México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 









 

Lidia Corcione. Narradora y poeta colombiana (Cartagena). Abogada egresada de la Universidad de Cartagena. Columnista del periódico El Universal, de su ciudad. Textos suyos han sido publicados en las revistas Unicarta de la Universidad de Cartagena; Oxigen, de Madrid; Revista Literaria Remolinos y Aula Caribe.

 

 El Hedor a mortecina interrumpe el descanso de Genovevo. Siente escalofrío. Se rasca bruscamente para arrancarse el olor y al momento se sacude,  sigue recordando los sueños soleados que día a día  prepara

Aminta  en la mecedora , él en su hamaca. Hablan en el silencio nítido que también murmura en esa noche ciega  de idioma imaginario y los incita a guardar con recelo sus secretos empolvados. Hace frío, ella se levanta, toma dos cobijas de lana y extiende una sobre el cuerpo de su esposo y con la otra se arropa hasta el cuello.  Su rostro, al descubierto  no deja de mirar a Genovevo, así se quedan dormidos, suspendidos en el soponcio después de una larga jornada de trabajo.

Amanece.

 A través de la hendidura de la ventana carcomida por los años, el reflejo de los rayos de sol, hace resaltar el moho en las grietas del piso. Genovevo abre sus ojos, se la queda mirando con la inocencia de un niño compungido,  las lágrimas brotan de sus ojos y mientras toma su mano le dice: -Hoy soy un hombre tranquilo, he realizado  en cada mañana, mis sueños construidos, no me importan las desventuras por la que he tenido que atravesar, tu estás conmigo, nuestros hijos crecieron y hasta ahora ha valido la pena esta vida tan placentera que tenemos.  Nuestro rancho construido con la certeza de tener un lugar cálido , nuestra siembra ilusión matutina por ver cada retoño florecido, nuestros animales, compañía y sustento. Razón tienen ellos al decir que esto es como un paraíso de belleza indescriptible.

 

Aminta, risueña, muestra sus gruesos labios , ladea la cara, busca una excusa coqueta para jugar al amor y le susurra suavemente: -- Al sentir tus manos, tu cara,  tu piel y todo lo tuyo, llega a mí  una melodía que se infiltra como un espíritu a través de la puerta y me perturba el pensamiento, años junto a ti y dentro de mí sigue intacto todo aquello que sentí cuando te vi por primera vez en la plaza del pueblo. Mis senos frágiles como cristal, no resisten la tentación de querer fundirme dentro de ti y entregarme majestuosa como la montaña que nos convida a su cima en cada mañana.

 

Genovevo la mira, la hace suya, le da un beso en la frente y  con un gesto pícaro le dice: --Es hora de arar la tierra ¡ apresurémonos!.

Otro día más en que ni siquiera las piedras amontonadas conocen el color de su risa.

Las palabras derretidas no logran apaciguar ni por un instante los corazones helados ni hacen estremecer al asesino. Tantos años construyendo una vida y bastan unos minutos para destruirlo todo.

                                                          * * *   

 

Desnudo, sin equipaje, escapo de la miseria humana.

Parto pero no me despido. No tengo a quien estrecharle mi mano ni a quien darle un abrazo.

Ahora soy peregrino y mendigo.

De un lado a otro, vago y divago.

Día a día salgo en busca de un sol que me queme menos y una sombra que me ayude a refrescar mis tormentos. Esos tormentos que opacan mi vida y me cierran todas las posibilidades para encontrar algo, algún indicio que suavice mi agonía.

No sé hacia donde voy.

Cualquier ruta me llevaría al mismo sitio. Me da igual. Es mi odisea y quiero comprender muchas cosas que todavía no soy capaz de entender.

Ahora, descalzo, mis pies se ampollan por la resequedad y la aridez del terreno. Arden y me duelen. Trato de masajearlos, pero mis manos ásperas producen más dolor al contacto con ellos.

Mi estómago se debate entre el hambre y el vacío. Se retuerce, emite sonidos extraños.

Agotado por la incertidumbre, mi alma se seca.

Mis manos aprietan mis sienes con furia para tratar de ahuyentar de mí todo lo que me agobia.

La visión se me borra, se diluye y desenfrenado trato de recopilar mis ideas. 

Desplazado, desterrado de mí  mismo, ausente e indefenso, extraño invasor de espacios públicos.

No cargo sobre mí ningún mal, tampoco un crimen. 

Me han condenado.

¡Sí condenado!

¡Soy reo ausente!

¡Inocente! 

Atrapado y sin salida lloro, mi dolor duele, de tanto dolerme me acorrala.

Busco, ya extenuado, un fundamento para apreciar la belleza de la vida, de las cosas.

Hoy no lo encuentro.

 Avanzo desolado.

En mi mente están presentes las imágenes de las personas que ya no puedo abrazar. Ni siquiera tocar.

Ya no están. Me antecedieron, exabruptamente, en este viaje terrenal.

Elevo mis ojos,  veo la luz. Esa luz que es para todos que refresca mi vista.

Siento rabia, mucha rabia, contra esas personas que me han quitado todo.

Me han despojado de todo. Están enfermos de los ojos y del corazón. La luz para ellos es un martirio, los encandila, los enceguece y en su aturdimiento son como pirañas.. Sus corazones no palpitan, no bombean, sólo detonan. 

¿Quién soy?

¡No tengo identidad!

¡No existen de mí datos que puedan dar alguna señal de mi persona!.

Sé que me llamo Genovevo Sepúlveda Escalante, de oficio agricultor, ahora viudo, padre de cinco hijos, ya extintos.

Esa es la única referencia que me queda de mí  mismo. Sin partida de bautismo, sin registro civil ni cédula. Mi documentación quedó sepultada bajo los escombros de aquel pueblo, donde crecí y viví, donde amé, reí, lloré, donde quedaron sepultadas también todas mis vivencias.

Ahora no es un pueblo, es un fantasma.

Embotado y lerdo de corazón grito:

--¡No soy!

¡No existo!

¡Nada soy!

 


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