México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 








 

 

Óscar Wong (Tonalá, Chiapas, agosto 26 de 1948) es poeta, narrador y ensayista. Becario del INBA-FONAPAS en crítica literaria (1978-1979) y del Centro Mexicano de Escritores en ensayo (1985-1986).Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 1988 con el libro Enardecida luz (UNAM, Colec. El Ala del Tigre, Méx., 1992) y el Certamen Literario Rosario Castellanos en Cuento 1989 con el volumen La edad de las mariposas (Talleres Gráficos de la Nación, Méx., 1990).Es autor de Hacia lo eterno mínimo. Otra lectura de "Muerte sin fin" (Sría. de Cultura de Puebla, 1995), A pesar de los escombros (FNCA/Nautilium, Méx., 1995), Espejo a la deriva (Edit. Praxis, Méx., 1996), La pugna sagrada. Comunicación y poesía (Edic. Coyoacán, Méx., 1997, 1ª. reimp., 2004), Chiapas. Nueva fiesta de pájaros (Edit. Praxis, Méx., 1998), Cantares del Escriba (Cuadernos de Malinalco, Toluca, Edomex., 1999), Chiapas. Dimensión social de la narrativa (Edaméx., Méx., 1999), Espuma negra (poemas, UAEM/Edit. La Tinta de Alcatraz, Toluca, Edoméx., 2000), Piedra que germina (Instituto Sonorense de Cultura, Hermosillo, Son., 2001) y El secreto del verso (Linajes Edit., Edoméx., 2001). Recientemente publicó el poemario Rubor de la ceniza (Edit. Praxis, Colec. Dánae, Méx., 2002), Fulgor de la desdicha (Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, Edoméx., 2002) y Razones de la voz (CNCA, Colec. Práctica Mortal, Méx., 2002).Ha colaborado en diversos medios de comunicación social. Radica en la ciudad de México.


 

Una compilación de cinco volúmenes conforma el presente libro, denominado Erótica de las lluvias[1], donde se observa la principal inclinación del artista yucateco, Óscar Sauri Bazán: exaltar el ardor de los sentidos a través del desbordamiento de la pasión, tal como se establece por el término que utiliza en el título. Aunque el autor no llega, ciertamente, a la obsesión amorosa o sensual, porque estos asuntos son abordados por él de una manera peculiar: su discurso va de la mano de la combinación regulada por dimensiones y cadencias simétricas que impiden el desbordamiento afectivo. La sujeción del lenguaje a medidas fijas ―endecasílabos y heptasílabos, principalmente, o alejandrinos y pareados en otros momentos― pretende otorgar al contenido sonoridad y armonía, pero sin recurrir a la rima. Esta ley, esta medida, en la actualidad puede restarle vigor expresivo a lo que se proyecta formular, sobre todo si se utiliza el hipérbaton, como ocurre en momentos vitales.

Es verdad que el verso blanco es propio para exponer una historia. Y esto es lo que dispone el escritor, originario de Cansahcab, Yucatán (1958). Aquí, en verdad, se privilegia el contenido. El ritmo horizontal, sin estridencias ni reverberaciones, se vuelve único. La herencia rítmica es clara: recursos propios de una preceptiva enclavada en la tradición, pero donde la disposición acentual no consigue la misma intensidad para dar al verso fisonomía y color.

Pero no adelantemos juicios, puesto que si la temática es el amor, como evidentes aspectos de la Erótica, habría que detenernos en el viejo Platón y, acaso, en el renacentista Marsilio Ficino, quien abordaba el ojo, la mirada contemplativa, para asentar su propuesta reunida en De amore. Comentario a «El banquete» de Platón[2]: el amante como espejo del amado, pero siempre con intención cristiana. Por supuesto que Sauri es más sensitivo, el ámbito que toca y revela es físico, por sobre todas las cosas, aunque de momentos prefigure: “Antes del verbo fueron los colores...” (p. 170).

