Dios está arriba
escondido en el desván. Por la noche le oíamos removerse y
nos entraba el miedo, no fuera que mamá o la abuela lo
fueran a descubrir. Robábamos comida para él. Sandra era
quien se la subía. Aprovechábamos la siesta, cuando los
mayores se iban a trabajar y nos dejaban solos en la casa,
en el cuarto, con las persianas bajadas. Afuera hacía un sol
de matar y oíamos los ronquidos de la abuela, llegando desde
el salón. Ahora, decíamos, y salíamos tras Sandra al pasillo.
No subíamos. Sandra nos decía que no debíamos subir, que no
debíamos acompañarla. No sabíamos si era porque Dios nos
tenía miedo o porque a nosotros nos daría miedo verle la
cara a Dios. Los domingos, en la iglesia, Flora me daba un
codazo para que viera a Dios, allí colgado de la cruz. Y
aunque ése era Dios, bien: no era Dios del todo. Quizá fuera
Dios hace tiempo, porque yo también, en algún libro, le
había visto con una larga barba blanca, sentado sobre un
planeta y rodeado por las estrellas y los ángeles. También
se aparece en el momento en que el cura levanta los brazos
para meterse dentro del pan bendito. Entonces hay que
arrodillarse, o bajar los ojos. Una vez me distraje y me
dieron un coscorrón para que inclinase la cabeza. Otra vez
intenté mirar disimulando. Marta me dijo que no me iba a
atrever. Pero no soy gallina y miré. No lo vi, o tal vez fue
que cuando miré ya había pasado todo. Tampoco hemos visto a
Dios arriba en el desván. Nunca hemos subido al desván.
Por las noches me
cubro con las sábanas hasta las orejas. Dejo el espacio
justo para que el aire entre, no me vaya a ahogar. Pero debo
estar bien tapado, hasta las orejas. No quiero que si Dios
baja un día me sorprenda en lo oscuro. Por eso me subo las
sábanas hasta arriba, aunque haga calor. Pedro al dormirse
le da una patada a la ropa y hasta los pies le quedan al
aire. Flora me mira. Te vas a ahogar. Pero yo sé que si
entra Dios y tiene que llevarse a alguien se llevará a
Pedro. No me importaría tanto como si se llevara a Flora. A
Sandra no creo que le haga nada, porque ella sabe cómo
hablar con él. Ella no debe tenerle ningún miedo. Pero a
nosotros, de todos nosotros, si a alguien tiene que coger es
a Pedro. A mí no me va a descubrir, porque sólo ve de mí un
poco de pelo, y cuando tira de él yo no digo nada. No
respiro entonces, como si yo no estuviera dentro de la cama,
y escucho sus ruidos. Un gemido ronco como la respiración de
un perro, y yo intento que él no oiga mi corazón. Pedro está
al lado y sé que al final le verá y se lo llevará, se lo
llevará a él, yo sólo soy un poco de pelo y nada más.
Seguimos a Sandra
hasta el pasillo. Ella lleva una vela en una mano y la caja
de cerillas en la otra. Nosotros llevamos la comida.
Caminamos a oscuras y por entre los ronquidos de la abuela,
que traen el sol del salón y explotan a nuestro lado. El que
peor lo lleva es el del plato con el vino (como Dios no
tiene boca no puede beber de un vaso como todos). Al que le
lleva el vino a Dios se le cae un poco que luego tiene que
limpiar del suelo o que le mancha la ropa y hace que se
ponga nervioso cuando mamá o la abuela u cualquiera de las
tías huele y pregunta ¿quién ha tirado un poco de vino?.
Caminamos con mucho cuidado y Sandra se impacienta y nos
hace gestos con la mano y alguna vez tira de nosotros.
Sandra come a veces en la mesa de los mayores, cuando alguno
de los tíos no ha venido, y entonces ni siquiera mira para
nosotros. Y cuando está en la mesa con nosotros hace de
mayor, nos regaña y nos dice lo que hay que hacer y lo que
no, quejándose siempre si no le hacemos caso y si no le
obedecemos en todo lo que dice: se cree mayor. Aunque, al
fin y al cabo, Sandra es la que habla con Dios.
