México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 








 

La paciencia es y será siempre la clave de tu ignorado destino.

 

 Feliciano Mejía Hidalgo. Escritor de nacionalidad peruano-francesa, hizo estudios superiores en la Universidad San Marcos de Lima, Le-Mirail de Toulouse, La Sorbonne de París y la de Caen. En once giras internacionales ha participado en diversos encuentros y certámenes como los festivales de Utrech, (Holanda), Hessen (Alemania), Los Ángeles (Estados Unidos), Rodes y Toulouse (Francia), Corumbá (Brasil). Alunas publicaciones: Poemas racionales, Tiro de Gracia,Círculo de fuego, Kantuta negra, El País de los sueños, Katunta roja. Ediciones Altazor, Lima, abril 2006

 

Negra es la espuma en la gruta del féretro.

Mientras la mujer que bebe alcohol se postra, su sombra ríe, aplastando lo que queda de su roto perfil. Pero nada se mueve entre sus venas.

Afuera, los bóvidos rumian su diaria ración, con ojos lacrimales. Parecen ásperos recuerdos remasticados, en cada tiritación de sus mandíbulas y en cada chisgueteo de sus colas contra los insectos.

Afuera, una mascarada de sol repleta el aire.

Afuera, la plétora de las vides u olmos agitando su savia.

Pero ahí, donde la agria mujer se niega a llorar, horrible, como un pan sucio, está la nube de tizne que se cierne para siempre sobre el laqueado ataúd.


La muerte estruja su ganglioma

y un eructo de piedras

crepita, lluvia,

en el asfalto.

No hay sarcófago ni lecho

ni aullido

ni silencio: sólo el pasar del viento..

Chispea, ojo de sol,

la fogata

en la noche de grillos

y de búhos

Ríe y piensa,

y no te canses hoy de ser humano.
 

Oye el jadeo del viento.

Oye el mugir de los trenes.

Oye cómo puja la madre

con el niño saliendo

entre las piernas.
 

Y oye caer la noche...

y esplender el alba

 

 

Breve como un tifón,

los colmillos del sueño

atraviesan el oscuro órdago de la ira:

Púas y ponzoñas,

aire atosigado

redañado,

sobre la piel, mi piel

que no cesa de agrietarse.
 

(Canta el ave

su soledosa melodía

acariciando las colinas

perladas de amapolas...)


(Aquella brisa del mar

que rampa, también canta, fría,

y, lenitiva, austera, expande su perfume...).

 

 

 

Arrugada,

tu sombra,

llora al final del día.

Hiede tu corazón,

peñón de hidra.
 

En tu corrugada tez

la galería seca de tus gestos agrios.
 

Sólo el fulgor de carbón

de tus ojos

horada el pedernal de la noche.
 

Tú no tienes un nombre,

y tu alma ambula en el pozo del ser

gimiendo como hiena.
 

 

Para gritar

sólo tiene la piedra árida

de su pecho:

homúnculo sapiente

que orada su sarcófago.
 

Para gritar

sólo le quedan coaguladas

su clepsidra,

su dimensión,

su aire.
 

En el estío

eterno,

solo le quedan

los ronquidos pedregosos

de agonía.


 

Aullidos de granizo

por los campos resecos,

aullidos como torpes dientes chocando contra el vidrio,

sobre el silencio de las tumbas

de los muertos sin nombre.
 

Yo no jamás sabría

cómo vivir si no viera

en la tundra silente

emerger pertinaces, lentas,

las raíces de la ira.

 


 

Nuestras sombras

ahítas,

entrelazadas,

luchan aún al final del día.

 

Sudores de veneno y sangre,

de polvo urticario,

de pez espesa y nervaduras de malaquita,

en sus cabelleras de fuego.
 

Un olor a clepsidra y ámbar rosa

entre nuestros poros

desflecan a nuestras aguerridas sombras

que, testarudas, súcubus suicidas,

siguen luchando con su hambre de sol.
 

Mas siempre, gladiadoras, ternes,

nocturnas y maleables,

entre los vapores del humus

 

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 8 I  2007 ©

volver al índice  

 

 

 

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved