México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 









 

David Omar Juárez (El Salvador, 1978) Graduado de la licenciatura en Psicología por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” en San Salvador, en el año 2003. Ha publicado en el Suplemento Cultural Tres Mil de Diario CoLatino en San Salvador, y en las revistas estadounidenses Divisadero del departamento de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de San Francisco, y Lucero del departamento de Español y Portugués de la Universidad de Berkeley. También ha publicado en las revistas electrónicas de arte y literatura Letralia, La puerta azul, Destiempos, Los Noveles y Remolinos.

 

de entre los muchos infortunios que pueden aquejar al hombre,

los peores son los que provienen de la soledad.

Sergio Pitol, “Victorio Ferri cuenta un cuento”


 

Abrió los ojos creyéndose uno de esos personajes que él inventaba cada noche antes de dormir. El Estigia se extendía a los pies de la cama, la otra orilla era imposible de verse ¿había que cruzarlo? Vio el reloj, 8:46 de la mañana ¿En qué año estamos? Quizás sea 1489, sí, casi logro escuchar con nitidez el año que nos toca vivir, allá, allá se oye a los dominicos en su andar por los caminos del Señor, buscando infieles ¿vendrán por mí? claro que vienen por mí, me buscan, quieren llevarme, ¿o pertenezco a ellos?

¿Será 2007? Si estamos en 2007 quiero morirme, no quiero vivir ese año, no quiero, me rehúso salir a la calle en ese año, respirar ese año, transpirar ese año, morder ese año. Como quisiera que fuera 2016, imagino que será un buen año, sí, deseo estar en ese año, no en 1489 ni en 2007. Esto sería lo mejor que podría pasar: salir corriendo a la calle y preguntar a la primera persona que se encuentra ¿en qué año estamos? y la persona confundida piensa en lo confundido que está este tipo que no sabe en qué año estamos… pero igual dice que en 2016 y soltar un grito como cuando anota la selección nacional, y tararear una canción, alguna canción alegre, alguna canción que a lo mejor está de moda en ese año.

Se metía debajo de la sábana y trataba de imaginar los días que había pasado dormido y cuántas cosas se había perdido, cosas que ahora ya no importan, están atrás, no tuvo nada que ver con ello, simplemente estaba dormido. Es el 2016, ya no se puede cambiar eso.

Sentía que respiraba menos con cada segundo, el aire se volvía denso, espeso, pero no quería ver qué pasaba allá afuera, abrir los ojos y no ver es imposible, no quería ver la habitación, no, porque el Estigia seguía allí ¿qué significaba eso? nada, no significa nada porque no estaba allí, simplemente no está. Pregunta de examen final ¿Qué significa el Estigia en su dormitorio en día de año nuevo de 2016? Justifique su respuesta. Respuesta: No significa nada, porque no está ahí.

Y si en definitiva no era 2016 sino 2005 como lo hacía sospechar su ansiedad. Para ese entonces empezaba a sudar y a sufrir un leve mareo ¿leve? qué manía de cuantificar las circunstancias o los hechos, aun los más penosos, ¿qué más da si es un mareo leve, de mediana importancia, gigantesco o comparable nada más con la muerte? Eso no cambia el mareo ni lo hace desaparecer, nada más lo califica, divide (y vencerás), juzga, categoriza, crea clases, subgrupos, aparecen los prejuicios y los perjurios, al final el mareo es el mismo, no desaparece, se instala en un pequeño agujerito en la cabeza esperando para volver a salir, para hacerte la vida imposible, ¿leve mareo, no? pues hoy voy a hacer que te lleve la legión de putas por llamarme leve. Y el sudor no se detenía pero no quería sacar los ojos.

Se sentó en la cama haciéndose hacia atrás buscando el apoyo de la pared en la espalda, se quedó allí, con la cabeza debajo de la sábana, inclinada hacia la derecha, descansando en la pared, como viendo la ventana cerrada a través de la tela que le protegía del exterior. Parecía que estaba esperando algo, de alguna manera era eso, esperar — algo, esperar...algo, esperar y de golpe algo, por eso parecía ver la ventana en un extraño deseo por alguien que pasara y le llamara por su nombre, tal vez que lo gritara, sí, preferiblemente que gritara su nombre y lo sacara por la ventana, que lo salvara de la habitación y de aquella mañana, del Estigia y del sudor, alguien que lo llevara a pasear y le mostrara la ciudad y le dijera en el camino que nada ha cambiado, que la ciudad es la misma, todo está en el sitio que estaba la última vez que caminó por estas calles y las calles son las mismas, las personas son las mismas, las plazas son las mismas y el sol es el mismo y entonces creyó que eso era todo, que eso necesitaba, saber, enterarse, notar, ver que nada ha cambiado, que todo sigue igual a pesar de todo, a pesar que deseaba que todo cambiara también necesitaba que algo siguiera igual, aquella necesidad de reconocer algo ¿de reconocerse a sí mismo en algo? la seguridad que provoca la familiaridad, lo conocido, a pesar de lo fascinante que puede resultar lo nuevo y desconocido, ¿pero es entonces la inmutabilidad o el hábito o la simple comodidad? porque los hábitos, hasta el más incómodo de ellos se vuelve hábito por simple comodidad, ¿y por qué seguir fumando? porque es más cómodo que intentar dejarlo, aunque el intento de hacerlo pueda ser toda una aventura calidad cinco estrellas, ¿pero es entonces la inmutabilidad o el hábito? Como esa extraña punzada que se siente al entrar en un bar, pedir algo para beber y que toquen un disco que conocés muy bien, que has escuchado esa tarde en tu casa, quizás hasta dos veces, y de seguro lo vas a escuchar de nuevo al regresar del bar, ¿por qué pedir entonces que toquen ese disco? ¿para qué? porque podrías escucharlo más tarde, pero te envuelve la angustia por sentir algo en lo que te reconozcás a vos mismo, saber que después de todo algunas cosas seguirán siendo iguales a pesar de todo, a pesar de vos mismo inclusive, claro ya había dicho a pesar de todo y soy parte del todo ¿soy parte del todo? pertenezco a esa masa amorfa y absoluta que llaman todo, el todo o nada, porque si no se pertenece al todo se pertenece a la nada y pertenecer a la nada te convierte precisamente en eso, aunque pertenecer al todo no te convierte de facto en un todo sino más bien en parte de un todo, por un lado sos la nada, por el otro, parte del todo, por un lado sos un absoluto, nada, pero absoluto al fin, por el otro una parcialidad ¿pero es que se puede ser una parcialidad? Es como el cambio, aunque después de un tiempo las cosas cambien surge la necesidad que algo no lo haga, que algo cambie parcialmente o mejor dicho que algo cambie pero que se mantenga parcialmente igual ¿el qué? cualquier cosa, la cama podría seguir siendo igual, la mujer que está a tu lado en la cama podría ser la misma, el sabor de la comida podría ser el mismo, o hasta los zapatos podrían ser los mismos, o el disco que suena en un bar podría ser el mismo que suena en tu casa y aunque vos no seas el mismo, los zapatos o la cama o el disco o hasta la mujer que está a tu lado en la cama (la mujer más que los zapatos o la cama o el disco) te dicen que sos la misma persona que anoche apagó la luz a eso de las once y quince y no a las dos de la mañana como es la costumbre, o que hoy toma un ron en la barra del bar y no cerveza como es la costumbre… ¿costumbre? o que empieza a leer el periódico por la sección de deportes y no por la sección de nacionales o que a las cinco de la tarde pide un refresco de sandía y no un café o que se fue anoche a la cama con el deseo de ser acompañado por Daniela y no por Magdalena, pero el disco o los zapatos te dicen que sos el mismo, entonces después de todo nada ha cambiado y respirás tranquilo y el sudor se va ¿es sudor esto?

Pero la absurda necesidad de que algo no cambie, que sea invariablemente constante... al menos parcialmente igual ¿pero es que se puede ser una parcialidad? se puede estar parcialmente cojo, o ser parcialmente inteligente o razonable o ser parcialmente caro o barato ¿se puede? Claro, pase adelante. Quizás no se puede, porque no se puede estar parcialmente vivo o parcialmente muerto ¿o sí? como tampoco se puede odiar parcialmente a alguien o estar parcialmente enamorado ¿Me amás? Parcialmente. Entonces preparate para la bomba atómica.

Pero esa necesidad de buscar algo que no cambie... un día estás caminando por San Salvador y donde debería estar la estatua ecuestre de Simón Bolívar está una fea estatua de Hernández Martínez con una botella llena de sus famosas aguas azules en una mano (mala fama pero fama al fin) y un sable desenvainado en la otra. ¿Dejaría San Salvador de serlo por eso? o es que antes no era San Salvador pero ahora sí lo es... después te vas al zoológico y donde debería estar el hipopótamo hay un pequeño grupo de nutrias y en la jaula del pavián lépero hay un oso hormiguero, en lugar de los famélicos leones que dan lástima a la primera, ves unos zorrillos hediondos pero creídos (de la misma especie del Olis Olis Catrín que mencionó Salarrué), en lugar de patos en la laguna unas danesas de veinte años en bikini (o mejor en trikini: collar anillo y pulsera) y en lugar de un tigre bizco un leopardo de seis patas o con dos colas ¿y por eso deja de ser zoológico?

Pero claro, eso es fácil, sencillo, buscá algo que de verdad no cambie a pesar del tiempo o sus habitantes o las circunstancias, una ciudad o un zoológico no dejan de ser ciudades o zoológicos por algunos cambios digamos... cosméticos, pero otras cosas algo más digamos...sustancial. ¿La ortografía? ahí está, una trinchera para soportar los cambios, la letra h será h y hará lo que tiene que hacer una h y no lo que hace una y o una f y menos todavía una w, entonces no cambia. Pero basta con leer el capítulo 90 de Rayuela para que te des cuenta que Cortázar deja ir un directo de derecha justo al mentón, algunas palabras bastaron para desmoronar tu muralla, tu torre de David (ruega por nosotros), tu atalaya. Entonces la ortografía ya no es tan segura...así te quería ver gran cabrón, tentando aguado... entonces... la matemática, pues claro, en dónde sino, cabal dijo Varela y le faltaban 50 pesos, 3x + 5 = 4y/x + 2, en esta habitación, allá afuera, en Guatemala, en Irlanda o Lituania.

Ahí está la débil barca que te ayudaría a cruzar el río, y vos que nunca fuiste bueno para la matemática, menos para las ecuaciones de dos incógnitas, ¡qué pesadilla! Siempre pasabas la clase acariciando mentalmente el pelo de Marcela y ella tan lejos, a dos líneas y tres pupitres de distancia, con la cabeza fija en el pizarrón, como debía ser, pero a vos no te importaba ni el profesor ni la pizarra y menos la ecuación, y sigue sin importarte, hoy más que antes, pues sí, para saborear mis preocupaciones no me interesa saber el valor de x o de y, me basta y sobra sabiendo que son.

Se quitó la sábana de la cabeza aunque seguía viendo hacia la ventana cerrada, la matemática tampoco lo tranquilizaba, el sudor no cedía...si todo fuera más sencillo, si tan sólo se tratase de levantarse de la cama y sentarse frente al televisor y quitarse la pelusa del ombligo con el dedo índice derecho mientras el pulgar hace punto de apoyo algunos centímetros arriba del meollo. ¿Y si lo intentaba? ¿Qué perdería? la televisión en día de año nuevo, de ninguna manera, ver por televisión el Desfile de las Rosas, en vivo y en directo desde Pasadena, California ...no gracias. Desperdiciar un par de horas viendo carrozas que no me dicen nada, y las bandas escolares y los gringos con la boca abierta y los latinos también y los asiáticos y todos creyendo que eso les dice algo y verse de pronto en el desfile, en una carroza o en una gringa que ve las carrozas y sentía ganas de vomitar al verse así y la gringa quería vomitar y fue tan sorpresivo que no le dio tiempo ni de mover la cabeza y evitar al menos que aquella repugnancia cayera sobre el gringuito de seis años que miraba el desfile y que ahora está cubierto de una pasta acuosa con restos de hot cakes y una dona de vainilla y otros restos irreconocibles y era como una pesadilla que ese niño había tenido un par de meses atrás ¿Serán así las pesadillas de un niño californiano de seis años? ¿Qué soñará un gringo común y corriente de mi edad? Tal vez, sólo tal vez, no sueñe con mujeres morenas de pelo negro y largo, flotando encima de una cama, o con una fila de doce mujeres rubias caminando desnudas frente a una habitación, ni con un toro violando a una pequeña venada en el centro de una plaza de toros donde no hay juez de plaza, tampoco con una mujer que tenés meses de no verla o saber algo de ella pero está ahí, bañándose en topless en un largo pasillo con paredes verdes de las que cuelgan duchas que inundan el piso del pasillo que no está hecho para ser baño sino para ser pasillo y vos te estás bañando también en una de esas duchas, a dos o tres metros de esa mujer que te mira y sonríe. Tampoco creo que sueñen con una Terminal en donde estás esperando a tu hijo con un juguete barato y pensás “si al menos estuviera envuelto no se vería tan feo” y despertás pensando si tu hijo va a perdonar eso, aunque ese hijo no exista, aunque nada más sea un sueño. ¿Soñarán cosas así también?
 

Notó entonces que el enladrillado de la habitación estaba cubierto de vómito pero no con restos de hot cakes y todo eso, era más bien una pasta negra, asquerosa, inmunda, mal oliente. Si tan sólo pudiera alcanzar el teléfono y llamar a alguien, si tan sólo pudiera llamar a alguien, ¿a quién? ¿A Magdalena? Imposible, no se atreve a llamarla en un día como hoy, ¿por qué debería llamarla? ¿Quisiera ella hablar con él a esas horas? ¿Debería llamarla sólo por llamar? Y Magdalena desayunaba con sus padres y su hermano acabando de regresar de misa los cuatro, en una mesa llena de frutas y yogurt, adornada con risas y comentarios propios de un desayuno de año nuevo y Magdalena no pensaba en él, no pensaba en nadie, nada más se preocupaba por beber jugo de naranja y escuchar a su papá, y en si debería ir a la playa por la tarde o debía esperar hasta mañana por la mañana o si debería lavar el carro hoy o mejor esperar al lunes después del viaje a la costa y en si llamaría a Cecilia a las diez y media o mejor a las once.

¿Y Daniela? no tampoco, ni siquiera tenía su número, ¿cómo llamarla? y Daniela también desayunaba a esa hora pero sola, en su casa de playa, sola, con el mar como espejo y la arena entre los dedos de sus pies como plataforma para pensar en si era hora de buscarse su vida lejos de aquí y dejar de jugar a esa femme fatale que a veces odiaba tanto, que a veces le daban ganas de colgar de la primera saliente que encontrara en el camino, y si era así, estaba en la hora exacta para tomar un avión a cualquier parte... Wherever Airlines anuncia la salida de su vuelo tal y tal con destino a cualquier parte, pasajera por favor abordar... pasajera… pasajera... pasajera en trance, pasajera en tránsito perpetuo, cantaba y tomaba jugo de naranja y se reía al imaginarse en Praga o en Sevilla, quizás en Río de Janeiro o Tijuana, y se reía más al verse ahí sentada cerca del mar, a media hora de San Salvador.

Seguía viendo la ventana cerrada, esperando que alguien gritara su nombre y el Estigia seguía ahí, esperándolo, ¿debía cruzarlo a nado y olvidarse de esta orilla? ¿Cómo será la otra orilla? Y pensaba en la otra orilla.

Miraba la puerta del baño y le parecía tan lejana, tan inalcanzable a esa hora ¿tan? Es que existe acaso un superlativo de inalcanzable, algo que te diga que una cosa es más inalcanzable que otra, si las cosas son inalcanzables son inalcanzables, pero no pueden ser más inalcanzables que otras cosas, si mis pies fueran inalcanzables ¿sería más inalcanzable el izquierdo que el derecho? El estado de inalcanzabilidad es inalterable entonces, como x o y. Lo inalcanzable es tan inmutable como la matemática y viceversa, pero hay que ir al baño y limpiar el vómito y hacer lo que hay que hacer. ¿Es sudor esto? Se limpió el sudor de la frente y vio que había sangre, de su frente brotaba sangre a borbollones, ¿es que se había pegado un tiro? No para el suicidio, bueno, para la muerte en general, hay estar vivo antes y él estaba tan muerto... ¿tan?... ¿qué se puede estar más o menos muerto?...

Y el sol seguía avanzando en el cielo.


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