Llegamos a la
puerta del desván y levanta la mano. Nos paramos todos,
agolpándonos alrededor de ella. Pedro empuja como si le
pillara de sorpresa, pero ya sabemos que lo hace para tirar
el vino y fastidiar al que está con el plato. Yo ya lo sé y
siempre intento que no vaya detrás de mí, porque si no se
tirará encima de mí para que se me caiga todo el vino y
Sandra se enfadará. Sin vino de nada vale ir a ver a Dios.
Pedro sabe hacerlo para nunca llevar el vino, siempre me
toca a mí. Debo impedir que se ponga tras de mí. Sandra se
detiene y con mucha lentitud le pasa la vela a Marta o a
Flora. Abre la caja y saca una cerilla. La enciende, a la
primera. Pocas veces tiene que frotar más de una vez. Yo
miro cómo lo hace. Rasca con fuerza, el dedo casi apoyado en
la cabeza del fósforo, parece que se va a quemar, pero nunca
se quema. Yo creo que no podrá hacerlo, que no logrará
encenderla o que no retirará el dedo a tiempo y miro para
saber cómo hacer para encender el fuego y tener el dedo a
salvo, estirado a la suficiente distancia de la llama. Miro,
igual que cuando mamá o la abuela encienden la cocina o la
estufa o cuando alguno de los tíos fuma. Observo cómo ponen
el dedo, y la cerilla, y la caja con el rascador, y cada uno
lo hace a su manera, pero algo hay en común entre todos
ellos porque siempre cada uno y todos, el dedo, la cerilla y
el rascador de la caja, en todos, cada uno, según cada uno
en su posición, tiran de la cerilla hacia sí y retiran el
dedo, en un momento sin que nunca logre descubrir qué es eso,
qué hay que mover para no quemarse y que el dedo se mantenga
a salvo a la llama. Sé que es algo que Dios no podría hacer
y Sandra en cambio ya sabe hacer. Quizá Dios no tenga dedos
o manos, o para él eso de la cerilla sea un truco y nada más,
y Él sabe cómo encender luz sin cerillas. Pero ahora Sandra
enciende porque si no, no hay quien suba por las escaleras
del desván. Llena de luz el pasillo y a todos y chispean los
ojos húmedos y brillantes de Flora como dos carbones llenos
de fuego; los dos ojos de Flora, mirando la llama que
firmemente sostiene la mano de Sandra.
Sandra levanta la
cerilla y deja que el fuego se deslice por toda la madera,
la acerca al cabo de la vela, la enciende, y la llama se
convierte en la luz de la vela, una luz menos brillante pero
no tan temblorosa. La llama de la cerilla nunca sabes cuando
te va a dejar a oscuras, mientras que la de la vela no tiene
porqué apagarse. Por eso yo vigilo la mano de Sandra y
escucho, allá arriba, el gorgoteo ansioso al que nadie
quiere prestar atención.
Sandra pasa la
vela a la mano izquierda y comienza a recolectar nuestras
ofrendas, siguiendo un orden riguroso. Primero Marta, Flora,
luego Pedro. Con un equilibrio del que ninguno de nosotros
seríamos capaces, aprisiona con seguridad todo entre los
antebrazos y el delantal. Finalmente, me coge con la mano
derecha el plato del vino y con la rodilla empuja la puerta
del desván y entra para encontrarse con Dios. La luz dibuja
los peldaños de madera, perfila las arrugas y las grietas de
las paredes y crea un baile de fantasmas que, jugando con la
figura de Sandra, convierte su sombra en barco con las velas
desplegadas, payaso, hipopótamo, bruja volando con escoba,
árbol agitado por el viento. Y así hasta que, sin darnos
cuenta, nos vemos otra vez rodeados por las tinieblas del
pasillo, que ahora son aún más negras porque los ronquidos
de la abuela no llegan y mientras tanto nos imaginamos qué
es lo que podría estar pasando allí arriba, y esperamos con
el corazón en un puño, sobrecogidos sin saber si será Sandra
la que baje o si será eso que ahora oímos cómo sorbe el vino
lo que baje en lugar de Sandra.
