Daniel Aparici Chaves (Tánger,
Marruecos 1978).
Estudió Magisterio de francés y la Licenciatura de
Periodismo en la Universidad de Málaga. Trabajó en
dos periódicos malagueños como redactor y fotógrafo.
Ha colaborado con revistas de deporte de tirada
nacional e internacional. Ha publicado poesía,
relatos y novela en distintas publicaciones
electrónicas. Desde hace dos años alterna el
periodismo freelance (en publicaciones de educación
o culturales) con su trabajo de profesor de francés.
Tras dar clases en colegios de Málaga y Canarias,
actualmente trabaja en París para la Embajada
Española, también dando clases de francés en un
colegio. Al tiempo que termina sus estudios de
Pedagogía y el Doctorado en Eliminación de las
Desigualdades Mediante la Educación, por la UNED.


“Plantado
en un banco con su cerveza, una papelera le servía de mesa”.
Pasé la página impar de la novela que sostenía y lo descubrí.
Era igual que el personaje que describía el autor. Qué
extraña coincidencia. “¡Desgraciadas, imbéciles!”, comenzó a
gritar el vagabundo al pasar un par de señoras. Aparté la
vista para seguir con mi texto y comprobar si realmente
aquel hombre se asemejaba al protagonista.
Casi
sin darme cuenta, una chica se sentó junto a mí. El banco
era grande, lo suficiente para albergar a dos lectores. Su
novela se llamaba Edén. Creí que sería una novelita
rosa. En la portada había una foto de un precioso paisaje.
Al instante creí imaginar a una pareja de jóvenes que, tras
ser lo únicos supervivientes a un accidente de avión, se
enamoraban.
-No tiene nada que ver. –Me dijo la chica, mirándome a los
ojos.
-¿Perdón?
-El título de mi novela… Digo que no es lo que parece. Trata
de unos indígenas que descubren la civilización fuera de su
selva.
-Pues
sí, parecía otra cosa.
-¿Por
qué página vas de la tuya?
-Eh… Por la 71.
-Qué
pena, todavía no has encontrado a la chica que se parece a
mí.
-¿Cómo?
-Será
casualidad, pero la chica que describen un poco más adelante
es clavadita a mí. Me sé la novela de memoria, es una de mis
favoritas…
Realmente
era igual. Me indicó la página y descubrí una definición que
tenía que estar hecha para ella; una preciosa morena de ojos
verdes y mirada interrogativa. No trabajaba, únicamente,
durante dos meses, asistiría cada mañana a unos controles de
personalidad. Le pagaban por contestar a unas preguntas en
relación a unos modelos. Una marca de ropa quería averiguar
cuáles eran los gustos de la población a cerca de los
colores, los tejitos, etc. Me convenció para que me apuntase,
fue allí donde conocí a mi mujer. Después de mes y medio
dando las mismas respuestas que Julia, nos dimos cuenta que
nos parecíamos demasiado como para no darnos una oportunidad.
Después de año y medio nos casamos. Tuvimos dos hijos y todo
fue idílico, hasta que Loreto se cruzó en mi camino. Una
aventura que me costó mi familia y el trabajo en la fábrica
de carnes.
Me
divorcié de mi mujer al tiempo y gracias a un amigo conseguí
trabajo en una tienda de muebles. Mis hijos son mi vida y
aunque mi mujer dejó de hablarme, los veía una vez por
semana…
-… Eso es
poco más o menos mi vida. He vivido tal y como sentí que
tenía que hacerlo. Supongo que ahora, a mis 79 años, sé que
me equivoqué muchas veces. –Concluyó después de hora y media
sintetizando su pasado.
-¡Desde
luego no te has aburrido!
-¿Y tú?
Cuéntame…
Ernesto
tiene 79 años, Carmina 75. Acaban de conocerse y es su
primera noche juntos, están en la cama. Él le ha contado su
vida. Y antes de que ella le cuente la suya, hacen el amor
por segunda vez.
