Abrió los
ojos creyéndose uno de esos personajes que él
inventaba cada noche antes de dormir. El Estigia se
extendía a los pies de la cama, la otra orilla era
imposible de verse ¿había que cruzarlo? Vio el reloj,
8:46 de la mañana ¿En qué año estamos? Quizás sea
1489, sí, casi logro escuchar con nitidez el año que
nos toca vivir, allá, allá se oye a los dominicos en
su andar por los caminos del Señor, buscando
infieles ¿vendrán por mí? claro que vienen por mí,
me buscan, quieren llevarme, ¿o pertenezco a ellos?
¿Será
2007? Si estamos en 2007 quiero morirme, no quiero
vivir ese año, no quiero, me rehúso salir a la calle
en ese año, respirar ese año, transpirar ese año,
morder ese año. Como quisiera que fuera 2016,
imagino que será un buen año, sí, deseo estar en ese
año, no en 1489 ni en 2007. Esto sería lo mejor que
podría pasar: salir corriendo a la calle y preguntar
a la primera persona que se encuentra ¿en qué año
estamos? y la persona confundida piensa en lo
confundido que está este tipo que no sabe en qué año
estamos… pero igual dice que en 2016 y soltar un
grito como cuando anota la selección nacional, y
tararear una canción, alguna canción alegre, alguna
canción que a lo mejor está de moda en ese año.
Se metía
debajo de la sábana y trataba de imaginar los días
que había pasado dormido y cuántas cosas se había
perdido, cosas que ahora ya no importan, están atrás,
no tuvo nada que ver con ello, simplemente estaba
dormido. Es el 2016, ya no se puede cambiar eso.
Sentía que
respiraba menos con cada segundo, el aire se volvía
denso, espeso, pero no quería ver qué pasaba allá
afuera, abrir los ojos y no ver es imposible, no
quería ver la habitación, no, porque el Estigia
seguía allí ¿qué significaba eso? nada, no significa
nada porque no estaba allí, simplemente no está.
Pregunta de examen final ¿Qué significa el Estigia
en su dormitorio en día de año nuevo de 2016?
Justifique su respuesta. Respuesta: No significa
nada, porque no está ahí.
Y si en
definitiva no era 2016 sino 2005 como lo hacía
sospechar su ansiedad. Para ese entonces empezaba a
sudar y a sufrir un leve mareo ¿leve? qué manía de
cuantificar las circunstancias o los hechos, aun los
más penosos, ¿qué más da si es un mareo leve, de
mediana importancia, gigantesco o comparable nada
más con la muerte? Eso no cambia el mareo ni lo hace
desaparecer, nada más lo califica, divide (y
vencerás), juzga, categoriza, crea clases, subgrupos,
aparecen los prejuicios y los perjurios, al final el
mareo es el mismo, no desaparece, se instala en un
pequeño agujerito en la cabeza esperando para volver
a salir, para hacerte la vida imposible, ¿leve mareo,
no? pues hoy voy a hacer que te lleve la legión de
putas por llamarme leve. Y el sudor no se detenía
pero no quería sacar los ojos.
