
Margarita Mejía Ramírez
(México, 1978). Pasante de la licenciatura en Letras
Hispánicas. Actualmente se desempeña como coeditora de
soft notice en un diario local de Coatzacoalcos,
Veracruz. Y es correctora de estilo y formadora de
libros, principalmente académicos, free lance.

Nueve cuarenta y siete. Jueves. Sin un cigarro qué fumar,
y la noche invitándome a contemplarla tras una bocanada
de humo saliendo de mis pulmones, sí, ¡estoy desesperada!
Y aun más porque quisiera que la mujer amada llegase
temprano a casa, oír sus pasos recorrer el patio hasta
toparse con una puerta que se abre con lentitud mientras
su suave voz me dice “¡ay! ya lleguééééé…” y ver sus
brazos desprenderse del portafolio que su hombro ha
cargado durante el tiempo necesario para llegar a casa.
Dos, tres, cuatro pasos más y se ha acercado al lado mío,
se inclina buscando mis labios repletos de un
“bienvenida vida mía. Te extrañé inmensamente estas ocho
horas sin tu perfume vagando por el entorno de nuestra
habitación”. Y sus labios de “cuánto te amo cielo,
también te he extrañado pero ya estoy aquí”, en tanto
que nuestras miradas se reencuentran confirmando lo
expresado en ese beso... Ver cómo te acercas al sillón y
tras dejar caer tu cuerpo cansado sin aviso alguno al
sentadero que arguye el chillido propio de sus años de
uso, me preguntas cómo he estado, si ya cené, si alguien
ha llamado, si me falta mucho por terminar o si apenas
voy iniciando. Un estoy bien, un sí, un no, un ya casi,
un ¿a ti qué tal te fue? y la enamorada mirada que no
contengo al responderte y cuestionarte ahora, despierta
—en tu agotado rostro— esa leve sonrisa que desvanece
cualquier duda de lo que antaño era imposible lograr:
estar juntas. “Bien, me fue bien, sólo que ¡ya sabes!,
de nuevo los…”. Y te escucho una a una esas quejas que
otra vez se te olvidó dejar allá afuera; pero no importa,
te gusta oír que confirmo tu disgusto o repelo tu
premisa vociferando razón tras razón mientras me volteo
al monitor para que mis dedos trabajen sobre el teclado
hasta que, alterada, te levantas del sillón, te acercas,
y de tus labios nace tu “al diablo la oficina, ya estoy
en casa” girando mi silla y robándome otro de esos beso
que me encanta provocarte.
Te
veo salir del cuarto hacia nuestra habitación y me vas
diciendo “qué hambre” tienes, quitándote los objetos que
retiras de tus orejas, tus manos, tus muñecas, tu cuello
y tus pies. “—Hay bistec empanizado y un poco de
ensaladaaaa, agua de jamaica y gelatina de rompopeeee.
(Se me antojó un cafecito con leche y las chilindrinas
de ayer) —pienso al pregonarte el menú de hoy”. “—Lo que
sea cielo, muero de hambre. Una vaca entera podría
comer”. “Jajajá —emito— siempre con tus cosas, sólo dame
un segundo y bajo a calentar”. “—Lo único que quiero
calientes es a mí…” Oigo desde la puerta y volteo a
mirarte. Te has puesto la media bata que deja entrever
el camino a tus senos y tus largas piernas ya desnudas
de esas pantimedias beige. Un rápido ratonazo y un
teclazo al power son lo último que hago al levantarme y
tratar de retenerte antes de que des media vuelta
tentadoramente hacia la habitación. Pero mis piernas
presurosas se me entrecruzaron y mi cara de bruces al
suelo te ha hecho voltear. Tras percatarte de que nada
me ha pasado, una gran carcajada comienzas a soltar. “—Jajaja
jajá, ¡que babas me has salido!”, “—Jajajá jajá—
ratifico al mismo tiempo—. ¡Anda, ya! Venme a levantar.”
Y cuando me das la mano te jalo hacia mí y nos
prodigamos besos profundos que tras nuestras
separaciones de mañana, tarde o noche, acumulamos hasta
el ansiado reencuentro. Mua mua mua mua, tus labios me
recorren, mua mua mua mua, mis labios a ti; ¡mmm!,
¡ah...!, ¡mmm!, ya siento tus manos bajo mi playera y
mis senos desnudos son tuyos otra vez; mis dedos por
mientras se deslizan sobre tu espalda, hasta que mis
manos se abrazan a tu cintura y un grrrrr desde lo más
profundo de tu estómago se deja escuchar.
Abro los ojos, paras tu aliento. Mis manos se congelan,
tus dedos me oprimen el pezón. Un “prrrr” comprimen
nuestros labios y otra risotada dejamos escapar. “—¡Que
antiromántica estás!, —apenas profiero de entre tanto
carcajeo que no deja de escapárseme”. “—Jajajá, ¡tengo
hambre!, ¡qué quieres!”, “—Jajajá jajajajá, está bien,
pues, vamos a cenar”. Nos levantamos sonrientes y
abrazadas dirigimos abajo nuestros tambaleantes pasos a
la nocturnal cocina que nos espera.
Prendo la luz, recoges unos vasos, me acerco a la estufa,
los llevas al lavabo. Enciendo un cerrillo, abres la
llave del agua, abro la llave del gas. Tomas la fibra,
prendo la hornilla… Tomo el sartén, tallas los vasos,
echo el aceite, enjuagas los vasos. Abro el refri,
cierras la llave, busco el bistec, sacudes los vasos,
hallo el bistec, colocas los vasos, saco el bistec, te
secas las manos, corro al sartén. Cierras el refri,
cocino el bistec, abres el refri… “—Oye, amor.” “—¿Qué
pasó mi vida?” “—¿Has visto mis cigarros?” “—No corazón”.
“—¡Caray!, tengo toda la tarde buscando una cajetilla.
No sé dónde los habré puesto…”.“—Al rato los buscamos”.
“—No, al rato mejor seguimos con…”. Doce veintinueve.
Viernes. Ya han cerrado la tienda y decidí no gastar mis
únicos diez pesos del bolsillo. La noche sigue
encantadora y la desesperación me ha embriagado más.
No
tengo ni una colilla qué fumar para buscar la luna, y
los grillos comienzan el nocturnal pedido al cielo de tu
lluvia que tampoco llegará porque ni hoy, ni mañana, ni
pasado mañana, ni en un mes estarás en casa para
escucharla a nuestro lado. Pero no es reclamo, no, jamás
podría hacerlo… Sólo es una triste desesperanza por no
tener un cigarrillo que acompañe esta noche mi desvelo.
Verano de 2004