La naturaleza misma como pasión y deseo. La mirada masculina que penetra y se estremece. Gemidos, hemisferios del insomnio, abrazo compulsivo del agua y la arena, como un ritual perenne. Más que unión, comunión:

 

En los cuellos del agua sumergida

Está el salobre grito de la arena

(p. 173)

 

Si la memoria no me falla, en El banquete[3] se habla de dos Eros y dos Afroditas como camino para crear y captar la belleza; pero lo que me importa resaltar es, justamente, la exaltación al culto a Eros, el dios helénico del Amor, en sus tres vertientes: como dios-naturaleza, como el dios referido a la mística y, desde luego, el Eros por todos conocidos, cantado por los poetas provenzales del siglo XII, como efecto maravilloso de la belleza, invencible e irresistible. Carne luminosa de sensaciones, sí, ligada a la idea del placer físico, efímero. También es innegable que en Erótica de las lluvias, el aspecto anacreóntico está desfasado, puesto que el amor no se aborda de una manera más delicada y graciosa, sino sensual[4]. Aquí observo una insistencia amorosa, sexual. Erotomanía, para resumirlo con una única palabra. Oscar Sauri detalla con minuciosa escrupulosidad: “El verbo como acción entre tus muslos” (p. 127).

            El verbo con minúscula, sí, hecho carne y piel. No el logos hebraico llenador de vacíos, tan necesario para nombrar y hacer que las cosas existan. No el logos socrático que determina el discurso, el pensamiento. Tampoco el logos pitagórico (el número, la música, sin substancia), sino el verbo ergotizado, admitido socialmente por la relación humana, corporizado por el falo definidor. Disponer del cuerpo femenino para construirse. Cierto: la figura de la mujer se añora, se presiente. Brota de la nostalgia, hostia carnal, tersura entre las sombras. La voz del autor jamás llega a consumarse en tanto blasson, en esa estructura trovadoresca de alabanza de la cual procede la lírica europea, española principalmente, y de la cual somos herederos. Aunque, por cierto:

 

Todo ha de suceder

En el eterno entreacto hacia la aurora

(p. 134)

 

            La figura femenina es exaltada, sí, desde la perspectiva corporal, desde el deseo mismo; pero no es el eterno femenino, no la Creadora del Canto II de Altazor, sino simple y sencillamente en su dimensión estrictamente carnal:

 

Para decirte aquí está mi cuerpo

Una esquirla de hueso lo lastima

Un abrazo de rezos lo hace invicto

Y tu sexo lo puebla de ceniza.

(p. 84)

 

Pero dejo atrás el tema de la Mujer, con mayúscula, que derivaría en una controversia que por ahora no me corresponde establecer. En este momento sólo me concierne resaltar el segundo aspecto del título de Sauri Bazán: la lluvia, no como agente fecundador del suelo (de donde procede la fertilidad, la abundancia), o como partícipe de la relación hierogámica cielo-tierra: la lluvia como esperma fecundante, como la simiente, sino como el principio activo, celeste, el principio k´ien de mis antepasados chinos, del que toda manifestación extrae su existencia: “El amanecer te anuncia como un trino” (p. 59), descubre el autor.

La lluvia, de naturaleza yin, y el rocío, de naturaleza yang, como signo de armonía del mundo[5], combinándose con el cuarto ámbito de la filosofía, que trata de la belleza y del amor, para instituir fértiles surcos ocres donde se congregan los afectos y los besos (y donde el terreno social tampoco es soslayado). De esta manera, Erótica de las lluvias se vuelve un espacio único, un territorio de musgos y corales, transformado en un ejercicio lírico donde peculiares adjetivos se disponen para ampliar el horizonte semántico, no para calificar o para delimitar al sustantivo, sino para proyectar el sentido, otorgándole una nueva intención: “cumbre somnolienta” (p. 15) o “voraz cadencia” (p. 43) son ejemplos determinantes de lo que asevero.

