México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 








 

Harol Gastelú Palomino, profesor de arte y escritor nacido en 1968 en Huancavelica, Perú. Ha publicado el libro de cuentos Historias urbanas (Premio Nacional Horacio 2004). Acaba de obtener el primer lugar en el concurso de cuentos organizado por la Feria del Libro de Trujillo (Perú).

 

Don Agustín aguzó los oídos: sí, alguien estaba llorando. El llanto salía del 5º C. El salón de miss Martha. Era un llanto lastimero, como el llanto de una criatura, de una pobre criaturita. Miss Martha ha dejado a una alumnita con llave, pensó, mientras iba hacia el último salón del pabellón. El llanto se intensificó. Pobre niña, estaría asustada de estar solita.

Ya voy, niña, no te asustes –dijo el guardián, yendo lo más rápido posible que le permitía su baldado pie izquierdo.

¿Cómo pudo miss Martha olvidar a una alumna dentro del salón? Seguramente por salir apurada. Quizá tendría su cita con el psiquiatra. Mañana la directora la iba a mandar de frente a la Ugel. Era bien fregada la tía Alicia.

Otra vez el llanto.

Ya voy, niña, no te asustes, ahorita te abro –dijo, buscando la llave del 5º C –. Espera un segundo.

¿Dónde diablos estaba esa bendita llave? La niña estaría muriéndose de miedo. Qué tonta miss Martha. Olvidar a una alumna dentro del salón. Mañana los padres de familia la iban a linchar. Eran fregados los padres del Independencia. ¿Qué alumna sería? Las más traviesas del 5º C eran Angie, Evelyn y Ximenita. Las famosas niñas terremoto.

Ya voy, niña –repitió don Agustín, mientras luchaba con la cerradura. Justo ahora la puerta no se abría. En qué momento tenía que malograrse la chapa. Puerta de mierda. Se acordó que los fluorescentes de ese salón se habían quemado hace tiempo y hasta ahora no los habían cambiado. La pobre niña estaría temblando de miedo en la oscuridad.

¿Y si era una alumna malcriada? Por gusto tampoco se castigaba a las alumnas. Angie era demasiado traviesa, por ejemplo, y Evelyn peor. Y ni hablar de Ximenita. No sé cómo las soportaba la pobre miss Martha sin volverse loca. Quién podía aguantar a esos demonios. Pequeñas brujas. Cómo se burlaban de él, de su pobre pie izquierdo. Don Agustín, usted es el próximo campeón de los cien metros planos, le decían. Usted es como el dólar, don Agustín: sube y baja. Y él callado nomás.

El llanto se intensificó.

Ya voy, niña, no te asustes. Un momentito.

La directora se iba a morir de cólera. Era bien fregada miss Chichón de elefante. Podía jurar que iba a poner a la pobre miss Martha a disposición de la Ugel, o esperar a fin de año para declararla excedente. Miss Pitufa era capaz de cualquier cosa con tal de quedar bien con los padres de familia. ¿Tenía miedo de que la sacaran igual que a miss Caycho? A la pobre ex directora la habían botado peor que a un perro, y eso que ella fue quien gestionó el aula de innovación pedagógica para el Independencia, el comedor para las pobres niñas desnutridas del colegio, la construcción del laboratorio y la biblioteca en el pampón adyacente. Pobre miss Martha. Ni se imaginaba lo que le esperaba el lunes. Miss Chaturri era peor que un perro con rabia cuando se enojaba.

Otra vez el llanto.

Ya voy, niña, espera un momento.

Pobre criatura. Se habría quedado dormidita y cuando despertó en un lugar extraño y oscuro como la boca de un lobo cómo se habrá asustado. De noche el colegio parecía un cementerio. Las alumnas eran quienes daban vida, con sus gritos y juegos, al colegio. Aunque algunas ya se pasaban de la raya.

Al fin la puerta se abrió. El llanto cesó.

No te asustes, niña, soy don Agustín –dijo, hablándole a la oscuridad y al silencio–. Ven para llevarte a tu casa.

Nadie le respondió. Ese silencio daba miedo. Hasta él estaba un poco asustado. La niña estaría peor. Dio un par de pasos en la oscuridad. Lanzó una maldición al chocar con una carpeta.

¿Angie?

Silencio.

¿Evelyn?

Silencio.

No te asustes, niña. Don Agustín será cojo, pero no come.

Silencio.

Ven, niña, vamos a tu casa. Tus padres deben estar preocupados.

Silencio.

Niña, soy don Agustín, el guardián del colegio. ¿No me reconoces?

Nadie le respondió.

Escuchó un ruido por el escritorio de la profesora. ¿Y si era miss Martha? Se acordó que la profesora lloraba bastante cuando estuvo mal de la cabeza. De repente había sufrido una recaída. O quizá se quedó a corregir exámenes y el cansancio la venció y se quedó dormida y doña Cristina le echó llave sin darse cuenta.

Miss Martha, soy don Agustín.

Nada.

Soy el guardián del colegio, miss Martha.

