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Pamela H. Long,
PhD, es profesora de
estudios internacionales en Auburn University Montgomery
en el estado de Alabama, Estados Unidos. Recibió el
doctorado de la Universidad de Tulane de Louisiana en
literatura colonial. Imparte cursos de idioma español,
literatura y cultura mexicana, idioma francés y
comunicaciones interculturales. Ha publicado varios
artículos sobre las obras de Cervantes y Sor Juana Inés
de la Cruz, especialmente sobre los villancicos y la
música en el teatro áureo.

Cuando Sancho
llega a la casa de Don Quijote en la segunda parte de la
novela, para informarle que se han publicado sus hazañas,
Quijote se maravilla, asombrado por la pronta apariencia
del texto: “pues aún no estaba enjuta en la cuchilla de
su espada la sangre de los enemigos que había muerto”
(II 3)i.
Los dos amigos llaman al bachiller Sansón Carrasco para
que éste les explique el misterio, y desde ahí se
despliega una discusión entretenida del libro, el cual
Don Quijote supone que “por fuerza había de ser
grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera” (II
3).
Para
la gran mortificación de Quijote, Sansón le comunica que
el texto fue compuesto por un moro poco fiable, y además,
que la mayoría de los lectores consideran que el libro
es muy cómico. Todavía peor, se han denunciado el estilo
del libro como retorcido y tortuoso, y la estructura
hinchada de materia extrínseca como la historia del
Curioso impertinente. Estas noticias provoca a Sancho
una reacción indecorosa, “Yo apostaré . . . que ha
mezclado el hideperro berzas con capachos” (II 3).
El anuncio que
el texto que incorpora las hazañas del héroe ha ganado
mucha popularidad – no por las proezas del protagonista,
sino por el índole burlesco del relato -- desilusiona a
Don Quijote, acongojándole de que su “insigne” historia
haya resultado en una burla grotesca de sus hazañas
caballerescas. En el mismo momento que se acaba la
conversación, con la noticia de que se está haciendo una
continuación de su historia, se interrumpe el coloquio
con el relincho de Rocinante:
No había bien
acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a
sus oídos relinchos de Rocinante, los cuales relinchos
tomó don Quijote por felicísimo agüero, y determinó de
hacer de allí a tres o cuatro días otra salida, y
declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por
qué parte comenzaría su jornada… (II 4)
Aquí Rocinante
se entromete en la narración como un clarín – o mejor
dicho, la voz de la Sirena que atrae al héroe a su
destino desastroso A través de la novela, especialmente
en la primera parte, Rocinante tiene un papel muy
curioso. Más de una vez, invierte los papeles de amo y
bestia, apoderándose de las riendas de la historia, como
un
equus
ex machina, llevando a su amo – y la dirección de la
narración – por un camino desconocido.
De la misma
manera que el texto describiendo sus “hazañas”
desilusiona a Don Quijote, Rocinante tampoco cumple con
las ilusiones de su dueño. Desde el momento en que
Alonso Quijanoii
rebautiza a su rocín anejo al principio de sus aventuras,
hasta el final de la segunda parte, cuando Alonso
Quijano el Bueno expira y cierra la portada de las
hazañas de un caballero ficticioso, sin dejar menciones
en su testamento para su compañero equino, Rocinante
cabalga a través de El Ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha como un reflejo, una sombra, una
quimera, sugiriendo que el texto cervantino se
desarrolló una vida absurda y propia, al mismo tiempo
que fluyó de la pluma del autor.
Pocos críticos
del Quijote han planteado el poder que maneja
Rocinante dentro del texto. Algunos, como Howard Mancing,
están fascinados por las sutilezas linguísticas de la
escena en la cual Rocinante se divierte con las hacas,
viendo en esto una oportunidad en que Cervantes parodia
los romances caballerescos: It is almost as though
Rocinante takes on human and even, like his master,
chivalric characteristics …; the horse seems to be
“thinking” in fabla about his erotic chivalric
adventure (Mancing 58).”
Esta parodia,
según Mancing, se construye con el arcaísmo “facas” en
vez de “hacas” en la descripción de los yangüeses, de
ahí se sitúa el episodio en el pasado caballeresco.
