México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 








 

 Roger Ferrer. Nació en Barcelona en 1976. Llevaba en la mano un curioso apéndice, un bolígrafo, con el que pretendía escribirles cuentos a médicos y comadronas. Tuvo poco éxito dada su tierna edad. Ha participado en talleres de narrativa del Aula de escritores, TsEdi, o en la Escuela de escritura del Ateneo barcelonés, la más prestigiosa de Barcelona. Ha ganado, quedado segundo o finalista en diversos concursos. Ha publicado en varios libros colectivos, el más importante Distrito V de la editorial independiente Ellago como ganador del concurso con el mismo nombre. También ha publicado en revistas como Escribir y publicar, ariadna-rc.com o palabrasdiversas.com. Su objetivo es lograr narraciones densas pero amenas, con una historia argumental entretenida pero sin descuidar la forma de presentarla ni el mensaje.

Yo fui un demonio.

Rivalizamos contra los ángeles por el control del mundo durante eones, pero esa guerra terminó; en esta era de escepticismo, los humanos (el campo de batalla donde luchábamos contra los obedientes), nos arrinconaron a lóbregas mansiones perdidas en el campo. No te confundas y pienses que nos gustaba esa situación; ya nadie creía en nosotros, ya nadie nos temía o deseaba.

Las ciudades estaban iluminadas toda la noche, groseros mortales nos imitaban, jugaban a nuestros juegos de poder en oficinas, en salones, en laboratorios; los políticos y los militares habían aprendido bien de nosotros los demonios: se mataban en constantes guerras. Como tenían la lección bien aprendida, no necesitaban a los inmortales rebeldes. ¿Así pues, por qué hacernos caso?

Fui un demonio seductor.

No me interesaban la ira ni la violencia; la agresividad no formaba parte de mi naturaleza; de hecho, me repugnaba. Nunca se me podrá acusar de azuzar a los hombres violentos, de susurrarles al oído que destruyeran y calcinaran; no favorecí el tráfico de armas, las protestas sangrientas, las incitaciones a la venganza. No por eso lo repudiaba, no era un demonio que renegara de sus raíces. Se lo expliqué al ángel que me tocó como compañero de mansión:

«Lo mío era provocar al hombre casado, era tentar a la mujer a que deseara varón ajeno; lo que en realidad me gustaba era enredar a jóvenes de familias enfrentadas, que llorasen lágrimas pasionales por el hijo de la familia enemiga, que suplicasen por un instante de unión que calmara sus pensamientos obsesivos».

Inoculaba el veneno de la seducción.

Pasé noches y más noches en conversaciones con el ángel. Al fin y al cabo, no teníamos ningún otro quehacer en aquella mansión abandonada que le pertenecía a las telarañas y al polvo. Los hombres nos tomaban a ángeles y demonios por farsantes, mentiras de cuentos de hada; los poetas renegaban de elogios y sátiras anteriores.

El ángel no me entendía, su esencia era el bien, propagar la idea de justicia en la creación, bendecir a aquellos que le negaban. Yo le explicaba mis aventuras; él (o ella, a veces parecía una cosa, a veces otra), sonreía, callaba.

Mi veneno era la estética.

¡Cómo disfrutaba con la contemplación de los enamorados! Que gran placer cuando escenificaba sus encuentros, sus desencuentros, besos, abrazos, suicidios. Tanto daba; lo importante era el gesto, la intensidad, el destello fugaz que se pierde en la noche.

Yo representaba los números presenciados en el pasado, le pedía al ángel que actuara como mi pareja, intentaba transmitirle las emociones que habían sentido los humanos, comprender el entusiasmo de él cuando ella bajaba los ojos, entender el abandono de ella cuando él la arrastraba con la vehemencia de sus palabras. Yo bajaba los ojos, el ardor del deseo afloraba en mis peticiones.

La estética fue mi salvación y fue mi perdición.

El ángel y yo pasamos siglos en la casa de campo. Si a mí me gustaba representar viejas pasiones, hermosas tragedias en sangre finalizadas, a él (o ella) le gustaba hablarme del plan divino y de su ilimitada belleza. El conjunto sincronizado, la estrella, la molécula, las galaxias, el baile gravitacional de los sistemas solares repetido en las miniaturas atómicas. Una danza cósmica en la mente divina cuya grandiosidad me dejaba sin aliento.

Las historias del ángel me elevaban. Me hizo consciente de una visión de la existencia del mundo que antes no había tenido; con ella, quizá no me hubiese rebelado. Aun y así, para defenderme, al principio me burlaba de su ingenuidad. Luego, la comprensión del movimiento cósmico y la inteligencia ordenadora me conquistó.

Lo que comenzó como un pasatiempo terminó subyugándome.

Él (o ella) hablaba de amor divino; yo replicaba con el amor humano. Sus canciones me iban venciendo; claro que la atracción no sólo obraba en mí: yo notaba que mi viejo poder de fascinación, también actuaba sobre el ángel. Él (o ella) quiso dar vida, llevar al mundo humano, a los rascacielos y las chozas, lo que hasta entonces había quedado entre nosotros dos, en las representaciones y en nuestros diálogos. Nuestra unión significaba el fin de las hostilidades entre ángeles obedientes y rebeldes.

Yo no podía negarme, estaba enamorado de mi ángel. Cogidos de la mano, llegamos a la primera de las ciudades. Ya no sabíamos quiénes éramos, el recuerdo de las luchas pasadas quedaban muy lejos en la memoria.

Futuro, presente, pasado, nada temía porque nada había que temer: me protegía mi ángel de la guarda.


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