Si se pregunta
qué tiene que ver el escritor aragonés Ramón J. Sender
con Billy el Niño –el conocido bandido del
salvaje oeste americano– la respuesta es una buena
historia que reúne a dos personajes tan distintos como
distantes.
Lejos de la
visión idealizada que nos ha dejado el cine; aquel
forajido que “(...) tenía nervios fríos y la ausencia
completa de miedo de los que han aceptado de antemano la
muerte” fue, según los expertos que lo estudiaron, “un
tipo inclasificable, linfático, con ojos de comadreja,
pecho hundido, hombros caídos y aspecto repulsivo, con
una clara apariencia externa de cretino” que cometió
su primer asesinato con tan sólo 13 años y que, a los 21
–cuando murió en el famoso duelo con el sheriff
Pat Garrett– ya había matado a 27 personas “sin
contar a los indios”, como se decía, despectivamente,
en el siglo XIX.
William H.
Bonney nació el 23 de noviembre de 1859 en Nueva York
“(...) en tiempos en que los tranvías arrastrados por
caballos eran una novedad”. Siendo niño, emigró con
su hermano y su familia a Kansas y Colorado pero, al
poco tiempo, su padre murió de pulmonía y Kathleen, su
madre, se volvió a casar con un buen hombre llamado
Antrim que los llevó a buscar fortuna a Nuevo México.
Allí se crió el adolescente en las peores tabernas de la
frontera, entre ladrones y proscritos del territorio
neomexicano que, por aquel entonces, era una tierra
donde el rifle imponía su ley. Recordemos que en 1846,
el general Kearney ocupó a la fuerza esta parte de norte
de la República de México hasta que se reconoció la
soberanía de Estados Unidos en 1848 con el Tratado de
Guadalupe-Hidalgo; aun así, este territorio –uno de los
que tienen más personalidad del país– no se convirtió en
Estado hasta 1912.
La carrera
criminal de aquel joven adolescente se caracterizó por
sus continuos actos de violencia, sin motivo aparente,
que lo convirtieron, a los ojos del público, en una
suerte de nuevo Robin Hood y en personaje
habitual de novelas, baladas y crónicas de la prensa de
aquel entonces. Capturado en 1880 fue condenado a la
horca pero logró escapar de la cárcel matando a dos
alguaciles. El sheriff Garrett lo encontró el 14
de julio de 1881 en el Rancho Maxwell y logró abatirlo
con un disparo de su colt. Había matado al
criminal pero había nacido el mito.
Al otro lado
del Atlántico, Ramón José Sender –el propio autor tuvo
que explicar a un periodista que su apellido se
pronunciaba /sendér/ en lugar del habitual /sénder/ al
que todos nos hemos malacostumbrado– nació en 1901 en
Chalamera, un pequeño pueblo agrícola y ganadero de la
comarca del Bajo Cinca, en Huesca.
Suele decirse
que las vivencias personales son la mejor fuente de
inspiración para un escritor; en el caso de Sender, esta
afirmación es evidente: basta con echar un vistazo a su
bibliografía –desde “Imán” y “Crónica del Alba”
hasta sus novelas del exilio– para saber cómo, cuándo y
dónde vivió el autor en cada momento. Toda su producción
literaria es un fiel reflejo de su vida y, aunque se
trata de obras de ficción, podemos decir que, leyéndolas,
nos convertimos en testigos de gran parte de los
acontecimientos que sucedieron en el siglo XX.
Instalado en
Madrid con apenas 17 años, el joven escritor comenzó a
firmar sus primeros cuentos y artículos periodísticos –ya
con el nombre de Ramón J. Sender– mientras se ganaba la
vida como boticario en una farmacia. En el Ateneo de la
capital conoció a Valle Inclán y Miguel de Unamuno y,
según cuentan sus biógrafos, alguna noche tuvo que
dormir al raso en el Parque del Retiro donde coincidió
con otro aragonés universal: Luis Buñuel.
