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Óscar Wong (Tonalá,
Chiapas, agosto 26 de 1948) es poeta, narrador y
ensayista. Becario del INBA-FONAPAS en crítica
literaria (1978-1979) y del Centro Mexicano de
Escritores en ensayo (1985-1986).Obtuvo el Premio
Nacional de Poesía Ramón López Velarde 1988 con el
libro Enardecida luz (UNAM, Colec. El Ala del
Tigre, Méx., 1992) y el Certamen Literario Rosario
Castellanos en Cuento 1989 con el volumen La edad
de las mariposas (Talleres Gráficos de la Nación,
Méx., 1990).Es autor de Hacia lo eterno mínimo.
Otra lectura de "Muerte sin fin" (Sría. de
Cultura de Puebla, 1995), A pesar de los
escombros (FNCA/Nautilium, Méx., 1995),
Espejo a la deriva (Edit. Praxis, Méx., 1996),
La pugna sagrada. Comunicación y poesía
(Edic. Coyoacán, Méx., 1997, 1ª. reimp., 2004),
Chiapas. Nueva fiesta de pájaros (Edit.
Praxis, Méx., 1998), Cantares del Escriba (Cuadernos
de Malinalco, Toluca, Edomex., 1999), Chiapas. Dimensión social de la narrativa (Edaméx., Méx.,
1999), Espuma negra (poemas, UAEM/Edit. La
Tinta de Alcatraz, Toluca, Edoméx., 2000), Piedra que germina
(Instituto Sonorense de
Cultura, Hermosillo, Son., 2001) y El secreto del
verso (Linajes Edit., Edoméx., 2001).
Recientemente publicó el poemario Rubor de la
ceniza (Edit. Praxis, Colec. Dánae, Méx., 2002),
Fulgor de la desdicha (Instituto Mexiquense
de Cultura, Toluca, Edoméx., 2002) y Razones de
la voz (CNCA, Colec. Práctica Mortal, Méx.,
2002).Ha colaborado en diversos medios de
comunicación social. Radica en la ciudad de México.

Una
compilación de cinco volúmenes conforma el presente
libro, denominado Erótica de
las lluvias[1],
donde se observa la principal inclinación del artista
yucateco, Óscar Sauri Bazán: exaltar el ardor de los
sentidos a través del desbordamiento de la pasión, tal
como se establece por el término que utiliza en el
título. Aunque el autor no llega, ciertamente, a la
obsesión amorosa o sensual, porque estos asuntos son
abordados por él de una manera peculiar: su discurso va
de la mano de la combinación regulada por dimensiones y
cadencias simétricas que impiden el desbordamiento
afectivo. La sujeción del lenguaje a medidas fijas ―endecasílabos
y heptasílabos, principalmente, o alejandrinos y
pareados en otros momentos― pretende otorgar al
contenido sonoridad y armonía, pero sin recurrir a la
rima. Esta ley, esta medida, en la actualidad puede
restarle vigor expresivo a lo que se proyecta formular,
sobre todo si se utiliza el hipérbaton, como ocurre en
momentos vitales.
Es
verdad que el verso blanco es propio para exponer una
historia. Y esto es lo que dispone el escritor, originario de Cansahcab, Yucatán (1958). Aquí, en verdad,
se privilegia el contenido. El ritmo horizontal, sin
estridencias ni reverberaciones, se vuelve único. La
herencia rítmica es clara: recursos propios de una
preceptiva enclavada en la tradición, pero donde la
disposición acentual no consigue la misma intensidad
para dar al verso fisonomía y color.
Pero no adelantemos
juicios, puesto que si la temática es el amor, como
evidentes aspectos de la Erótica, habría que detenernos
en el viejo Platón y, acaso, en el renacentista Marsilio
Ficino, quien abordaba el ojo, la mirada contemplativa,
para asentar su propuesta reunida en De amore. Comentario a «El banquete» de Platón[2]:
el amante como espejo del amado, pero siempre con
intención cristiana. Por supuesto que Sauri es más
sensitivo, el ámbito que toca y revela es físico, por
sobre todas las cosas, aunque de momentos prefigure: “Antes
del verbo fueron los colores...” (p. 170).
