México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









 

 

 María Celeste Vargas Martínez. Licenciada en Periodismo y Comunicación Colectiva por la UNAM, Campus Acatlán. Se tituló con la Mención Honorífica por el diseño de una metodología para el estudio de la animación. Ha trabajado en diversas instituciones como TV Azteca, el Gobierno del Distrito Federal y la Feria del Libro del Palacio de Minería, entre otras. Actualmente es especialista en estudios sobre animación y escribe textos de carácter literario. Autora del libro Animando un siglo... Historia mundial del dibujo animado y Hecho en México, Historia de la animación mexicana (ambos en proceso editorial). Además, ha impartido diversas conferencias sobre historieta en la Feria del Libro de Aguascalientes y en varias instituciones universitarias. Ha publicado cuentos en revistas electrónicas de carácter literario como: Revista Cultural Ariadna, Revista Cultural Ciberayllu y Letralia.

 

Las nubes hechas jirones caminan apresuradas a lo largo del cielo. Las ráfagas de viento coquetean de manera sigilosa con las hojas de los árboles y la alfombra amarillenta que cubre el bosque se hace más densa a cada momento. Las ramas de los viejos castaños rechinan en ese constante ir y venir del viento, mientras dos rostros aguardan silenciosos el nacimiento del resplandor del cielo.

-Cada día el sol nos sorprende más temprano aquí adentro –señala tranquilo el primero de ellos.

-Todos los días parecen iguales, nunca hay nada diferente: los mismos árboles, el mismo viento, el mismo sol, los castaños con su constante chillido, el vacío que se siente… todo es lo mismo –aclara el otro.

-Recuerdas los buenos tiempos que pasamos juntos? ¡Cómo nos divertíamos!

-Siempre hemos hecho todo juntos.

-Por las mañanas apenas salía el Sol tomaba mi caña de pescar y me dirigía a tu casa. ¿Sabes?… Ahora pienso que nunca le agradé a tu madre. Cuando me veía subir por la colina hacía una mueca, luego bajaba la vista como si no estuviera yo ahí, pasaba desapercibido para ella… ¡Siempre me odió!

-Sólo creía que eras mala influencia para mí…

-… ¡Y tenía razón!… Recuerdo aquel día cuando llegamos después del almuerzo: ella salió furiosa con un trozo de madera en la mano y tú solamente me miraste. La luz de tus ojos se apagó y yo… yo… ¿Qué podía hacer yo? Me fui caminado silenciosamente. Empuñé el odio sujetando la caña de pescar con fuerza hasta que las astillas se clavaron en mi mano y comencé a sangrar. ¡Traté de no escuchar tus gritos saliendo de la casa! Cerré los ojos para no imaginar los tuyos llenos de lágrimas. Caminé apresuradamente y luego comencé a correr tratando de alejarme de tus súplicas…

-Era muy dura conmigo, nunca le importaba lo que yo hacía. ¡Siempre me golpeaba hasta que caía desangrándome! ¡No recuerdo una palabra de amor que haya salido de sus labios!… Después se arrepentía y decía que era su niño, su pequeño hombrecito… ¡Y yo la odiaba aun más!

-Pero tenías a alguien… ella siempre estaba contigo… ¡¿Pero yo?! ¿Qué me dices de mí?… Solo, vagando de un lugar a otro. Vivía en esa vieja cabaña. Cuando las lluvias llegaban todo se inundaba y cuando el invierno invadía las montañas, mi cuerpo tiritaba de frío entre las sábanas… y entonces soñaba con unos brazos que me dieran cobijo, con el cálido beso de una madre o la voz decidida y firme de un padre… pero…

El viento mueve los pétalos frescos de una rosa roja que yace junto con un ramo de flores silvestres sobre la cruda frialdad de una roca solitaria, un trozo de piedra sin inscripción, sin una marca que indique lo que resguarda en sus entrañas. Alrededor, la maleza seca se torna cada vez más cómplice de ese lugar. Los dos viejos castaños cubren con sus ramas tristes y amarillentas los estragos que la soledad ha causado en lo alto de la montaña. Ya no hay flores ni zarzas ni mucho menos las pequeñas rejas de metal que hace tiempo delimitaban este territorio del resto del pueblo. Hace unos años los campesinos cuidaban del lugar, llevaban flores, se emborrachaban con recuerdos, bailaban sobre el olvido y lloraban anhelando el pasado. Pero el pueblo fue arrasado por la voracidad de la naturaleza. La maleza entró en cada una de las habitaciones de las casas, hurgó por los rincones y se adueñó de todos los espacios.

