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Slavko Zupcic.
Psiquiatra y escritor. Nació en Valencia
(Venezuela) en 1970. Ha publicado tres
libros de relatos —Dragi
Sol
(1989),
Vinko Spolovtiva, ¿quién te mató?
(1990),
583104: pizzas pizzas pìzzas
(1995)—, una novela para niños, Giuliana
Labolita: el caso de Pepe Toledo (2006)
y Tres novelas (2006). Ha ganado
varios premios —Bienal de Literatura
Infantil Luis Bouquet (1987), Bienal José
Rafael Pocaterra (1988), Premio Municipal
Ciudad de Valencia (1991), Premio al mejor
artículo de humor de El Nacional (2006)— y
en el año 2001 fue finalista del XIX Premio
Herralde de novela. Actualmente reside en
Valencia (España).

LAS
MUCHACHAS QUE TRABAJAN EN LAS TIENDAS
Las muchachas que
trabajan en las tiendas, por lo general, son malhabladas. Se
dicen marica y puta a pesar de que no se acuestan entre sí y
quizás nunca han entrado en un burdel. Llevan las uñas largas,
quizás postizas, y el cabello pintado, pero sólo tienen el
dinero del pasaje. Cuando se montan en el metro, siempre llevan
sus loncheras y resulta fácil imaginar que, al mediodía, un
rincón de la tienda huele a garbanzos y arroz, a plátano frito y
queso rallado, a carne amorosamente deshilachada por las abuelas.
Casi todas tienen niños: no importa lo que diga su cintura
estrechísima. Son delgadas aunque luego sean gordas, gordas para
siempre. Hablan de telenovelas y, cuando no, hablan de sí mismas
como si la vida fuera una telenovela. Así ven el futuro, los
amores, los hijos. Si roban algo, se trata de un pecado venial.
No son tontas. Son capaces de lidiar con el dueño, con la esposa
del dueño, con los hijos del dueño e incluso con los clientes. A
eso iba, al trato que le dispensan a los clientes cuando éstos
van a comprar una corbata, una cajita de pañuelos o una docena
de alfileres. Los hacen sentir únicos. Acarician sin tocar.
Sonríen sin separar los labios. Seducen sin pensarlo. Apenas
caminando.
BELMONTE
Ocho de la mañana
del primer domingo de noviembre. En el hueco de mi axila
izquierda llevo los periódicos. En la mano derecha tengo el
vuelto que me diera Elpidia luego de preguntarme por la
familia. A cinco metros del kiosco, en la avenida Rómulo
Gallegos, veo pasar un maratón. Anillos de un gusano
interminable, miles de personas caminan y corren y durante
casi una hora han impedido a los carros salir de la
urbanización. Se escucha el jadeo de los atletas, el choque
entre sus zapatos y el asfalto, alguna palabra de aliento y,
sobre todo, la corneta de los que quieren finalmente salir.
De seguir así, su estridencia despertará al poeta Luis
Enrique Belmonte, quien vive a veinte metros de esta esquina
y comenzó a dormir hace apenas dos o tres horas.
LIBRUJAS
Este hombre, que
había dedicado su vida casi absolutamente a la literatura,
llamaba a las mujeres librujas y decía que de ellas había
conocido tres tipos: la tapadura, de quien había sido novio
desde los dieciséis hasta los veinticinco años; la
tapablanda, con quien había permanecido casado hasta los
cincuenta; y las tapaderas que, eventualmente, siempre lo
habían acompañado.
ÚLCERAS EN EL CORAZÓN DE UNA VACA
El señor G no es
uno de mis pacientes preferidos. De hecho, nunca ha sido
atendido por mí directamente. Es, sí, un paciente del
hospital. Cinco años atrás, estuvo hospitalizado en el
pabellón de psicóticos y fue dado de alta a los tres meses.