La naturaleza misma como
pasión y deseo. La mirada masculina que penetra y se
estremece. Gemidos, hemisferios del insomnio, abrazo
compulsivo del agua y la arena, como un ritual perenne.
Más que unión, comunión:
En los cuellos del agua sumergida
Está el salobre grito de la arena
(p. 173)
Si la memoria no me falla,
en El banquete[3]
se habla de dos Eros y dos Afroditas como camino para
crear y captar la belleza; pero lo que me importa
resaltar es, justamente, la exaltación al culto a Eros,
el dios helénico del Amor, en sus tres vertientes: como
dios-naturaleza, como el dios referido a la mística y,
desde luego, el Eros por todos conocidos, cantado por
los poetas provenzales del siglo XII, como efecto
maravilloso de la belleza, invencible e irresistible.
Carne luminosa de sensaciones, sí, ligada a la idea del
placer físico, efímero. También es innegable que en Erótica de las lluvias, el aspecto anacreóntico está
desfasado, puesto que el amor no se aborda de una manera
más delicada y graciosa, sino sensual[4].
Aquí observo una insistencia amorosa, sexual. Erotomanía, para resumirlo con una única palabra.
Oscar Sauri detalla con minuciosa escrupulosidad: “El
verbo como acción entre tus muslos” (p. 127).
El verbo con
minúscula, sí, hecho carne y piel. No el logos hebraico
llenador de vacíos, tan necesario para nombrar y hacer
que las cosas existan. No el logos socrático que
determina el discurso, el pensamiento. Tampoco el logos
pitagórico (el número, la música, sin substancia), sino
el verbo ergotizado, admitido socialmente por la
relación humana, corporizado por el falo definidor.
Disponer del cuerpo femenino para construirse. Cierto:
la figura de la mujer se añora, se presiente. Brota de
la nostalgia, hostia carnal, tersura entre las sombras.
La voz del autor jamás llega a consumarse en tanto blasson, en esa estructura trovadoresca de alabanza
de la cual procede la lírica europea, española
principalmente, y de la cual somos herederos. Aunque,
por cierto:
Todo ha de suceder
En el eterno entreacto
hacia la aurora
(p. 134)
La figura
femenina es exaltada, sí, desde la perspectiva corporal, desde el deseo mismo; pero no es el eterno femenino, no
la Creadora del Canto II de Altazor, sino simple
y sencillamente en su dimensión estrictamente carnal:
Para decirte aquí está
mi cuerpo
Una esquirla de hueso lo lastima
Un abrazo de rezos lo hace invicto
Y tu sexo lo puebla de ceniza.
(p. 84)
Pero dejo atrás el tema de
la Mujer, con mayúscula, que derivaría en una
controversia que por ahora no me corresponde establecer.
En este momento sólo me concierne resaltar el segundo
aspecto del título de Sauri Bazán: la lluvia, no como
agente fecundador del suelo (de donde procede la
fertilidad, la abundancia), o como partícipe de la
relación hierogámica cielo-tierra: la lluvia como
esperma fecundante, como la simiente, sino como el
principio activo, celeste, el principio k´ien de
mis antepasados chinos, del que toda manifestación
extrae su existencia: “El amanecer te anuncia como un
trino” (p. 59), descubre el autor.
La lluvia, de naturaleza
yin, y el rocío, de naturaleza yang, como
signo de armonía del mundo[5],
combinándose con el cuarto ámbito de la filosofía, que
trata de la belleza y del amor, para instituir fértiles
surcos ocres donde se congregan los afectos y los besos
(y donde el terreno social tampoco es soslayado). De
esta manera, Erótica de las lluvias se vuelve un
espacio único, un territorio de musgos y corales,
transformado en un ejercicio lírico donde peculiares
adjetivos se disponen para ampliar el horizonte
semántico, no para calificar o para delimitar al
sustantivo, sino para proyectar el sentido, otorgándole
una nueva intención: “cumbre somnolienta” (p. 15)
o “voraz cadencia” (p. 43) son ejemplos
determinantes de lo que asevero.
