México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 









 

Juan Carlos Hernández Cuevas (Ciudad de México, 1959). Es profesor en educación primaria por la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México, maestro de artes por Portland State University (Portland, Oregon, EUA), licenciado en artes y letras (Portland), minor en estudios africanos (Portland) y doctorando en la Universidad de Alicante (Valencia, España). Becario de la Fundación Max Aub (Segorbe, Valencia, España; 2000-2001). Ha trabajado como instructor de español para Emporia State University (Kansas, EUA, 2002-2004) y otras universidades norteamericanas. Sus publicaciones incluyen cuentos y ensayos.

 

A Gemma M. Grau Plá

Tropecé con el maestro. Estas coincidencias son así, y quiérase o no, eso es parte de la cotidianeidad en esta ciudad. Reapareció con la certeza que siempre le ha caracterizado, y es razón de ciertas desavenencias artísticas con sus vecinos de San Fernando. Durante nuestro encuentro, estrechó mi mano delgaducha con un afecto transparente y quizá hipócrita. Sus falanges y mirada hueca emanaban cierto sarcasmo que se extendía de forma extraña sobre toda mi epidermis seca. Al percibir mi indubitable paroxismo y después de haber referido diversas leyendas de su pueblo natal, desapareció como si fuese una sombra errante.

Habló del conde de Cervellón, con quien solía beber apetitosas aguas frías y cristalinas de un manantial artificial, el cual fluye dentro de una gruta que almacena un antiquísimo recipiente distribuidor, decorado éste con unas compuertas de cristal que vierten el preciado líquido en la Albufera de Anna y otros manantiales considerados erróneamente naturales. Y aseguraba una y otra vez que cada solsticio de invierno, se podía escuchar voces de guerreros iberos entre las desoladas ruinas del castillo almorávide que yace sobre la mole rocosa ubicada en las afueras del poblado. Mirando nostálgicamente hacia la Santa Veracruz, explicaba que cuando Cavanilles visitó Enguera, él y un grupo de cristianos viejos acompañaron al ilustre botánico para evitar el mal de ojo que cabras y tejones imponen a cualquier extranjero que ose visitar los Altos de Salomón con el fin de penetrar los barrancos profundos y roquedales de la escabrosa y fría serranía.

Era la víspera de Noche Vieja, y me dirigía a la Academia de San Carlos con el propósito de aprovechar las últimas horas del año que apresuraba su inevitable paso hacia la medianoche. Había decidido pasar el resto de la tarde estudiando los cuadros de la Pinacoteca Virreinal que retratan locos palaciegos de Zaragoza y enanos africanos o españoles; pero la visita fue interrumpida por un pensamiento fugaz y melancólico: recordé la afición de don Manuel por este arte que cautivó tanto a los Austrias. Salí corriendo del recinto para emborracharme en La Ópera, donde bebí -gracias a la cortesía de la casa- cerveza acompañada con tragos de coñac que, me indujeron a echar un vistazo cercano al proyectil incrustado en el techo por la inmortal pistola de Pancho Villa. Sin embargo, el paisaje de Velasco, colgado junto a un ventanal, me pareció más interesante, ya que distaba de aquel espacio agreste de montes poblados de carrascales, madroños, pinares, robles, enebros, fresnos, lentiscos, manantiales y barrancas que ilustran las imperecederas historias de Tolsá. No pude aguantar el sopor provocado por la mezcla de bebidas e imágenes y, después de atragantarme con un caballito de tequila y sangrita, salí tambaleante entre taburetes, cortinitas y sillones rojos, hasta ser alcanzado por el aire fresco de la Alameda, el cual coadyuvó a disipar mi embriaguez. Al apoyar mis acalambradas y ligerísimas extremidades en el hemiciclo, ubicado frente a la misma fuente, miré con preocupación los incesantes chorros de marfil obscurecidos por la arboleda que acentuaba un letargo rarísimo. Los ecos procedentes de varios campanarios anunciaron la llegada del Año Nuevo, fue entonces cuando decidí zambullir mi cabeza adolorida en el agua fría del círculo pétreo. De repente, tuve la sensación de ser observado y, para mi sorpresa, el reflejo del agua amarillenta reprodujo la cara del maestro. Traté de huir, sin importarme que no me pagase por mi trabajo de la catedral de Puebla, pero hubo algo que lo impedía.

