Las
nubes hechas jirones caminan apresuradas a lo largo del cielo.
Las ráfagas de viento coquetean de manera sigilosa con las hojas
de los árboles y la alfombra amarillenta que cubre el bosque se
hace más densa a cada momento. Las ramas de los viejos castaños
rechinan en ese constante ir y venir del viento, mientras dos
rostros aguardan silenciosos el nacimiento del resplandor del
cielo.
-Cada día el sol nos
sorprende más temprano aquí adentro –señala tranquilo el primero
de ellos.
-Todos los días
parecen iguales, nunca hay nada diferente: los mismos árboles,
el mismo viento, el mismo sol, los castaños con su constante
chillido, el vacío que se siente… todo es lo mismo –aclara el
otro.
-Recuerdas los buenos
tiempos que pasamos juntos? ¡Cómo nos divertíamos!
-Siempre hemos hecho
todo juntos.
-Por las mañanas
apenas salía el Sol tomaba mi caña de pescar y me dirigía a tu
casa. ¿Sabes?… Ahora pienso que nunca le agradé a tu madre.
Cuando me veía subir por la colina hacía una mueca, luego bajaba
la vista como si no estuviera yo ahí, pasaba desapercibido para
ella… ¡Siempre me odió!
-Sólo creía que eras
mala influencia para mí…
-…
¡Y tenía razón!…
Recuerdo aquel día cuando llegamos después del almuerzo: ella
salió furiosa con un trozo de madera en la mano y tú solamente
me miraste. La luz de tus ojos se apagó y yo… yo… ¿Qué podía
hacer yo? Me fui caminado silenciosamente. Empuñé el odio
sujetando la caña de pescar con fuerza hasta que las astillas se
clavaron en mi mano y comencé a sangrar. ¡Traté de no escuchar
tus gritos saliendo de la casa! Cerré los ojos para no imaginar
los tuyos llenos de lágrimas. Caminé apresuradamente y luego
comencé a correr tratando de alejarme de tus súplicas…
-Era muy dura conmigo,
nunca le importaba lo que yo hacía. ¡Siempre me golpeaba hasta
que caía desangrándome! ¡No recuerdo una palabra de amor que
haya salido de sus labios!… Después se arrepentía y decía que
era su niño, su pequeño hombrecito… ¡Y yo la odiaba aun más!
-Pero tenías a alguien…
ella siempre estaba contigo… ¡¿Pero yo?! ¿Qué me dices de mí?…
Solo, vagando de un lugar a otro. Vivía en esa vieja cabaña.
Cuando las lluvias llegaban todo se inundaba y cuando el
invierno invadía las montañas, mi cuerpo tiritaba de frío entre
las sábanas… y entonces soñaba con unos brazos que me dieran
cobijo, con el cálido beso de una madre o la voz decidida y
firme de un padre… pero…
El viento mueve los
pétalos frescos de una rosa roja que yace junto con un ramo de
flores silvestres sobre la cruda frialdad de una roca solitaria,
un trozo de piedra sin inscripción, sin una marca que indique lo
que resguarda en sus entrañas. Alrededor, la maleza seca se
torna cada vez más cómplice de ese lugar. Los dos viejos
castaños cubren con sus ramas tristes y amarillentas los
estragos que la soledad ha causado en lo alto de la montaña. Ya
no hay flores ni zarzas ni mucho menos las pequeñas rejas de
metal que hace tiempo delimitaban este territorio del resto del
pueblo. Hace unos años los campesinos cuidaban del lugar,
llevaban flores, se emborrachaban con recuerdos, bailaban sobre
el olvido y lloraban anhelando el pasado. Pero el pueblo fue
arrasado por la voracidad de la naturaleza. La maleza entró en
cada una de las habitaciones de las casas, hurgó por los
rincones y se adueñó de todos los espacios.
Ahí estaban todavía
las paredes, solas, sin vida, cubiertas por una espesa capa
verde que nunca cambiaba de color. En el resto de la montaña
podía ser otoño o invierno, pero en la sombra del pueblo siempre
era primavera. Todos huyeron. Nadie quiso quedarse atrapado
entre la fuerza de la naturaleza que pretendía acabar con cada
uno de los rastros del hombre. Tuvieron miedo.