 

Exterioricé al principio que el volumen que me ocupa es una compilación de cinco obras: Erótica de las lluvias (pp. 9-46), Para decirte (pp.47-84), Frágil (pp. 85-147), Otras lluvias (pp.149-184) y Erótica (pp. 185-217), donde se conjugan versos de arte mayor con los de arte menor, siempre con el deseo de expresar la carnalidad como membrana sensitiva. El uso del hipérbaton, como condición ineludible, funciona con positiva intencionalidad:

 

Cuando tus dientes firmes dan sonido

A tu voz que la anuncia lengua libre

(p. 29)

Deseos y evocaciones se aglutinan:

 

Y unos dientes que besan

Muerden cada tajo de la ausencia

(p. 97)

 

            Erótica de las lluvias constituye un movimiento corporal, un testimonio que pretende sostener un espacio íntimo, social y tradicionalmente libertario, donde el autor enfoca sus preocupaciones existenciales en la armónica fecundidad del cuerpo femenino, acaso para manifestar la identidad de un hombre erotizado y donde la belleza física encarna la única estirpe que debe ser cantada, eternizada por el ojo y la palabra.

 

 Óscar Sauri Bazán, Erótica de las lluvias, UNEAC, Unión, Col. Sur, La Habana, 2006, 217 pp.


 

[1] Editado por UNEAC, Unión, Col. Sur, La Habana, 2006, 217 pp.

[2] Tecnos, Madrid, 1989, 242 pp.

[3] V. Platón, Simposio (Banquete) o de la Erótica, en Diálogos, 11ª ed. Porrúa, Col. Sepan Cuántos..., 13, Méx., 1971, pp. 351-386.

[4] V. Federico Sainz de Robles, Ensayo de un diccionario de la literatura. Términos, conceptos “ismos” literarios (t. I), 3ª. ed., Aguilar, Madrid, 1965.

[5] V. Jean Chevalier/Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, 5ª. ed., Herder, Barcelona, 1995, p. 671.

 

Textos testimoniales, escenas donde el dolor y el sufrimiento se vuelven uno solo, convergiendo en ese territorio donde el silencio se concilia con la acentuación silábica. Peatones y taxistas, inmigrantes y meseros se integran como voces multiplicadas de anónimos seres que pretenden rescatar la desnudez del día. La fecha que toca este volumen es inevitable: 11 de septiembre de 2001. Y la ciudad: Nueva York, el aluvión de la tragedia. Así, Poemas desde Church Street[1], de Maricel Mayor Marsán, se vuelve un documento lírico como registro de lo transcurrido. La voz colectivamente solitaria, solidaria, integra un expediente, donde el espacio existencial se agranda y se compacta. La vida como una flor que estalla con sangrante tonalidad. Ocres y sepias condensándose en múltiples emociones.

            Imposible trastocar la realidad, modificarla a través de una serie de observaciones sensibles. Aunque la palabra se rige y se funda para establecer nuevos códigos, otras relaciones significativas. Pero el entorno continúa ahí, perturbando como una llaga. La palabra nombra, re-presenta lo que se vive. Y la memoria resuena para establecer una nueva distancia tempo-espacial, pero íntimamente vinculada al discurso mismo. Sin embargo la existencia continúa presente, ordenándose, construyéndose. La ética conciliándose con la función estética del escritor. Maricel Mayor Marsán lo sabe y lo expresa desde su particular dimensión, desde su óptica sensible.

En otras palabras: la realidad cotidiana golpea a cada instante para revelar que aquella visión que se tenía sobre algún aspecto determinado, y que además se consideraba exclusiva, única, desde la perspectiva sensible, no era más que una fijación entretejida tomada de varios entornos. Se construye, sí, a partir de múltiples interpretaciones fijas, asumidas en el paso del tiempo, de lo que se considerada realidad. Pero ¿qué es la realidad?, ¿el mundo llano, lo que existe?, ¿la esencia misma, lo que una cosa es, prescindiendo de la apariencia con que se presenta a los sentidos?

            En El hombre y lo divino María Zambrano[2] explica que ésta se establece entre dos vacíos: el primordial, no tan hueco, y que prefigura el ámbito sacro, observado por los presocráticos como el apeiron, lo indeterminado, el origen de todo, y el vacío final: la nada, la muerte. O, para decirlo en términos de Robert Graves: la existencia, que puede ser cantada en un año o en un día, y que míticamente se vincula al Espíritu del Año Creciente y al Espíritu del Año Menguante, disputándose los favores de la Diosa, de la Madre Naturaleza[3].

