México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2007 I Año 2 I Número 7

 









 Slavko Zupcic. Psiquiatra y escritor. Nació en Valencia (Venezuela) en 1970. Ha publicado tres libros de relatos —Dragi Sol (1989), Vinko Spolovtiva, ¿quién te mató? (1990), 583104: pizzas pizzas pìzzas (1995)—, una novela para niños, Giuliana Labolita: el caso de Pepe Toledo (2006) y Tres novelas (2006). Ha ganado varios premios —Bienal de Literatura Infantil Luis Bouquet (1987), Bienal José Rafael Pocaterra (1988), Premio Municipal Ciudad de Valencia (1991), Premio al mejor artículo de humor de El Nacional (2006)— y en el año 2001 fue finalista del XIX Premio Herralde de novela. Actualmente reside en Valencia (España).

 

LAS MUCHACHAS QUE TRABAJAN EN LAS TIENDAS

Las muchachas que trabajan en las tiendas, por lo general, son malhabladas. Se dicen marica y puta a pesar de que no se acuestan entre sí y quizás nunca han entrado en un burdel. Llevan las uñas largas, quizás postizas, y el cabello pintado, pero sólo tienen el dinero del pasaje. Cuando se montan en el metro, siempre llevan sus loncheras y resulta fácil imaginar que, al mediodía, un rincón de la tienda huele a garbanzos y arroz, a plátano frito y queso rallado, a carne amorosamente deshilachada por las abuelas. Casi todas tienen niños: no importa lo que diga su cintura estrechísima. Son delgadas aunque luego sean gordas, gordas para siempre. Hablan de telenovelas y, cuando no, hablan de sí mismas como si la vida fuera una telenovela. Así ven el futuro, los amores, los hijos. Si roban algo, se trata de un pecado venial. No son tontas. Son capaces de lidiar con el dueño, con la esposa del dueño, con los hijos del dueño e incluso con los clientes. A eso iba, al trato que le dispensan a los clientes cuando éstos van a comprar una corbata, una cajita de pañuelos o una docena de alfileres. Los hacen sentir únicos. Acarician sin tocar. Sonríen sin separar los labios. Seducen sin pensarlo. Apenas caminando.


 

BELMONTE

Ocho de la mañana del primer domingo de noviembre. En el hueco de mi axila izquierda llevo los periódicos. En la mano derecha tengo el vuelto que me diera Elpidia luego de preguntarme por la familia. A cinco metros del kiosco, en la avenida Rómulo Gallegos, veo pasar un maratón. Anillos de un gusano interminable, miles de personas caminan y corren y durante casi una hora han impedido a los carros salir de la urbanización. Se escucha el jadeo de los atletas, el choque entre sus zapatos y el asfalto, alguna palabra de aliento y, sobre todo, la corneta de los que quieren finalmente salir. De seguir así, su estridencia despertará al poeta Luis Enrique Belmonte, quien vive a veinte metros de esta esquina y comenzó a dormir hace apenas dos o tres horas.

 

 

LIBRUJAS

Este hombre, que había dedicado su vida casi absolutamente a la literatura, llamaba a las mujeres librujas y decía que de ellas había conocido tres tipos: la tapadura, de quien había sido novio desde los dieciséis hasta los veinticinco años; la tapablanda, con quien había permanecido casado hasta los cincuenta; y las tapaderas que, eventualmente, siempre lo habían acompañado.

 

 

