
I
Seguramente la
muerte habitará en mí.
Lo tengo claro.
Ahora lo sé: toda
la multitud
es como una roca
bajo el río.
Toda la maldita
humanidad
ha perdido sus
extrañas fantasías…
las de amor, las
de sexo, hasta las de odio.
Todos han crecido
como hierba seca,
crecen para arriba
pero sin vida, sin nada más.
La vida y la
muerte son cristales:
un reloj negro,
un reloj blanco;
uno de nosotros
perdió el tiempo.
La muerte se mete
en mi vida,
Se mete a mi casa.
Habita como lirio
en agua mala
y cuando yo duermo,
ella está dormida
junto a mí.
II
VIDA Y OBRA
Rostros iguales a
defectos de fabricación,
deambulan por las
calles
con olor a miseria
y humedad,
con imágenes de
desencarnada esperanza;
con sentimientos
que nunca encuentran
su cada cual.
El ayuno de los
días
cambia al hartazgo
de la vida
que se va, que se
queda…
que pasa sin
voltear.
A veces la ternura
se aparece
en una mirada, en
un recuerdo
que luego se
retira a un asilo de rencor,
asilo de muerte;
en donde caen
todas las cosas que un día
parecían ser
verdad.
Esta realidad no
es transparente,
duele y se
retuerce como larva;
crece.
Rostros iguales a
desencanto social,
a trabajo forzado
con ojos de agua
salada
que mienten para
tapar un engaño
y roban por un
pedazo de pan.