
Pablo Brito Altamira No
se considera un escritor sino alguien que se vale de la
escritura y otras formas de expresión como instrumentos
para transmitir experiencias y experimentar en la
comunicacíón dentro de la “vida real”: para él, el único
arte posible es el de vivir. Autor de algunas piezas de
teatro, numerosos relatos , algunos textos teóricos y
unos cuantos ejercicios narrativos que prefiere no
llamar novelas, es sobre todo un investigador de la
naturaleza humana y un poeta. Su historia , ciertos
casos que recordar no quiere. Autor de Teatro ,
Director, Productor y Publicista, es responsable también
de un buen número de guiones de cine y t.v. para largos
y cortos - comerciales o experimentales, filmados o por
filmar - de cuyos nombres no quiere acordarse.Ha
obtenido numerosos reconocimientos por su trabajo. El
último de ellos es el primer premio en el certamen
literario “Villa de Navia” 2005

Fragmento del guión de
película realizado por Pablo Brito Altamira
1.
PABLO RUIZ SABÍA QUE
DESPUÉS DE PINTAR
“CRUCIFIXIÓN”
las cosas nunca volverían a ser como antes, pero se
negaba a aceptarlo. Olga había abierto la puerta a la
que había estado tocando por años y le había dado
entrada al palacio de los sueños que se vuelven
pesadillas. El, que había presumido de no necesitar de
la depresión ni del alcohol para llegar a tocar el alma,
se hallaba de pronto en un desierto en que los pinceles
huían de sus manos. Las tijeras con que se puso a
componer collages hablaban por si solas y dejaban
al descubierto algo que trataba de expresar con sus
palabras toscas en lo que los idiotas que lo rodeaban
llamaban sus “poemas”. El sabía que aquello era un
pasatiempo de recluso y que las cenizas no arden por
mucho que se las sople, pero sus manos necesitaban
seguir moviéndose y haciendo, aunque ya no se tratara de
magia sino de prestidigitación. Braque se lo había
advertido con uno de sus elocuentes silencios una noche
en Montparnasse, después de escuchar la lectura de una
crítica elogiosa que hacían acerca de él y de su obra:
un genio es lo más alejado que pueda imaginarse de un
artista.
Sabartés callaba de una
manera distinta y Marie Thérèse callaba también, porque
no sabía hacer otra cosa que gemir en sus brazos y
decirse la madre de su hija. Maya callaba porque era muy
pequeña, Eluard callaba porque lo quería demasiado. ¿Quién
lloraría por él? ¿Quién sería capaz de escuchar la
confesión y morir después, para garantizar el secreto?
No tuvo que buscarla
porque ella apareció sola, una tarde aburrida en el
Deux Magots.
2.
Entró como una diosa
griega, con la mirada fija en el infinito. Su falda
susurró al pasar cerca de la mesa en la que él compartía
una conversación sin futuro con Eluard, que hizo un
gesto de saludo: a él no le concedió ella ninguna
reverencia de las acostumbradas; pareció no percatarse
siquiera de que ocupaba la silla. Se dirigió sin más a
la mesa cercana y sacó de su bolso una navaja muy
afilada. Los guantes tenían rosas bordadas y ella iba
toda de negro. También eran negros sus cabellos y sus
ojos; el
rouge de los labios era
carmesí oscuro. Se hubiera dicho una máscara perfecta en
una versión femenina del Fantasma de la Opera
convertido en mujer que prometía el cielo tras el
disfraz, como aquel sugería el infierno.
La navaja corría veloz
entre sus manos en el juego de marcar con la punta el
espacio entre los dedos abiertos de la mano sobre la
madera de la mesa; los guantes daban el color necesario
para que el asunto pareciera un ritual. Los golpecitos
fueron acelerándose mientras él se dio cuenta de que no
podía separar los ojos de aquello. Pero ella seguía
indiferente, como una muñeca mecánica. Y la navaja
continuaba clavándose con más ahínco: la aguja de una
máquina de coser que no puede permitirse un titubeo.
Si fue error o si fue
voluntario no pareció importar a ninguno de los que
presenciaba el alarde porque era simplemente inevitable.
El cuchillo se clavó en la carne y el guante se manchó
primero y luego comenzó a manchar el mantelito de papel
con un rojo que competía con el de los labios que se
abrían para mostrar los dientes blancos y perfectos en
lo que no se sabía si era una sonrisa de triunfo o una
mueca de dolor: ella continuó.
El mesero que se acercaba
con una servilleta y algo de alarma por el espectáculo
que alteraba la paz del establecimiento se colocó en su
campo visual y suspendió por un momento la contemplación
del cuadro. Pablo se puso de pie de manera automática,
como hubiera hecho en le momento culminante de una
corrida si el espectador que tenía en la fila delantera
le robara la visión de la estocada.
Y corrió hacia ella
tratando de disimular el interés; imposible. Fue torpe,
fue evidente.
- Deténgase- iba a decir
casi en español cuando acudió la palabra francesa: “Arretez”.
Ella detuvo el juego como
el pianista que termina el concierto y levantó la mano
con el arma con un gesto gracioso y teatral.
Entonces lo miró por
primera vez como preguntándole en qué podía aquello
incumbirle, con la altivez más endemoniada que había
visto nunca en una hembra.
-Es que quiero el
guante – tartamudeó él. – para un collage…y quiero
hacerle a Usted un retrato. –