Cuando salimos de
casa jugamos a los comandos. Con el permiso de los mayores
nos perdemos entre el bosque y el río. Divididos en
ejércitos luchamos entre nosotros. Rojos contra azules o
chicas contra chicos o indios contra americanos. A mí no me
gusta formar parte de ningún equipo sino ir de por libre. No
tener a nadie a quién obedecer, ni dar órdenes a nadie. Ni
siquiera luchar contra un bando en particular, sino atacar a
unos o a otros, siempre sorprendiendo, cuando menos se lo
esperan. Me gusta luego perderme del juego y caminar sin más
compañía, hasta la orilla del río. Colgarme las botas al
cuello y meter los pies descalzos en el agua. Una día Pedro
me pilló. Empezó a correr, gritando. Yo le tiraba piedras.
Me castigaron entonces sin poder salir. Aproveché que nadie
me vigilaba y robé una caja de cerillas. Nadie se ha dado
cuenta, y no creo que me sea difícil hacerme con el cabo de
una vela. Me acerco a la cama de Pedro por la noche. Espero
a que se haya dormido para acercarme a su cama y mientras
tanto remuevo mi lengua hasta tener la boca llena de saliva.
Pongo mi cabeza sobre la suya, sin despertarle, y le cierro
la nariz para que abra la boca. Entonces yo abro a la vez la
mía y litros de mi saliva caen y pasan por entre sus labios
abiertos. Él no se despierta. Parece saborearlo. Levanto la
cabeza. Marta duerme, Flora tiene los ojos abiertos y lo ha
visto todo. Le hago un gesto con el dedo sobre los labios y
ella dice que sí con la cabeza. Entonces me vuelvo a mi cama
y hasta la noche siguiente, otra vez, y así siete noches.
Flora lo ve todo pero por el día jamás comentamos nada.
Donde nadie me
pueda descubrir practico con las cerillas. Al principio
tengo miedo de llegar a quemarme. Retiro el dedo demasiado
pronto, sin hacer fuerza de verdad. Otras veces la cabeza de
la cerilla se rompe y cae rodando bajo el armario. Abro la
ventana para que nadie huela nada. Apilo cerillas sin cabeza
y cabezas sin cerilla y forman todas un buen montón. Pero
aún hay más cerillas nuevas. Seguimos acompañando a Sandra
hasta la puerta del desván, y desde allí ella sigue sola
para encontrarse con Dios. Dios canta. Lo oigo cuando estoy
a solas intentando encender las cerillas. Su canto es sin
palabras, es un gemido bronco. Me detengo, dejo de respirar,
Él canta su canción. Sandra no ha dicho nada. Ninguno de los
demás lo ha dicho. Creo que ellos no oyen nada. Creo incluso
que ellos no creen que exista Dios. Pedro dice que su padre
dice que Dios no existe. Pero entonces, ¿por qué vamos a la
iglesia? Pedro se encoge de hombros. Es todo un invento de
los curas. Por eso dicen que Dios existe, para que siga
habiendo gente que va a misa. Pero eso es una estupidez. ¿Acaso
no he visto a Dios en la iglesia? ¿Acaso no le oigo todos
los días removiéndose en el desván? A veces dudo de que
Sandra misma crea en Dios.
Le he insistido a
Sandra pero no quiere ni hacerme acaso. Lleva tres días sin
subir al desván. Se escuchan los ruidos allá arriba, sobre
nuestras cabezas. Pisadas nerviosas, golpes furiosos. Dios
se remueve allá arriba mientras la comida se pudre acá abajo.
Tengo miedo de que descubran dónde la guardo. Enciendo las
cerillas, lo intento, no acabo de conseguirlo, pero creo que
ya me queda poco para lograrlo. He robado más cerillas y más
cabos de vela. Los demás parecen haberse olvidado de Dios.
Entonces el pueblo empezó a llenarse de soldados y en las
casas se hablaba en voz muy baja. De vez en cuando se oía
algún llanto y a alguien que mandaba callar. Los tíos se han
ido. Y con ellos Marta, Pedro, Flora. Y finalmente Sandra.
Se lo pedí antes de que se fuera. Pero ella no quería oírme
ya. Sólo quedamos yo y mamá y la abuela, sentada en el
sillón grande del salón. Ya no ronca, mira por la ventana,
cubriendo con los visillos el cristal. Mamá se retuerce las
manos. Arriba el grito de Dios es cada vez más inaguantable.