Exterioricé al principio
que el volumen que me ocupa es una compilación de cinco
obras: Erótica de las lluvias (pp. 9-46), Para
decirte (pp.47-84), Frágil (pp. 85-147), Otras lluvias (pp.149-184) y
Erótica (pp.
185-217), donde se conjugan versos de arte mayor con los
de arte menor, siempre con el deseo de expresar la
carnalidad como membrana sensitiva. El uso del
hipérbaton, como condición ineludible, funciona con
positiva intencionalidad:
Cuando tus dientes firmes dan sonido
A tu voz que la anuncia
lengua libre
(p. 29)
Deseos y evocaciones
se aglutinan:
Y unos
dientes que besan
Muerden
cada tajo de la ausencia
(p. 97)
Erótica de
las lluvias constituye un movimiento corporal, un
testimonio que pretende sostener un espacio íntimo,
social y tradicionalmente libertario, donde el autor
enfoca sus preocupaciones existenciales en la armónica
fecundidad del cuerpo femenino, acaso para manifestar la
identidad de un hombre erotizado y donde la belleza
física encarna la única estirpe que debe ser cantada,
eternizada por el ojo y la palabra.
Óscar Sauri Bazán,
Erótica de las lluvias, UNEAC, Unión, Col. Sur,
La Habana, 2006, 217 pp.

Textos
testimoniales, escenas donde el dolor y el sufrimiento
se vuelven uno solo, convergiendo en ese territorio
donde el silencio se concilia con la acentuación
silábica. Peatones y taxistas, inmigrantes y meseros se
integran como voces multiplicadas de anónimos seres que
pretenden rescatar la desnudez del día. La fecha que
toca este volumen es inevitable: 11 de septiembre de
2001. Y la ciudad: Nueva York, el aluvión de la tragedia.
Así, Poemas desde Church Street,
de Maricel Mayor Marsán, se vuelve un documento lírico
como registro de lo transcurrido. La voz colectivamente
solitaria, solidaria, integra un expediente, donde el
espacio existencial se agranda y se compacta. La vida
como una flor que estalla con sangrante tonalidad. Ocres
y sepias condensándose en múltiples emociones.
Imposible
trastocar la realidad, modificarla a través de una serie
de observaciones sensibles. Aunque la palabra se rige y
se funda para establecer nuevos códigos, otras
relaciones significativas. Pero el entorno continúa ahí,
perturbando como una llaga. La palabra nombra, re-presenta
lo que se vive. Y la memoria resuena para establecer una
nueva distancia tempo-espacial, pero íntimamente
vinculada al discurso mismo. Sin embargo la existencia
continúa presente, ordenándose, construyéndose. La ética
conciliándose con la función estética del escritor.
Maricel Mayor Marsán lo sabe y lo expresa desde su
particular dimensión, desde su óptica sensible.
En otras palabras: la
realidad cotidiana golpea a cada instante para revelar
que aquella visión que se tenía sobre algún aspecto
determinado, y que además se consideraba exclusiva,
única, desde la perspectiva sensible, no era más que una
fijación entretejida tomada de varios entornos. Se
construye, sí, a partir de múltiples interpretaciones
fijas, asumidas en el paso del tiempo, de lo que se
considerada realidad. Pero ¿qué es la realidad?, ¿el
mundo llano, lo que existe?, ¿la esencia misma, lo que
una cosa es, prescindiendo de la apariencia con que se
presenta a los sentidos?
En
El
hombre y lo divino María Zambrano
explica que ésta se establece entre dos vacíos: el
primordial, no tan hueco, y que prefigura el ámbito
sacro, observado por los presocráticos como el apeiron, lo indeterminado, el origen de todo, y el
vacío final: la nada, la muerte. O, para decirlo en
términos de Robert Graves: la existencia, que puede ser
cantada en un año o en un día, y que míticamente se
vincula al Espíritu del Año Creciente y al Espíritu del
Año Menguante, disputándose los favores de la Diosa, de
la Madre Naturaleza.
