México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2007 I Año 2 I Número 8

 








 


Susana Ruvalcaba, también conocida como Sue Praner. Nació en Guadalajara, México, hace veinticuatro años. Aficionada a las letras desde temprana edad, terminó sus estudios profesionales como licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por la Universidad del Valle de Atemajac. Ha colaborado en varias revistas literarias electrónicas y publicaciones locales impresas locales como son El Radar (extinta Gaceta universitaria con la que colaboró con artículos y poemas durante cuatro años) y El periódico La Manzana publicación donde participó recientemente con narrativa.

 

¿Siempre es así de hermoso mayo en Madrid? –pregunté a María
 

-No. Es así de hermoso sólo cuando estás tú –respondió.
 

Por momentos como ese había valido la pena prolongar mi estancia hasta el límite, por momentos como ese y por María. Encendí un cigarrillo. Volví a mirar por la ventana. De reojo la contemplaba a través de la luz roja del ocaso que se filtraba dándole cuerpo al humo de mi cigarrillo. Nos quedamos en silencio. Ella pasó la mano por todo el largo de su cabello negro y la posó en la nuca. Después me miró y extendió sus dedos a mi cigarro, lo tomó y fumó. Me lo devolvió y se quedó unos segundos acariciando mi mano.

Hubiera dado mi vida en aquél instante por poder mentirle. Por darle una esperanza, por dármela a mí misma. Quise besarla, pero me contuve.

-¿Volverás? –preguntó. Me quedé en silencio y desvié la mirada, –no hace falta que respondas. Tampoco iré yo a México a verte. –Volvió la vista a la ventana, su silla, al lado de la mía con una pequeña mesa de por medio en la que descansaban un par de cervezas.

No tuve ninguna respuesta que dar, ninguna alternativa, ninguna frase que tuviera un poco de sentido. No volvería a Madrid y era imposible que nos viéramos en México. Tendría que trabajar en mi país al menos cinco años, debido al compromiso adquirido por la beca para estudiar en el extranjero. Jamás imaginé que aquél rincón de Madrid guardara tantas sorpresas para mí. Las maletas estaban hechas, esperando en la sala.

-¿Pasarás esta noche conmigo? –pregunté

-Pasaré contigo todas las noches del resto de mi vida, aunque no estés –respondió

Fuimos al dormitorio que cobijó nuestras complicidades; el que jamás escuchó ninguna promesa; cualquier promesa en estos casos por hermosa que fuera, parecería una mentira. Con la luz apagada, nos besamos mientras el boleto de avión nos miraba desde la mesilla de noche. Entre cada caricia se colaba un aroma a despedida. Cuando María por fin se había dormido, abrazándome, sentí ganas de llorar ¿habría alguna maleta en el mundo capaz de guardar esos momentos, esas sensaciones, esa triste felicidad?.

A primera hora estábamos de pie, como habíamos planeado. Sólo planeado, no prometido, porque las promesas tienes que ver con cosas más trascendentes que una fecha, un lugar y una hora en punto.

-¿Nerviosa? –preguntó

-Como siempre, ya sabes que me aterra volar.

-Insisto en que podría llevarte al aeropuerto –dijo

-De eso nada. He llegado sola a Madrid y me iré sola. Prefiero que nos despidamos acá –aseguré

-Ya. Es curioso como suena eso de la despedida –dijo cruzándose de brazos -¿Estarás bien? –siguió

-Eso espero... ¿y vos?

-Lo intentaré, pero va a ser difícil no pensar en la tía que se me ha fugado a retomar su vida –dijo y sentí que mi vientre se estrujaba de tristeza. Sonreí para que las lágrimas no me corrieran.

-Venga María, seguramente encontrarás a una tía magnífica que se enamoré de ti.

-No hay que ponernos tristes... –siguió ella –ya sabíamos que esto pasaría y creo que lo que cuenta son estos meses que hemos estado juntas...

-Lo sé... –dije tomando su rostro con mis manos y besándola.

-Venga –dijo secándose las lágrimas –no quiero que lleguéis tarde a tu vuelo, ¿vale?

-Vale –dije asintiendo con la cabeza.

Estábamos ahí, de frente, dos maestras en relaciones humanas recién egresadas, temiendo a una despedida definitiva que esperaban aún antes que su primer día juntas. Irónico como la columna vertebral de la vida misma, doloroso como el que te rompan los huesos sin que te des cuenta.

El taxi había llegado

-Deseo que tengas un buen vuelo y una excelente vida –dijo a manera de despedida y me plantó un beso por mejilla.

-Gracias María, sabes que no tengo como agradecértelo, pero gracias.

-Si algún día las cosas cambian, si extrañas Madrid, sabes donde encontrarme. Mi piso estará ahí cuando quieras y mi cama reserva tu sitio. Anda, que se hace tarde...

