México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

Arianna Castañeda. Nació en Lima en 1981. Estudió Derecho en la Universidad de San Martín de Porres. Es editora adjunta del boletín cultural Chasqui, del Ministerio de Relaciones Exteriores. Es autora del libro El jardín de los amables espinos (Santo Oficio, 2005). Ha publicado en revistas como Letralia, El Hablador, Baquiana, La Siega, Los Noveles, entre otras. Ha sido incluida en la muestra de poesía 21 poetas peruanos del proyecto editorial web Lapsus. Parte de su poesía ha sido traducida al inglés y al macedonio.

 

Ingredientes: 

Un poco de quinua (calcular al ojo la cantidad deseada, ojo que hincha)

Un poco de carne molida sin grasa (yo compro cinco lucas de carne en Wong y es más que suficiente)

Tres ramas de apio

Medio zapallito italiano cortado en daditos

Dos aceitunas sin pepa

Queso parmesano

Orégano

Romero

Pimienta

Comino

Vinagre

Ajo molido

Sillao

Sal al gusto 

Procedimiento empírico

Le pregunté el otro día a mi amiga Doris acerca de la cocción de la quinua. Me explicó todo y al final lo hice como se me dio la gana, o sea, así:

(siempre recordando que hay que lavar bien la quinua previamente para quitarle el amarguito)

 Poner la quinua en una olla con un poco de agua (que cubra) y agregar el apio picado (eso de la quinua con apio me lo copié del Tanta donde lamentablemente no volveré más porque a mi padre le dieron su café muy aguado o porque el mozo era muy feo ...  Y yo, pues, yo soy poeta y no puedo costearme esas exquisiteces).

Dejar que hierva. La quinua estará lista cuando hayan reventado los granos y se sienta suave. Aproximadamente unos veinte minutos, sino al ojo, pues.

Aparte, en una sartén: 

Mi hermana y yo cocinamos, somos unas muchachas muy malcriadas. 

No lavamos platos

Ni vasos

Ni copas

Ni cubiertos 

No lavamos nada en invierno, además el Magistral debe durar cuatro semanas y en cuatro semanas, dice el comercial, que pasan muchas cosas. 

Todo lo dejamos repartido en las tres refrigeradoras que hay en casa. Hasta ahora no me explico por qué tenemos tres, si con una basta. Pero son tres: una*para*cada*uno*de*los*humanos*que*hay*en*la*casa, hasta que me mude y me lleve una, pero eso no será sino hasta que acabe de pagar las tarjetas o me case con el hombre despistado: algún huevas pudiente y generoso y sobre todo despistado. 

Y que venga Margarita seis dedos, con un palo de goma, a lavar el servicio. Pero Margarita hace mucho que no llega, para ser más exactos, desde el viaje a Trujillo, para ser más exactos, desde el accidente del mecánico-veterinario en el auto de mi padre en el grifo de Dasso. 

 Porque se nos acabó el dinero.

¿Por qué se nos acabó el dinero? 

Yo rompí mi sueldo y mi alcancía de cerdito del zahorí pagando tarjetas, viajes innecesarios, comida en pellets para el pobre Nacho, veterinario para el pobre Nacho, celular, comedor, xenical, roche, fataché,  phase2; y alguno que otro antojo excéntrico: un sarita cartonera, perros héroes, mantillas, vino magro, ketarolaco, papel, pedidure, taxis, matiz, muchachos incautos y en flor, también y por qué no.

Mi padre gastó lo suyo y lo prestado pagando el mal ocasionado en el grifo: paredes y espejos.

Mi hermana no suele trabajar (salvo una vez que fue a la puerta de la Antica con sus amigas para vender caramelitos dizque para los niños pobre de Manchay, cuando en realidad lo que querían comprar era una pizza y vaya que lo hicieron, claro, vendiendo a luca cada caramelo todo se puede) y vive de propinas que cada vez son más escasas. Aun así, a veces le gorreo. Nos gorreamos. Últimamente ella está pagando la carne y la quinua y el yogur de guanábana, que si quiero comer de guindones me friego, no tengo dinero.

La latita de Nescafé. 

Caímos en desgracia en los noventas, más o menos en la época de reelección de Fujimori.

Entonces vivíamos en Jaén en la casa de los abuelos maternos. A mi padre, que siempre le gustó la empresa, y tenía una agroveterinaria se le ocurrió hacer negocios con el Estado y nos terminamos de joder (después del fracaso que resultó ser el dueño del restaurante más snob de un pueblo de cuatro calles que no tenía costumbre con el foie grass o el magret de pato). 

Hizo contacto con Fondeagro, y se convirtió en proveedor, pero como no teníamos capital todo lo compramos a crédito, luego Fujimori salió reelegido, congelaron Fondeagro, mi viejo no podía pagar sus letras, me cambiaron al colegio nacional (para mi buena suerte, duespués de todo) y huyó de Lima, de paso para evadir a los acreedores. En el 97 celebré mi último cumpleaños en Jaén. Entonces ni lo imaginaba, pero ése sería uno de los últimos cumpleaños que pasaba con mi madre. El último fue el año pasado y fuimos a la Romana, ocho años después ya podíamos volver a pagar una lasagna. Pero antes no fue así. Y la desgracia se hizo extensiva y ya parecía casi un mal perenne: en el 98 ingresé a la universidad y recuerdo que durante todo ese año tuve que llevar unos cuadernos usados que encontré por allí porque no teníamos para esas cosas, lo importante era pagar la pensión.     

Lo importante era pagar la pensión. A finales del 2000 se empezaron a acomodar las cosas, ya en Lima pudimos dejar la casa de los abuelos paternos y mudarnos al depa sobre el chifa de dos de mayo. 

Y tener, al menos eso se nos grabó, siempre al menos para comprar, como en El Perseguidor de Cortázar, una latita de nescafé, mi viejo siempre lo recuerda, menos mal.  

Iba diciendo, mi hermana y yo cocinamos, aunque no muy a menudo, pero lo hacemos porque somos muy malcriadas, porque vivimos encima de la cocina de un chifa. 

En una sartén freímos (con poquito aceite, de oliva mejor) el ajo, que se dore, luego agregamos la carne que previamente hemos dejado macerar unos diez minutos con vinagre, sal, pimienta, romero, orégano y cominos. Agregamos un chorrito de sillao y un poquito de agua para que no se pegue, para que no se seque. Calculamos que todo esté cocido, revolvemos y apagamos la hornilla. 

Aparte en el microondas: sancochamos el zapallito italiano cortado en daditos. 

De vuelta al fogón, en la misma sartén con la carne vamos agregando, de a pocos y revolviendo, la quinua y el zapallito sancochado y sal al gusto. Revolver todo, mezclar bien y espolvorear el queso de tipo parma.

Servir con alguna verdura.

  

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