Perdí su pista, y no volví a saber de él hasta ese día en que lo encontré caminando por la calle de Tacuba, rumbo a la plaza de Santo Domingo, con la ilusión de almorzar chiles en nogada. Recuerdo haberme sentido compungido por el absurdo suicidio de Acuña que acostumbraba deambular por las mismas calles.

Si ando por el centro y tengo tiempo, visito a don Alfonso en su despacho de Isabel la Católica. Es un lugar acogedor, situado en una azotea. El señor Reyes acostumbra colgar encima de la escalera de caracol, un discreto letrero de cartón que nos informa el horario de visitas. Casi siempre, y sin necesidad de dirigirnos la palabra, hablamos de Manuel y su obra, el café Pombo, el Centro de Estudios Históricos, El Ateneo, la inteligencia de México… Al descender por la escalerilla me siento muy ligero, es como si fuera parte del terreno lacustre, impregnado de aguas volcánicas que penetran los cimientos de tezontle que subyacen por doquier y a veces brotan en los baños del Peñón.

Hoy, he sido despertado por la algarabía de la familia, y palpo la aparición de más arrugas que confirman el continuo transcurso del tiempo. No obstante, mis sentidos perciben las cosas como en los mejores momentos de mi vida. Salgo de casa.

Por la calle del Coliseo Viejo, cerca del Portal, tropecé una vez más con mi pasado: ¡era él! Descendió de un elegante coche, vestido con un traje nuevo de tres piezas confeccionadas con la mejor seda. El efusivo encuentro se prolongó por varias horas de conversación nostálgica en la terraza del Majestic. La Catedral daba la ilusión óptica de ser una argamasa atrapada por las murallas naturales que conforman el ubérrimo Valle de México. Desde allí, entre puentes y ermitas, la Ciudad de los Palacios aparecía rodeado por canales, aljibes y presas que dan vida a los miles de árboles frutales plantados por la orden. Insistí y liquidé la cuenta. Quizá, así evitaría más divagaciones y el padecimiento de alucinaciones ocasionadas por el exceso de mezcal. A pesar de todo, el mismo día volví a la terraza para respirar un agradable y penetrante aroma de flores y cera líquida. Más tarde, me dirigí a casa y descansé a mis anchas hasta que los insistentes timbrazos del teléfono volvieron a irrumpir en mi feliz morada. Una desagradable e incomprensible vocecilla eléctrica se desvanecía en las profundidades del auricular que volvía a su sitio mientras yo trataba de incorporarme infructuosamente en la penumbra. La fatiga me aprisionó entre las sábanas aterciopeladas. La mañana siguiente releí la tarjetucha traspapelada y salitrosa que hace tiempo encontré en el sótano.

Sr. D. (nombre ininteligible):

No estoy a favor aunque tampoco en contra de tus opiniones crípticas que, desde mi punto de vista, deberías guardar en tu vulgar caja de madera, probablemente hartada de tus miserables y supuestas borracheras gratuitas. Eso no impide que te envíe un enésimo saludo cordial y un gran abrazo desde este infierno circunstancial. Amigo difunto, muerto, finado, cadavérico…

La rabia continúa consumiéndome, ya que aquel desgraciado trataba de engatusarme hasta en los sueños. ¡La falta de respeto era intolerable! Por esta y otras posibles chanzas, decidí no volver a salir y me niego a contestar el teléfono. La orden es tajante: ¡No estoy! Es la única forma de protección ante el escrúpulo constante.



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