Se sentó
en la cama haciéndose hacia atrás buscando el apoyo
de la pared en la espalda, se quedó allí, con la
cabeza debajo de la sábana, inclinada hacia la
derecha, descansando en la pared, como viendo la
ventana cerrada a través de la tela que le protegía
del exterior. Parecía que estaba esperando algo, de
alguna manera era eso, esperar — algo, esperar...algo,
esperar y de golpe algo, por eso parecía ver la
ventana en un extraño deseo por alguien que pasara y
le llamara por su nombre, tal vez que lo gritara, sí,
preferiblemente que gritara su nombre y lo sacara
por la ventana, que lo salvara de la habitación y de
aquella mañana, del Estigia y del sudor, alguien que
lo llevara a pasear y le mostrara la ciudad y le
dijera en el camino que nada ha cambiado, que la
ciudad es la misma, todo está en el sitio que estaba
la última vez que caminó por estas calles y las
calles son las mismas, las personas son las mismas,
las plazas son las mismas y el sol es el mismo y
entonces creyó que eso era todo, que eso necesitaba,
saber, enterarse, notar, ver que nada ha cambiado,
que todo sigue igual a pesar de todo, a pesar que
deseaba que todo cambiara también necesitaba que
algo siguiera igual, aquella necesidad de reconocer
algo ¿de reconocerse a sí mismo en algo? la
seguridad que provoca la familiaridad, lo conocido,
a pesar de lo fascinante que puede resultar lo nuevo
y desconocido, ¿pero es entonces la inmutabilidad o
el hábito o la simple comodidad? porque los hábitos,
hasta el más incómodo de ellos se vuelve hábito por
simple comodidad, ¿y por qué seguir fumando? porque
es más cómodo que intentar dejarlo, aunque el
intento de hacerlo pueda ser toda una aventura
calidad cinco estrellas, ¿pero es entonces la
inmutabilidad o el hábito? Como esa extraña punzada
que se siente al entrar en un bar, pedir algo para
beber y que toquen un disco que conocés muy bien,
que has escuchado esa tarde en tu casa, quizás hasta
dos veces, y de seguro lo vas a escuchar de nuevo al
regresar del bar, ¿por qué pedir entonces que toquen
ese disco? ¿para qué? porque podrías escucharlo más
tarde, pero te envuelve la angustia por sentir algo
en lo que te reconozcás a vos mismo, saber que
después de todo algunas cosas seguirán siendo
iguales a pesar de todo, a pesar de vos mismo
inclusive, claro ya había dicho a pesar de todo y
soy parte del todo ¿soy parte del todo? pertenezco a
esa masa amorfa y absoluta que llaman todo, el todo
o nada, porque si no se pertenece al todo se
pertenece a la nada y pertenecer a la nada te
convierte precisamente en eso, aunque pertenecer al
todo no te convierte de facto en un todo sino más
bien en parte de un todo, por un lado sos la nada,
por el otro, parte del todo, por un lado sos un
absoluto, nada, pero absoluto al fin, por el otro
una parcialidad ¿pero es que se puede ser una
parcialidad? Es como el cambio, aunque después de un
tiempo las cosas cambien surge la necesidad que algo
no lo haga, que algo cambie parcialmente o mejor
dicho que algo cambie pero que se mantenga
parcialmente igual ¿el qué? cualquier cosa, la cama
podría seguir siendo igual, la mujer que está a tu
lado en la cama podría ser la misma, el sabor de la
comida podría ser el mismo, o hasta los zapatos
podrían ser los mismos, o el disco que suena en un
bar podría ser el mismo que suena en tu casa y
aunque vos no seas el mismo, los zapatos o la cama o
el disco o hasta la mujer que está a tu lado en la
cama (la mujer más que los zapatos o la cama o el
disco) te dicen que sos la misma persona que anoche
apagó la luz a eso de las once y quince y no a las
dos de la mañana como es la costumbre, o que hoy
toma un ron en la barra del bar y no cerveza como es
la costumbre… ¿costumbre? o que empieza a leer el
periódico por la sección de deportes y no por la
sección de nacionales o que a las cinco de la tarde
pide un refresco de sandía y no un café o que se fue
anoche a la cama con el deseo de ser acompañado por
Daniela y no por Magdalena, pero el disco o los
zapatos te dicen que sos el mismo, entonces después
de todo nada ha cambiado y respirás tranquilo y el
sudor se va ¿es sudor esto?
Pero la
absurda necesidad de que algo no cambie, que sea
invariablemente constante... al menos parcialmente
igual ¿pero es que se puede ser una parcialidad? se
puede estar parcialmente cojo, o ser parcialmente
inteligente o razonable o ser parcialmente caro o
barato ¿se puede? Claro, pase adelante. Quizás no se
puede, porque no se puede estar parcialmente vivo o
parcialmente muerto ¿o sí? como tampoco se puede
odiar parcialmente a alguien o estar parcialmente
enamorado ¿Me amás? Parcialmente. Entonces preparate
para la bomba atómica.