Avanzó en la oscuridad hasta la esquina donde estaba el escritorio de miss Martha y no encontró a nadie.

Escuchó unos pasos que se alejaban de prisa por el corredor. Diablos, la niña se le había escabullido. Salió del salón, vio una sombra doblando hacia la salida.

¡Hey, niña, espera!

Salió al patio principal del Independencia. Oteó cada rincón del colegio devorado por la penumbra. No había nadie. ¿Se habría escondido detrás del quiosco? Llamó sin obtener respuesta. Estaría asustada la pobrecita. Empezó a buscarla. Nada. No había nadie. ¿Dónde más podría esconderse? ¡Ximenita, Angie, Evelyn! Nada. ¿Acaso le tendrían miedo? Nadie le tenía miedo a él, al contrario, se paraban burlando de su defecto. ¡Para llevarte a tu casa, niña! Nada. Nadie. De repente había subido al segundo piso o escondido en los jardines. No se atrevía a buscar por esos lugares. Empezaba a sentir miedo.

¿Y si avisaba a la directora?: miss Martha ha dejado encerrada a una de sus alumnitas. ¿Y recién a estas horas me avisa, don Agustín? Es que recién me he dado cuenta, señora directora. Pero si era una alumna, ¿por qué no habían venido sus padres a buscarla? Seguro que era miss Martha. Tal vez se había tomado un diazepán para calmar sus nervios y se pasó de dosis y se quedó dormida. Pobre miss Martha. Quién aguantaba a sus alumnas sin volverse loca.

Escuchó otra vez el llanto. Un llanto sordo, contenido. Aguzó los oídos. Ahora lloraban en el baño de profesoras. Sí, de allí salían los gemidos. Seguro que era miss Martha. Se quedó corrigiendo los exámenes trimestrales, el cansancio la venció, se quedó dormida, despertó en la oscuridad, se asustó y vuelta su ataque de nervios. Seguro que era ella, por eso ningún padre de familia había venido a buscar a su hija. En casa de la profesora estarían pensando que había ido con sus colegas a alguna reunión y ya llegaría en cualquier momento. Era fin de mes. Los profesores siempre salían a divertirse el fin de mes.

Ya voy, miss Martha.

Se dirigió al baño de profesoras. Uff, cansaba caminar. ¿No sería mejor dar aviso a la directora de una vez? Podría meterse en problemas. De repente miss Martha lo acusaba de algo en su locura, o algún padre podría reclamar si veía salir del colegio a la profesora a esas horas de la noche. Con que don Agustín tenía su encanto, ¿no? Bien guardadito se tenía lo de la profesora, don Agustín. Pero mejor no, miss Pequeña Lulú era bien fregada, ahora que estaba a cargo de la dirección se le habían subido los humos. Mejor que miss Martha se fuera a su casa calladita nomás para que la tía no la pusiera a disposición de la Ugel.

Miss Martha, soy don Agustín –llamó desde la puerta de los servicios.

Nadie le contestó.

Para acompañarla a su casa, miss Martha. Su familia debe estar preocupada por usted. Ya es bien tarde.

Escuchó que orinaban.

Profesora Martha, no estoy jugando. Se va a meter en problemas con la directora. Usted sabe cómo es miss Pitufa.

Nada.

Voy a entrar, profesora Martha, así es que súbase el calzón.

Menos mal que allí sí había luz. Buscó en los compartimientos pero no encontró a nadie. Mierda, la profesora se estaba pasando de la raya, está bien que uno sea cojito, pero nadie tenía derecho a burlarse de su prójimo. En una taza había restos de sangre. Agg, encima de loca, la profesora era una cochina. Tiró de la cadena y salió de los servicios justo en el instante en que se fue la luz. Diablos, se había volado el plomo.

El colegio estaba sumido en la más completa oscuridad, una oscuridad que le hacía rechinar los dientes.

Lo mejor sería avisarle a la directora antes de meterse en serios problemas. Creo que la señorita Martha se ha quedado dormida en el colegio, señora directora. Parece que de nuevo le ha dado su locura.

Todavía escuchó el llanto cuando estaba por el portón de salida, pero no le hizo caso.

Estaba bajando por la avenida Latinoamérica, cuando vio a un grupo de personas por la altura de la llamada Curva del Diablo. De más cerca los reconoció. Eran los profesores. Seguro que se habían ido a bailar y tomar marginando a la pobre miss Martha. Con razón estaba un poco mal de la cabeza. Ella también tenía derecho a divertirse, ¿no?

Cuando estuvo a un par de metros del grupo, reconoció a la profesora del 5º C. Miss Martha estaba mareada y reía feliz.

¿A dónde va el futuro campeón de los cien metros planos a estas horas? –le dijeron a modo de saludo.

Dijo que a la farmacia porque le dolía un poco el estómago.

Lo que a usted le hace falta es un diazepán de un millón para que duerma como un angelito, futuro campeón.

Don Agustín se limitó a sonreír y continuó su camino arrastrando su pie izquierdo. Hasta sus oídos le llegó la risita burlona de miss Martha.

 

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