
¿Siempre es así de hermoso
mayo en Madrid? –pregunté a María
-No. Es así de hermoso
sólo cuando estás tú –respondió.
Por momentos como ese
había valido la pena prolongar mi estancia hasta el
límite, por momentos como ese y por María. Encendí un
cigarrillo. Volví a mirar por la ventana. De reojo la
contemplaba a través de la luz roja del ocaso que se
filtraba dándole cuerpo al humo de mi cigarrillo. Nos
quedamos en silencio. Ella pasó la mano por todo el
largo de su cabello negro y la posó en la nuca. Después
me miró y extendió sus dedos a mi cigarro, lo tomó y
fumó. Me lo devolvió y se quedó unos segundos
acariciando mi mano.
Hubiera dado mi vida en
aquél instante por poder mentirle. Por darle una
esperanza, por dármela a mí misma. Quise besarla, pero
me contuve.
-¿Volverás? –preguntó. Me
quedé en silencio y desvié la mirada, –no hace falta que
respondas. Tampoco iré yo a México a verte. –Volvió la
vista a la ventana, su silla, al lado de la mía con una
pequeña mesa de por medio en la que descansaban un par
de cervezas.
No tuve ninguna respuesta
que dar, ninguna alternativa, ninguna frase que tuviera
un poco de sentido. No volvería a Madrid y era imposible
que nos viéramos en México. Tendría que trabajar en mi
país al menos cinco años, debido al compromiso adquirido
por la beca para estudiar en el extranjero. Jamás
imaginé que aquél rincón de Madrid guardara tantas
sorpresas para mí. Las maletas estaban hechas, esperando
en la sala.
-¿Pasarás esta noche
conmigo? –pregunté
-Pasaré contigo todas las
noches del resto de mi vida, aunque no estés –respondió
Fuimos al dormitorio que
cobijó nuestras complicidades; el que jamás escuchó
ninguna promesa; cualquier promesa en estos casos por
hermosa que fuera, parecería una mentira. Con la luz
apagada, nos besamos mientras el boleto de avión nos
miraba desde la mesilla de noche. Entre cada caricia se
colaba un aroma a despedida. Cuando María por fin se
había dormido, abrazándome, sentí ganas de llorar ¿habría
alguna maleta en el mundo capaz de guardar esos momentos,
esas sensaciones, esa triste felicidad?.
A primera hora estábamos
de pie, como habíamos planeado. Sólo planeado, no
prometido, porque las promesas tienes que ver con cosas
más trascendentes que una fecha, un lugar y una hora en
punto.
-¿Nerviosa? –preguntó
-Como siempre, ya sabes
que me aterra volar.
-Insisto en que podría
llevarte al aeropuerto –dijo
-De eso nada. He llegado
sola a Madrid y me iré sola. Prefiero que nos despidamos
acá –aseguré
-Ya. Es curioso como suena
eso de la despedida –dijo cruzándose de brazos -¿Estarás
bien? –siguió
-Eso espero... ¿y vos?
-Lo intentaré, pero va a
ser difícil no pensar en la tía que se me ha fugado a
retomar su vida –dijo y sentí que mi vientre se
estrujaba de tristeza. Sonreí para que las lágrimas no
me corrieran.
-Venga María, seguramente
encontrarás a una tía magnífica que se enamoré de ti.
-No hay que ponernos
tristes... –siguió ella –ya sabíamos que esto pasaría y
creo que lo que cuenta son estos meses que hemos estado
juntas...
-Lo sé... –dije tomando su
rostro con mis manos y besándola.
-Venga –dijo secándose las
lágrimas –no quiero que lleguéis tarde a tu vuelo,
¿vale?
-Vale –dije asintiendo con
la cabeza.
Estábamos ahí, de frente,
dos maestras en relaciones humanas recién egresadas,
temiendo a una despedida definitiva que esperaban aún
antes que su primer día juntas. Irónico como la columna
vertebral de la vida misma, doloroso como el que te
rompan los huesos sin que te des cuenta.
El taxi había llegado
-Deseo que tengas un buen
vuelo y una excelente vida –dijo a manera de despedida y
me plantó un beso por mejilla.
-Gracias María, sabes que
no tengo como agradecértelo, pero gracias.
-Si algún día las cosas
cambian, si extrañas Madrid, sabes donde encontrarme. Mi
piso estará ahí cuando quieras y mi cama reserva tu
sitio. Anda, que se hace tarde...
Desde la puerta, la miré
parada en la sala, justo en el sitio de donde había
recogido mis maletas. Asentía como signo de aprobación,
como si realmente creyera que hacía lo correcto. Decidí
que esa sería la última vez que la miraría, giré la
cabeza al pasillo y subí al elevador. Sabía que si me la
quedaba viendo por un momento más, me volvería a aquél
piso, a aquella vida, a aquella cama a ver pasar todos
los ocasos a su lado.
