AG:
Acabas de publicar en Chile
Sampaguitas en la cordillera,
un “libro-mosaico” en el que relatas diferentes experiencias:
las vicisitudes trágicas de la vida de tu abuelo durante la
Segunda Guerra Mundial en Filipinas, tu condición de
inmigrante, la toma de conciencia de tu identidad nacional,
la situación cultural de tu país ¿por qué escribiste este
libro?
EM: “Libro mosaico”
es el término justo. He tenido dos obsesiones en mi vida: el
tiempo y el misterio, “el Velo”. Al nacer recibimos de
nuestros padres un mosaico muy a medio construir y nos toca
tomar decisiones sobre cuáles partes de ese mosaico nos
dedicaremos a completar, a recrear, a armar con nuestra
particular estampa de creador. Las personas para mí solo se
convierten en reales cuando logro penetrar el velo de su
cotidianidad y “capto” su secreta historia. Entonces todo
cae en su lugar y ya no tengo que perder energías en la duda
o el desconcierto. Soy una investigadora de lo desconocido
en mi propia vida y en mi quehacer como escritora. No me
atreví a plantearme escribir “en serio” hasta los 36 y
demoré dos años más antes de descubrir “sobre qué” escribir.
La historia de mi familia y de mi país que no solo tienen
que ver conmigo como persona, sino también con mi familia
chica y mi familia grande – sobre todo, la secreta historia
que da las claves para comprender y lograr la paz.
En definitiva lo
escribí porque, parafraseando a Julio Cortázar, “lo que hace
un escritor, es tener la necesidad imperiosa de comunicar
algo”. Necesito comunicar el embrujo con la existencia
humana y cómo a veces la vida misma nos entrega las claves
cuando descubrimos que tenemos urgencia de comprender lo
profundo. La acción del tiempo para iluminar lo oculto y las
mil interconexiones entre los destinos; el despertar a la
perfecta simetría que subyace algo aparentemente azaroso,
sin un sentido más allá de la prosaica lucha por el cobijo,
el alimento y la evasión.
AG:
En Sampaguitas hay afirmaciones originales, pero
duras e inequívocas, por ejemplo defines la guerra
filipino-norteamericana (1898-1901) como un «primer Vietnam,
donde salió ganador Estados Unidos» ¿Cómo ves la relación
colonial que Filipinas sufrió bajo el dominio español en un
primer momento, y bajo el norteamericano después, y cuáles
son sus efectos en la postura del filipino ante su pasado?
EM: Debo aclarar
que mi voz viene de un lugar algo extraño que aparentemente
no guarda relación con el pensamiento de los círculos
culturales filipinos al interior de la sociedad filipina, y
menos aún de los filipinos expatriados en la sociedad
norteamericana. Ya he vivido más años en Chile que en
Filipinas y los esfuerzos que he hecho para vincularme con
los historiadores, poetas, y escritores filipinos han sido
en general infructuosos. Sin embargo me considero una voz
auténticamente filipina, y ojalá no peque de soberbia ni de
ilusa cuando digo que me siento vivamente conectada y
portavoz de los filipinos de fines del siglo XIX, más que
con los de hoy. Mi visión es de la verdad histórica acallada
que subyace al aparente caos de la situación actual, que
comprendo es la lógica consecuencia del desgarro y
fragmentación del alma colectiva filipina. No sé si hay
otros escritores filipinos que han descrito la guerra
fil-norteamericana como “el primer Vietnam” pero para mí
resulta una obviedad. Fue la primera guerra de conquista
abiertamente librada por EE.UU. contra una nación que
acababa de declararse una República. Hubo más de un millón
de muertos, no combatientes en su mayoría. El pueblo
filipino hoy casi no tiene recuerdo de esa guerra porque
practicamente no figuró en nuestros libros de historia. Y
para el mundo hemos sido un pueblo invisible justamente
porque nosotros hemos sido incapaces de correr el velo del
desconocimiento. Los relatos de las 500 mil personas
masacradas en Nanking, el millón de kurdos y armenios
muertos bajo los otomanes en 1915 son conocidos pero nadie
sabe de más de un millón de filipinos que dieron sus vidas
para repeler la invasión norteamericana de 1898. Es una
laguna grave tanto para la conciencia filipina como para la
de toda la humanidad.