Desde la puerta, la miré parada en la sala, justo en el sitio de donde había recogido mis maletas. Asentía como signo de aprobación, como si realmente creyera que hacía lo correcto. Decidí que esa sería la última vez que la miraría, giré la cabeza al pasillo y subí al elevador. Sabía que si me la quedaba viendo por un momento más, me volvería a aquél piso, a aquella vida, a aquella cama a ver pasar todos los ocasos a su lado.

Pasé más de doce horas de vuelo, ¡doce horas! y no podía pensar otra cosa que en María. Tenía en mente una balanza en la que estaba ella de un lado y mi vida en México del otro. Pero antes de mirar hacia dónde se inclinaba me daba por cerrar los ojos. No sólo tenia miedo, estaba aterrorizada. Las cosas debían estar bajo control, bajo mi control. Pensé que María sería una aventura extraña, excitante en mi vida. Cuando la conocí, me sentí sumamente atraída por aquel cabello negro, su caminar seguro, su plática divertida. Me pregunté ¿por qué no intentarlo?; pensé que sería un sencilla aventura (¿acaso las aventuras duelen tanto?). Hacía un par de meses la pregunta en mi cabeza era: ¿ahora qué?. Y ese vuelo era mi respuesta, mi decisión.

El trayecto, al exterior de mi cabeza transcurrió en la normalidad. Las películas, la música, las azafatas, los bocadillos. Ahora con la particularidad de que ya había ingerido un par de tragos. Deposité la copa de coñac a un lado y reparé en aquél anillo en mi mano. Lo miré con insistencia; pedí más coñac. Mientras jugueteaba con el anillo recordé a María: el miedo que vio en mis ojos la primera vez, aquélla noche que me quedé en su piso, una noche que se prolongó nueve meses, tres semanas y cuatro días. Hasta el día de ese vuelo de retorno hacia el sitio a donde debía estar... el sitio donde todo seguía igual, menos yo.

¿Es cierto que uno pertenece al lugar donde está su corazón?, sabía donde debía estar pero ¿cómo saber a donde pertenecía si mi corazón estaba hecho un lío?... Llegué a México, estaba agotada. Recién bajé del avión, fui al baño, para percatarme de mi estado de ebriedad. Todo bajo control, excepto una ligera inflamación en los ojos, resultado de las lágrimas, me monté las gafas oscuras. Recogí mis maletas, recorrí los pasillos y en la salida me topé con el rostro sonriente de Juan que se me había desdibujado en la memoria. Intenté corresponder a su sonrisa. Me abrazó. Evadí su beso ofreciendo la mejilla a cambio de mi boca.

-Me has hecho una falta terrible todos estos meses, odié que se prolongara la maestría. ¿Qué tal Madrid?

-Inolvidablemente hermoso .

-No te habrás enamorado de algún español, ¿verdad?

-No Juan, sabes que eres el único hombre en mi vida –dije y le di las maletas mientras me preguntaba si mi corazón estaba en México con aquél hombre increíble, que sólo merecía que yo correspondiera a la devoción que me dedicaba.

- Deberíamos ir a allá juntos, como en una segunda luna de miel –propuso. Después fuimos a casa e hicimos el amor. Mientras yo evocaba aquél piso madrileño donde no quedaba nada mío; nada, excepto María.

 

Presiono sobre el escote el atomizador del perfume, como mi madre me enseñó. Después rocío otro poco tras las orejas y sobre las muñecas. Reviso el maquillaje; el cabello rojo vivo se derrama sobre mi nuca hasta acariciar la mitad de la espalda. Veo el reloj. Hay tiempo. Tomo un Marlboro rojo de mi bolsa de diario y lo enciendo. A él no le gusta que fume, pero puedo lavarme las manos y enjuagarme la boca antes de que llegue por mí.

Reviso la pequeña bolsa de mano que llevaré a la fiesta. Preservativos, aspirinas, mentas, tarjetas de presentación, el celular de la agencia y un poco de maquillaje. Todo en orden. Mi madre siempre me dijo cuáles eran los implementos indispensables en una bolsa de fiesta y aunque soy yo la que agregó a la lista los preservativos, ahora, no sé por qué precisamente ahora, me doy cuenta de que lo aprendí bien.

Lo que no supe hacer fue seguir el simple plan de vida que ella me proponía: sé amable, mantente linda y consíguete un buen hombre. Apreció poco mi carrera en ciencias sociales con especialidad en política -como después lo apreciarían poco todos los demás- y terminé decidiendo empezar en este negocio, limitándome a ser Mayra, la pelirroja del catálogo. Claro, en realidad mi cabello es castaño. Lo teñí, tal vez porque quería hacerme a la idea de que quien hace esto es otra y no yo. No es que aspire a correr con la suerte de la famosa película de Julia Roberts; primero, porque no soy una puta de esquina, sino una chica escort, una acompañante que además habla tres idiomas (aunque sea sólo para referirme de manera correcta a los platillos de la cocina francesa en el menú); segundo, porque nunca he sido tan ingenua.