Pasé más de doce horas de
vuelo, ¡doce horas! y no podía pensar otra cosa que en
María. Tenía en mente una balanza en la que estaba ella
de un lado y mi vida en México del otro. Pero antes de
mirar hacia dónde se inclinaba me daba por cerrar los
ojos. No sólo tenia miedo, estaba aterrorizada. Las
cosas debían estar bajo control, bajo mi control.
Pensé que María sería una aventura extraña, excitante en
mi vida. Cuando la conocí, me sentí sumamente atraída
por aquel cabello negro, su caminar seguro, su plática
divertida. Me pregunté ¿por qué no intentarlo?; pensé
que sería un sencilla aventura (¿acaso las aventuras
duelen tanto?). Hacía un par de meses la pregunta en mi
cabeza era: ¿ahora qué?. Y ese vuelo era mi respuesta,
mi decisión.
El trayecto, al exterior
de mi cabeza transcurrió en la normalidad. Las películas,
la música, las azafatas, los bocadillos. Ahora con la
particularidad de que ya había ingerido un par de tragos.
Deposité la copa de coñac a un lado y reparé en aquél
anillo en mi mano. Lo miré con insistencia; pedí más
coñac. Mientras jugueteaba con el anillo recordé a María:
el miedo que vio en mis ojos la primera vez, aquélla
noche que me quedé en su piso, una noche que se prolongó
nueve meses, tres semanas y cuatro días. Hasta el día de
ese vuelo de retorno hacia el sitio a donde debía
estar... el sitio donde todo seguía igual, menos yo.
¿Es cierto que uno
pertenece al lugar donde está su corazón?, sabía donde
debía estar pero ¿cómo saber a donde pertenecía si mi
corazón estaba hecho un lío?... Llegué a México, estaba
agotada. Recién bajé del avión, fui al baño, para
percatarme de mi estado de ebriedad. Todo bajo control,
excepto una ligera inflamación en los ojos, resultado de
las lágrimas, me monté las gafas oscuras. Recogí mis
maletas, recorrí los pasillos y en la salida me topé con
el rostro sonriente de Juan que se me había desdibujado
en la memoria. Intenté corresponder a su sonrisa. Me
abrazó. Evadí su beso ofreciendo la mejilla a cambio de
mi boca.
-Me has hecho una falta
terrible todos estos meses, odié que se prolongara la
maestría. ¿Qué tal Madrid?
-Inolvidablemente hermoso
.
-No te habrás enamorado de
algún español, ¿verdad?
-No Juan, sabes que eres
el único hombre en mi vida –dije y le di las maletas
mientras me preguntaba si mi corazón estaba en México
con aquél hombre increíble, que sólo merecía que yo
correspondiera a la devoción que me dedicaba.
- Deberíamos ir a allá
juntos, como en una segunda luna de miel –propuso.
Después fuimos a casa e hicimos el amor. Mientras yo
evocaba aquél piso madrileño donde no quedaba nada mío;
nada, excepto María.

Presiono sobre el escote
el atomizador del perfume, como mi madre me enseñó.
Después rocío otro poco tras las orejas y sobre las
muñecas. Reviso el maquillaje; el cabello rojo vivo se
derrama sobre mi nuca hasta acariciar la mitad de la
espalda. Veo el reloj. Hay tiempo. Tomo un Marlboro rojo
de mi bolsa de diario y lo enciendo. A él no le gusta
que fume, pero puedo lavarme las manos y enjuagarme la
boca antes de que llegue por mí.
Reviso la pequeña bolsa de
mano que llevaré a la fiesta. Preservativos, aspirinas,
mentas, tarjetas de presentación, el celular de la
agencia y un poco de maquillaje. Todo en orden. Mi madre
siempre me dijo cuáles eran los implementos
indispensables en una bolsa de fiesta y aunque soy yo la
que agregó a la lista los preservativos, ahora, no sé
por qué precisamente ahora, me doy cuenta de que lo
aprendí bien.
Lo que no supe hacer fue
seguir el simple plan de vida que ella me proponía: sé
amable, mantente linda y consíguete un buen hombre.
Apreció poco mi carrera en ciencias sociales con
especialidad en política -como después lo apreciarían
poco todos los demás- y terminé decidiendo empezar en
este negocio, limitándome a ser Mayra, la pelirroja del
catálogo. Claro, en realidad mi cabello es castaño. Lo
teñí, tal vez porque quería hacerme a la idea de que
quien hace esto es otra y no yo. No es que aspire a
correr con la suerte de la famosa película de Julia
Roberts; primero, porque no soy una puta de esquina,
sino una chica escort, una acompañante que además habla
tres idiomas (aunque sea sólo para referirme de manera
correcta a los platillos de la cocina francesa en el
menú); segundo, porque nunca he sido tan ingenua.