Aunque Mancing hace hincapié en la inversión de papeles
entre animal y hombre, su enfoque está en los elementos
paródicos del episodio, no en la estructura narrativa.iii
Para
Casalduero, este episodio es una parodia de la sustancia
y el estilo de los romances pastoriles, y es prólogo a
los desastres eróticos de Don Quijote y Maritornes en la
venta (Casalduero 91). Rodríguez y Dykstra creen que
esta parodia pastoral es una senda hasta los romances
caballerescos caracaturizados por Cervantes a través de
la novela entera:
Cervantes's
parodic inversion of his model is both extreme and
all-encompassing. If the indicated locus amoenus
sets the stage, in the Amadís, for one of
literature's most delicately human descriptions of
carnal love (purposely devoid of all that the sexual act
may convey of animal, physical, urgency), Cervantes, in
the selfsame setting, literally animalizes it via
Rocinante. If the male's initiating activity in the
sexual encounter is —not unexaggeratedly— reversed in
the Amadís, Cervantes, of course, has Rocinante
intruding upon and bothering the mares with his urgent
need. If Oriana not only consents but, we are forced to
imagine, must actively encourage the passively adoring
hero, the mares approached by Rocinante —albeit, with
good biological sense in the animal kingdom— drive him
violently away. (Rodríguez y Dykstra 119)
Helena Percas
de Ponseti opina que Rocinante es la animalización de
Don Quijote, icono de la ideación erótica sublimada de
su amo. Para Percas, el retrato de Rocinante en el
cuaderno de Cide Hamete es la clave para entender la
relación entre escribir y pintar (Percas 78). Percas
señala que en la segunda parte de la novela, Don Quijote
postula que la falta de pereza del pintor Ordaneja, y la
necesidad de incluir una etiqueta de identificación en
su pintura de un gallo, hacen paralelo con la ineptitud
de las descripciones de Cide Hamete de las hazañas de
Don Quijote. De ahí que Rocinante es una cifra, una
voluta, un arabesco, que codifica el estilo bruto de
Cide Hamete y la naturaleza carnal de Don Quijote.
Curiosamente,
el cuadro descrito en capítulo 9 de la primera parte,
ofrece una idea del papel narrativo de Rocinante. El
final de la sección termina bruscamente, dejando la
acción de la batalla de Don Quiote con el vizcaíno. El
“yo” del primer capítulo de la segunda parte de la
novela original, el “segundo autor desta obra” (I 8)
encuentra la acción suspendida en el punto donde los dos
combatientes están para cruzar armas, con sus espadas en
el aire: “y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó
destroncada tan sabrosa historia , sin que nos diese
noticia su autor dónde se podría hallar lo que della
faltaba” (I 9).
Esta
interrupción le causa gran estorbo al narrador sin
nombre, (“no podía inclinarme a creer que tan gallarda
historia hubiese quedado manca y estropeada”), quien
buscan sin éxito en la biblioteca de Don Quijote,iv
sin encontrar el resultado de la historia. Después de
obtener el resto del segmento de un pícaro del Mercado
de Toledo, el narrado sigue con el “freeze-frame” del
cuadro: “levantadas las espadas, el uno cubierto de su
rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno
tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro
de ballesta”.
Hay una
descripción del cuadro del vizcaíno, con una etiqueta
a la Orbaneja a sus pies, dándole el nombre “Don
Sancho de Azpeitia”; el cuadro de Rocinante recibe una
descripción también, y a sus pies, otra etiqueta con el
nombre “Don Quijote.” Sancho Panza merece una
descripción por parte del narrador, inclusive, un título
erróneo debajo de su retrato.
A diferencia
de Sancho y el feroz vizcaíno, Don Quijote no merece
ninguna descripción, sino es Rocinante el que detiene la
pluma del narrador: “Estaba Rocinante maravillosamente
pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con
tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien
al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le
había puesto el nombre de «Rocinante».” El único
personaje que no se describe en este cuadro es el
personaje principal Don Quijote, quien no recibe nada
más que una mención indirecta y ninguneadora: “Otras
algunas menudencias había que advertir, pero todas son
de poca importancia y que no hacen al caso a la
verdadera relación de la historia, que ninguna es mala
como sea verdadera.” Así Rocinante desplaza a Don
Quijote como la figura axial de la narración.
Rocinante siempre ha sido al frente
de la narración cervantina, y de su ideación. Ha sido el
“ante” a través de la encarnación de Don Quijote como
caballero andante. De hecho, había sido rocín
mucho antes de que Alonso Quijada/Quijano asuma su nuevo
nombre y su nueva identidad (I 1), el nombramiento del
caballo tomando lugar muy después del conocimiento del
valor del animal: “y ansí procuraba acomodársele, de
manera que declarase quién había sido antes que fuese de
caballero andante y lo que era entonces.” Una vez de
Alonso ha pasado cuatro días conjurando un nombre para
la bestia, pasa ocho más poniéndose un nombre a sí mismo:
“Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso
ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros
ocho días, y al cabo se vino a llamar ‘don Quijote’”.
