
Yoel
Mesa Falcón nació en Manzanillo,
Cuba (1945).
Poeta,
ensayista y profesor universitario.
Es licenciado en Letras Hispánicas por la
Universidad de Oriente (Santiago de Cuba). Ha sido
ganador del premio “Poesía
de Amor de Varadero” y del premio nacional de poesía
“Julián del Casal” de la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba (UNEAC) en 1987 por su primer
poemario, El día pródigo, editado por
Ediciones Unión de La Habana en 1991. En julio de
2004 su primera novela fue finalista en el premio
“La ciudad y los perros”, convocado por el Instituto
Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”. Ha
publicado en 1996 el plaquette de poemas En el
cofre de música el mar (Sinaloa, México), en
2000 el poemario Todo el afán (Toluca,
México) y en 2003 el libro de poemas Fabulaciones
(La Habana, Cuba).

Poemas desde Church
Street es el título del séptimo poemario de la
escritora cubana radicada en Estados Unidos Maricel
Mayor Marsán, editado en septiembre de 2006 por
Ediciones Baquiana. Lo primero que quiero destacar es
que Maricel, siendo una poeta del exilio cubano, se
deslinda —al menos en el poemario que presentamos hoy—
de esa emigración llorona de nostalgias infinitas que
sufre tanta gente y hasta parece estar de moda entre
algunos círculos cubanos. Hay personas que parecen no
entender que no existe la máquina del tiempo. Es preciso
saber integrar el pasado al presente y el presente al
porvenir. Sólo así nos comportamos como seres racionales.
De modo que, para poder seguir siendo poetas —actitud
vital que tiene como premisa estar abierto al mundo— hay
que acudir como piedra de toque a la racionalidad,
independientemente de que, a la hora del encuentro con
las musas, abrir la espita de la irracionalidad sea
ventaja y quizás condición necesaria.
Del llanto y la
lamentación nace buena poesía, pero hay que llamarse
Jeremías o ser un romántico del siglo XIX. Y es
magnífico, si tuviste que abandonar tu isla de
nacimiento porque la vida cotidiana se convirtió en un
tormento, saber apartar de la mente y del corazón
nostalgias, melancolías, remordimientos, deseos
imposibles y un largo etcétera; lograr que en intensidad,
frecuencia y duración esa morriña vaya
alfilerando menos en ti, lo que no quiere decir
renunciar al amor, profundo e imbatible, de uno por su
patria; la cual también aflorará, una y otra vez y de
mil modos sutiles, en tu obra.
Estar abierto al mundo:
para ello hay que tener libertad interior, que ese
delicioso espacio aéreo entre las vértebras del espíritu
no esté ocupado por un ritornello matador del
horizonte. Es maravilloso poder escribir en cualquier
parte del mundo sobre cualquier tema. Para el emigrado
es imperativo hacer gozoso el exilio hasta donde sea
posible. Hay que entender que desde el momento en que se
abandona la tierra natal uno deja de ser, por fuerza,
esa “persona sedentaria”
que fue, con todos los hábitos vitales que ello implica.
Estás obligado a ser un descubridor constante, una
especie de navegante genovés del mundo ajeno, lo que
Julio Cortázar llamaba un aventurero del espíritu. Y
hacer de ese afán de descubrimiento la razón de la vida
y del arte que practiquemos.
Eso es alcanzar lo tantas
veces dicho: ser universal sin perder las raíces, ser
como el papalote que, confundido con el cielo, sigue
unido a las manos del niño.
En el libro que nos ocupa,
Maricel demuestra su capacidad de preocuparse por
dolores ajenos y no sólo del propio. El nombre de esto
es piedad, caridad, desprendimiento, generosidad,
amplitud de corazón. Pero el tema del poemario no es
sólo la tragedia septembrina, sino el eterno vibrar, la
capacidad inigualable de hacer sentir al extraño como en
casa a pesar de ser una urbe descomunal y vertiginosa,
ese sello distintivo de una ciudad llamada Nueva York.
De todos es sabido que la
poesía bucólica quedó atrás y que desde Baudelaire
primero y Eliot después el asfalto, la prisa, los
desconocidos que se cruzan con nosotros, la sensación de
extrañeza —y también de impunidad, verse libre al fin
del chismorreo del barrio— equilibrada por la sensación
de libertad y posibilidades casi infinitas, ese caos que
puede aturdir pero también encantar, ha pasado a ser
sino el tema al menos el telón de fondo de la poesía.
Para penetrar en el alma
de una ciudad ajena hay que hacerlo con ojos de recién
nacido —premisa de todo arte—, en este caso de recién
llegado, de quien está de paso. Tiene por otra parte la
multinovelada y multifilmada ciudad del Hudson ilustres
antecedentes poéticos: José Hierro y por supuesto García
Lorca, que recurrió al surrealismo para develar los
arcanos de la deslumbrante ciudad.
Para captar una ciudad hay
que hacer lo que René Portocarrero con La Habana:
amalgamaba diversas visiones, nos daba diversos ángulos
simultáneos de la urbe (como hacía Picasso con los
rostros) hasta obtener una multiplicidad, La Habana
vista por Argos. Y después ponía en un rincón del cuadro
a una mujer peculiar. Esa mujer de prodigioso sombrero y
bajo una sombrilla instalada en el mejor observatorio
que puede tener una ciudad, que es una esquina —más
propicio que una azotea o un balcón, porque te hieren
brisa, olores, ruido de pasos y retazos de conversación,
eres parte—, esa mujer eres tú, Maricel, espía
del mundo como aquel título de Papini, anotando
en tu cabecita de cubana todo lo que entra a los
sentidos.