-Ayer vi a tu madre…
¡Se veía tan diferente! Los años han pasado por su rostro. Vi su
pequeña silueta subiendo lentamente por la colina y al llegar
frente al molino se detuvo, le hacia falta aire, su pecho se
agitaba tratando de aprisionar a puñados el aire que se le
escapaba del cuerpo… ¡Le temblaban las manos! Traía frente a su
pecho un gran ramo de flores silvestres y en medio una bella
rosa roja le daba un aire de perdón y misericordia… ¡Creo que te
extraña!
-¿Realmente lo crees?…
De nada sirve ofrecerle a los otros lo que no les diste en su
momento. Los hombres no saben aprovechar aquello que les rodea.
Buscan amor, compasión, felicidad, sin darse cuenta que todo lo
tienen entre las manos. Todo está a su lado…
-…
Y cuando se dan cuenta
todo se les va para siempre, y entonces anhelan viejos momentos,
rasguñan el pasado tratando de revivirlo…
-…
¿Qué ganan con eso?
¡Nada!, sólo atormentarse el alma y no vivir lo que tienen en el
momento.
¡-Quizá!… Pero ella
estaba ahí: ¡Frente a ti!… Y tú te veías tan frío y férreo. Nada
te movía y tu madre lloraba amargamente… ¡Ni sus lágrimas
pudieron hacer que la perdonaras! Tenía deseos de ponerme de
pie, acercarme a ti, darte un golpe en la nariz y hacer que
bebieras una a una las lágrimas que nacían de esos ojos
marchitos, para que tuvieras siempre el sabor de la amargura en
tus labios.
-Eran tan sólo falsas
lágrimas de arrepentimiento, de frustración… ¡Ella nunca
significó nada para mí!… Mi cuerpo está lleno de cicatrices y
rencor que ella engendró.
-Vas a decir que si no
fuera por ella no estarías aquí…
-…
¡Así es!… ¡Si no fuera
por ella!
Dos gatitos blancos,
recién nacidos, chillan incesantemente junto a los dos jóvenes.
Una mujer pasa silenciosa al lado de ellos, toma entre sus manos
los pequeños cuerpecillos y se marcha rumbo a los castaños. Ella
es la dueña absoluta de ese pequeño reino. Sólo ella gobierna en
la vida de esos dos jóvenes. Hasta el viento se cuida de entrar
a ese lugar y cuando lo hace pasa rápidamente fingiendo que
nunca hurgó por sus rincones. Fingiendo que no sintió miedo al
atravesarlo.
-¿Recuerdas aquella
noche?
-¿Cómo olvidarla?… ¡Marcó
para siempre nuestro camino!
-Éramos sólo unos
niños intentando ser hombres con ese viejo revólver con el que
armamos un escándalo en la cantina del pueblo. Queríamos
demostrarle a todos que Mario y Sergio eran más que unos simples
mocosos sin vida ni destino. Deseábamos decirles a todos que
podíamos hacer algo, algo más que emborracharnos, que sabíamos
ser hombres, y amábamos y odiábamos y reíamos como cualquier
otro, pero… esa noche ella salió en busca de alguien y sólo nos
encontró a nosotros… La luna llena iluminaba el río y el olor a
tierra mojada era tan profundo… Tú y yo cayéndonos de borrachos…
-¡De pronto se escuchó
un disparo!… Vi cómo tu cuerpo se desplomaba sin fuerza y se
hundía en el agua… ¡Después otro disparo!, y sentí cómo un
líquido caliente y espeso salía de mi pecho, bajaba por el
vientre, me escurría entre las piernas y se confundía con el
agua… ¡Traté de alcanzar tu mano, pero la corriente te
arrastraba!…
-…
nos arrastró varios
metros hasta que nuestros cuerpos fueron resguardados por las
rocas. La sangre se confundía con la noche y en un momento la
sonrisa se borró de los labios… y nuestros cuerpos se enfriaron…
¡-La luz de los ojos
desapareció para siempre! Las pupilas se volvieron opacas, sin
brillo, sin ilusiones ni fantasías.
-¡Todo acabó para
nosotros esa noche! La muerte cortó de tajo nuestro destino.
-Y ahora estamos aquí
contemplando cada amanecer lejano y diferente, y anhelando todo
aquello que nunca pudimos hacer.
El Sol ha dado paso a
la oscuridad de la noche. La Luna toma posesión de la inmensidad
del cielo, mientras deja caer sus fríos rayos sobre dos lápidas,
donde descansan angustiadas y eternas las almas de esos dos
jóvenes que murieron en el río un día de julio, cuando
intentaban ser hombres.


