
Harol Gastelú Palomino,
profesor de arte y escritor nacido en 1968 en
Huancavelica, Perú. Ha publicado el libro de cuentos
Historias urbanas (Premio Nacional Horacio 2004).
Acaba de obtener el primer lugar en el concurso de
cuentos organizado por la Feria del Libro de Trujillo
(Perú).

Don Agustín aguzó
los oídos: sí, alguien estaba llorando. El llanto salía del
5º C. El salón de miss Martha. Era un llanto
lastimero, como el llanto de una criatura, de una pobre
criaturita. Miss Martha ha dejado a una alumnita con
llave, pensó, mientras iba hacia el último salón del
pabellón. El llanto se intensificó. Pobre niña, estaría
asustada de estar solita.
–Ya voy, niña, no
te asustes –dijo el guardián, yendo lo más rápido posible
que le permitía su baldado pie izquierdo.
¿Cómo pudo miss
Martha olvidar a una alumna dentro del salón? Seguramente
por salir apurada. Quizá tendría su cita con el psiquiatra.
Mañana la directora la iba a mandar de frente a la Ugel. Era
bien fregada la tía Alicia.
Otra vez el llanto.
–Ya voy, niña, no
te asustes, ahorita te abro –dijo, buscando la llave del 5º
C –. Espera un segundo.
¿Dónde diablos
estaba esa bendita llave? La niña estaría muriéndose de
miedo. Qué tonta miss Martha. Olvidar a una alumna
dentro del salón. Mañana los padres de familia la iban a
linchar. Eran fregados los padres del Independencia. ¿Qué
alumna sería? Las más traviesas del 5º C eran Angie, Evelyn
y Ximenita. Las famosas niñas terremoto.
–Ya voy, niña –repitió
don Agustín, mientras luchaba con la cerradura. Justo ahora
la puerta no se abría. En qué momento tenía que malograrse
la chapa. Puerta de mierda. Se acordó que los fluorescentes
de ese salón se habían quemado hace tiempo y hasta ahora no
los habían cambiado. La pobre niña estaría temblando de
miedo en la oscuridad.
¿Y si era una
alumna malcriada? Por gusto tampoco se castigaba a las
alumnas. Angie era demasiado traviesa, por ejemplo, y Evelyn
peor. Y ni hablar de Ximenita. No sé cómo las soportaba la
pobre miss Martha sin volverse loca. Quién podía
aguantar a esos demonios. Pequeñas brujas. Cómo se burlaban
de él, de su pobre pie izquierdo. Don Agustín, usted es el
próximo campeón de los cien metros planos, le decían. Usted
es como el dólar, don Agustín: sube y baja. Y él callado
nomás.
El llanto se
intensificó.
–Ya
voy, niña, no te asustes. Un momentito.
La directora se
iba a morir de cólera. Era bien fregada miss Chichón de
elefante. Podía jurar que iba a poner a la pobre miss
Martha a disposición de la Ugel, o esperar a fin de año para
declararla excedente. Miss Pitufa era capaz de
cualquier cosa con tal de quedar bien con los padres de
familia. ¿Tenía miedo de que la sacaran igual que a miss
Caycho? A la pobre ex directora la habían botado peor que a
un perro, y eso que ella fue quien gestionó el aula de
innovación pedagógica para el Independencia, el comedor para
las pobres niñas desnutridas del colegio, la construcción
del laboratorio y la biblioteca en el pampón adyacente.
Pobre miss Martha. Ni se imaginaba lo que le esperaba
el lunes. Miss Chaturri era peor que un perro con
rabia cuando se enojaba.
Otra vez el llanto.
–Ya
voy, niña, espera un momento.
Pobre criatura. Se
habría quedado dormidita y cuando despertó en un lugar
extraño y oscuro como la boca de un lobo cómo se habrá
asustado. De noche el colegio parecía un cementerio. Las
alumnas eran quienes daban vida, con sus gritos y juegos, al
colegio. Aunque algunas ya se pasaban de la raya.
Al fin la puerta
se abrió. El llanto cesó.
–No te asustes,
niña, soy don Agustín –dijo, hablándole a la oscuridad y al
silencio–. Ven para llevarte a tu casa.
Nadie le respondió.
Ese silencio daba miedo. Hasta él estaba un poco asustado.
La niña estaría peor. Dio un par de pasos en la oscuridad.
Lanzó una maldición al chocar con una carpeta.
–¿Angie?
Silencio.
–¿Evelyn?
Silencio.
–No
te asustes, niña. Don Agustín será cojo, pero no come.
Silencio.
–Ven,
niña, vamos a tu casa. Tus padres deben estar preocupados.
Silencio.
–Niña,
soy don Agustín, el guardián del colegio. ¿No me reconoces?
Nadie le respondió.
Escuchó un ruido
por el escritorio de la profesora. ¿Y si era miss
Martha? Se acordó que la profesora lloraba bastante cuando
estuvo mal de la cabeza. De repente había sufrido una
recaída. O quizá se quedó a corregir exámenes y el cansancio
la venció y se quedó dormida y doña Cristina le echó llave
sin darse cuenta.
–Miss
Martha, soy don Agustín.
Nada.
–Soy
el guardián del colegio, miss Martha.
