“Mi reino por una tuyera”, se dice de pronto el madrileño
frente al Parque Junìn. No sabrán del moribundo arte de la
conversación (ni les importa); es más, la sola expresión
oral, implicarìa en cualquiera de esas chicas un esfuerzo
considerable. Clisès, muletillas producto de un vocabulario
pobre, con tendencia a reducirse todavía màs debido a la
manìa del sobreentendido, del doble sentido, de la
redundancia. Lectoras de titulares de periòdicos, acaso
habràn visto un libro a dos metros de distancia, donde no
puede morderlas, contenido por una vidriera. Libros, ajenos
a sus volubles cabecitas que sueñan con oropel, por el que
han pujado y llorado. Un bello príncipe-rana quizà. Còmo
estar seguro.
No
obstante, el madrileño cambiarìa su ediciòn lujosa del
Quijote, con hermosas mayùsculas pintadas a mano; un primor
artesanal heredado por su padre de no recuerda bien què
desleìdo pariente, anticuario en Càdiz, por el roce de una
piel oscura como èsa que va unos metros delante suyo.
Imagina ese par de nalgas maravillosas como globos enredados
en un árbol, que èl toma con sus manos huesudas y descuelga
para frotarlos desesperado contra su cara.
El
sol de ese vientre abrasa, està seguro. Y la chica se mueve
con sensualidad elàstica, perfectamente dueña de sì misma.
Tentando sin saberlo. O sabièndolo, pero indiferente hacia
la ola de tinieblas que despierta a su paso por la calle. La
silban, la sisean, le sueltan besos al aire que ella no
recoge. La cumplimentan con picardìa y con descaro, como si
quisieran tumbarla allì mismo; de pronto bajarle esos
pantalones (que sabrà Dios còmo cojones hizo para ponèrselos)
y nada, forzarla contra el nudoso tronco del almendròn
plantado en la esquina, disfrutàndola como si de una
guayaba o de un mango se tratara.
Mango… asì creo que llaman en Mèxico a las mujeres muy
guapas. En Argentina son “minas” o “minòn”, si se trata de
una chica muy joven. Inocultable la carga sexual de ambos
apelativos, pero, prefiero decantarme por “mango”. Ya se
sabe: la tersura, el sabor, el aroma. Esa piel, atezada y
con olor a mango. Hàbleme luego usted de afrodisìacos y
demàs chorradas: no existen frente a algo como èsto.
Cuando compartìa el departamento con Enrique, y las
madrugadas no nos ofrecìan màs que fastidio y pelis
viejísimas de Lola Flores, nos ìbamos al balcòn a fumar y a
coger el airecillo fresco que resulta un verdadero alivio,
sobre todo en tiempos de canícula. Enrique no era
precisamente un gran conversador; ni siquiera resultaba una
compañìa interesante pero bueno, en momentos asì me apetecìa
dirigirle la palabra. A su favor dirè que tambièn èl se
aprovechaba de mì, y hasta pretendìa hacerme creer que
èramos amigos entrañables, el muy cabroncete. Total, que yo
cerraba el estudio, harto de planos y mediciones, para
acercarme al balcòn y hablar de nuestro ùnico tema posible:
mujeres. Cada dos semanas, Enrique viajaba a Barquisimeto,
en el occidente venezolano, para verse con la juez que ya
empezaba a comerle el seso. Ignoro còmo se habràn conocido,
ni me importaba gran cosa. La tìa en cuestiòn llevaba ya dos
divorcios en su cuenta. El primero de ellos, fue
especialmente traumàtico; el segundo, bajaba en escala pero
lo supuse igualmente descorazonador. Enrique, se habìa liado
en realidad con una alcohòlica que pasaba los fines de
semana bebiendo en bares y restaurantes. Tres botellas de
whisky a la semana, macho, y no cualquiera, ¿eh? Whisky
dieciocho años, del cual el venezolano es el mayor
consumidor mundial. Resabios de la bonanza econòmica de
principios de los 80, que acostumbrò al oriundo de estas
tierras a los lujos -digamos- accesibles, al derroche y la
ostentaciòn grosera, casi simiesca, que el venezolano, con
esa capacidad tan propia para burlarse de sì mismo, llama
acertadamente: "pantallerìa".
Solo una vez visitò el pueblo. Enrique la trajo
para que la conociera, y yo invitè a Noris. Prepararìamos
una paella; eso, màs tres botellas de vino, harìan un
almuerzo en regla. Apenas dimos buena cuenta de la comida,
Bàrbara (que era el nombre de la juez) se empeñò en dar una
vueltecita por Ocumare. Como las conversaciones dejaban
mucho què desear, la apoyè; en el automòvil podrìa escurrir
el bulto y no hablar en lo absoluto. Para la chàchara estaba
Noris.
Poco duraba la vuelta. Bàrbara se aburrìa de mirar calles
estrechas y sin gracia. Entonces, Noris propuso entrar a la
iglesia. Con fingido interès, Bàrbara escuchaba: que si San
Diego de Alcalà, patrono del pueblo; que si Francisco Rosete;
que si la matanza de Ocumare, sucedida en interior del
templo -y fuera de èl-, un once de Febrero de 1814. Aciagos
dìas de guerra independentista. Pues nada, aquèllos chismes
le importaban un comino; la honorable juez se morìa por
beber lo que fuese. Seguro de que deseaba ver el agua de la
pila bautismal convertida en whisky para darse abluciones,
para emborracharse y no pensar. Enrique temblaba de rabia y
verguenza, querìa una reuniòn tranquila; anhelaba por sobre
todas las cosas atajar un poco el vicio de Bàrbara. Sìsifo de
pacotilla, liàndose con mujeres calamitosas para tratar de
redimirlas.
Pese al calor, Ignacio enciende un cigarrillo. La morena
esplendente ha cruzado en direcciòn al centro de Ocumare; el
deseo se va con ella. Como es un pueblo pequeño, piensa que
lo màs seguro es que no vuelva a verla nunca.
El distanciamiento con Enrique comenzò a darse,
o a mostrarse mejor, a raìz de esa visita de Bàrbara al
pueblo. De regreso, hubo una fuerte discusiòn en el
apartamento porque Enrique se negò a comprar màs bebida.
Bàrbara gritaba, lo llamò insensible y lo acusò de querer
controlar su vida. Tambièn intentaba "salvarla", como sus
otros maridos. Finalmente, amenazò con tirarse desde el
balcòn, haciendo gala de una teatralidad exagerada. Entre
Noris e Ignacio, la sujetaron y aplacaron. Enrique lloraba
desconsolado en el sofà, cosa que irritaba a Ignacio; se le
hacìa patètico, pusilànime. Sintiò deseos de abofetearlo como
a un crìo. Gilipollas, madera de colleja.
Noris llevò a Bàrbara al baño para lavarle la cara con agua
frìa. Demoraron mucho y cuando fue a ver què pasaba, el madrileño
se encontrò con un pecho desnudo que se bamboleaba frente a
una Noris desconcertada, que de pronto estirò sus manos, no
supo si en actitud de ocultarlo o de cogerlo. Bàrbara le
enfrentò la mirada, sus rasgos se le antojaron frìos sin la
màscara del maquillaje.
La
voz, resonò en el pequeño espacio embaldosado.
- Èsta pendeja... le muestro por què fueron
famosas mis tetas alguna vez en el Estado Lara, y se queda
ahì, con la bocota abierta.
Era una teta enorme, en efecto. Insolente, de extenso y
oscuro pezòn. Ignacio de inmediato se imaginò la otra,
sintiendo un escalofrìo que terminò justo debajo de su
pantalòn, en tanto Noris -recuperada ya del susto- levantaba
una toalla para cubrir a Bàrbara.
A
todo esto, Enrique no habìa osado aparecer en el baño ni por
simple curiosidad. Seguirìa llorando como un pendejete en el
salòn. El madrileño se aclarò la garganta (innecesariamente)
y fue en su busca. Lo encontrò en el mismo sofà, cigarro en
mano, mirando al ventilador de techo. Tenìa los ojos
hinchados.
Luego, no supo si Enrique se dirigìa a èl o sencillamente
pensaba en voz alta: "sè que tiene problemas, pero estoy
convencido de que merece la pena; Bàrbara es una gran mujer
en el fondo y estoy dispuesto a pasar las que hagan falta
por ayudarla". Para Ignacio era como una patada en el
estòmago. No, no podìa creer lo que escuchaba.
-
¿Gran mujer, dices? ¡Pero si esa tìa està loca,
Enrique!
-
Da igual, macho. La amo.
-
Bah... anda a tomar por culo, tìo.
Antes de ir a buscar a las mujeres, se asegurò de que "All
this time", de Sting, pudiera oìrse por todo el apartamento.
Sin saberlo, la mirada del gallego lo fulminò
desde atràs.