Desde esa esquina
metafísica te acercas, Maricel, al dolor y al gozo, al
vibrar, a la vida que bulle. Es un observatorio que está
en el corazón.
El ángulo desde el cual el
presente poemario accede a los recovecos humanos de
aquel septiembre es el callado sufrir más que el
desastre en sí, y éste es uno de los méritos de la obra.
Y también te acercas a los héroes anónimos, como en el
poema “Los macabeos de la Zona Cero”: “La perpetuidad es
el nombre / en un templo sin paredes”. La ciudad toda se
ha convertido en un templo por el luto colectivo. Aquí
se dice una gran verdad: cada vez que nuestra ordinaria
vida toca lo sagrado, el espacio donde estamos se torna
templo.
Manhattan se ha convertido
en un “gigantesco y etéreo ataúd colectivo”. También se
habla de “cuerpos evaporados por la égida de la maldad”.
Aquello en lo que puede convertirse el ser humano en un
tiempo ínfimo queda expresado en los versos “Ahora
aspiro en el aire y te respiro, / eres el polvo
consagrado en las siluetas”. No podía faltar una
reflexión sobre la muerte: “La muerte es más común que
la vida, / no hay duda, en cualquier esquina se anida”.
Llega un momento en que realidad e ilusión parecen
fundirse en un espejismo: “Veo pasar a mi lado una
sombra, / viene de lejos, tan lejos, / como la
imaginación que me persigue”. Se han poetizado
testimonios de personas concretas, como en “George, el
taxista”. “Imanil, el asistente de mesero” es un poema
que nos da bellamente el dolor de quedarse uno y que se
haya ido la persona entrañable. “De ganas y desdichas”
nos hace sentir el dolor de una madre por la pérdida del
hijo por medio de sinécdoques: “Se alumbra un vientre,
crece, / vence a fuerza de dientes / de leche, fresas o
cerezas”. Uno de los versos culminantes de este
reflexionar es “La vida nos diezma por minutos”, del
poema “Parábola infecunda”.
El poema titulado “A la
hora del té en Chelsea” es una hermosa manera de
rememorar a quien no volverá, sin espasmos ni lágrimas.
Con aparente distancia, la poeta logra el efecto poético
en un texto redondo.
“Adiós deseos” canta a los
recovecos de lo humano, un poema donde los “personajes”
son los sueños, la confianza, las dudas, la desconfianza.
“Canción al recuerdo que habita” es un homenaje personal
de contenida emoción, en el cual el sujeto lírico busca
lo que no puede encontrar (“Persigo un olor a cuerpo que
no existe”); un gran logro, sin duda. “No volverás a
visitar New York”, por medio de describir los lugares
visitados por el ausente, logra trasmitirnos la
nostalgia de la poeta; se trata de versos escritos con
mucha sabiduría poética, porque consigue hacernos sentir
lo que la autora siente —y ya sabemos lo difícil que
esto resulta—: la extrañeza de que quien pisó esos
sitios no volverá y el dolor de quien escribe a causa de
ello.
Quiero leer en extenso “En
la puerta de un antiguo cementerio”, por la sencilla
razón de que el texto lo merece.
Aposté al sol y me salió
la luna,
la oscuridad que cubre el
llanto
de los que gimen y
escuchan
sin poder encontrar al fin
un refugio.
Siempre pensé que eras muy
pequeño,
modesto cementerio del
bajo Manhattan.
Tan antiguo como la
historia de tus moradores,
viejo, mohoso y de lápidas
desteñidas.
Atrapado entre el tráfico
y rascacielos enormes,
te puse en duda como
paradero de un final honroso.
En más de una ocasión
pensé en tus residentes.
Me preguntaba si no habría
un lugar más digno,
por el tema del silencio y
el descanso eterno.
Hoy te pido que confundas
mis cenizas
entre los tuyos. Ando
vacilante y errante,
vengo del fuego, locura
desgajada del cielo,
víctima del no sé qué y
del no sé quién.
Estoy confundida en muchas
cosas.
Sólo sé que soy parte de
esta isla
con el olor y el nombre de
una Gran Manzana.
Hay aquí una feliz
imbricación entre lo externo y lo íntimo; la visión del
camposanto desata emociones profundas. Se eleva lo común
a otro plano; como dice mi amiga Margarita Báez,
convertir lo cotidiano en sublime y viceversa. Siempre
he pensado que los cementerios son tremendamente
poéticos. Ya Valery dio muestras de todo el partido que
la poesía puede sacar de este tema. Siempre he pensado
también que, mientras más humildes y hasta abandonados,
más reina la belleza en estos lugares.
Sirva este poema que acabo
de leerles para poner punto final a estas palabras sobre
un libro que, al hablar de la muerte, es un homenaje a
la vida.
Presentación
leída en la XXVIII Feria Internacional del Libro del
Palacio de Minería
Ciudad México, 4 de marzo de 2007