Pero, en lugar de marcharse a su casa, como hacen la mayoría
de los pacientes, permaneció en los alrededores del
hospital: comía, dormía y respiraba en el pasillo que
conduce a la emergencia. Fue entonces cuando comencé a
interesarme en su caso y le pedí a la enfermera que me
facilitase su historia. Mi intención era ponerme en contacto
con sus familiares y eso fue lo que hice, lo que intenté
hacer. Inicialmente, a través de infructuosas llamadas
telefónicas: los números que aparecen en las historias no
suelen estar actualizados. Luego, apersonándome en su
domicilio. Infructuoso también: cuando llegué a la dirección
que había sido anotada en la historia, el edificio no
existía y, entre sus ruinas, unos gitanos administraban un
estacionamiento. La muchacha de la juguetería de al lado
resultó ser amiga de la hija de G y me dio las nuevas señas:
«Cerca del teatro de los evangélicos, un edificio marrón que
se llama El Trapiche. O Trapichito. No sé muy bien». Durante
varias semanas no pude encontrar el tiempo necesario para
hacer esa visita. Un hospital en el litoral había sido
arrasado por las aguas y sus pacientes inundaban mi
servicio. Estaba ocupadísimo y, además, muy cansado. Sólo me
aliviaba la promesa de la directora: «Cuando salgamos de
todo esto, hacemos unas remodelaciones en el antiguo cafetín
y fundamos el Servicio de Psiquiatría Social. Tú serás el
jefe». Esa era mi única esperanza y quizás en ella pensaba
cuando a dos calles de la avenida Libertador pregunté por el
edificio Trapichito. Mi interlocutora era una mujer hermosa,
hermosísima, que no sólo vivía en el edificio que yo buscaba
sino que además era la hija del señor G. Fue una casualidad,
es verdad, pero también un acto de magia. Encontrarla ha
sido lo mejor que ha sucedido en los últimos años de mi
vida. Tanto así que a los tres meses yo había mudado mis
libros a su apartamento. Ya vivíamos juntos, lógicamente, y
lo hacemos todavía. El único inconveniente sigue siendo la
situación del señor G. No sé qué instinto lo habrá guiado,
pero casi en los mismos días de mi mudanza a Trapichito
decidió abandonar la emergencia y se instaló en el antiguo
cafetín haciendo imposible la fundación del servicio de
psiquiatría social.
Cuando nos
encontramos, siento que hemos intercambiado nuestros
destinos.
AQUEL COLEGIO DE MI AÑO DOCE
En junio, el
profesor de historia universal cerró el libro en la mitad de
las cruzadas. La de educación sexual, en cambio, no pudo
pasar del onanismo; el de castellano llegó con dificultades
a la letra ele; y el de artística, siempre inclemente,
detuvo el último interrogatorio mucho antes de Picasso, en
La nave de los locos. Por el resultado, nefasto para
mí, de esta evaluación, en mi casa se enteraron del
incumplimiento del programa y decidieron cambiarme a otro
colegio donde los profesores habían llegado a la segunda
guerra, el frotismo, la eme y la lata de sopa de Warhol. En
los años que me llevó ponerme a la par de mis nuevos
compañeros, pensaba en aquellos antiguos y los imaginaba en
un mundo sin dinamita, desconocedores absolutos de la
pintura abstracta y, obviamente, masturbándose. Envidiaba,
lo reconozco, algo de su situación: tendrían más tiempo para
jugar y, al insultarse, no se llamarían Hitler ni Mussolini.
Luego los fui olvidando, poco a poco, sin pensar que ahora,
a mis treinta y cinco años, volverían a aparecer. No se
trata tan sólo del recuerdo, sino que, en el último marzo,
uno de ellos llamó a mi teléfono, me agarró desprevenido y,
al ofrecimiento de integrarme a un club de ex–alumnos, con
la guardia baja, respondí dándole mis señas. No he ido a sus
reuniones, no me siento preparado todavía, pero a través de
sus e-mails me entero de los resultados. El que encontró mi
teléfono e hizo la llamada es detective y escribe con
naturales errores ortográficos. Otro permanentemente envía
películas pornográficas: es publicista. Como en todos los
clubes, hay administradores, traumatólogos, profesores e
ingenieros. En éste, además, hay dos ex–presidiarios y tres
curas. Eso contando el profesor de artística que también
acude a las reuniones. Gracias a la cirugía plástica, parece
que hubiera sido el alumno más pequeño del grupo y, delante
de él, ninguno ha hecho referencia a Dorian Gray. Hace dos
semanas organizaron una fiesta que terminaron a golpes luego
de que el detective comunicara su decisión de convertirse en
evangélico. Los católicos se quedaron en el local y los
evangélicos se hicieron a la mar, con el pretexto de pescar
camarones. Vi el video de esta reunión en un cibercafé
mientras desplazaba mi cuerpo hacia la izquierda. Procuraba
rozar una vecina estupenda.