Avanzó en la
oscuridad hasta la esquina donde estaba el escritorio de
miss Martha y no encontró a nadie.
Escuchó unos pasos
que se alejaban de prisa por el corredor. Diablos, la niña
se le había escabullido. Salió del salón, vio una sombra
doblando hacia la salida.
–¡Hey,
niña, espera!
Salió al patio
principal del Independencia. Oteó cada rincón del colegio
devorado por la penumbra. No había nadie. ¿Se habría
escondido detrás del quiosco? Llamó sin obtener respuesta.
Estaría asustada la pobrecita. Empezó a buscarla. Nada. No
había nadie. ¿Dónde más podría esconderse? ¡Ximenita, Angie,
Evelyn! Nada. ¿Acaso le tendrían miedo? Nadie le tenía miedo
a él, al contrario, se paraban burlando de su defecto. ¡Para
llevarte a tu casa, niña! Nada. Nadie. De repente había
subido al segundo piso o escondido en los jardines. No se
atrevía a buscar por esos lugares. Empezaba a sentir miedo.
¿Y si avisaba a la
directora?: miss Martha ha dejado encerrada a una de
sus alumnitas. ¿Y recién a estas horas me avisa, don Agustín?
Es que recién me he dado cuenta, señora directora. Pero si
era una alumna, ¿por qué no habían venido sus padres a
buscarla? Seguro que era miss Martha. Tal vez se
había tomado un diazepán para calmar sus nervios y se pasó
de dosis y se quedó dormida. Pobre miss Martha. Quién
aguantaba a sus alumnas sin volverse loca.
Escuchó otra vez
el llanto. Un llanto sordo, contenido. Aguzó los oídos.
Ahora lloraban en el baño de profesoras. Sí, de allí salían
los gemidos. Seguro que era miss Martha. Se quedó
corrigiendo los exámenes trimestrales, el cansancio la
venció, se quedó dormida, despertó en la oscuridad, se
asustó y vuelta su ataque de nervios. Seguro que era ella,
por eso ningún padre de familia había venido a buscar a su
hija. En casa de la profesora estarían pensando que había
ido con sus colegas a alguna reunión y ya llegaría en
cualquier momento. Era fin de mes. Los profesores siempre
salían a divertirse el fin de mes.
–Ya
voy, miss Martha.
Se dirigió al baño
de profesoras. Uff, cansaba caminar. ¿No sería mejor dar
aviso a la directora de una vez? Podría meterse en problemas.
De repente miss Martha lo acusaba de algo en su
locura, o algún padre podría reclamar si veía salir del
colegio a la profesora a esas horas de la noche. Con que don
Agustín tenía su encanto, ¿no? Bien guardadito se tenía lo
de la profesora, don Agustín. Pero mejor no, miss
Pequeña Lulú era bien fregada, ahora que estaba a cargo
de la dirección se le habían subido los humos. Mejor que
miss Martha se fuera a su casa calladita nomás para que
la tía no la pusiera a disposición de la Ugel.
–Miss
Martha, soy don Agustín –llamó desde la puerta de los
servicios.
Nadie le contestó.
–Para acompañarla
a su casa, miss Martha. Su familia debe estar
preocupada por usted. Ya es bien tarde.
Escuchó que
orinaban.
–Profesora Martha,
no estoy jugando. Se va a meter en problemas con la
directora. Usted sabe cómo es miss Pitufa.
Nada.
–Voy
a entrar, profesora Martha, así es que súbase el calzón.
Menos mal que allí
sí había luz. Buscó en los compartimientos pero no encontró
a nadie. Mierda, la profesora se estaba pasando de la raya,
está bien que uno sea cojito, pero nadie tenía derecho a
burlarse de su prójimo. En una taza había restos de sangre.
Agg, encima de loca, la profesora era una cochina. Tiró de
la cadena y salió de los servicios justo en el instante en
que se fue la luz. Diablos, se había volado el plomo.
El colegio estaba
sumido en la más completa oscuridad, una oscuridad que le
hacía rechinar los dientes.
Lo mejor sería
avisarle a la directora antes de meterse en serios problemas.
Creo que la señorita Martha se ha quedado dormida en el
colegio, señora directora. Parece que de nuevo le ha dado su
locura.
Todavía escuchó el
llanto cuando estaba por el portón de salida, pero no le
hizo caso.
Estaba bajando por
la avenida Latinoamérica, cuando vio a un grupo de personas
por la altura de la llamada Curva del Diablo. De más cerca
los reconoció. Eran los profesores. Seguro que se habían ido
a bailar y tomar marginando a la pobre miss Martha.
Con razón estaba un poco mal de la cabeza. Ella también
tenía derecho a divertirse, ¿no?
Cuando estuvo a un
par de metros del grupo, reconoció a la profesora del 5º C.
Miss Martha estaba mareada y reía feliz.
–¿A dónde va el
futuro campeón de los cien metros planos a estas horas? –le
dijeron a modo de saludo.
Dijo que a la
farmacia porque le dolía un poco el estómago.
–Lo que a usted le
hace falta es un diazepán de un millón para que duerma como
un angelito, futuro campeón.
Don Agustín se
limitó a sonreír y continuó su camino arrastrando su pie
izquierdo. Hasta sus oídos le llegó la risita burlona de
miss Martha.