ÚLCERAS EN EL CORAZÓN DE UNA VACA

El señor G no es uno de mis pacientes preferidos. De hecho, nunca ha sido atendido por mí directamente. Es, sí, un paciente del hospital. Cinco años atrás, estuvo hospitalizado en el pabellón de psicóticos y fue dado de alta a los tres meses. Pero, en lugar de marcharse a su casa, como hacen la mayoría de los pacientes, permaneció en los alrededores del hospital: comía, dormía y respiraba en el pasillo que conduce a la emergencia. Fue entonces cuando comencé a interesarme en su caso y le pedí a la enfermera que me facilitase su historia. Mi intención era ponerme en contacto con sus familiares y eso fue lo que hice, lo que intenté hacer. Inicialmente, a través de infructuosas llamadas telefónicas: los números que aparecen en las historias no suelen estar actualizados. Luego, apersonándome en su domicilio. Infructuoso también: cuando llegué a la dirección que había sido anotada en la historia, el edificio no existía y, entre sus ruinas, unos gitanos administraban un estacionamiento. La muchacha de la juguetería de al lado resultó ser amiga de la hija de G y me dio las nuevas señas: «Cerca del teatro de los evangélicos, un edificio marrón que se llama El Trapiche. O Trapichito. No sé muy bien». Durante varias semanas no pude encontrar el tiempo necesario para hacer esa visita. Un hospital en el litoral había sido arrasado por las aguas y sus pacientes inundaban mi servicio. Estaba ocupadísimo y, además, muy cansado. Sólo me aliviaba la promesa de la directora: «Cuando salgamos de todo esto, hacemos unas remodelaciones en el antiguo cafetín y fundamos el Servicio de Psiquiatría Social. Tú serás el jefe». Esa era mi única esperanza y quizás en ella pensaba cuando a dos calles de la avenida Libertador pregunté por el edificio Trapichito. Mi interlocutora era una mujer hermosa, hermosísima, que no sólo vivía en el edificio que yo buscaba sino que además era la hija del señor G. Fue una casualidad, es verdad, pero también un acto de magia. Encontrarla ha sido lo mejor que ha sucedido en los últimos años de mi vida. Tanto así que a los tres meses yo había mudado mis libros a su apartamento. Ya vivíamos juntos, lógicamente, y lo hacemos todavía. El único inconveniente sigue siendo la situación del señor G. No sé qué instinto lo habrá guiado, pero casi en los mismos días de mi mudanza a Trapichito decidió abandonar la emergencia y se instaló en el antiguo cafetín haciendo imposible la fundación del servicio de psiquiatría social.

Cuando nos encontramos, siento que hemos intercambiado nuestros destinos.

 

 

AQUEL COLEGIO DE MI AÑO DOCE

En junio, el profesor de historia universal cerró el libro en la mitad de las cruzadas. La de educación sexual, en cambio, no pudo pasar del onanismo; el de castellano llegó con dificultades a la letra ele; y el de artística, siempre inclemente, detuvo el último interrogatorio mucho antes de Picasso, en La nave de los locos. Por el resultado, nefasto para mí, de esta evaluación, en mi casa se enteraron del incumplimiento del programa y decidieron cambiarme a otro colegio donde los profesores habían llegado a la segunda guerra, el frotismo, la eme y la lata de sopa de Warhol. En los años que me llevó ponerme a la par de mis nuevos compañeros, pensaba en aquellos antiguos y los imaginaba en un mundo sin dinamita, desconocedores absolutos de la pintura abstracta y, obviamente, masturbándose. Envidiaba, lo reconozco, algo de su situación: tendrían más tiempo para jugar y, al insultarse, no se llamarían Hitler ni Mussolini. Luego los fui olvidando, poco a poco, sin pensar que ahora, a mis treinta y cinco años, volverían a aparecer. No se trata tan sólo del recuerdo, sino que, en el último marzo, uno de ellos llamó a mi teléfono, me agarró desprevenido y, al ofrecimiento de integrarme a un club de ex–alumnos, con la guardia baja, respondí dándole mis señas. No he ido a sus reuniones, no me siento preparado todavía, pero a través de sus e-mails me entero de los resultados. El que encontró mi teléfono e hizo la llamada es detective y escribe con naturales errores ortográficos. Otro permanentemente envía películas pornográficas: es publicista. Como en todos los clubes, hay administradores, traumatólogos, profesores e ingenieros. En éste, además, hay dos ex–presidiarios y tres curas. Eso contando el profesor de artística que también acude a las reuniones. Gracias a la cirugía plástica, parece que hubiera sido el alumno más pequeño del grupo y, delante de él, ninguno ha hecho referencia a Dorian Gray. Hace dos semanas organizaron una fiesta que terminaron a golpes luego de que el detective comunicara su decisión de convertirse en evangélico. Los católicos se quedaron en el local y los evangélicos se hicieron a la mar, con el pretexto de pescar camarones. Vi el video de esta reunión en un cibercafé mientras desplazaba mi cuerpo hacia la izquierda. Procuraba rozar una vecina estupenda.


