México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 








 

Omar Requena. Venezolano, nació en Caracas en 1972. Cursó estudios de Derecho y Artes visuales en la misma ciudad. Cursa comunicación social en la Universidad Bolivariana de Venezuela , en la población de Ocumare de Tuy, antigua capital del estado Miranda, donde reside desde hace varios años, interesado en la riquísima y poco conocida momoria histórica de la región. Tiene inédito un poemario Palabras para después y prepara su primera colección de relatos

 

(Fragmento de posible novela)

  

            Mi reino por una tuyera”, se dice de pronto el madrileño frente al Parque Junìn. No sabrán del moribundo arte de la conversación (ni les importa); es más, la sola expresión oral, implicarìa en cualquiera de esas chicas un esfuerzo considerable. Clisès, muletillas producto de un vocabulario pobre, con tendencia a reducirse todavía màs debido a la manìa del sobreentendido, del doble sentido, de la redundancia. Lectoras de titulares de periòdicos, acaso habràn visto un libro a dos metros de distancia, donde no puede morderlas, contenido por una vidriera. Libros, ajenos a sus volubles cabecitas que sueñan con oropel, por el que han pujado y llorado. Un bello príncipe-rana quizà. Còmo estar seguro.

            No obstante, el madrileño cambiarìa su ediciòn lujosa del Quijote, con hermosas mayùsculas pintadas a mano; un primor artesanal heredado por su padre de no recuerda bien què desleìdo pariente, anticuario en Càdiz, por el roce de una piel oscura como èsa que va unos metros delante suyo. Imagina ese par de nalgas maravillosas como globos enredados en un árbol, que èl toma con sus manos huesudas y descuelga para frotarlos desesperado contra su cara.

            El sol de ese vientre abrasa, està seguro. Y la chica se mueve con sensualidad elàstica, perfectamente dueña de sì misma. Tentando sin saberlo. O sabièndolo, pero indiferente hacia la ola de tinieblas que despierta a su paso por la calle. La silban, la sisean, le sueltan besos al aire que ella no recoge. La cumplimentan con picardìa y con descaro, como si quisieran tumbarla allì mismo; de pronto bajarle esos pantalones (que sabrà Dios còmo cojones hizo para ponèrselos) y nada, forzarla contra el nudoso tronco del almendròn plantado en la esquina, disfrutàndola  como si de una guayaba o de un mango se tratara. 

             Mango… asì creo que llaman en Mèxico a las mujeres muy guapas. En Argentina son “minas” o “minòn”, si se trata de una chica muy joven. Inocultable la carga sexual de ambos apelativos, pero, prefiero decantarme por “mango”. Ya se sabe: la tersura, el sabor, el aroma. Esa piel, atezada y con olor a mango. Hàbleme luego usted de afrodisìacos y demàs chorradas: no existen frente a algo como èsto.

            Cuando compartìa el departamento con Enrique, y las madrugadas no nos ofrecìan màs que fastidio y pelis viejísimas de Lola Flores, nos ìbamos al balcòn a fumar y a coger el airecillo fresco que resulta un verdadero alivio, sobre todo en tiempos de canícula. Enrique no era precisamente un gran conversador; ni siquiera resultaba una compañìa interesante pero bueno, en momentos asì me apetecìa dirigirle la palabra. A su favor dirè que tambièn èl se aprovechaba de mì, y hasta pretendìa hacerme creer que èramos amigos entrañables, el muy cabroncete. Total, que yo cerraba el estudio, harto de planos y mediciones, para acercarme al balcòn y hablar de nuestro ùnico tema posible: mujeres. Cada dos semanas, Enrique viajaba a Barquisimeto, en el occidente venezolano, para verse con la juez que ya empezaba a comerle el seso. Ignoro còmo se habràn conocido, ni me importaba gran cosa. La tìa en cuestiòn llevaba ya dos divorcios en su cuenta. El primero de ellos, fue especialmente traumàtico; el segundo, bajaba en escala pero lo supuse igualmente descorazonador. Enrique, se habìa liado en realidad con una alcohòlica que pasaba los fines de semana bebiendo en bares y restaurantes. Tres botellas de whisky a la semana, macho, y no cualquiera, ¿eh? Whisky dieciocho años, del cual el venezolano es el mayor consumidor mundial. Resabios de la bonanza econòmica de principios de los 80, que acostumbrò al oriundo de estas tierras a los lujos -digamos- accesibles, al derroche y la ostentaciòn grosera, casi simiesca, que el venezolano, con esa capacidad tan propia para burlarse de sì mismo, llama acertadamente: "pantallerìa".