Ahí estaban todavía las paredes, solas, sin vida, cubiertas por una espesa capa verde que nunca cambiaba de color. En el resto de la montaña podía ser otoño o invierno, pero en la sombra del pueblo siempre era primavera. Todos huyeron. Nadie quiso quedarse atrapado entre la fuerza de la naturaleza que pretendía acabar con cada uno de los rastros del hombre. Tuvieron miedo.

-Ayer vi a tu madre… ¡Se veía tan diferente! Los años han pasado por su rostro. Vi su pequeña silueta subiendo lentamente por la colina y al llegar frente al molino se detuvo, le hacia falta aire, su pecho se agitaba tratando de aprisionar a puñados el aire que se le escapaba del cuerpo… ¡Le temblaban las manos! Traía frente a su pecho un gran ramo de flores silvestres y en medio una bella rosa roja le daba un aire de perdón y misericordia… ¡Creo que te extraña!

-¿Realmente lo crees?… De nada sirve ofrecerle a los otros lo que no les diste en su momento. Los hombres no saben aprovechar aquello que les rodea. Buscan amor, compasión, felicidad, sin darse cuenta que todo lo tienen entre las manos. Todo está a su lado…

-… Y cuando se dan cuenta todo se les va para siempre, y entonces anhelan viejos momentos, rasguñan el pasado tratando de revivirlo…

-… ¿Qué ganan con eso? ¡Nada!, sólo atormentarse el alma y no vivir lo que tienen en el momento.

¡-Quizá!… Pero ella estaba ahí: ¡Frente a ti!… Y tú te veías tan frío y férreo. Nada te movía y tu madre lloraba amargamente… ¡Ni sus lágrimas pudieron hacer que la perdonaras! Tenía deseos de ponerme de pie, acercarme a ti, darte un golpe en la nariz y hacer que bebieras una a una las lágrimas que nacían de esos ojos marchitos, para que tuvieras siempre el sabor de la amargura en tus labios.

-Eran tan sólo falsas lágrimas de arrepentimiento, de frustración… ¡Ella nunca significó nada para mí!… Mi cuerpo está lleno de cicatrices y rencor que ella engendró.

-Vas a decir que si no fuera por ella no estarías aquí…

-… ¡Así es!… ¡Si no fuera por ella!

Dos gatitos blancos, recién nacidos, chillan incesantemente junto a los dos jóvenes. Una mujer pasa silenciosa al lado de ellos, toma entre sus manos los pequeños cuerpecillos y se marcha rumbo a los castaños. Ella es la dueña absoluta de ese pequeño reino. Sólo ella gobierna en la vida de esos dos jóvenes. Hasta el viento se cuida de entrar a ese lugar y cuando lo hace pasa rápidamente fingiendo que nunca hurgó por sus rincones. Fingiendo que no sintió miedo al atravesarlo.

-¿Recuerdas aquella noche?

-¿Cómo olvidarla?… ¡Marcó para siempre nuestro camino!

-Éramos sólo unos niños intentando ser hombres con ese viejo revólver con el que armamos un escándalo en la cantina del pueblo. Queríamos demostrarle a todos que Mario y Sergio eran más que unos simples mocosos sin vida ni destino. Deseábamos decirles a todos que podíamos hacer algo, algo más que emborracharnos, que sabíamos ser hombres, y amábamos y odiábamos y reíamos como cualquier otro, pero… esa noche ella salió en busca de alguien y sólo nos encontró a nosotros… La luna llena iluminaba el río y el olor a tierra mojada era tan profundo… Tú y yo cayéndonos de borrachos…

-¡De pronto se escuchó un disparo!… Vi cómo tu cuerpo se desplomaba sin fuerza y se hundía en el agua… ¡Después otro disparo!, y sentí cómo un líquido caliente y espeso salía de mi pecho, bajaba por el vientre, me escurría entre las piernas y se confundía con el agua… ¡Traté de alcanzar tu mano, pero la corriente te arrastraba!…

-… nos arrastró varios metros hasta que nuestros cuerpos fueron resguardados por las rocas. La sangre se confundía con la noche y en un momento la sonrisa se borró de los labios… y nuestros cuerpos se enfriaron…

¡-La luz de los ojos desapareció para siempre! Las pupilas se volvieron opacas, sin brillo, sin ilusiones ni fantasías.

-¡Todo acabó para nosotros esa noche! La muerte cortó de tajo nuestro destino.

-Y ahora estamos aquí contemplando cada amanecer lejano y diferente, y anhelando todo aquello que nunca pudimos hacer.