Termino el Marlboro. Me lavo los dientes y las manos. Paso el gloss por mis labios, retoco el polvo. Reviso en el espejo el vestido de noche de escote al frente y espalda descubierta que no da lugar a un sostén que guarde mis pechos copa B. El vestido es color azul turquesa, como mis ojos, mejor dicho, como los lentes de contacto que llevo en los ojos. Hasta eso es posible elegir en este negocio si eres un cliente que paga bien. Las pantaletas son de encaje blanco y corte francés, porque la apertura izquierda de la parte baja del vestido llega hasta la ingle.

De eso se trata, nada más que de eso. Un tipo tiene la alucinación de la mujer con la que quiere exhibirse en cualquier sitio público o en una fiesta (donde es muy probable que encuentres a clientes anteriores) para que después termines cumpliéndole cualquier fantasía sexual bizarra que no siempre pide de la misma manera refinada con la que solicita el vino al mesero. A veces me imagino a los clientes diciendo: Señorita, la molesto con la fellatio, por favor. Pero eso no pasa.

Tengo clase y muchos temas de conversación, pero a un cliente de estos, que ha pagado para que seas exactamente como te describe y lleves la ropa interior de su preferencia, el perfume adecuado a su gusto y el color de ojos que le viene en gana, le importa un bledo lo que una pueda decir. Sin embargo, aplico el plan maestro de mi madre: soy amable cuando alguien me hace un cumplido en alguna reunión, cuando me aprietan con demasiada fuerza bajo el escote o cuando me piden que los acompañe a los servicios de caballeros. Me mantengo linda, he aprendido a usar magistralmente el maquillaje especialmente cuando el jugueteo sexual de algún cliente termina en pequeños hematomas y he conseguido hombres, corteses o educados, brutos y soeces, desagradables o espléndidos. Hombres al fin, pero no buenos hombres, porque en este negocio toda clasificación es posible, a excepción de la división axiológica de buenos y malos.

Mi buen porte se lo debo a los más de diez años practicando ballet. A los clientes les gusta que me vea espectacular, pero no aprecian la gracia de mis movimientos o la rectitud de mi espalda sino el arte de la firmeza de mi trasero y la flexibilidad de mis piernas. Así es esto. Soy una muñeca, un juguete de lujo por el que se paga un precio elevado. Como mi madre lo soñó, voy a reuniones del brazo de personas exitosas; la diferencia es que les cobro pero eso, no tengo a sus hijos y no limpio su casa.

Generalmente los clientes de la agencia sobrepasan los 50. Los cuarentones son más raros pero es el rango de edad más diversificado. Vienen de matrimonios patéticos, sólo buscan una aventura o son gays. Los primeros se quejan de su esposa y de lo solos que se sienten; los segundos te presumen ante sus compañeros o amigos como la conquista que hicieron hace dos noches; los terceros le cuentan a todos con exceso de detalles las escenas sexuales que protagonizaron contigo, pero cuando la reunión termina, te dejan ir a casa temprano. Creo que ellos son mis favoritos.

La mayoría de los clientes dan pena. Pero no los culpo ni a ellos ni a su infelicidad, porque a final de cuentas es su infelicidad la que me da trabajo y aunque mi trabajo no me haga feliz, una aprende a pagar el precio, a vivir con esto; aprende que la única manera de sobre vivir en el medio es volviéndote frígida y excelente actriz; de manera simultánea. Lo demás lo descubres sobre la marcha; como en cualquier otro empleo, pronto te familiarizas con el cuero, los látigos y ligueros, los espectáculos y las otras chicas.

Ahora no queda ni atisbo de la chica de veintiún años que se acostó con su novio por primera vez durante la tarde en que sus papás no estaban en casa. Cinco años más tarde, la vida, mi vida, tiene otra panorámica, menos rosa, pero más práctica. Casi nunca pienso en esto, sencillamente lo hago. Los anticonceptivos, los análisis mensuales de VIH, las desveladas y los tragos que acostumbro más tirar que beber, son tan comunes como la rutina de oficina de cualquier empleado de quinta sólo que son el sueldo de ejecutivo estrella. Ni mi madre soñó con ver tanto dinero en un cheque de honorarios.

Las reglas de esta vida muy similares a las que mi madre me hizo memorizar: mantenerte linda y complaciente, se amable y elimina de tu vocabulario la palabra asco, consigue hombres con buenas carteras y recuerda en todo momento que eres un juguete de lujo, una muñeca de carne y hueso que la gente presume y se tira. Un maniquí de cabello teñido identificado solamente por los números de su celular.

 

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