Pero esa
necesidad de buscar algo que no cambie... un día
estás caminando por San Salvador y donde debería
estar la estatua ecuestre de Simón Bolívar está una
fea estatua de Hernández Martínez con una botella
llena de sus famosas aguas azules en una mano (mala
fama pero fama al fin) y un sable desenvainado en la
otra. ¿Dejaría San Salvador de serlo por eso? o es
que antes no era San Salvador pero ahora sí lo es...
después te vas al zoológico y donde debería estar el
hipopótamo hay un pequeño grupo de nutrias y en la
jaula del pavián lépero hay un oso hormiguero, en
lugar de los famélicos leones que dan lástima a la
primera, ves unos zorrillos hediondos pero creídos
(de la misma especie del Olis Olis Catrín que
mencionó Salarrué), en lugar de patos en la laguna
unas danesas de veinte años en bikini (o mejor en
trikini: collar anillo y pulsera) y en lugar de un
tigre bizco un leopardo de seis patas o con dos
colas ¿y por eso deja de ser zoológico?
Pero claro,
eso es fácil, sencillo, buscá algo que de verdad no
cambie a pesar del tiempo o sus habitantes o las
circunstancias, una ciudad o un zoológico no dejan
de ser ciudades o zoológicos por algunos cambios
digamos... cosméticos, pero otras cosas algo más
digamos...sustancial. ¿La ortografía? ahí está, una
trinchera para soportar los cambios, la letra h
será h y hará lo que tiene que hacer una h
y no lo que hace una y o una f y menos
todavía una w, entonces no cambia. Pero basta
con leer el capítulo 90 de Rayuela para que
te des cuenta que Cortázar deja ir un directo de
derecha justo al mentón, algunas palabras bastaron
para desmoronar tu muralla, tu torre de David (ruega
por nosotros), tu atalaya. Entonces la ortografía ya
no es tan segura...así te quería ver gran cabrón,
tentando aguado... entonces... la matemática, pues
claro, en dónde sino, cabal dijo Varela y le
faltaban 50 pesos, 3x + 5 = 4y/x + 2, en esta
habitación, allá afuera, en Guatemala, en Irlanda o
Lituania.
Ahí está
la débil barca que te ayudaría a cruzar el río, y
vos que nunca fuiste bueno para la matemática, menos
para las ecuaciones de dos incógnitas, ¡qué
pesadilla! Siempre pasabas la clase acariciando
mentalmente el pelo de Marcela y ella tan lejos, a
dos líneas y tres pupitres de distancia, con la
cabeza fija en el pizarrón, como debía ser, pero a
vos no te importaba ni el profesor ni la pizarra y
menos la ecuación, y sigue sin importarte, hoy más
que antes, pues sí, para saborear mis preocupaciones
no me interesa saber el valor de x o de y,
me basta y sobra sabiendo que son.
Se quitó
la sábana de la cabeza aunque seguía viendo hacia la
ventana cerrada, la matemática tampoco lo
tranquilizaba, el sudor no cedía...si todo fuera más
sencillo, si tan sólo se tratase de levantarse de la
cama y sentarse frente al televisor y quitarse la
pelusa del ombligo con el dedo índice derecho
mientras el pulgar hace punto de apoyo algunos
centímetros arriba del meollo. ¿Y si lo intentaba? ¿Qué
perdería? la televisión en día de año nuevo, de
ninguna manera, ver por televisión el Desfile de las
Rosas, en vivo y en directo desde Pasadena,
California ...no gracias. Desperdiciar un par de
horas viendo carrozas que no me dicen nada, y las
bandas escolares y los gringos con la boca abierta y
los latinos también y los asiáticos y todos creyendo
que eso les dice algo y verse de pronto en el
desfile, en una carroza o en una gringa que ve las
carrozas y sentía ganas de vomitar al verse así y la
gringa quería vomitar y fue tan sorpresivo que no le
dio tiempo ni de mover la cabeza y evitar al menos
que aquella repugnancia cayera sobre el gringuito de
seis años que miraba el desfile y que ahora está
cubierto de una pasta acuosa con restos de hot
cakes y una dona de vainilla y otros restos
irreconocibles y era como una pesadilla que ese niño
había tenido un par de meses atrás ¿Serán así las
pesadillas de un niño californiano de seis años? ¿Qué
soñará un gringo común y corriente de mi edad? Tal
vez, sólo tal vez, no sueñe con mujeres morenas de
pelo negro y largo, flotando encima de una cama, o
con una fila de doce mujeres rubias caminando
desnudas frente a una habitación, ni con un toro
violando a una pequeña venada en el centro de una
plaza de toros donde no hay juez de plaza, tampoco
con una mujer que tenés meses de no verla o saber
algo de ella pero está ahí, bañándose en topless
en un largo pasillo con paredes verdes de las
que cuelgan duchas que inundan el piso del pasillo
que no está hecho para ser baño sino para ser
pasillo y vos te estás bañando también en una de
esas duchas, a dos o tres metros de esa mujer que te
mira y sonríe. Tampoco creo que sueñen con una
Terminal en donde estás esperando a tu hijo con un
juguete barato y pensás “si al menos estuviera
envuelto no se vería tan feo” y despertás pensando
si tu hijo va a perdonar eso, aunque ese hijo no
exista, aunque nada más sea un sueño. ¿Soñarán cosas
así también?
