México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

Elena Madrigal (México, DF).  Maestra en retórica y composición inglesas por Texas Christian University y candidata a doctora en literatura hispánica por El Colegio de México.  Ha publicado ensayos críticos sobre escritores hispanoamericanos y algunos de sus cuentos han aparecido en diversos medios.  Con El hijo del pueblo obtuvo el premio único en la categoría de cuento del Concurso Dorian, edición 2006, organizado por el Instituto Encuentros para la Promoción de la Diversidad y la Cultura de Lima, Perú.

 

 

 

Hay hombres que por cada desgraciado que matan graban una raya en la cacha de su pistola.  A mí, por cada secreto que guardo, la Muerte me va dejando, poquito a poquito, una marca en la cara.

Parece que fue esta mañana cuando llegué a San Pablito, con sólo miedo en las manos.  Me acerqué a este mismo portón y le pedí trabajo a  un señor que trataba de protegerse la nariz del viento frío con el cuello de su camisa.

—¿Qué sabes hacer?

—Montar, cazar conejo, cuidar animales y cortar leña.

—Arréglate con mi hija; está allá adentro. 

I

 Ella era unos dos años mayor que yo, y como siempre me pasaba, me enamoré en ese instante.  Me dijo que no necesitaba ayudante, que si quería, me daba algo de comer y que me fuera.

Mientras comía, le conté todas las aventuras con que soñaba, como si fueran ciertas.  La tenía boba.  No quise que sintiera lástima por mí.  Jamás le he contado cómo iba huyendo de mi casa, de la manera en que mi madre me había corrido sólo por un beso…  ¿Qué es, qué era un beso?  ¿Qué eran dos bocas imantadas escondidas detrás de un árbol? 

II 

Cuando Dolores dijo que podía quedarme a ayudarla a acarrear el agua, a componer las maderas de la casa, a matar a los guajolotes y a traer la leña, sentí que al corazón mío lo arrastraba una corriente hacia ella y que de paso borraba el beso de Licha. 

III 

Una tarde, a la hora en que el sol se ruboriza al ver entrar a las estrellas con su chachareo, besé a Dolores.

—¿Cómo va a ser, si somos dos…?, me dijo.

—Ya nos arreglaremos, le contesté.

IV 

Dos años después, el señor, como era su costumbre, salió de la casa pero la nueva mañana llegó sin él: al principio, caían unas gotas gordas y la gente salía de sus casas a llenar cacerolas.  Era tan raro que lloviera en esa época.  La lluvia arreció ferozmente, como nunca.  La gente se protegía en sus casas.  Los que bajaban del autobús pedían socorro a los vecinos, quienes abrían sus puertas a toda prisa para volverlas a cerrar.

Dolores no permitió que abriéramos la nuestra.  Dijo que a partir de ese día ningún alma extraña entraría a nuestra casa. 

La tormenta seguía, sin rayos y sin truenos; era pura agua.  Del camino de San Carmelo se empezó a divisar un remolino negro sobre el fondo gris claro de la lluvia.  Entonces sí que la gente sintió pánico.  Justo en el entronque de las carreteras de los dos pueblos se detuvo el torbellino negro y paró la lluvia.  Atrás de él venía una carreta tirada por dos mulas, sin arriero, y tendido, el señor padre de Dolores.

Dicen que fue el marido de una querida que tenía en San Carmelo. 

VI 

Veintidós años han pasado y todavía quedaba agua de aquella lluvia en la poza.  Una tarde, fue otro beso; a la siguiente un abrazo; a la tercera dijo Dolores que debíamos casarnos.  La cuarta, ella se hizo una corona y un ramo de flores blancas y, en la cocina, donde nos conocimos, pues nos casamos.

VII 

Una mano... otra mano... sus ojos, mi frente, su pelo, mi pierna, su boca, mis pechos, su espalda, mi pubis, la seda fricada, mi sexo, su dedo, mi ritmo, su vientre, mis nalgas, su oreja, mi cuello, su hombro, ¡el baño del cielo! 

