México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 









 

 

 

Pamela H. Long, PhD, es profesora de estudios internacionales en Auburn University Montgomery en el estado de Alabama, Estados Unidos. Recibió el doctorado de la Universidad de Tulane de Louisiana en literatura colonial. Imparte cursos de idioma español, literatura y cultura mexicana, idioma francés y comunicaciones interculturales. Ha publicado varios artículos sobre las obras de Cervantes y Sor Juana Inés de la Cruz, especialmente sobre los villancicos y la música en el teatro áureo.


 

Cuando Sancho llega a la casa de Don Quijote en la segunda parte de la novela, para informarle que se han publicado sus hazañas, Quijote se maravilla, asombrado por la pronta apariencia del texto: “pues aún no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que había muerto” (II 3)i. Los dos amigos llaman al bachiller Sansón Carrasco para que éste les explique el misterio, y desde ahí se despliega una discusión entretenida del libro, el cual Don Quijote supone que “por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera” (II 3).

Para la gran mortificación de Quijote, Sansón le comunica que el texto fue compuesto por un moro poco fiable, y además, que la mayoría de los lectores consideran que el libro es muy cómico. Todavía peor, se han denunciado el estilo del libro como retorcido y tortuoso, y la estructura hinchada de materia extrínseca como la historia del Curioso impertinente. Estas noticias provoca a Sancho una reacción indecorosa, “Yo apostaré . . . que ha mezclado el hideperro berzas con capachos” (II 3).

El anuncio que el texto que incorpora las hazañas del héroe ha ganado mucha popularidad – no por las proezas del protagonista, sino por el índole burlesco del relato -- desilusiona a Don Quijote, acongojándole de que su “insigne” historia haya resultado en una burla grotesca de sus hazañas caballerescas. En el mismo momento que se acaba la conversación, con la noticia de que se está haciendo una continuación de su historia, se interrumpe el coloquio con el relincho de Rocinante:

No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus oídos relinchos de Rocinante, los cuales relinchos tomó don Quijote por felicísimo agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra salida, y declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué parte comenzaría su jornada… (II 4)

Aquí Rocinante se entromete en la narración como un clarín – o mejor dicho, la voz de la Sirena que atrae al héroe a su destino desastroso A través de la novela, especialmente en la primera parte, Rocinante tiene un papel muy curioso. Más de una vez, invierte los papeles de amo y bestia, apoderándose de las riendas de la historia, como un equus ex machina, llevando a su amo – y la dirección de la narración – por un camino desconocido.

De la misma manera que el texto describiendo sus “hazañas” desilusiona a Don Quijote, Rocinante tampoco cumple con las ilusiones de su dueño. Desde el momento en que Alonso Quijanoii rebautiza a su rocín anejo al principio de sus aventuras, hasta el final de la segunda parte, cuando Alonso Quijano el Bueno expira y cierra la portada de las hazañas de un caballero ficticioso, sin dejar menciones en su testamento para su compañero equino, Rocinante cabalga a través de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha como un reflejo, una sombra, una quimera, sugiriendo que el texto cervantino se desarrolló una vida absurda y propia, al mismo tiempo que fluyó de la pluma del autor.

Pocos críticos del Quijote han planteado el poder que maneja Rocinante dentro del texto. Algunos, como Howard Mancing, están fascinados por las sutilezas linguísticas de la escena en la cual Rocinante se divierte con las hacas, viendo en esto una oportunidad en que Cervantes parodia los romances caballerescos: It is almost as though Rocinante takes on human and even, like his master, chivalric characteristics …; the horse seems to be “thinking” in fabla about his erotic chivalric adventure (Mancing 58).”