La realidad, la existencia, comprendida por la voz lírica, que se mueve entre esos planos, donde el proceder y la dimensión discursiva, lingüística, constituyen una síntesis viviente, vitalmente estética. Así, un texto que consigue transmitir esa fugaz permanencia existencial, se vuelve testimonio, documento. La actividad humana, el discernimiento sensible, participan de este afán por preservar el significado del mundo.

            La descarga emotiva se consigue por el sentido estético del lenguaje, por esa tensión interna que mueve al autor a escoger al tema, cargándolo de conocimiento, de contenidos nuevos. Por ende, Poemas desde Church Street, más que una colección de textos, es el acto ineludible de un ser social que pugna por responder artísticamente hablando ante la desdicha:

 

El sol se funde en las siluetas

y la tarde tiene una luz particular.

No atino a distinguir las diferencias

entre este hombre y aquél.

Tantos rostros son los rostros

de esta nación americana.

Tantas lenguas son las lenguas

que se hablan en sus calles.

(p.79)

 

El libro, bilingüe, se desarrolla en cuatro instancias, con 24 textos y 10 apotegmas como principios prácticos, como normas de las acciones morales, para recoger la memoria. Líneas y sentencias, ordalías existenciales anidando en la densidad y la basura. La circunstancia social contada y cantada a través de la expresión lírica. El amor insomne que se vuelve esencia, huella que se perpetúa:

 

 Ahora aspiro el aire y te respiro,

eres el polvo consagrado en las siluetas

de esta ciudad que nos acoge a todos

(p. 31)

 

            Bajo los escombros de la zona cero, el espacio enmudecido, el amante que pervive en el recuerdo, el destino como hoguera que trepida. “No es el miedo el que me acecha”, reconoce la autora (p. 77). A cada paso se advierte la ciudad empequeñecida ante la tragedia. La urbe consagrándose a la devastación, instantáneas emotivas; fotografías, daguerrotipos combinándose con el polvo y la ceniza. He aquí a esos “Habitantes anónimos de la ciudad de Nueva York”; la palabra que busca accionar en la reminiscencia, postular la condición humana, lo doloroso de la devastación.

Imposible permanecer indiferente. La historia habla por sí misma:

 

La vida nos diezma por minutos

y he aquí, el hombre que se empeña

en arrebatar fracciones de segundos

del cáliz aún húmedo de otros hombres

(p. 23)

 

Cierto: Poemas desde Church Street es la visión humana de una mujer sensible que recurre a develar la oscuridad salvaje del lacerante infierno. Caos y desasosiego. Silencio y miedo conciliándose en la complicidad del polvo.

El mal y el bien en funciones trastocados. Premisas y reiteraciones para gestar una nueva postura religiosa, donde Dios es un simple recluso. Por otra parte, ciegos y mendigos, historias inconexas que, no obstante, se eternizan en las voces de una pérdida compartida. “Algunos poemas desde el asfalto”, por ejemplo, exterioriza líneas, expresiones que comparten viejos códigos: el dolor, la orfandad, la existencia como grieta. El clamor de la autora como demostración colectiva, particularizada en este volumen: “Persigo un olor a cuerpo que no existe”, revela Maricel Mayor (p. 33)

            El oficio de vivir es, muchas veces, devastador. Y más el de consignar los hechos, testimoniarlos. Y todo, hasta el dolor, se vuelve materia literaria. Y aquí habría que recordar las tesis marxistas de la literatura Lukács, principalmente que la determinaba como refiguración de la realidad, siempre desde la perspectiva particular. La imagen parte de una sustancia capturada, aprehendida a través de la instauración de una nueva estructura en que el suceso se identifica con el tema la existencia y donde percepción y emoción se concilian en una entidad reciente. Y esto lo ha conseguido Maricel Mayor a plenitud.

 

Maricel Mayor Marsán, Poemas desde Church Street, Ediciones Baquianas, Col. Caminos de la poesía, Miami, 2006, 85 pp.


 

[1] Ediciones Baquianas, Col. Caminos de la poesía, Miami, 2006, 85 pp.

[2] 2ª. ed., FCE, Col. Breviarios, No.103, Méx., 1973.

[3] Vid.. Robert Graves, La diosa blanca, Alianza, Madrid, 1986, 701 pp.

 

 

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