Creo que antes del
régimen estadounidense, Filipinas llegaba a un primer
momento de maduración cultural y política y los estamentos
ilustrados de la clase alta y media ya estaban articulados
en términos modernos. La base social empezaba a tener
nociones de identidad gracias a la labor desarrollada por la
generación del Dr. Rizal, y justamente existía el debate
entre cuál arma sería más eficaz para lograr un mayor
desarrollo civil, económico, político y cultural para los
filipinos – la organización política no-violenta, o el
camino de la revolución armada. Lamentablemente tanto el
tiempo histórico como la configuración de nuestro
archipiélago estaban en contra. Las repúblicas
latinoamericanas pudieron surgir en conjunto gracias al
surgimiento de una clase criolla con una común identidad y
un escenario geográfico continental; y EE.UU., Inglaterra y
Francia acudieron en su ayuda de distintas formas, en
distintos momentos. Filipinas fue la hija desdichada del
siglo de las luces; llegó muy tarde y con el color de piel
equivocado, y EE.UU. ya se había transformado en un águila
hambriento de colonias. Después de la anexión, empezó el
descalabro síquico de los filipinos. Hay que imaginar cómo
fue todo eso. Fue, sin ninguna duda desde mi conciencia de
hoy, un trance “tétrico” y mortal. Y creo que solo el arte
sería capaz de comunicar la escala del horror y desgarro que
significó para los filipinos, que se encontraron en un
primer momento héroes luchando por la libertad, y ganadores,
para de repente encontrarse convertidos en corderos llevados
en masa al matadero. La lucha contra los españoles, casi sin
armas de fuego, seguido por la guerra de guerrilla contra
los norteamericanos, en desventaja aún frente a sus gattling guns, y encontrándose con un nivel de barbarie
que no tuvieron los españoles, con el empleo de tácticas
estrenadas contra los indígenas de Norte América como la
matanza de los búfalos. En Filipinas, un dato no difundido
es que hubo una matanza del cebú, el animal de tiro que era
y es la base de la agricultura.
Después de la
rendición del ejército revolucionario liderado por Aguinaldo,
empieza la embestida cultural, económica y política. Y por
si esto no fuera suficiente trastorno para la psiquis
filipina, nos sobreviene escasos 40 años después, el trauma
de la ocupación japonesa. Y con el país en ruinas, EE.UU.
nos otorga la inmediata independencia.
Todo esto es
sumamente surrealista, visto con ojos reflexivos y desde la
distancia. Pero dentro de Filipinas, es prácticamente
imposible de apreciar.
AG:
En Sampaguitas escribes: «En Chile me vi obligada a
asumir mi identidad étnica ya que, por supuesto, no era
norteamericana. Durante los años vividos en Estados Unidos
había llegado a sentirme norteamericana [...] Al radicarme
en Chile me di cuenta de que no era norteamericana»; también
cuentas el episodio de tu visita a la Base Naval de Súbic y
la sensación de rabia que eso provocó en ti ¿Qué impresión
tienes de la relación actual entre Filipinas y Estados
Unidos?
EM: Sencillamente
puedo decir que al igual que el dicho de que no se mueve una
hoja en la Tierra sin que Dios lo sepa y lo permita, lo
mismo ocurre en Filipinas: seguimos total y absolutamente
supeditados a los deseos y designios de los EE.UU. Pero en
esto ya no estamos solos; todo el mundo lo está, y con plena
consciencia del hecho. No fue así a fines del siglo XIX
hasta los 1970.
AG:
¿Cuál
es tu opinión con respecto al panorama cultural filipino en
la actualidad? ¿El intelectual sabe reflexionar sobre los
grandes problemas del país? ¿Cuál es su papel? ¿Es capaz de
proponer una visión crítica de la realidad?
EM: Estoy tan
lejos del “mundo cultural filipino” que no podría dar una
respuesta justa. Creo que la juventud está a falta de
perspectivas que acerquen el mundo hispanoamericano a su
experiencia vital. En definitiva, no veo a intelectuales
filipinos que estén pensando “fuera del kilómetro cuadrado”
de las influencias norteamericanas y europeas. Es el rol que
me he autoadjudicado. Arturo Uslar Pietri escribió que para
saber lo que pasa en la propia casa hay que saber lo que
está pasando en el mundo; pero para la mayoría de los
filipinos, sobre todo para la juventud, América Latina sigue
invisible y por lo tanto, no existe.
AG:
En todos tus escritos retomas la fuerte interconexión
cultural entre Filipinas y Latinoamérica ¿por qué te parece
tan importante este tema?
EM: América Latina
es la hermana mayor de Filipinas. Hispanoamérica es
sumamente importante para el futuro, no solo de Filipinas
sino de todo el planeta. Se ha abierto muchísimo a Asia.