Esta parodia, según Mancing, se construye con el arcaísmo “facas” en vez de “hacas” en la descripción de los yangüeses, de ahí se sitúa el episodio en el pasado caballeresco. Aunque Mancing hace hincapié en la inversión de papeles entre animal y hombre, su enfoque está en los elementos paródicos del episodio, no en la estructura narrativa.iii

Para Casalduero, este episodio es una parodia de la sustancia y el estilo de los romances pastoriles, y es prólogo a los desastres eróticos de Don Quijote y Maritornes en la venta (Casalduero 91). Rodríguez y Dykstra creen que esta parodia pastoral es una senda hasta los romances caballerescos caracaturizados por Cervantes a través de la novela entera:

Cervantes's parodic inversion of his model is both extreme and all-encompassing. If the indicated locus amoenus sets the stage, in the Amadís, for one of literature's most delicately human descriptions of carnal love (purposely devoid of all that the sexual act may convey of animal, physical, urgency), Cervantes, in the selfsame setting, literally animalizes it via Rocinante. If the male's initiating activity in the sexual encounter is —not unexaggeratedly— reversed in the Amadís, Cervantes, of course, has Rocinante intruding upon and bothering the mares with his urgent need. If Oriana not only consents but, we are forced to imagine, must actively encourage the passively adoring hero, the mares approached by Rocinante —albeit, with good biological sense in the animal kingdom— drive him violently away. (Rodríguez y Dykstra 119)

Helena Percas de Ponseti opina que Rocinante es la animalización de Don Quijote, icono de la ideación erótica sublimada de su amo. Para Percas, el retrato de Rocinante en el cuaderno de Cide Hamete es la clave para entender la relación entre escribir y pintar (Percas 78). Percas señala que en la segunda parte de la novela, Don Quijote postula que la falta de pereza del pintor Ordaneja, y la necesidad de incluir una etiqueta de identificación en su pintura de un gallo, hacen paralelo con la ineptitud de las descripciones de Cide Hamete de las hazañas de Don Quijote. De ahí que Rocinante es una cifra, una voluta, un arabesco, que codifica el estilo bruto de Cide Hamete y la naturaleza carnal de Don Quijote.

Curiosamente, el cuadro descrito en capítulo 9 de la primera parte, ofrece una idea del papel narrativo de Rocinante. El final de la sección termina bruscamente, dejando la acción de la batalla de Don Quiote con el vizcaíno. El “yo” del primer capítulo de la segunda parte de la novela original, el “segundo autor desta obra” (I 8) encuentra la acción suspendida en el punto donde los dos combatientes están para cruzar armas, con sus espadas en el aire: “y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia , sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba” (I 9).

Esta interrupción le causa gran estorbo al narrador sin nombre, (“no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada”), quien buscan sin éxito en la biblioteca de Don Quijote,iv sin encontrar el resultado de la historia. Después de obtener el resto del segmento de un pícaro del Mercado de Toledo, el narrado sigue con el “freeze-frame” del cuadro: “levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta”.

Hay una descripción del cuadro del vizcaíno, con una etiqueta a la Orbaneja a sus pies, dándole el nombre “Don Sancho de Azpeitia”; el cuadro de Rocinante recibe una descripción también, y a sus pies, otra etiqueta con el nombre “Don Quijote.” Sancho Panza merece una descripción por parte del narrador, inclusive, un título erróneo debajo de su retrato.

A diferencia de Sancho y el feroz vizcaíno, Don Quijote no merece ninguna descripción, sino es Rocinante el que detiene la pluma del narrador: “Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había puesto el nombre de «Rocinante».” El único personaje que no se describe en este cuadro es el personaje principal Don Quijote, quien no recibe nada más que una mención indirecta y ninguneadora: “Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.” Así Rocinante desplaza a Don Quijote como la figura axial de la narración.

Rocinante siempre ha sido al frente de la narración cervantina, y de su ideación. Ha sido el “ante” a través de la encarnación de Don Quijote como caballero andante. De hecho, había sido rocín mucho antes de que Alonso Quijada/Quijano asuma su nuevo nombre y su nueva identidad (I 1), el nombramiento del caballo tomando lugar muy después del conocimiento del valor del animal: “y ansí procuraba acomodársele, de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo que era entonces.” Una vez de Alonso ha pasado cuatro días conjurando un nombre para la bestia, pasa ocho más poniéndose un nombre a sí mismo: “Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar ‘don Quijote’”. Así el caballo renace y se (re)bautiza antes de su amo.

