la pantalla mágica hasta las nueve de la noche, por lo menos. Luego la niña agregaba: “A mi padre no le gusta que salga contigo”, y así el muchacho, mirando el piso, daba la aprobación de la demanda de su amada.

Ernesto había aceptado de buen talante la historia completa. El padre de la joven era dueño de su propia empresa. Se dirigía hacia su fábrica a las cinco de la mañana y estaba de regreso en casa a las tres de la tarde. Ernesto respetaba el arreglo porque adoraba a Roxana. Ella era una joven muy inteligente y vivaz. “Soy muy buena con los números, como mi papá”, le decía. “Yo soy capaz de ver dónde está el negocio, dónde está la plata, dos días antes que los demás.”

Renzo Gandolfi era el padrino de Ernesto. Había sido como un padre para él. En efecto su progenitor, Mario Candiotti, había muerto en Italia durante un viaje de negocios, cuando Ernesto tenía un año y medio. Todo lo que conocía de ese tema era lo que su madre, y en algunas oportunidades su padrino, le habían contado.

Su padrino siempre se hizo cargo de todos sus gastos de colegio, ropa y diversiones. Lo llevaba a restaurantes caros, a los toros, al teatro y a la playa. Iban siempre juntos, los dos solos, a todas partes. Su madre le había contado de la gran amistad que existió entre su papá y su padrino. “Se querían mucho. Tu padrino vivía y moraba en esta casa. Renzo se quedaba a dormir en el cuarto del tercer piso, cuando tu padre se iba en viaje de negocios, para que estuviéramos a salvo de cualquier peligro”, le había contado su mamá, muchas veces, desde que tenía uso de razón.

Un día soleado Renzo se apareció por el colegio de Ernesto, a las dos de la tarde. Habló con el profesor y lo dejaron salir temprano. El joven estaba muy contento, No importa la razón, salir temprano alegra siempre el espíritu de los estudiantes. Renzo le explicó que lo iba a llevar a comer a un nuevo restaurante de pescado y mariscos. “Vamos a comer, a tomarnos unos vinos y a conversar sobre las cosas de la vida. No me digas que tienes algún compromiso importante para esta tarde”, preguntó el padrino con cara socarrona. Ernesto le explicó que su único compromiso, todos los días, era ir a visitar a Roxana a un cuarto para la siete. Renzo replicó con una amplia sonrisa, que él mismo lo llevaría para que pudiera ver a su enamoradita.

Las bandidas, explicaba Ernesto, viven bajo la sombra de una doble vida, la mayor parte del tiempo. De manera cotidiana dan explicaciones que ellas juran tienen sentido y por lo tanto están seguras de que engañan a cualquier interlocutor. El joven Candiotti se explayaba para decir que la realidad es cruel ya que nunca nadie puede controlar el destino de tanto cuento con estructura similar, sobre el mismo tema. Decía que este tipo de mujer no logra casarse por mucho que se esfuerce y si lo hace, el conjunto de fabricaciones que teje para encubrir sus actividades reales son como letreros que advierten a los demás sobre su naturaleza engañosa. Ernesto era fulminante para concluir que en estos casos los hijos que les nacen a estas mujeres, son incapaces de saber cuál amigo de su padre es en realidad su verdadero progenitor.

Al terminar el almuerzo, cerca de las cuatro de la tarde, Renzo comenzó una larga explicación de las sorpresas que la vida nos da. “Hay sorpresas que nos hacen pensar que todo se ha perdido, que ya no hay razón para continuar la lucha, pero no es así. Los más dolorosos golpes que recibimos los hombres, son en realidad lecciones importantes que debemos aprender”, dijo Renzo mientras colocaba el brazo estirado sobre los hombros de su ahijado. “Tómate un trago más”, continuó y con las cejas hizo una seña al encargado del bar. El hombre detrás del mostrador, un mestizo maduro y encorvado, ejecutó con rapidez y una sonrisa constante aquella orden repetida a menudo por aquellos individuos que hacen negocios con el estómago lleno y el vapor del alcohol saliéndoles por los ojos.