En
realidad no sé por qué se ha enfadado. Estoy segura de no haber
hecho nada malo. Pero ahora me ha encerrado aquí y me ha dicho
que no saldré durante un largo rato. Me vigilará de noche. Tengo
frío, mucho frío. Mis labios están temblando y mis manos sienten
un enorme vacío. No hay luz. De vez en cuando escucho algún
sonido en los rincones. Es como si arañaran algo. Tal vez es
alguna rata que anda hurgando por ahí. Me dan miedo las ratas.
Desde aquella vez cuando era aún pequeña y uno de esos bichos se
metió en mi recámara y comenzó a hacer ruido, y más ruido y
mucho ruido, mientras mi cabeza parecía estallar. Desesperada me
puse de pie y fui hacia el lugar de donde nacía el sonido. Era
el cajón de la ropa vieja. Me incliné para ver qué había y
entonces la rata saltó sobre mí y se metió dentro de mi camisón.
Grité. Grité muy fuerte y tanto que todos los sirvientes
vinieron a verme. Estuve toda una semana soñando y odiando la
noche. Entonces no me gustaba la noche, pero ahora la amo. La
amo.
Él me ha encerrado
aquí y no sé por qué. No sé por qué es tan duro conmigo. Siempre
he sido buena. Muy buena. Nunca he tenido amigos. No salgo de
casa. No tengo pretendientes como las otras muchachas del
pueblo. Estoy sola. Quisiera tener una amiga. Sólo una. Por
favor, sólo una. Prometo cuidarla. Prometo que no le pasará
nada. Yo no le hice nada a Carla. Ellos dicen que sí, pero no es
cierto. Pasó la noche conmigo y no amaneció en la cama. Su
cuerpo estaba cerca del estanque. No sé cómo llegó ahí. Era una
niña linda.
Desde que murió mi
madre él se ha encargado de cuidarme. Por las noches escuchaba
voces, pero nunca les hice caso. Sin embargo esta noche no pude
soportarlo. No pude... No pude.
Después de dar las
buenas noches me marché a mi recamara. Cerré con llave y me puse
el camisón, ese negro de seda que a él no le gusta. Dice que me
veo hermosa. Hermosa como mi madre, pero no quiere que lo use.
Hoy me lo puse y me vi al espejo. Quizá no le gusta porque se
marcan más mis senos y la seda se adhiere a mi cuerpo. O porque
me parezco a ella y mi padre aún la sigue amando.
A media noche escuché
una voz que me llamaba. Observé por la ventana y la vi. Era tan
bella. Llevaba un camisón negro como el mío. La vi parada en
medio del estanque. Flotaba sobre el agua. El viento jugaba con
su cabello negro y sus labios me sonreían. No pude soportarlo.
Abrí la puerta. No había nadie en el pasillo. Bajé las escaleras
y en un segundo estuve en el jardín. Caminé hacia el estanque.
Era hermosa. Olía a flores. Me tendió la mano. Sonreí. Cómo
extrañaba sus brazos y su pecho y su sonrisa y sus labios. Vi
que tenía algo entre sus manos. Lo acercó a mí. Por qué lo había
llevado. Yo no quería a nadie más con nosotras. Él lloraba.
Lloraba y me daba miedo. Ella lo acercó a mí. Lo acercó más.
Sentí su piel fresca y tierna. No comprendí. Me ofreció su
cuerpo. Los ojos cristalinos de ella me miraron y entendí lo que
debía hacer. Mis labios se posaron sobre el pequeño cuerpo y un
líquido cálido invadió mi garganta. Ya no había llanto. Una
fuerza extraña se adueñó de mi cuerpo. Sentí calor. El placer me
embriagó. Era como si trozos de vida se deslizaran dentro de mí.
Más y más hasta que no hubo nada más que beber. Escuché un grito.
Era mi padre. Con un fuerte tirón me atrajo a sus brazos. Me
separó de ella. Mis ojos la vieron, ya no parecía la misma.
Ahora su rostro me daba miedo: era vieja y fea. Es mentira que
los muertos no envejecen. Lloré. Temblaba. Tenía frío. Mi padre
me golpeó el rostro. Me miró con ira mientras sus labios decían
palabras que no recuerdo. Me trajo arrastrando a la casa. La vi.
Ya no era bella, ya no era mi madre.
Ahora me ha encerrado
aquí. No entra la luz de la Luna. Me gusta la Luna y me gusta la
noche. Me siento fuerte y por primera vez en muchas noches no
tengo sed, pero sí un extraño sabor en los labios.