A partir de
entonces su vida se llenó de elementos dignos de un
serial: sobrevivió a la epidemia de gripe de 1918; luchó
en la Guerra de Marruecos (1922); demostró sus simpatías
por la CNT en la polémica “Viaje a la aldea del
crimen” (1934); ganó el Premio Nacional de
Literatura (1936) con la novela “Mister UIT en el
Cantón” donde narraba el cantonalismo que llevó a
Cartagena (Murcia) a proclamar su independencia de la I
República Española; se afilió al Partido Comunista; se
casó con la madre de su primogénito; nació su hija
pequeña; los nacionales fusilaron a su esposa en Segovia
y terminó exiliándose primero en Francia y luego en
América por culpa de una Guerra Civil que dejó
demasiadas ausencias en ambos bandos (García Lorca,
Muñoz Seca, etc.).
A lo largo de
sus obras, Sender siempre destacó por “novelar” la
historia –desde su infancia en Aragón hasta la Corte de
los Emperadores de Bizancio o la vida del conquistador
Lope de Aguirre– con un realismo muy riguroso y una
magnífica recreación de escenarios; todo ello sin perder
un marcado sentido del ritmo que convierte sus relatos
en una lectura muy entretenida para todo el público.
Fue
durante su estancia en Nuevo México –donde trabajó casi
20 años como profesor de literatura española– cuando
Sender descubrió el mito de Billy el Niño
“(...) cuyo cráneo me enseñaron en varias aldeas
creyendo en todas ellas poseer el verdadero y genuino”;
un personaje que, a mediados del siglo XX, ya se había
convertido en un auténtico héroe mestizo por sus
orígenes –el East Side de Nueva York– y su vida,
criado entre cuatreros neomexicanos, con los que se
defendía en un correcto castellano mientras robaba
caballos, jugaba al “monte” con las cartas y mataba
apaches.
Aquel ladrón y
asesino se convirtió en el protagonista de “El
bandido adolescente” (1965), una magnífica novela en
la que Sender puso en boca del protagonista que “Matar
a un hombre no es ofenderlo. La muerte la lleva todo el
mundo en la sangre desde que nace. Lo único que hacemos
es adelantarle la fecha a nuestro enemigo para impedir
que él haga lo mismo. (...) Es la vida la que nos mata a
todos y adelantar la fecha o atrasarla no quiere decir
gran cosa”.
Con un estilo
muy cercano al periodismo, el autor nos va narrando la
vida de aquel joven pistolero que tenía “mejillas
como las de una niña”, desde el momento en que
inició su carrera criminal en Silver City, matando con
un cortaplumas al hombre que piropeó a su madre, hasta
su muerte a manos del sheriff Garrett. “La
bala le dio al Kid en el pecho, encima del corazón,
cortándole la aorta. Billy cayó al suelo y se le oyó
respirar y toser (...) luego el silencio para siempre”.
El alcalde de
Fort Summer calificó la muerte de homicidio justificado
y el incidente quedó legalmente resuelto.
El mito de
aquel cuatrero siguió fascinando a artistas de medio
mundo:
el
compositor ruso Aaron Copland creó un ballet sobre el
forajido y las costumbres del salvaje oeste en 1938; 22
años antes de escribir la historia que lo encumbró
–“El paciente inglés”–
el cingalés
Michael
Ondaatje publicó la novela "The
Collected Works of Billy the Kid” (1970);
el pintor
Jacques Moitoret lo retrató con su habitual realismo e
incluso podemos recrear su vida con figuras de modelismo
en el juego “Legends of the Old West”.
El séptimo
arte no podía ser una excepción y la filmografía que
recrea la vida de el Niño es tan intensa que
incluye desde títulos de culto como la violenta versión
que rodó Sam Peckinpah –“Pat Garrett and Billy the
Kid”– en 1973, con el cantante Kris Kristofferson en
el papel del joven cuatrero, hasta películas de serie B
tan curiosas como “Billy el Niño contra Drácula”,
de 1965. Sin duda, una extraña vuelta de tuerca sobre la
leyenda del forajido.
Como era de
esperar, el mito necesitó rodearse del misterio de una
leyenda urbana y todavía hay quien piensa que el gatillo
más rápido del Oeste escapó de la muerte en Fort Summer
(1881) –compinchado con el propio sheriff Pat
Garrett– y que murió en Texas en 1950, después de vivir
medio siglo trabajando en los rodeos.
En cuanto al
otro protagonista de nuestra historia, Sender falleció
en San Diego (California) en 1982, poco tiempo después
de renunciar a la nacionalidad estadounidense pero sin
ver cumplido el sueño de regresar a su tierra.