Hispanoamérica es el futuro coloso porque está tan llena de
vida nueva en todo sentido, por su riqueza históricocultural
mestiza. Ya el resto del mundo se nutre de ella. Entonces, ¿por
qué no Filipinas también?
AG:
En Filipinas se hablan muchas lenguas, además tú te educaste
en inglés y pilipino ¿Por qué, entonces, escribes tanto en
español?
EM: Mi
ethos
como escritora es servir de puente entre los filipinos y los
latinoamericanos. El español es uno de los idiomas filipinos
pero se ha difundido la creencia errónea de que los
filipinos nunca hablamos el castellano. Por otro lado, en
América Latina se difunde hoy por hoy el inglés como un
idioma elitista, y no estoy de acuerdo. El contenido y la
intención transforman un idioma en un arma para dividir y
subyugar. Quiero que nos conozcamos, que corramos los velos,
y para eso hay que esgrimir los idiomas como puentes capaces
de vincular y enamorar en vez de alienar.
AG:
¿Qué significado tiene para ti valorar y defender la
herencia hispánica y la lengua castellana?
EM: Es la vida
misma para mi raza, para que logre consciencia de que le
pertenece todo el mundo. Conceptúo a mi nación en su actual
estado como un niño autista, encerrado en su propio mundo y
con urgente necesidad de sentirse pertenecedor a la
humanidad toda. La cultura y la lengua no son únicamente
vehículos de la autoafirmación a ultranza, que las convierte
en una prisión, una excluyente ideología. Eso tuvo su papel
en otros momentos históricos, pero ya no sirve para el
planeta hoy por hoy. Porque es verdad que necesitamos saber
quiénes somos, pero al mismo tiempo, debemos saber
igualmente que somos todos los pueblos del
mundo; somos muchos y a la vez, uno solo.
AG:
¿El mundo intelectual filipino se da cuenta de la
importancia de lo hispano en vuestra cultura e historia? ¿Qué
espacio tiene un intelectual y escritor que, como tú,
utilice el español?
EM: Me atrevo a
afirmar que sí, cada vez más. He percibido que la nostalgia
cunde en Filipinas, y en las comunidades expatriadas, que
hoy dirigen la mirada hacia las imágenes, los textos, las
memorias del pasado. Un pintor que ha hecho una labor de
titán en esta dirección es Santiago Bosé. Realizo mi labor
de concienciación más bien en los círculos de filipinos que
entablan diálogos en Internet. Me ha costado un mundo hacer
entender que no estoy en la “parada” de rendir culto a los
llamados “coño boys” (los mestizos de español conocidos por
salpicar cada frase con la muletilla). La cultura mestiza
hispanofilipina en Filipinas degeneró porque frente a la
embestida cultural y política estadounidense se redujo a un
club social de la antigua clase terrateniente, una élite sin
capacidad regeneradora, sin mística que vive en su propio
mundo sin el menor interés en relacionarse con el filipino
común. Esta imagen fue leña para la hoguera de lo
hispanofilipino, sobre todo después de la Segunda Guerra,
que convirtió los últimos reparos populares en adoración
hacia los salvadores de Filipinas: MacArthur y los G.I.
AG:
¿Cuál piensas que será el futuro del español en Filipinas?
¿Y cuál debería ser el papel de instituciones como la
Academia de la lengua o la Fundación Zóbel, además del papel
de España y de Hispanoamérica en la defensa del idioma?
EM: El español
tiene futuro en Filipinas si surgen nuevos referentes
culturales capaces de revertir el odio y transformar el
olvido en amor y rememoración. Las instituciones culturales
ya existentes que promueven la cultura y lengua hispana no
cumplen el rol de impulsores, más bien intentan conservar lo
poco que sigue existiendo. Lo que cambiará la situación de
inercia es imponer una nueva inercia, y eso solo lo logrará
la irrupción de lo nuevo, de un misil mental que, para
penetrar el alma filipina, debe conjugar dos elementos: lo
religioso y lo amoroso. En otras palabas: veneración por el
verdadero pasado, y unión fraterna.
AG:
¿Cómo ves el futuro de tu país?
EM: Se debate entre la luz y la oscuridad, al igual que el resto del mundo.
AG:
Tus futuros proyectos artísticos...
EM: Escribir
ficción que recree y explique en términos de vivencia humana,
en imágenes evocativas, ese complejo, doloroso y bellísimo
pasado que perdimos y que hemos de finalmente comprender y
recuperar.