Termino el Marlboro. Me
lavo los dientes y las manos. Paso el gloss por mis
labios, retoco el polvo. Reviso en el espejo el vestido
de noche de escote al frente y espalda descubierta que
no da lugar a un sostén que guarde mis pechos copa B. El
vestido es color azul turquesa, como mis ojos, mejor
dicho, como los lentes de contacto que llevo en los ojos.
Hasta eso es posible elegir en este negocio si eres un
cliente que paga bien. Las pantaletas son de encaje
blanco y corte francés, porque la apertura izquierda de
la parte baja del vestido llega hasta la ingle.
De eso se trata, nada más
que de eso. Un tipo tiene la alucinación de la mujer con
la que quiere exhibirse en cualquier sitio público o en
una fiesta (donde es muy probable que encuentres a
clientes anteriores) para que después termines
cumpliéndole cualquier fantasía sexual bizarra que no
siempre pide de la misma manera refinada con la que
solicita el vino al mesero. A veces me imagino a los
clientes diciendo: Señorita, la molesto con la
fellatio, por favor. Pero eso no pasa.
Tengo clase y muchos temas
de conversación, pero a un cliente de estos, que ha
pagado para que seas exactamente como te describe y
lleves la ropa interior de su preferencia, el perfume
adecuado a su gusto y el color de ojos que le viene en
gana, le importa un bledo lo que una pueda decir. Sin
embargo, aplico el plan maestro de mi madre: soy amable
cuando alguien me hace un cumplido en alguna reunión,
cuando me aprietan con demasiada fuerza bajo el escote o
cuando me piden que los acompañe a los servicios de
caballeros. Me mantengo linda, he aprendido a usar
magistralmente el maquillaje especialmente cuando el
jugueteo sexual de algún cliente termina en pequeños
hematomas y he conseguido hombres, corteses o educados,
brutos y soeces, desagradables o espléndidos. Hombres al
fin, pero no buenos hombres, porque en este negocio toda
clasificación es posible, a excepción de la división
axiológica de buenos y malos.
Mi buen porte se lo debo a
los más de diez años practicando ballet. A los clientes
les gusta que me vea espectacular, pero no aprecian la
gracia de mis movimientos o la rectitud de mi espalda
sino el arte de la firmeza de mi trasero y la
flexibilidad de mis piernas. Así es esto. Soy una muñeca,
un juguete de lujo por el que se paga un precio elevado.
Como mi madre lo soñó, voy a reuniones del brazo de
personas exitosas; la diferencia es que les cobro pero
eso, no tengo a sus hijos y no limpio su casa.
Generalmente los clientes
de la agencia sobrepasan los 50. Los cuarentones son más
raros pero es el rango de edad más diversificado. Vienen
de matrimonios patéticos, sólo buscan una aventura o son
gays. Los primeros se quejan de su esposa y de lo solos
que se sienten; los segundos te presumen ante sus
compañeros o amigos como la conquista que hicieron hace
dos noches; los terceros le cuentan a todos con exceso
de detalles las escenas sexuales que protagonizaron
contigo, pero cuando la reunión termina, te dejan ir a
casa temprano. Creo que ellos son mis favoritos.
La mayoría de los clientes
dan pena. Pero no los culpo ni a ellos ni a su
infelicidad, porque a final de cuentas es su infelicidad
la que me da trabajo y aunque mi trabajo no me haga
feliz, una aprende a pagar el precio, a vivir con esto;
aprende que la única manera de sobre vivir en el medio
es volviéndote frígida y excelente actriz; de manera
simultánea. Lo demás lo descubres sobre la marcha; como
en cualquier otro empleo, pronto te familiarizas con el
cuero, los látigos y ligueros, los espectáculos y las
otras chicas.
Ahora no queda ni atisbo
de la chica de veintiún años que se acostó con su novio
por primera vez durante la tarde en que sus papás no
estaban en casa. Cinco años más tarde, la vida, mi vida,
tiene otra panorámica, menos rosa, pero más práctica.
Casi nunca pienso en esto, sencillamente lo hago. Los
anticonceptivos, los análisis mensuales de VIH, las
desveladas y los tragos que acostumbro más tirar que
beber, son tan comunes como la rutina de oficina de
cualquier empleado de quinta sólo que son el sueldo de
ejecutivo estrella. Ni mi madre soñó con ver tanto
dinero en un cheque de honorarios.
Las reglas de esta vida
muy similares a las que mi madre me hizo memorizar:
mantenerte linda y complaciente, se amable y elimina de
tu vocabulario la palabra asco, consigue hombres con
buenas carteras y recuerda en todo momento que eres un
juguete de lujo, una muñeca de carne y hueso que la
gente presume y se tira. Un maniquí de cabello teñido
identificado solamente por los números de su celular.
