El
Hedor a mortecina interrumpe el descanso de Genovevo.
Siente escalofrío. Se rasca bruscamente para arrancarse
el olor y al momento se sacude, sigue recordando los
sueños soleados que día a día prepara.
Aminta en la mecedora , él en su hamaca.
Hablan en el silencio nítido que también murmura en esa
noche ciega de idioma imaginario y los incita a guardar
con recelo sus secretos empolvados. Hace frío, ella se
levanta, toma dos cobijas de lana y extiende una sobre
el cuerpo de su esposo y con la otra se arropa hasta el
cuello. Su rostro, al descubierto no deja de mirar a
Genovevo, así se quedan dormidos, suspendidos en el
soponcio después de una larga jornada de trabajo.
Amanece.
A través de la hendidura de la ventana
carcomida por los años, el reflejo de los rayos de sol,
hace resaltar el moho en las grietas del piso. Genovevo
abre sus ojos, se la queda mirando con la inocencia de
un niño compungido, las lágrimas brotan de sus ojos y
mientras toma su mano le dice: -Hoy soy un hombre
tranquilo, he realizado en cada mañana, mis sueños
construidos, no me importan las desventuras por la que
he tenido que atravesar, tu estás conmigo, nuestros
hijos crecieron y hasta ahora ha valido la pena esta
vida tan placentera que tenemos. Nuestro rancho
construido con la certeza de tener un lugar cálido ,
nuestra siembra ilusión matutina por ver cada retoño
florecido, nuestros animales, compañía y sustento. Razón
tienen ellos al decir que esto es como un paraíso de
belleza indescriptible.
Aminta, risueña, muestra sus gruesos
labios , ladea la cara, busca una excusa coqueta para
jugar al amor y le susurra suavemente: -- Al sentir tus
manos, tu cara, tu piel y todo lo tuyo, llega a mí una
melodía que se infiltra como un espíritu a través de la
puerta y me perturba el pensamiento, años junto a ti y
dentro de mí sigue intacto todo aquello que sentí cuando
te vi por primera vez en la plaza del pueblo. Mis senos
frágiles como cristal, no resisten la tentación de
querer fundirme dentro de ti y entregarme majestuosa
como la montaña que nos convida a su cima en cada
mañana.
Genovevo la mira, la hace suya, le da un
beso en la frente y con un gesto pícaro le dice: --Es
hora de arar la tierra ¡ apresurémonos!.
Otro día más en que ni siquiera las
piedras amontonadas conocen el color de su risa.
Las palabras derretidas no logran
apaciguar ni por un instante los corazones helados ni
hacen estremecer al asesino. Tantos años construyendo
una vida y bastan unos minutos para destruirlo todo.
* * *
Desnudo, sin equipaje, escapo de la
miseria humana.
Parto pero no me despido. No tengo a
quien estrecharle mi mano ni a quien darle un abrazo.
Ahora soy peregrino y mendigo.
De un lado a otro, vago y divago.
Día a día salgo en busca de un sol que me
queme menos y una sombra que me ayude a refrescar mis
tormentos. Esos tormentos que opacan mi vida y me
cierran todas las posibilidades para encontrar algo,
algún indicio que suavice mi agonía.
No sé hacia donde voy.
Cualquier ruta me llevaría al mismo
sitio. Me da igual. Es mi odisea y quiero comprender
muchas cosas que todavía no soy capaz de entender.
Ahora, descalzo, mis pies se ampollan por
la resequedad y la aridez del terreno. Arden y me
duelen. Trato de masajearlos, pero mis manos ásperas
producen más dolor al contacto con ellos.
Mi estómago se debate entre el hambre y
el vacío. Se retuerce, emite sonidos extraños.
Agotado por la incertidumbre, mi alma se
seca.
Mis manos aprietan mis sienes con furia
para tratar de ahuyentar de mí todo lo que me agobia.
La visión se me borra, se diluye y
desenfrenado trato de recopilar mis ideas.
Desplazado, desterrado de mí mismo,
ausente e indefenso, extraño invasor de espacios
públicos.
No cargo sobre mí ningún mal, tampoco un
crimen.
Me han condenado.
¡Sí condenado!
¡Soy reo ausente!
¡Inocente!
Atrapado y sin salida lloro, mi dolor
duele, de tanto dolerme me acorrala.
Busco, ya extenuado, un fundamento para
apreciar la belleza de la vida, de las cosas.
Hoy no lo encuentro.
Avanzo desolado.
En mi mente están presentes las imágenes
de las personas que ya no puedo abrazar. Ni siquiera
tocar.
Ya no están. Me antecedieron,
exabruptamente, en este viaje terrenal.
Elevo mis ojos, veo la luz. Esa luz que
es para todos que refresca mi vista.
Siento rabia, mucha rabia, contra esas
personas que me han quitado todo.
Me han despojado de todo. Están enfermos
de los ojos y del corazón. La luz para ellos es un
martirio, los encandila, los enceguece y en su
aturdimiento son como pirañas.. Sus corazones no
palpitan, no bombean, sólo detonan.
¿Quién soy?
¡No tengo identidad!
¡No existen de mí datos que puedan dar
alguna señal de mi persona!.
Sé que me llamo Genovevo Sepúlveda
Escalante, de oficio agricultor, ahora viudo, padre de
cinco hijos, ya extintos.
Esa es la única referencia que me queda
de mí mismo. Sin partida de bautismo, sin registro
civil ni cédula. Mi documentación quedó sepultada bajo
los escombros de aquel pueblo, donde crecí y viví, donde
amé, reí, lloré, donde quedaron sepultadas también todas
mis vivencias.
Ahora no es un pueblo, es un fantasma.
Embotado y lerdo de corazón grito:
--¡No soy!
¡No existo!
¡Nada soy!