En varios puntos de la primera novela, Rocinante se apodera de la narración, manejando la dirección de la acción—unas veces cuando Don Quijote suelta la rienda, otras veces contra la voluntad del amo. Muy temprano, en la primera salida, Don Quijote le echa en cara a Rocinante por las heridas misteriosamente ausentes de su cuerpo después de la batalla con los gigantes: “Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra (I 5)”. Es una caída de Rocinante en el cuarto capítulo de la primera parte que interrumpe la “justicia” que Don Quijote traba por Andrés, dejándole al caballero inerte en la tierra, sin armas e iracunda, echando la culpa al final a su montadura: “Y aun se tenía por dichoso, pareciéndole que aquella era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo…” (I 4).

Dos veces los instintos amorosos de Rocinante desvarían el curso de la acción. Como mencioné antes, Don Quijote soltó las riendas, en imitación de Amadís, para dejar que el animal escogiera la senda. Esta contravención de sentido común nos lleva al episodio comiquísimo de las hacas de los yangüeses.

En el capítulo 43, los deseos lujuriosos de Rocinante precipitan otra lesión, y voltean la dirección de la narración otra vez. Maritornes se burla de Don Quijote, atándole a través del pajar, mientras el caballero para encima de la silla de Rocinante. El amo se encuentra a la merced de la bestia (“y, así, no osaba hacer movimiento alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se podía esperar que estaría sin moverse un siglo entero”), de sus estrellas y del sabio encantador (“habían de estar él y su caballo hasta que aquel mal influjo de las estrellas se pasase o hasta que otro más sabio encantador le desencantase”).

Rocinante se ha quedado quieto por toda la noche, una efigie inerte del amado cortés, inmovilizado, desanimado, impotente debido a la ausencia de sus amadas “facas,”: “melancólico y triste, con las orejas caídas.” v Al momento en que las esperanzas amorosas de Don Quijote parecen mejorarse, los sentidos de Rocinante le informa de la venida de cuatro (nuevas) doncellas equinas: “y como en fin era de carne, aunque parecía de leño, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a hacer caricias.” Y por la mala suerte de Quijote, Rocinante se mueve, y así deja a su amo colgado dolorosamente por un brazo.vi Impotente, incongruo, perjudicado, Rocinante otra vez ha sido el ante-cedente de su amo.

El soneto satírico “Del Caprichoso, discretísimo académico de la Argamasilla, en loor de Rocinante, Caballo de Don Quijote de la Mancha” al final del primer volumen coloca a Rocinante en un lugar pos-quijotesco, al final del soneto, en el último terceto. Esta colocación posterior no degrada a Rocinante; sino que, como viene al climax del soneto, eleva las hazañas del caballo sobre los del caballero. Si Don Quijote es el manchego frenético que osó montar sobre el trono de diamante de Martes, Rocinante le supera en que excede a las cabalgaduras míticas cuyos amos caballerescos Orlando y Rinaldo no merecen nombres: “pues hasta Rocinante, en ser gallardo, / excede a Brilladoro y a Bayardo.” Hasta el epitafio de Quijote se ha desgastado, y los últimos renglones leíbles favorecen a su escudero y su caballo, y no sus hazañas “insignes”:

Aquí yace el caballero
bien molido y malandante
a quien llevó Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fïel
que vio el trato de escudero.

Obviamente es la imagen de Rocinante del primer volumen la que persiste en la memoria de los lectores, tan fuerte como la del Caballero de la Triste Figura. Cuando Sansón le alaba el primer volumen a Don Quijote, la prueba más convincente que produce es que Rocinante es el epónimo de rocines: “y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: ‘Allí va Rocinante’” (II 3).

