Yo fui un
demonio.
Rivalizamos contra
los ángeles por el control del mundo durante eones, pero esa
guerra terminó; en esta era de escepticismo, los humanos (el
campo de batalla donde luchábamos contra los obedientes),
nos arrinconaron a lóbregas mansiones perdidas en el campo.
No te confundas y pienses que nos gustaba esa situación; ya
nadie creía en nosotros, ya nadie nos temía o deseaba.
Las ciudades
estaban iluminadas toda la noche, groseros mortales nos
imitaban, jugaban a nuestros juegos de poder en oficinas, en
salones, en laboratorios; los políticos y los militares
habían aprendido bien de nosotros los demonios: se mataban
en constantes guerras. Como tenían la lección bien aprendida,
no necesitaban a los inmortales rebeldes. ¿Así pues, por qué
hacernos caso?
Fui un demonio
seductor.
No me interesaban
la ira ni la violencia; la agresividad no formaba parte de
mi naturaleza; de hecho, me repugnaba. Nunca se me podrá
acusar de azuzar a los hombres violentos, de susurrarles al
oído que destruyeran y calcinaran; no favorecí el tráfico de
armas, las protestas sangrientas, las incitaciones a la
venganza. No por eso lo repudiaba, no era un demonio que
renegara de sus raíces. Se lo expliqué al ángel que me tocó
como compañero de mansión:
«Lo mío era
provocar al hombre casado, era tentar a la mujer a que
deseara varón ajeno; lo que en realidad me gustaba era
enredar a jóvenes de familias enfrentadas, que llorasen
lágrimas pasionales por el hijo de la familia enemiga, que
suplicasen por un instante de unión que calmara sus
pensamientos obsesivos».
Inoculaba el
veneno de la seducción.
Pasé noches y más
noches en conversaciones con el ángel. Al fin y al cabo, no
teníamos ningún otro quehacer en aquella mansión abandonada
que le pertenecía a las telarañas y al polvo. Los hombres
nos tomaban a ángeles y demonios por farsantes, mentiras de
cuentos de hada; los poetas renegaban de elogios y sátiras
anteriores.
El ángel no me
entendía, su esencia era el bien, propagar la idea de
justicia en la creación, bendecir a aquellos que le negaban.
Yo le explicaba mis aventuras; él (o ella, a veces parecía
una cosa, a veces otra), sonreía, callaba.
Mi veneno era la
estética.
¡Cómo disfrutaba
con la contemplación de los enamorados! Que gran placer
cuando escenificaba sus encuentros, sus desencuentros, besos,
abrazos, suicidios. Tanto daba; lo importante era el gesto,
la intensidad, el destello fugaz que se pierde en la noche.
Yo representaba
los números presenciados en el pasado, le pedía al ángel que
actuara como mi pareja, intentaba transmitirle las emociones
que habían sentido los humanos, comprender el entusiasmo de
él cuando ella bajaba los ojos, entender el abandono de ella
cuando él la arrastraba con la vehemencia de sus palabras.
Yo bajaba los ojos, el ardor del deseo afloraba en mis
peticiones.
La estética fue mi
salvación y fue mi perdición.
El ángel y yo
pasamos siglos en la casa de campo. Si a mí me gustaba
representar viejas pasiones, hermosas tragedias en sangre
finalizadas, a él (o ella) le gustaba hablarme del plan
divino y de su ilimitada belleza. El conjunto sincronizado,
la estrella, la molécula, las galaxias, el baile
gravitacional de los sistemas solares repetido en las
miniaturas atómicas. Una danza cósmica en la mente divina
cuya grandiosidad me dejaba sin aliento.
Las historias del
ángel me elevaban. Me hizo consciente de una visión de la
existencia del mundo que antes no había tenido; con ella,
quizá no me hubiese rebelado. Aun y así, para defenderme, al
principio me burlaba de su ingenuidad. Luego, la comprensión
del movimiento cósmico y la inteligencia ordenadora me
conquistó.
Lo que comenzó
como un pasatiempo terminó subyugándome.
Él (o ella)
hablaba de amor divino; yo replicaba con el amor humano. Sus
canciones me iban venciendo; claro que la atracción no sólo
obraba en mí: yo notaba que mi viejo poder de fascinación,
también actuaba sobre el ángel. Él (o ella) quiso dar vida,
llevar al mundo humano, a los rascacielos y las chozas, lo
que hasta entonces había quedado entre nosotros dos, en las
representaciones y en nuestros diálogos. Nuestra unión
significaba el fin de las hostilidades entre ángeles
obedientes y rebeldes.
Yo no podía
negarme, estaba enamorado de mi ángel. Cogidos de la mano,
llegamos a la primera de las ciudades. Ya no sabíamos
quiénes éramos, el recuerdo de las luchas pasadas quedaban
muy lejos en la memoria.
Futuro, presente,
pasado, nada temía porque nada había que temer: me protegía
mi ángel de la guarda.