El Sol ha dado paso a la oscuridad de la noche. La Luna toma posesión de la inmensidad del cielo, mientras deja caer sus fríos rayos sobre dos lápidas, donde descansan angustiadas y eternas las almas de esos dos jóvenes que murieron en el río un día de julio, cuando intentaban ser hombres.


En realidad no sé por qué se ha enfadado. Estoy segura de no haber hecho nada malo. Pero ahora me ha encerrado aquí y me ha dicho que no saldré durante un largo rato. Me vigilará de noche. Tengo frío, mucho frío. Mis labios están temblando y mis manos sienten un enorme vacío. No hay luz. De vez en cuando escucho algún sonido en los rincones. Es como si arañaran algo. Tal vez es alguna rata que anda hurgando por ahí. Me dan miedo las ratas. Desde aquella vez cuando era aún pequeña y uno de esos bichos se metió en mi recámara y comenzó a hacer ruido, y más ruido y mucho ruido, mientras mi cabeza parecía estallar. Desesperada me puse de pie y fui hacia el lugar de donde nacía el sonido. Era el cajón de la ropa vieja. Me incliné para ver qué había y entonces la rata saltó sobre mí y se metió dentro de mi camisón. Grité. Grité muy fuerte y tanto que todos los sirvientes vinieron a verme. Estuve toda una semana soñando y odiando la noche. Entonces no me gustaba la noche, pero ahora la amo. La amo.

Él me ha encerrado aquí y no sé por qué. No sé por qué es tan duro conmigo. Siempre he sido buena. Muy buena. Nunca he tenido amigos. No salgo de casa. No tengo pretendientes como las otras muchachas del pueblo. Estoy sola. Quisiera tener una amiga. Sólo una. Por favor, sólo una. Prometo cuidarla. Prometo que no le pasará nada. Yo no le hice nada a Carla. Ellos dicen que sí, pero no es cierto. Pasó la noche conmigo y no amaneció en la cama. Su cuerpo estaba cerca del estanque. No sé cómo llegó ahí. Era una niña linda.

Desde que murió mi madre él se ha encargado de cuidarme. Por las noches escuchaba voces, pero nunca les hice caso. Sin embargo esta noche no pude soportarlo. No pude... No pude.

Después de dar las buenas noches me marché a mi recamara. Cerré con llave y me puse el camisón, ese negro de seda que a él no le gusta. Dice que me veo hermosa. Hermosa como mi madre, pero no quiere que lo use. Hoy me lo puse y me vi al espejo. Quizá no le gusta porque se marcan más mis senos y la seda se adhiere a mi cuerpo. O porque me parezco a ella y mi padre aún la sigue amando.

A media noche escuché una voz que me llamaba. Observé por la ventana y la vi. Era tan bella. Llevaba un camisón negro como el mío. La vi parada en medio del estanque. Flotaba sobre el agua. El viento jugaba con su cabello negro y sus labios me sonreían. No pude soportarlo. Abrí la puerta. No había nadie en el pasillo. Bajé las escaleras y en un segundo estuve en el jardín. Caminé hacia el estanque. Era hermosa. Olía a flores. Me tendió la mano. Sonreí. Cómo extrañaba sus brazos y su pecho y su sonrisa y sus labios. Vi que tenía algo entre sus manos. Lo acercó a mí. Por qué lo había llevado. Yo no quería a nadie más con nosotras. Él lloraba. Lloraba y me daba miedo. Ella lo acercó a mí. Lo acercó más. Sentí su piel fresca y tierna. No comprendí. Me ofreció su cuerpo. Los ojos cristalinos de ella me miraron y entendí lo que debía hacer. Mis labios se posaron sobre el pequeño cuerpo y un líquido cálido invadió mi garganta. Ya no había llanto. Una fuerza extraña se adueñó de mi cuerpo. Sentí calor. El placer me embriagó. Era como si trozos de vida se deslizaran dentro de mí. Más y más hasta que no hubo nada más que beber. Escuché un grito. Era mi padre. Con un fuerte tirón me atrajo a sus brazos. Me separó de ella. Mis ojos la vieron, ya no parecía la misma. Ahora su rostro me daba miedo: era vieja y fea. Es mentira que los muertos no envejecen. Lloré. Temblaba. Tenía frío. Mi padre me golpeó el rostro. Me miró con ira mientras sus labios decían palabras que no recuerdo. Me trajo arrastrando a la casa. La vi. Ya no era bella, ya no era mi madre.

Ahora me ha encerrado aquí. No entra la luz de la Luna. Me gusta la Luna y me gusta la noche. Me siento fuerte y por primera vez en muchas noches no tengo sed, pero sí un extraño sabor en los labios.

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