México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 








 


 

Álvaro Antonio Bernal (Bogotá, Colombia 1971) Profesor de literatura y lengua en la Universidad de Pittsburgh en Johnstown, Estados Unidos.  Tiene una licenciatura en lenguas modernas de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Posee una Maestría en literatura norteamericana de Governors State University y una en literatura hispanoamericana de University of Northen Iowa. Su doctorado en literatura es de University of Iowa. Ha publicado algunos artículos en revistas especializadas en Colombia y Estados Unidos, y en su tiempo libre escribe relatos y microrelatos. En la actualidad prepara una investigación sobre la obra del poeta popular argentino Washington Cucurto.

El malvado delincuente cayó al instante y su sangre se esparció a gotitas manchando el pavimento de la derruida calle. El otro individuo corrió veloz buscando algún refugio para esconderse. Balazos y lamentos llovían y muertes inocentes hacían parte de la escena. La gente gritaba y los niños lloraban sin entender la caótica situación. Cuando se insinuaba el desenlace de la historia con la aparición del Justiciero, la pantalla del televisor quedó en negro. María apagó el aparato e impacientemente miró el reloj. Eran ya las 4 de la tarde y su padre no regresaba. Había salido desde la mañana anterior en busca de trabajo y no se tenían noticias de él. María pensaba en lo peor, esta ciudad no daba garantías de vida. Encendió el radio y escuchó las noticias, corrió el dial y se enteró del resultado fatal del clásico dominguero, su equipo había perdido vergonzosamente como aseveraban los cronistas. Siguió buscando con desespero y encontró las sentencias de un brujo urbano hablando de las fuerzas del mal y el poder de las energías negativas. Insistió en su pesquisa y escuchó melodías lejanas, sintió nostalgia, recordó su niñez y miró por la ventana de su cuarto, tal vez su padre regresaba. Una vez más observó el reloj, no había esperanza. Un hilo de luz entraba por aquella rendija y dividía su rostro en dos extremos, sol y sombra. Sorpresivamente el teléfono sonó y la incertidumbre crecía. María temblorosa levantó la bocina y escuchó entre lágrimas la noticia.

Las luces cayeron lentamente, la mirada de María quedó petrificada para la posteridad y una mueca ajena aceptaba el destino. Pronto una música sinfónica invadió el teatro, la palabra FIN apareció en letras escarlatas y éstas dieron paso a los créditos de la pésima película: Roberta Smith como María, otros más en orden alfabético fueron invadiendo la gran pantalla del destartalado teatro. Las luces se encendieron y los pocos espectadores dejaron sus sillas entre risotadas burlonas y comentarios morbosos acerca de la belleza sugestiva de la actriz principal. Rubén y Hernán despertaron a su sueño, era la primera vez que formalmente salían como pareja a pesar de los prejuicios de un pueblo socarrón. Entre miradas inquisidoras y risas perversas salieron tomados de la mano sin pensar en la película, creyendo en este amor de telenovela como repetía la pegajosa canción de moda.



 

Al bajar del avión después de varios años de ausencia cerré los ojos y me dispuse a saborear mi reencuentro con mi pasado. Extasiado ante lo que veía y recordaba, concluí y consigné las siguientes líneas superficiales mientras me adentraba a ese mundo del ayer:

Esta ciudad arrebatada que trepita constantemente es de noches frías y sonidos profundos Aquí crecí y vi por primera vez el aire gris y el guiño de la tentación. Varias veces observé niños correr tras un balón y estrellarlo contra una piedra. Esta ciudad que ahora camino la encuentro veloz con buses rojos que hablan de la mentada modernidad. Sigo pensando que esta ciudad me pertenece y mientras entro a un enorme centro comercial trato de hablarle a una muchacha que deja huella al levitar. Ella responde coqueta a mis preguntas y me mira de reojo. Sigo caminando tres cuadras y en una esquina yace un monumento vivo que negocia su precio; niños harapientos gritan por una moneda y nadie se inmuta. En ese instante, de un auto lujoso aparece una señora del Norte que habla un inglés afectado y gesticula ante un teléfono celular. Ella insensible del entorno se dispone a comprarle flores a un joven inválido que habita en un armatoste de madera. Son las 7 de la noche y yo busco algo que hacer en esta ciudad. Esta urbe huele a gasolina y a fragancia de adolescente, lo pienso. Alguien se me acerca y me dice: ¡Este es el mejor vividero del mundo!


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