 

BALAS PERDIDAS

Cuando a Javier T se le ocurrió lanzar un hombre-bala desde Tijuana a San Diego, ya era un artista plástico conocido. A partir de entonces, más conocido y respetado todavía, llovieron las invitaciones para lanzar siempre al mismo hombre. Desde un ferry marroquí hasta Cádiz. Desde Beni Enzur hasta Melilla. De un lado a otro de la Gran Muralla China. Por encima de la Puerta de Brandemburgo. Y desde Puerto Ayacucho hasta Casuarito, sobre el Orinoco. En esta última ocasión, el hombre-bala se fracturó la pierna derecha durante el aterrizaje y el agente invitó a Javier a suplirlo en los eventos siguientes metiéndose en el cañón. Javier aceptó y, ya convertido en hombre-bala, fue lanzado desde Casuarito a Puerto Ayacucho, desde Melilla a Beni Enzur, desde Cádiz al Mediterráneo y desde San Diego a Tijuana. Entonces, había transcurrido un año del primer lanzamiento y, ya en Tijuana, Javier T encontró al primer hombre-bala. Era artista plástico y, lo supo entonces, suya había sido la idea de este periplo invertido que, partiendo de Casuarito, le tenía de regreso en México, apenas a treinta metros de la frontera con Estados Unidos.

Yo también lo abandono —fue lo único que dijo cuando el primer hombre-bala, cojeando, vino a felicitarlo.

 

 

LA LITERATURA ES UN SUEÑO

QUE GANÓ EL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

Escritor de relativo éxito, cada vez que era entrevistado repetía:

La de escritor es una profesión sin ningún tipo de glamour.

Eso le servía para seducir las mujeres de ingenieros y médicos, abogados y bomberos, políticos y empresarios.

 

 

A PARTIR DEL MOMENTO EN QUE DESAPARECÍ

DE LA VIDA DE MIS AMIGOS

No se trató de un acto de magia ni de ilusionismo. Tampoco fui víctima de secuestro alguno.

Simplemente dejé de llamarles por teléfono y no respondí una carta y dos e-mails.

A partir de entonces, ya había desaparecido.

Era como estar muerto.

Ellos, mis amigos, obviamente, me ayudaron a sentirme así.

Si me topaba con alguno, en un centro comercial o en una parada de autobús, me miraba como si hubiera visto alguien que se parecía mucho a mí.

Si mis textos aparecían en una revista, eran leídos y publicados como si se tratara de un homenaje que bien podía ser póstumo.

Si mi carro chocaba o aparecía como robado en las páginas del periódico, se decían entre ellos: «¿Tú recuerdas qué pasó con su carro antes de ...?».

Esos puntos suspensivos no se sabía de qué trataban. Tenían mil soluciones diferentes y en todas, lógicamente, yo había desaparecido.

Supe de uno que, en el cementerio, estuvo preguntando por mi tumba. Le recomendaron ir a la morgue o a la facultad de medicina: «Cátedra de anatomía, sala de disecciones».

Una ex–novia preguntó en el aeropuerto, en la estación de trenes.

Un ex–compañero de clases me buscaba entre los mendigos de la ciudad.

Él fue, debo reconocerlo, quien se acercó más a mi vida porque la situación económica era crítica: las editoriales habían dejado de depositar los derechos, que siempre fueron exiguos, y en una ocasión que intenté cobrar un cheque que me había hecho a mí mismo las sirenas sonaron y alguien amenazó con llamar la policía.

Yo nunca hice nada por cambiar la situación y, como cada vez estaba más delgado, puedo decir con propiedad que a partir del momento en que desaparecí de la vida de mis amigos fui desapareciendo.


 

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