Notó
entonces que el enladrillado de la habitación estaba
cubierto de vómito pero no con restos de hot
cakes y todo eso, era más bien una pasta negra,
asquerosa, inmunda, mal oliente. Si tan sólo pudiera
alcanzar el teléfono y llamar a alguien, si tan sólo
pudiera llamar a alguien, ¿a quién? ¿A Magdalena?
Imposible, no se atreve a llamarla en un día como
hoy, ¿por qué debería llamarla? ¿Quisiera ella
hablar con él a esas horas? ¿Debería llamarla sólo
por llamar? Y Magdalena desayunaba con sus padres y
su hermano acabando de regresar de misa los cuatro,
en una mesa llena de frutas y yogurt, adornada con
risas y comentarios propios de un desayuno de año
nuevo y Magdalena no pensaba en él, no pensaba en
nadie, nada más se preocupaba por beber jugo de
naranja y escuchar a su papá, y en si debería ir a
la playa por la tarde o debía esperar hasta mañana
por la mañana o si debería lavar el carro hoy o
mejor esperar al lunes después del viaje a la costa
y en si llamaría a Cecilia a las diez y media o
mejor a las once.
¿Y
Daniela? no tampoco, ni siquiera tenía su número, ¿cómo
llamarla? y Daniela también desayunaba a esa hora
pero sola, en su casa de playa, sola, con el mar
como espejo y la arena entre los dedos de sus pies
como plataforma para pensar en si era hora de
buscarse su vida lejos de aquí y dejar de jugar a
esa femme fatale que a veces odiaba tanto,
que a veces le daban ganas de colgar de la primera
saliente que encontrara en el camino, y si era así,
estaba en la hora exacta para tomar un avión a
cualquier parte... Wherever Airlines anuncia
la salida de su vuelo tal y tal con destino a
cualquier parte, pasajera por favor abordar...
pasajera… pasajera... pasajera en trance,
pasajera en tránsito perpetuo, cantaba y tomaba
jugo de naranja y se reía al imaginarse en
Praga o en Sevilla, quizás en Río de Janeiro o
Tijuana, y se reía más al verse ahí sentada cerca
del mar, a media hora de San Salvador.
Seguía
viendo la ventana cerrada, esperando que alguien
gritara su nombre y el Estigia seguía ahí,
esperándolo, ¿debía cruzarlo a nado y olvidarse de
esta orilla? ¿Cómo será la otra orilla? Y pensaba en
la otra orilla.
Miraba la
puerta del baño y le parecía tan lejana, tan
inalcanzable a esa hora ¿tan? Es que existe acaso un
superlativo de inalcanzable, algo que te diga que
una cosa es más inalcanzable que otra, si las
cosas son inalcanzables son inalcanzables, pero no
pueden ser más inalcanzables que otras cosas, si mis
pies fueran inalcanzables ¿sería más inalcanzable el
izquierdo que el derecho? El estado de
inalcanzabilidad es inalterable entonces, como x
o y. Lo inalcanzable es tan inmutable
como la matemática y viceversa, pero hay que ir al
baño y limpiar el vómito y hacer lo que hay que
hacer. ¿Es sudor esto? Se limpió el sudor de la
frente y vio que había sangre, de su frente brotaba
sangre a borbollones, ¿es que se había pegado un
tiro? No para el suicidio, bueno, para la muerte en
general, hay estar vivo antes y él estaba tan muerto...
¿tan?... ¿qué se puede estar más o menos muerto?...
Y el sol
seguía avanzando en el cielo.