Así el caballo renace y se (re)bautiza antes de su amo.
En varios
puntos de la primera novela, Rocinante se apodera de la
narración, manejando la dirección de la acción—unas
veces cuando Don Quijote suelta la rienda, otras veces
contra la voluntad del amo. Muy temprano, en la primera
salida, Don Quijote le echa en cara a Rocinante por las
heridas misteriosamente ausentes de su cuerpo después de
la batalla con los gigantes: “Lleváronle luego a la cama,
y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él
dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran
caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez
jayanes, los más desaforados y atrevidos que se pudieran
fallar en gran parte de la tierra (I 5)”. Es una caída
de Rocinante en el cuarto capítulo de la primera parte
que interrumpe la “justicia” que Don Quijote traba por
Andrés, dejándole al caballero inerte en la tierra, sin
armas e iracunda, echando la culpa al final a su
montadura: “Y aun se tenía por dichoso, pareciéndole que
aquella era propia desgracia de caballeros andantes, y
toda la atribuía a la falta de su caballo…” (I 4).
Dos veces los
instintos amorosos de Rocinante desvarían el curso de la
acción. Como mencioné antes, Don Quijote soltó las
riendas, en imitación de Amadís, para dejar que el
animal escogiera la senda. Esta contravención de sentido
común nos lleva al episodio comiquísimo de las hacas de
los yangüeses.
En el capítulo 43,
los deseos lujuriosos de Rocinante precipitan otra lesión, y
voltean la dirección de la narración otra vez. Maritornes se
burla de Don Quijote, atándole a través del pajar, mientras
el caballero para encima de la silla de Rocinante. El amo se
encuentra a la merced de la bestia (“y, así, no osaba hacer
movimiento alguno, puesto que de la paciencia y quietud de
Rocinante bien se podía esperar que estaría sin moverse un
siglo entero”), de sus estrellas y del sabio encantador (“habían
de estar él y su caballo hasta que aquel mal influjo de las
estrellas se pasase o hasta que otro más sabio encantador le
desencantase”).
Rocinante se ha
quedado quieto por toda la noche, una efigie inerte del
amado cortés, inmovilizado, desanimado, impotente debido a
la ausencia de sus amadas “facas,”: “melancólico y triste,
con las orejas caídas.”
v
Al momento en que las esperanzas amorosas de Don Quijote
parecen mejorarse, los sentidos de Rocinante le informa de
la venida de cuatro (nuevas) doncellas equinas: “y como en
fin era de carne, aunque parecía de leño, no pudo dejar de
resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a hacer
caricias.” Y por la mala suerte de Quijote, Rocinante se
mueve, y así deja a su amo colgado dolorosamente por un
brazo.vi
Impotente, incongruo, perjudicado, Rocinante otra vez ha
sido el ante-cedente de su amo.
El soneto satírico
“Del Caprichoso, discretísimo académico de la Argamasilla,
en loor de Rocinante, Caballo de Don Quijote de la Mancha”
al final del primer volumen coloca a Rocinante en un lugar
pos-quijotesco, al final del soneto, en el último terceto.
Esta colocación posterior no degrada a Rocinante; sino que,
como viene al climax del soneto, eleva las hazañas
del caballo sobre los del caballero. Si Don Quijote es el
manchego frenético que osó montar sobre el trono de diamante
de Martes, Rocinante le supera en que excede a las
cabalgaduras míticas cuyos amos caballerescos Orlando y
Rinaldo no merecen nombres: “pues hasta Rocinante, en ser
gallardo, / excede a Brilladoro y a Bayardo.” Hasta el
epitafio de Quijote se ha desgastado, y los últimos
renglones leíbles favorecen a su escudero y su caballo, y no
sus hazañas “insignes”:
Aquí yace el
caballero
bien molido y malandante
a quien llevó Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fïel
que vio el trato de escudero.
Obviamente es
la imagen de Rocinante del primer volumen la que
persiste en la memoria de los lectores, tan fuerte como
la del Caballero de la Triste Figura. Cuando Sansón le
alaba el primer volumen a Don Quijote, la prueba más
convincente que produce es que Rocinante es el epónimo
de rocines: “y, finalmente, es tan trillada y tan leída
y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han
visto algún rocín flaco, cuando dicen: ‘Allí va
Rocinante’” (II 3).
Rocinante,
entonces, ha tomado gran parte del poder de Don Quijote
en desentrañar los libros de caballerías, de hacerles
desaparecer, de hacer burla de ellos, de hacerles
parecer tan grotescos, mal formados, deshilados,
anticuados, caóticos y absurdos como el caballo mismo.
