A Gemma M.
Grau Plá
Tropecé
con el maestro. Estas coincidencias son así, y
quiérase o no, eso es parte de la cotidianeidad en
esta ciudad. Reapareció con la certeza que siempre
le ha caracterizado, y es razón de ciertas
desavenencias artísticas con sus vecinos de San
Fernando. Durante nuestro encuentro, estrechó mi
mano delgaducha con un afecto transparente y quizá
hipócrita. Sus falanges y mirada hueca emanaban
cierto sarcasmo que se extendía de forma extraña
sobre toda mi epidermis seca. Al percibir mi
indubitable paroxismo y después de haber referido
diversas leyendas de su pueblo natal, desapareció
como si fuese una sombra errante.
Habló del
conde de Cervellón, con quien solía beber apetitosas
aguas frías y cristalinas de un manantial
artificial, el cual fluye dentro de una gruta que
almacena un antiquísimo recipiente distribuidor,
decorado éste con unas compuertas de cristal que
vierten el preciado líquido en la Albufera de Anna y
otros manantiales considerados erróneamente
naturales. Y aseguraba una y otra vez que cada
solsticio de invierno, se podía escuchar voces de
guerreros iberos entre las desoladas ruinas del
castillo almorávide que yace sobre la mole rocosa
ubicada en las afueras del poblado. Mirando
nostálgicamente hacia la Santa Veracruz, explicaba
que cuando Cavanilles visitó Enguera, él y un grupo
de cristianos viejos acompañaron al ilustre botánico
para evitar el mal de ojo que cabras y tejones
imponen a cualquier extranjero que ose visitar los
Altos de Salomón con el fin de penetrar los
barrancos profundos y roquedales de la escabrosa y
fría serranía.
Era la
víspera de Noche Vieja, y me dirigía a la Academia
de San Carlos con el propósito de aprovechar las
últimas horas del año que apresuraba su inevitable
paso hacia la medianoche. Había decidido pasar el
resto de la tarde estudiando los cuadros de la
Pinacoteca Virreinal que retratan locos palaciegos
de Zaragoza y enanos africanos o españoles; pero la
visita fue interrumpida por un pensamiento fugaz y
melancólico: recordé la afición de don Manuel por
este arte que cautivó tanto a los Austrias. Salí
corriendo del recinto para emborracharme en La Ópera,
donde bebí -gracias a la cortesía de la casa-
cerveza acompañada con tragos de coñac que, me
indujeron a echar un vistazo cercano al proyectil
incrustado en el techo por la inmortal pistola de
Pancho Villa. Sin embargo, el paisaje de Velasco,
colgado junto a un ventanal, me pareció más
interesante, ya que distaba de aquel espacio agreste
de montes poblados de carrascales, madroños, pinares,
robles, enebros, fresnos, lentiscos, manantiales y
barrancas que ilustran las imperecederas historias
de Tolsá. No pude aguantar el sopor provocado por la
mezcla de bebidas e imágenes y, después de
atragantarme con un caballito de tequila y sangrita,
salí tambaleante entre taburetes, cortinitas y
sillones rojos, hasta ser alcanzado por el aire
fresco de la Alameda, el cual coadyuvó a disipar mi
embriaguez. Al apoyar mis acalambradas y ligerísimas
extremidades en el hemiciclo, ubicado frente a la
misma fuente, miré con preocupación los incesantes
chorros de marfil obscurecidos por la arboleda que
acentuaba un letargo rarísimo. Los ecos procedentes
de varios campanarios anunciaron la llegada del Año
Nuevo, fue entonces cuando decidí zambullir mi
cabeza adolorida en el agua fría del círculo pétreo.
De repente, tuve la sensación de ser observado y,
para mi sorpresa, el reflejo del agua amarillenta
reprodujo la cara del maestro. Traté de huir, sin
importarme que no me pagase por mi trabajo de la
catedral de Puebla, pero hubo algo que lo impedía.
Perdí su
pista, y no volví a saber de él hasta ese día en que
lo encontré caminando por la calle de Tacuba, rumbo
a la plaza de Santo Domingo, con la ilusión de
almorzar chiles en nogada. Recuerdo haberme sentido
compungido por el absurdo suicidio de Acuña que
acostumbraba deambular por las mismas calles.
Si ando
por el centro y tengo tiempo, visito a don Alfonso
en su despacho de Isabel la Católica. Es un lugar
acogedor, situado en una azotea. El señor Reyes
acostumbra colgar encima de la escalera de caracol,
un discreto letrero de cartón que nos informa el
horario de visitas. Casi siempre, y sin necesidad de
dirigirnos la palabra, hablamos de Manuel y su obra,
el café Pombo, el Centro de Estudios Históricos, El
Ateneo, la inteligencia de México… Al descender por
la escalerilla me siento muy ligero, es como si
fuera parte del terreno lacustre, impregnado de
aguas volcánicas que penetran los cimientos de
tezontle que subyacen por doquier y a veces brotan
en los baños del Peñón.
Hoy, he
sido despertado por la algarabía de la familia, y
palpo la aparición de más arrugas que confirman el
continuo transcurso del tiempo. No obstante, mis
sentidos perciben las cosas como en los mejores
momentos de mi vida. Salgo de casa.
Por la
calle del Coliseo Viejo, cerca del Portal, tropecé
una vez más con mi pasado: ¡era él! Descendió de un
elegante coche, vestido con un traje nuevo de tres
piezas confeccionadas con la mejor seda. El efusivo
encuentro se prolongó por varias horas de
conversación nostálgica en la terraza del
Majestic. La Catedral daba la ilusión óptica de
ser una argamasa atrapada por las murallas naturales
que conforman el ubérrimo Valle de México. Desde
allí, entre puentes y ermitas, la Ciudad de los
Palacios aparecía rodeado por canales, aljibes y
presas que dan vida a los miles de árboles frutales
plantados por la orden. Insistí y liquidé la cuenta.
Quizá, así evitaría más divagaciones y el
padecimiento de alucinaciones ocasionadas por el
exceso de mezcal. A pesar de todo, el mismo día
volví a la terraza para respirar un agradable y
penetrante aroma de flores y cera líquida. Más tarde,
me dirigí a casa y descansé a mis anchas hasta que
los insistentes timbrazos del teléfono volvieron a
irrumpir en mi feliz morada. Una desagradable e
incomprensible vocecilla eléctrica se desvanecía en
las profundidades del auricular que volvía a su
sitio mientras yo trataba de incorporarme
infructuosamente en la penumbra. La fatiga me
aprisionó entre las sábanas aterciopeladas. La
mañana siguiente releí la tarjetucha traspapelada y
salitrosa que hace tiempo encontré en el sótano.
Sr. D. (nombre
ininteligible):
No estoy a
favor aunque tampoco en contra de tus opiniones
crípticas que, desde mi punto de vista, deberías
guardar en tu vulgar caja de madera, probablemente
hartada de tus miserables y supuestas borracheras
gratuitas. Eso no impide que te envíe un enésimo
saludo cordial y un gran abrazo desde este infierno
circunstancial. Amigo difunto, muerto, finado,
cadavérico…
La rabia
continúa consumiéndome, ya que aquel desgraciado
trataba de engatusarme hasta en los sueños. ¡La
falta de respeto era intolerable! Por esta y otras
posibles chanzas, decidí no volver a salir y me
niego a contestar el teléfono. La orden es tajante:
¡No estoy! Es la única forma de protección ante el
escrúpulo constante.