Estaban en
casa de unos amigos, en una habitación para invitados. Esa
noche les habían organizado una cita a ciegas en una casa de
campo en mitad de la campiña francesa. Sus amigos vivían en
Marsella, igual que ellos. Pero Ernesto y Carmina nunca se
habían visto. Cada cual vivió como pudo, mejor o peor,
solos, entre los recuerdos y un futuro cada vez más preciso:
la muerte. Se preguntan cuántas veces se habrían cruzado por
la calle sin verse, sin oírse, sin sentirse. Marsella es
grande, pero fantasean durante unos segundos imaginando que
tal vez estuvieron sentados en el mismo café el uno frente
al otro, cada dos o tres meses, sin darse cuenta.
Enamorándose de alguien a quien no conoces y ni siquiera
sabes que ves. Únicamente, sintiendo esa química de la que
está compuesta el amor y cuya razón o causa se desconocen.
La pareja
que organizó el encuentro, un matrimonio de acianos de cerca
de 80 años, sabía que ambos estaban muy solos. Tras cenar,
les dejaron para que hablasen y Ernesto terminó subiendo a
la habitación de Carmina después de un par de vinos. No les
constó trabajo besarse, cuando las canas pueblan la
cabellera por completo, los complejos quedan descoloridos.
-… Soy de
buena familia, como ya te dije. Me casé cuando tenía que
hacerlo. Me habían arreglado un matrimonio con un chico que
era abogado. Tenía 24 años cuando nos casamos.
-¿Con qué
edad tuviste a tus tres hijas?
-Con 26
años a la primera, la segunda con 28 y la tercera con 29.
También son lo mejor que he hecho en mi vida. Ya están
casadas y tienen sus familias, no nos vemos mucho. De vez en
cuando vienen a visitarme, cada vez con menos frecuencia.
Su marido
le fue infiel decenas de veces, mientras ella fingía no
enterarse. Vivió su vida a través de sus hijas y cuando se
fueron de casa, ya no tuvo nada más en lo que entretenerse.
Su marido siempre estaba ocupado con importantes casos,
hasta que un día, sin avisar, un cáncer de pulmón se lo
llevó con 58 años. Desde entonces, no había conocido a nadie.
Había existido esperando la visita de sus hijas y haciendo
pequeños viajes de fin de semana a París.
Después
de hacer el amor por segunda vez, Carmina habla durante dos
horas sobre su pasado. Ernesto la escucha extasiado, sin
decir nada. Asintiendo con la mirada, sabio, sin juzgar, sin
esperar la fealdad, viendo la belleza en la intensidad que
conlleva una existencia. Ella habla sin tapujos. No se
calla, casi nada, hay secretos bien guardados detrás de 75
años. Pero tampoco quiere contarle esas cosas. ¿De qué le
servirían? Cuenta lo importante, lo que cree que debería
saber sobre ella: es tímida, una señora de su casa, le gusta
cocinar, viajar, leer. Que a veces es un poco mandona. La
mala memoria que tiene…
Son las
ocho de la mañana. El Sol deslumbra por un hueco que dejan
las cortinas. Ambos tienen una sonrisa cansada. Sus cuerpos
ya no están acostumbrados a tales esfuerzos de trasnoches.
-… Creo
que ya sé todo sobre ti. Bueno, es imposible decir eso.
Quiero decir que ahora sé lo más básico, lo suficiente. Y tú
también de mí. Mira, tenemos cerca de 80 años los dos. Nos
gustamos, hasta con nuestras carnes medio muertas. ¿Cuántos
años de vida nos quedan? ¿Cinco, diez? ¡Casémonos! ¡Vente a
vivir conmigo! ¡Pero mañana mismo! Ya no me queda ni un
segundo de vida que desperdiciar.
-Por
supuesto, no malgastemos más tiempo. ¡Mañana mismo!