Ernesto cogió el vaso de whisky con su mano sudorosa mientras escuchaba el tintineo de los hielos contra el cristal. El muchacho intuía que algo malo se avecinaba. Pensó en su mamá y en la posibilidad de que ella tuviera un amante, pero al mismo tiempo entretuvo la idea de que ella había vivido sola por más de quince años, desde la muerte de su padre. Pobre mujer, dijo en silencio y la mirada perdida en el vapor dulzón del licor añejo. Ella ha trabajado tanto para criarme, que bien se merece una aventura de cuando en cuando. Ernesto acercó el vaso a sus labios y se sintió orgulloso de su amplitud de criterio y de su bondad para con su madre.

Las prostitutas, según Ernesto, visten ligero, se maquillan demasiado y cobran abiertamente por acostarse contigo. A pesar de esta compendiosa y a la vez despectiva definición, Ernesto parecía preferir este tipo de mujer. “Son honestas y confiesan su pecado antes de intentar relacionarse contigo”, explicaba. “Y como son mujeres al fin, se pueden enamorar de ti y ya está, tienes tu amorcito que te prefiere cuando vas al burdel y encima no te cobra”, remataba con este dicho su detallada definición.

Renzo continuó con una explicación circular y redundante sobre las sorpresas que la vida nos da y para terminar le dijo a su ahijado que ya eran las cuatro y que tenían que ir a un lugar en San Isidro, “Un departamento que es una paja”, le dijo, salud, obligó, consumió el contenido de su vaso y chasqueando la lengua emitió un prolongado: “Ah”. Le contó que era un lugar que la gente llamaba, la tía Tula. “No es la novela de Unamuno”, explicó, “es una puta que se hace llamar Tula; ella es la mami del sitio”, terminó por aclarar.

Abrió la puerta una mujer en sus cuarenta pero muy guapa. Vestía negligé negro de nilón y vaporosa gasa y tenía el pelo suelto hasta la cintura. “¡Don Renzo!” exclamó con apagada voz en el umbral de la puerta. Renzo era conocido cliente y la tía Tula sabía que el señor Gandolfi no sólo era dueño de una fabrica de cerveza, sino que también era la cabeza de una poderosa familia de origen italiano que pagaba con billetes y dejaba propinas que le erizaban los vellos del pubis.

El visitante, ingresó al departamento y recibió en la mano un vaso de licor servido por una mujer tan joven que más parecía una estudiante de secundaria. “Quiere usted aprovechar la hora de colegio”, le dijo la tía Tula y Renzo, entre risas, dijo que sí, que eran las cuatro y que sólo tenían hasta las seis y al mismo tiempo abrazó por la espalda a su ahijado. “Este es mi ahijado, tía”, le dijo a la mujer en camisa de dormir. “Si a él se le antojara venir, cualquier día, me lo atiendes a todo costo y lo pones en mi cuenta.”

“Haznos un desfile de modas, para escoger”, dijo Renzo y tomó asiento en un sofá en medio del gran salón. “Ven, Ernestito”, le dijo a su ahijado y lo jaló de la manga para que se sentara junto a él. Ernesto contempló alucinado las paredes cubiertas de espejos, los cuadros de cortesanas desnudas colgados a la altura de los ojos mientras frotaba las manos en el terciopelo suave del sillón.

Las chicas salieron de un cuarto aledaño, empezaron a desfilar en sus diminutos vestidos de dormir. Se desplazaban con gracia de niñas inocentes al compás de My sweet Lord, de George Harrison. Era como un grupo de chicas en la casa de sus primas, jugando en el dormitorio de la dueña de casa, a puerta cerrada. Ernesto sintió el frío de una navaja en la manzana de Adán y no pudo tragar la saliva que tenía en la boca. Una palidez verdosa le invadió el rostro y las manos le sudaron de manera brutal. Percibió un cosquilleo extraño en los testículos y la erección que había tenido al contemplar a la tía Tula, cuando recién llegaron, desapareció. Ernesto sintió que su pipí no sólo había perdido rigidez, si no que se encogía a sorprendente velocidad. El adolescente comenzó a respirar con dificultad cuando esperaba con angustia el momento en que la peligrosa de Roxana apareciera delante de él. El chico comprendió, con claridad meridiana, que su padrino no había estado hablando de su mamá.

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 7 I  2007 ©

volver al índice  

 

 

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved