
Negra es la
espuma en la gruta del féretro.
Mientras la
mujer que bebe alcohol se postra, su sombra ríe,
aplastando lo que queda de su roto perfil. Pero nada se
mueve entre sus venas.
Afuera, los
bóvidos rumian su diaria ración, con ojos lacrimales.
Parecen ásperos recuerdos remasticados, en cada
tiritación de sus mandíbulas y en cada chisgueteo de sus
colas contra los insectos.
Afuera, una
mascarada de sol repleta el aire.
Afuera, la
plétora de las vides u olmos agitando su savia.
Pero ahí,
donde la agria mujer se niega a llorar, horrible, como
un pan sucio, está la nube de tizne que se cierne para
siempre sobre el laqueado ataúd.

La muerte
estruja su ganglioma
y un eructo de
piedras
crepita,
lluvia,
en el asfalto.
No hay
sarcófago ni lecho
ni aullido
ni silencio:
sólo el pasar del viento..

Chispea, ojo
de sol,
la fogata
en la noche de
grillos
y de búhos

Ríe y piensa,
y no te canses
hoy de ser humano.
Oye el jadeo
del viento.
Oye el mugir
de los trenes.
Oye cómo puja
la madre
con el
niño saliendo
entre las
piernas.
Y oye caer la
noche...
y esplender el
alba


Breve como un
tifón,
los
colmillos del sueño
atraviesan el
oscuro órdago de la ira:
Púas y
ponzoñas,
aire
atosigado
redañado,
sobre la piel,
mi piel
que no
cesa de agrietarse.
(Canta el ave
su soledosa
melodía
acariciando
las colinas
perladas de
amapolas...)
(Aquella brisa del mar
que rampa,
también canta, fría,
y, lenitiva,
austera, expande su perfume...).

Arrugada,
tu sombra,
llora al final
del día.

Hiede tu
corazón,
peñón de
hidra.
En tu
corrugada tez
la galería
seca de tus gestos agrios.
Sólo el fulgor
de carbón
de tus ojos
horada el
pedernal de la noche.
Tú no tienes
un nombre,
y tu alma
ambula en el pozo del ser
gimiendo como
hiena.

Para gritar
sólo tiene la
piedra árida
de su pecho:
homúnculo
sapiente
que orada su
sarcófago.
Para gritar
sólo le quedan
coaguladas
su clepsidra,
su dimensión,
su aire.
En el estío
eterno,
solo le quedan
los ronquidos
pedregosos
de agonía.

Aullidos de
granizo
por los campos
resecos,
aullidos como
torpes dientes chocando contra el vidrio,
sobre el
silencio de las tumbas
de los muertos
sin nombre.
Yo no jamás
sabría
cómo vivir si
no viera
en la tundra
silente
emerger
pertinaces, lentas,
las raíces de
la ira.

Nuestras
sombras
ahítas,
entrelazadas,
luchan aún al
final del día.
Sudores de
veneno y sangre,
de polvo
urticario,
de pez espesa
y nervaduras de malaquita,
en sus
cabelleras de fuego.
Un olor a
clepsidra y ámbar rosa
entre nuestros
poros
desflecan a
nuestras aguerridas sombras
que,
testarudas, súcubus suicidas,
siguen
luchando con su hambre de sol.
Mas siempre,
gladiadoras, ternes,
nocturnas y
maleables,
entre los
vapores del humus