Me cubro los oídos con las manos, aún lo oigo. No soporto
dormir a solas. Por eso mamá duerme desde hace unas noches
en el cuarto, en la cama de Sandra. Abro los ojos y, sea la
hora que sea, ella está con los ojos totalmente abiertos,
llenos de lágrimas. Yo me escondo aún más entre las sábanas,
quisiera decirle que hiciera lo mismo, pero no queda tiempo.
Entonces sueño con papá.
La comida se pudre,
no se puede dejar pasar más tiempo. Al principio tiraba lo
que se iba estropeando y reponía lo que tiraba con comida
nueva. Cada vez es más difícil conseguir comida. Yo podría
pasarme sin comer para que Dios tuviera para él, pero ahora
somos menos en la mesa. Nos sentamos juntos los tres en la
mesa de los niños. De vez en cuando logro esconder algo
entre la ropa, pero la mayor parte de las veces mamá está
pendiente para que me coma todo. Yo veo cómo su plato está
menos lleno de día en día, mientras que en el mío no falta
de nada. Come ahora, aprovecha, me dice. ¿Qué va a pasar?,
le digo. Come, come ahora, me dice. Pero ella no sabe que lo
hago por todos, porque alguien tiene que contentar a Dios.
Yo escucho por la noche cómo los pasos avanzan cada día un
poco más. Primero bajaron tímidos la escalera del desván.
Ahora lo hacen en un santiamén y poco a poco van recorriendo
más pasillo. Cada vez queda menos para que llegue hasta la
habitación. No tardará mucho en entrar. Miro a mamá pero
ella no comprende nada. Se desespera y dice que cada vez
adelgazo más. He escondido también una botella de vino.
Se cae una cerilla
y yo la cojo. Mi abuela busca la cerilla para encender el
fogón. Yo la tengo entre mis manos encendida. Mi abuela me
zarandea por los hombros. Mi madre levanta las manos. Yo
oigo a Dios. Tengo en mi mano la cerilla encendida. No dejo
que me la quiten. Llevo la comida y la dejo al pie de la
escalera. Luego el plato de vino, y ahora que no está Pedro
no derramo ni una gota. Y finalmente la cerilla y el cabo de
la vela. A la luz de la llama el pasillo se hace más largo y
me cuesta dar un paso más. La abuela grita, abriendo la boca
hasta borrarse de su cara ojos, frente, pelo, todo lo que no
fuera boca, boca sin dientes, sólo un agujero grande y rojo.
Cubro la llama con mi mano para que el viento que sale de su
boca no la apague. Lucho contra el viento, el pasillo.
Arriba está Dios, removiéndose. No creo que soporte mucho
más tiempo. Va a hundir el suelo del desván.
Mamá se lanza a
por mí con los brazos extendidos. Quiere coger la cerilla
encendida, pero yo tengo que alimentar a Dios antes de que
baje por la escalera y se meta dentro de la casa. Mamá se
cae y se convierte en una muñeca rusa. Dentro de mamá hay
otra mamá, y dentro otra un poco más pequeña, y dentro un
lamento y una lágrima. Yo le digo que lo que hago es por el
bien de todos, le acaricio la cara y la dejo en el suelo.
Subo al desván. Debo tener mucho cuidado porque lo estrecho
de las escaleras me puede hacer perder el equilibrio. Cuando
llego arriba no veo a Dios, pero oigo su respiración cansada.
No tengas miedo, no debes tenerme miedo, le digo. Pero soy
yo quien tiene miedo. Debo apretar las rodillas para no caer.
Junto los codos al cuerpo para que no se me caiga lo que
llevo para él. Rezo una oración.
Padrenuestroqueestásenloscielos. Padre nuestro, padre. En
los cielos, padre nuestro. Y le cierro la salida del desván
poniéndome delante la puerta. Esto que he traído es para ti.
Siento no haber podido venir antes. No le veo, sigo sin
verle. Entonces llega como un resplandor la voz de papá,
llamándome.
- Laura, Laura. -
Pero ya es demasiado tarde.
Me llama
- Laura, sal de
ahí. Dame eso.
Me pongo a llorar
y mi mano tiembla. Todo se cae al suelo.
Dios también llora,
envuelto en un manto de llamas. Me tiende la mano.