                        Solo una vez visitò el pueblo. Enrique la trajo para que la conociera, y yo invitè a Noris. Prepararìamos una paella; eso, màs tres botellas de vino, harìan un almuerzo en regla. Apenas dimos buena cuenta de la comida, Bàrbara (que era el nombre de la juez) se empeñò en dar una vueltecita por Ocumare. Como las conversaciones dejaban mucho què desear, la apoyè; en el automòvil podrìa escurrir el bulto y no hablar en lo absoluto. Para la chàchara estaba Noris.

            Poco duraba la vuelta. Bàrbara se aburrìa de mirar calles estrechas y sin gracia. Entonces, Noris propuso entrar a la iglesia. Con fingido interès, Bàrbara escuchaba: que si San Diego de Alcalà, patrono del pueblo; que si Francisco Rosete; que si la matanza de Ocumare, sucedida en interior del templo -y fuera de èl-, un once de Febrero de 1814. Aciagos dìas de guerra independentista. Pues nada, aquèllos chismes le importaban un comino; la honorable juez se morìa por beber lo que fuese. Seguro de que deseaba ver el agua de la pila bautismal convertida en whisky para darse abluciones, para emborracharse y no pensar. Enrique temblaba de rabia y verguenza, querìa una reuniòn tranquila; anhelaba por sobre todas las cosas atajar un poco el vicio de Bàrbara. Sìsifo de pacotilla, liàndose con mujeres calamitosas para tratar de redimirlas.

             Pese al calor, Ignacio enciende un cigarrillo. La morena esplendente ha cruzado en direcciòn al centro de Ocumare; el deseo se va con ella. Como es un pueblo pequeño, piensa que lo màs seguro es que no vuelva  a verla nunca.

                        El distanciamiento con Enrique comenzò a darse, o a mostrarse mejor, a raìz de esa visita de Bàrbara al pueblo. De regreso, hubo una fuerte discusiòn en el apartamento porque Enrique se negò a comprar màs bebida. Bàrbara gritaba, lo llamò insensible y lo acusò de querer controlar su vida. Tambièn intentaba "salvarla", como sus otros maridos. Finalmente, amenazò con tirarse desde el balcòn, haciendo gala de una teatralidad exagerada. Entre Noris e Ignacio, la sujetaron y aplacaron. Enrique lloraba desconsolado en el sofà, cosa que irritaba a Ignacio; se le hacìa patètico, pusilànime. Sintiò deseos de abofetearlo como a un crìo. Gilipollas, madera de colleja.

            Noris llevò a Bàrbara al baño para lavarle la cara con agua frìa. Demoraron mucho y cuando fue a ver què pasaba, el madrileño se encontrò con un pecho desnudo que se bamboleaba frente a una Noris desconcertada, que de pronto estirò sus manos, no supo si en actitud de ocultarlo o de cogerlo. Bàrbara le enfrentò la mirada, sus rasgos se le antojaron frìos sin la màscara del maquillaje.

            La voz, resonò en el pequeño espacio embaldosado.

                        - Èsta pendeja... le muestro por què fueron famosas mis tetas alguna vez en el Estado Lara, y se queda ahì, con la bocota abierta.

             Era una teta enorme, en efecto. Insolente, de extenso y oscuro pezòn. Ignacio de inmediato se imaginò la otra, sintiendo un escalofrìo que terminò justo debajo de su pantalòn, en tanto Noris -recuperada ya del susto- levantaba una toalla para cubrir a Bàrbara.

            A todo esto, Enrique no habìa osado aparecer en el baño ni por simple curiosidad. Seguirìa llorando como un pendejete en el salòn. El madrileño se aclarò la garganta (innecesariamente) y fue en su busca. Lo encontrò en el mismo sofà, cigarro en mano, mirando al ventilador de techo. Tenìa los ojos hinchados.

            Luego, no supo si Enrique se dirigìa a èl o sencillamente pensaba en voz alta: "sè que tiene problemas, pero estoy convencido de que merece la pena; Bàrbara es una gran mujer en el fondo y estoy dispuesto a pasar las que hagan falta por ayudarla". Para Ignacio era como una patada en el estòmago. No, no podìa creer lo que escuchaba.

            - ¿Gran mujer, dices? ¡Pero si esa tìa està loca,      Enrique!

            - Da igual, macho. La amo.

            - Bah... anda a tomar por culo, tìo.

             Antes de ir a buscar a las mujeres, se asegurò de que "All this time", de Sting, pudiera oìrse por todo el apartamento.

                    Sin saberlo, la mirada del gallego lo fulminò desde atràs.

 

          

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