Rocinante, entonces, ha tomado gran parte del poder de Don Quijote en desentrañar los libros de caballerías, de hacerles desaparecer, de hacer burla de ellos, de hacerles parecer tan grotescos, mal formados, deshilados, anticuados, caóticos y absurdos como el caballo mismo. De la misma manera que Don Quijote soltó la rienda y acabó humillado y lesionado, también los escritores de romances vanos han soltado su propio poder de formar narrativas artísticas, coherentes, verídicas. Quizás el verdadero autor del Quijote no fue ni Cervantes, ni Cide Hamete, tampoco Pierre Ménard. Quizás el Génesis de este caballero fue, no el fiat lux, sino…los “relinchos de Rocinante.”


Notas

i Todas las citas vienen de la versión de web, Edición del Instituto Cervantes. Dirigida por Francisco Rico, http://cvc.cervantes.es/obref/quijote/ Se refiere a las novelas por numerales latinas (I) y por los capítulos por numerales árabes (2).

ii O “Quijada” o “Quesada,” o “Quejana,” como parece que nuestro ficticioso narrador no está totalmente seguro.

 iii Mancing dice: In this scene, there is another level of comedy involving linguist subtleties that deserves analysis and comment. The first mention of the mares is in a reference to “una manada de hacas galicianas” (“a drove of Galician ponies”). What is important here is the use of hacas rather than the alternate form jacas. While it is possible that Cervantes’s orthography could be the result of mere coincidence, or even of a deliberate intent to create alliteration in the phrase “una manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos,” an even more plausible explanation of is preference for the h- spelling is his desire to set up a phonetic contast with the comic archaic f- in the beginning of the following paragraph (p. 147)): “Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las señoras facas” (“It was at this moment that Rocinante took a fancy to disport himself with the ladies,” p. 99). Although the comic personification and irony implicit in the phrase “las señoras hacas,” especially in the light of what follows, might have been sufficient to achieve a considerable comic effect, the substitution of facas for hacas cannot help but remind the reader of DQ’s frequent use of the archaic f-. Reinforcing the assumption of a deliberate choice of the h- < f- archaism is the subsequent presence of the equally archaic ál: “Mas ellas, que . . . debían de tener más gana de pacer que de ál” (p. 147) (“They, however, seemed to prefer their pasture to him”). It is almost as though Rocinante takes on human and even, like his master, chivalric characteristics …; the horse seems to be “thinking” in fabla about his erotic chivalric adventure. (57-58)

iv No nos dice el “segundo autor” cómo ni por qué obtuvo acceso a la biblioteca de Don Quixote. (I 9)

v Frecuentemente se describe a Rocinante como todo lo opuesto de Don Quijote en cuanto a su temperamento galénico. De hecho, el colérico caballero tiene como cabalgadura un rocín completamente su antídoto: “Sucedió en este tiempo que una de las cabalgaduras en que venían los cuatro que llamaban se llegó a oler a Rocinante, que, melancólico y triste, con las orejas caídas, sostenía sin moverse a su estirado señor” (I 43).

vi La comparación con la madera prefigura el episodio de Clavileño del Segundo volumen. Cuando La Dolorida le expone la grandeza del mitológico Clavileño a Sancho, el escudero dice

—Yo apostaré —dijo Sancho— que pues no le han dado ninguno desos famosos nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo, Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado (II 40).

Este disparate curioso, una cláusula en aposición, “el de mi amo, Rocinante,” se puede leer como “Rocinante, el de mi amo” o como “el caballo de mi amo, quien es Rocinante.” Para una discusión sobre el tema de ser/parecer de los dos caballos de Don Quijote, véase Cabrera Medina, Luis. "Rocinante, Clavileño, Baciyelmo: Palabra y realidad." Revista de Estudios Hispánicos 17-18 (1990-1991): 115-27.

Obras Citadas

Casalduero, Joaquín. Sentido y forma del Quijote. Madrid: Insula, 1949.

Mancing, Howard. The Chivalric World of Don Quijote: Style, Structure, and Narrative Technique.  Columbia, MO: Univ. of Missouri Press, 1982.
 

Rodríguez, Alfred and Joel F. Dykstra. “Cervantes's Parodic Rendering of a Traditional Topos: Locus Amoenus.” Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 17.2 (1997): 115-21.

 Imagen: Don Quijote, atado de la mano por Maritornes (I,42) (grabado Gustave Doré)

 


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