De la misma manera que Don Quijote soltó la rienda y
acabó humillado y lesionado, también los escritores de
romances vanos han soltado su propio poder de formar
narrativas artísticas, coherentes, verídicas. Quizás el
verdadero autor del Quijote no fue ni Cervantes,
ni Cide Hamete, tampoco Pierre Ménard. Quizás el Génesis
de este caballero fue, no el fiat lux, sino…los
“relinchos de Rocinante.”
Notas
i
Todas las citas vienen de la versión de web, Edición
del Instituto Cervantes. Dirigida por Francisco
Rico,
http://cvc.cervantes.es/obref/quijote/
Se refiere a las novelas por numerales latinas (I) y
por los capítulos por numerales árabes (2).
ii
O “Quijada” o “Quesada,” o “Quejana,” como parece
que nuestro ficticioso narrador no está totalmente
seguro.
iii
Mancing dice: In this scene, there is another level
of comedy involving linguist subtleties that
deserves analysis and comment. The first mention of
the mares is in a reference to “una manada de hacas
galicianas” (“a drove of Galician ponies”). What is
important here is the use of hacas rather
than the alternate form jacas. While it is
possible that Cervantes’s orthography could be the
result of mere coincidence, or even of a deliberate
intent to create alliteration in the phrase “una
manada de hacas galicianas de unos
arrieros gallegos,” an even more
plausible explanation of is preference for the h-
spelling is his desire to set up a phonetic contast
with the comic archaic f- in the beginning of
the following paragraph (p. 147)): “Sucedió, pues,
que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con
las señoras facas” (“It was at this moment
that Rocinante took a fancy to disport himself with
the ladies,” p. 99). Although the comic
personification and irony implicit in the phrase
“las señoras hacas,” especially in the light
of what follows, might have been sufficient to
achieve a considerable comic effect, the
substitution of facas for hacas cannot
help but remind the reader of DQ’s frequent use of
the archaic f-. Reinforcing the assumption of
a deliberate choice of the h- < f-
archaism is the subsequent presence of the equally
archaic ál: “Mas ellas, que . . . debían de
tener más gana de pacer que de ál” (p. 147)
(“They, however, seemed to prefer their pasture to
him”). It is almost as though Rocinante takes on
human and even, like his master, chivalric
characteristics …; the horse seems to be “thinking”
in fabla about his erotic chivalric
adventure. (57-58)
iv
No nos dice el “segundo autor” cómo ni por qué obtuvo
acceso a la biblioteca de Don Quixote. (I 9)
v
Frecuentemente se describe a Rocinante como
todo lo opuesto de Don Quijote en cuanto a su
temperamento galénico. De hecho, el colérico
caballero tiene como cabalgadura un rocín
completamente su antídoto: “Sucedió en este tiempo
que una de las cabalgaduras en que venían los cuatro
que llamaban se llegó a oler a Rocinante, que,
melancólico y triste, con las orejas caídas,
sostenía sin moverse a su estirado señor” (I 43).
vi
La comparación con la madera prefigura el episodio
de Clavileño del Segundo volumen. Cuando La Dolorida
le expone la grandeza del mitológico Clavileño a
Sancho, el escudero dice
—Yo
apostaré —dijo Sancho— que pues no le han dado
ninguno desos famosos nombres de caballos tan
conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,
Rocinante, que en ser propio excede a todos los que
se han nombrado (II 40).
Este disparate curioso, una
cláusula en aposición, “el de mi amo, Rocinante,” se
puede leer como “Rocinante, el de mi amo” o como “el
caballo de mi amo, quien es Rocinante.” Para una
discusión sobre el tema de ser/parecer de los
dos caballos de Don Quijote, véase Cabrera Medina,
Luis. "Rocinante, Clavileño, Baciyelmo: Palabra y
realidad." Revista de Estudios
Hispánicos 17-18 (1990-1991): 115-27.
Obras Citadas
Casalduero, Joaquín. Sentido y forma del
Quijote. Madrid: Insula, 1949.
Mancing, Howard. The Chivalric World of Don
Quijote: Style, Structure, and Narrative
Technique. Columbia, MO: Univ. of Missouri
Press, 1982.
Rodríguez, Alfred and Joel F. Dykstra.
“Cervantes's Parodic Rendering of a Traditional
Topos: Locus Amoenus.” Cervantes:
Bulletin of the Cervantes Society of America
17.2
(1997):
115-21.
Imagen:
Don Quijote, atado de la mano por Maritornes
(I,42) (grabado Gustave Doré)

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Año 2 I Número
8
I
2007 ©
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