La realidad, la existencia,
comprendida por la voz lírica, que se mueve entre esos
planos, donde el proceder y la dimensión discursiva,
lingüística, constituyen una síntesis viviente,
vitalmente estética. Así, un texto que consigue
transmitir esa fugaz permanencia existencial, se vuelve
testimonio, documento. La actividad humana, el
discernimiento sensible, participan de este afán por
preservar el significado del mundo.
La descarga
emotiva se consigue por el sentido estético del lenguaje,
por esa tensión interna que mueve al autor a escoger al
tema, cargándolo de conocimiento, de contenidos nuevos.
Por ende, Poemas desde Church Street, más que una
colección de textos, es el acto ineludible de un ser
social que pugna por responder artísticamente hablando
ante la desdicha:
El sol se funde en las siluetas
y la tarde tiene una luz particular.
No atino a distinguir las diferencias
entre este hombre y aquél.
Tantos rostros son los rostros
de esta nación americana.
Tantas lenguas son las lenguas
que se hablan en sus calles.
(p.79)
El libro, bilingüe, se
desarrolla en cuatro instancias, con 24 textos y 10
apotegmas como principios prácticos, como normas de las
acciones morales, para recoger la memoria. Líneas y
sentencias, ordalías existenciales anidando en la
densidad y la basura. La circunstancia social contada y
cantada a través de la expresión lírica. El amor insomne
que se vuelve esencia, huella que se perpetúa:
Ahora aspiro el aire y te respiro,
eres el polvo consagrado en las siluetas
de esta ciudad que nos acoge a todos
(p. 31)
Bajo los
escombros de la zona cero, el espacio enmudecido, el
amante que pervive en el recuerdo, el destino como
hoguera que trepida. “No es el miedo el que me acecha”,
reconoce la autora (p. 77). A cada paso se advierte la
ciudad empequeñecida ante la tragedia. La urbe
consagrándose a la devastación, instantáneas emotivas;
fotografías, daguerrotipos combinándose con el polvo y
la ceniza. He aquí a esos “Habitantes anónimos de la
ciudad de Nueva York”; la palabra que busca accionar en
la reminiscencia, postular la condición humana, lo
doloroso de la devastación.
Imposible permanecer
indiferente. La historia habla por sí misma:
La vida nos diezma por
minutos
y he aquí,
el hombre que se empeña
en arrebatar fracciones de segundos
del cáliz
aún húmedo de otros hombres
(p. 23)
Cierto: Poemas desde
Church Street es la visión humana de una mujer
sensible que recurre a develar la oscuridad salvaje del
lacerante infierno. Caos y desasosiego. Silencio y miedo
conciliándose en la complicidad del polvo.
El mal y el bien en
funciones trastocados. Premisas y reiteraciones para
gestar una nueva postura religiosa, donde Dios es un
simple recluso. Por otra parte, ciegos y mendigos,
historias inconexas que, no obstante, se eternizan en
las voces de una pérdida compartida. “Algunos poemas
desde el asfalto”, por ejemplo, exterioriza líneas,
expresiones que comparten viejos códigos: el dolor, la
orfandad, la existencia como grieta. El clamor de la
autora como demostración colectiva, particularizada en
este volumen: “Persigo un olor a cuerpo que no existe”,
revela Maricel Mayor (p. 33)
El oficio de
vivir es, muchas veces, devastador. Y más el de
consignar los hechos, testimoniarlos. Y todo, hasta el
dolor, se vuelve materia literaria. Y aquí habría que
recordar las tesis marxistas de la literatura
―Lukács,
principalmente que la determinaba como refiguración de
la realidad, siempre desde la perspectiva particular. La
imagen parte de una sustancia capturada, aprehendida a
través de la instauración de una nueva estructura en que
el suceso se identifica con el tema
―la
existencia―
y donde percepción y emoción se concilian en una entidad
reciente. Y esto lo ha conseguido Maricel Mayor a
plenitud.
Maricel Mayor Marsán, Poemas desde Church Street, Ediciones Baquianas,
Col. Caminos de la poesía, Miami, 2006, 85 pp.
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