BALAS PERDIDAS
Cuando a Javier T
se le ocurrió lanzar un hombre-bala desde Tijuana a San
Diego, ya era un artista plástico conocido. A partir de
entonces, más conocido y respetado todavía, llovieron las
invitaciones para lanzar siempre al mismo hombre. Desde un
ferry marroquí hasta Cádiz. Desde Beni Enzur hasta Melilla.
De un lado a otro de la Gran Muralla China. Por encima de la
Puerta de Brandemburgo. Y desde Puerto Ayacucho hasta
Casuarito, sobre el Orinoco. En esta última ocasión, el
hombre-bala se fracturó la pierna derecha durante el
aterrizaje y el agente invitó a Javier a suplirlo en los
eventos siguientes metiéndose en el cañón. Javier aceptó y,
ya convertido en hombre-bala, fue lanzado desde Casuarito a
Puerto Ayacucho, desde Melilla a Beni Enzur, desde Cádiz al
Mediterráneo y desde San Diego a Tijuana. Entonces, había
transcurrido un año del primer lanzamiento y, ya en Tijuana,
Javier T encontró al primer hombre-bala. Era artista
plástico y, lo supo entonces, suya había sido la idea de
este periplo invertido que, partiendo de Casuarito, le tenía
de regreso en México, apenas a treinta metros de la frontera
con Estados Unidos.
—Yo
también lo abandono —fue lo único que dijo cuando el primer
hombre-bala, cojeando, vino a felicitarlo.
LA
LITERATURA ES UN SUEÑO
QUE
GANÓ EL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
Escritor de relativo
éxito, cada vez que era entrevistado repetía:
—La de escritor es una
profesión sin ningún tipo de glamour.
Eso le servía para
seducir las mujeres de ingenieros y médicos, abogados y bomberos,
políticos y empresarios.
A
PARTIR DEL MOMENTO EN QUE DESAPARECÍ
DE
LA VIDA DE MIS AMIGOS
No se trató de un
acto de magia ni de ilusionismo. Tampoco fui víctima de
secuestro alguno.
Simplemente dejé
de llamarles por teléfono y no respondí una carta y dos
e-mails.
A partir de
entonces, ya había desaparecido.
Era como estar
muerto.
Ellos, mis amigos,
obviamente, me ayudaron a sentirme así.
Si me topaba con
alguno, en un centro comercial o en una parada de autobús,
me miraba como si hubiera visto alguien que se parecía mucho
a mí.
Si mis textos
aparecían en una revista, eran leídos y publicados como si
se tratara de un homenaje que bien podía ser póstumo.
Si mi carro
chocaba o aparecía como robado en las páginas del periódico,
se decían entre ellos: «¿Tú recuerdas qué pasó con su carro
antes de ...?».
Esos puntos
suspensivos no se sabía de qué trataban. Tenían mil
soluciones diferentes y en todas, lógicamente, yo había
desaparecido.
Supe de uno que,
en el cementerio, estuvo preguntando por mi tumba. Le
recomendaron ir a la morgue o a la facultad de medicina: «Cátedra
de anatomía, sala de disecciones».
Una ex–novia
preguntó en el aeropuerto, en la estación de trenes.
Un ex–compañero de
clases me buscaba entre los mendigos de la ciudad.
Él fue, debo
reconocerlo, quien se acercó más a mi vida porque la
situación económica era crítica: las editoriales habían
dejado de depositar los derechos, que siempre fueron exiguos,
y en una ocasión que intenté cobrar un cheque que me había
hecho a mí mismo las sirenas sonaron y alguien amenazó con
llamar la policía.
Yo nunca hice nada
por cambiar la situación y, como cada vez estaba más delgado,
puedo decir con propiedad que a partir del momento en que
desaparecí de la vida de mis amigos fui desapareciendo.
destiempos.com
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Año 2 I Número
7
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2007 ©
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