Álvaro Antonio Bernal (Bogotá,
Colombia 1971) Profesor de literatura y lengua en la
Universidad de Pittsburgh en Johnstown, Estados Unidos.
Tiene
una licenciatura en lenguas modernas de la Universidad
Pedagógica Nacional de Bogotá. Posee una Maestría en
literatura norteamericana de Governors State University
y una en literatura hispanoamericana de University of
Northen Iowa. Su doctorado en literatura es de
University of Iowa. Ha publicado algunos artículos en
revistas especializadas en Colombia y Estados Unidos, y
en su tiempo libre escribe relatos y microrelatos. En la
actualidad prepara una investigación sobre la obra del
poeta popular argentino Washington Cucurto.

El malvado
delincuente cayó al instante y su sangre se esparció a
gotitas manchando el pavimento de la derruida calle. El
otro individuo corrió veloz buscando algún refugio para
esconderse. Balazos y lamentos llovían y muertes
inocentes hacían parte de la escena. La gente gritaba y
los niños lloraban sin entender la caótica situación.
Cuando se insinuaba el desenlace de la historia con la
aparición del Justiciero, la pantalla del televisor
quedó en negro. María apagó el aparato e impacientemente
miró el reloj. Eran ya las 4 de la tarde y su padre no
regresaba. Había salido desde la mañana anterior en
busca de trabajo y no se tenían noticias de él. María
pensaba en lo peor, esta ciudad no daba garantías de
vida. Encendió el radio y escuchó las noticias, corrió
el dial y se enteró del resultado fatal del clásico
dominguero, su equipo había perdido vergonzosamente como
aseveraban los cronistas. Siguió buscando con desespero
y encontró las sentencias de un brujo urbano hablando de
las fuerzas del mal y el poder de las energías negativas.
Insistió en su pesquisa y escuchó melodías lejanas,
sintió nostalgia, recordó su niñez y miró por la ventana
de su cuarto, tal vez su padre regresaba. Una vez más
observó el reloj, no había esperanza. Un hilo de luz
entraba por aquella rendija y dividía su rostro en dos
extremos, sol y sombra. Sorpresivamente el teléfono sonó
y la incertidumbre crecía. María temblorosa levantó la
bocina y escuchó entre lágrimas la noticia.
Las luces
cayeron lentamente, la mirada de María quedó petrificada
para la posteridad y una mueca ajena aceptaba el destino.
Pronto una música sinfónica invadió el teatro, la
palabra FIN apareció en letras escarlatas y éstas dieron
paso a los créditos de la pésima película: Roberta Smith
como María, otros más en orden alfabético fueron
invadiendo la gran pantalla del destartalado teatro. Las
luces se encendieron y los pocos espectadores dejaron
sus sillas entre risotadas burlonas y comentarios
morbosos acerca de la belleza sugestiva de la actriz
principal. Rubén y Hernán despertaron a su sueño, era la
primera vez que formalmente salían como pareja a pesar
de los prejuicios de un pueblo socarrón. Entre miradas
inquisidoras y risas perversas salieron tomados de la
mano sin pensar en la película, creyendo en este amor de
telenovela como repetía la pegajosa canción de moda.

Al bajar del
avión después de varios años de ausencia cerré los ojos
y me dispuse a saborear mi reencuentro con mi pasado.
Extasiado ante lo que veía y recordaba, concluí y
consigné las siguientes líneas superficiales mientras me
adentraba a ese mundo del ayer:
Esta ciudad
arrebatada que trepita constantemente es de noches frías
y sonidos profundos Aquí crecí y vi por primera vez el
aire gris y el guiño de la tentación. Varias veces
observé niños correr tras un balón y estrellarlo contra
una piedra. Esta ciudad que ahora camino la encuentro
veloz con buses rojos que hablan de la mentada
modernidad. Sigo pensando que esta ciudad me pertenece y
mientras entro a un enorme centro comercial trato de
hablarle a una muchacha que deja huella al levitar. Ella
responde coqueta a mis preguntas y me mira de reojo.
Sigo caminando tres cuadras y en una esquina yace un
monumento vivo que negocia su precio; niños harapientos
gritan por una moneda y nadie se inmuta. En ese instante,
de un auto lujoso aparece una señora del Norte que habla
un inglés afectado y gesticula ante un teléfono celular.
Ella insensible del entorno se dispone a comprarle
flores a un joven inválido que habita en un armatoste de
madera. Son las 7 de la noche y yo busco algo que hacer
en esta ciudad. Esta urbe huele a gasolina y a fragancia
de adolescente, lo pienso. Alguien se me acerca y me
dice: ¡Este es el mejor vividero del mundo!