VIII 

¿Te acuerdas, Doloritas, cuando te dije que nos arreglaríamos?  Y ya ves, no te he engañado: te beso toda, te amaso, te chupo, te lamo y con estos diez dedos aquí, en tu sexo –no le cuentes a nadie— estallidos, temblores y risas te arranco.

IX 

-Ay, esas estrellas que no se cansan de chancearse al sol; míralas, ya lo están poniendo colorado otra vez, le digo a Dolores.

-Igualito que tú, cuando te digo que quiero ser madre, me responde.

-Ay, Doloritas, otra vez con ese cuento, le contesto.

-Verás que mañana será bien cierto. 

En el casco de la vieja hacienda de San Carmelo había función de ópera itinerante.  Poco antes del atardecer, nosotras y el pueblo estábamos reunidos en la gran sala de paredes de piedra y escalinatas doradas.  Había cirios por doquier y, entre las butacas, apareció Aída.  Llevaba una peluca de cordeles negros trenzados; unos anillos de oro, en perfecta alineación con sus párpados, le circundaban los ojos.

Una intensa sombra negra cubría del borde de los anillos hasta la frente y los pómulos, formando un antifaz.  Movida por su larga túnica malva, Aída subió al escenario sin dejar de mirar a Doloritas y cantó sólo para ella.  A final, todos aplaudían rabiosamente.  Aída agradeció la ovación con una reverencia y al dar nuevo el rostro al público tenía el maquillaje del antifaz negro corrido por las lágrimas.  Extendió el brazo y mostró la palma de su mano izquierda a Doloritas, para llevarla luego a su corazón. 

XI 

A la mañana siguiente, Doloritas y yo discutimos: estaba embarazada.  Yo afirmaba que el hijo era del canto de Aída; ella que de los aplausos del pueblo. 

XII 

Sentadas en la terracita, miramos a Pablo del Carmelo crecer.

XIII 

Esa tarde el sol incendió las nubes y sobrevino la noche larga, sin estrellas.  Llegaron ellos, que buscando rebeldes.  Sacaron a todos los hombres y a Pablo del Carmelo también.

XIV 

A golpes, las mujeres fuimos encerradas en la alhóndiga y le prendieron fuego.  Concentraron a los hombres en la plaza, los interrogaron, los molieron a golpes y luego los destazaron. 

XV 

Doloritas sólo bajó la cabeza.  Al levantarla, tenía el antifaz negro y oro chorreado de lágrimas.  Una a una, las mujeres fueron acercándose para mojarse los vestidos.  Así, nos salvamos del incendio. 

XVI 

La calle es un río de lodo, sangre y noche.  Ninguna de las mujeres se atreve a encender ni una vela por miedo a que regresen.  Si tropezamos, recogemos la mano o el torso que no nos deja avanzar. 

XVII 

Doloritas aúlla.  Ha encontrado a Pablo del Carmelo entero y ella sola arrastra su cuerpo hasta la cueva donde se refugiaron las estrellas esa tarde. 

XVIII 

Todas tenemos el deber de velar a un muerto.  Doloritas me envía a armar uno.  El río de lodo y sangre ahora me da un pedazo de pierna y luego un brazo.  A tientas, reconozco una cabeza.  La limpio con mi aliento y le aliso los cabellos.  Me la llevo abrazándola contra mi corazón.

Ya tenemos nuestro muerto. 

XIX 

Pablo del Carmelo salió de la cueva a los noventa y tres días, una tarde en que las estrellas decidieron volver a divertirse a costillas del sol.

XX 

A veces, ellos regresan y preguntan por los que se les fueron vivos.  Nosotras decimos que el nuestro murió, aunque bien sabemos que está fraguando la venganza al lado de su padre, el pueblo. 

Y a mí, la Muerte me pone otra marca en la cara por cada secreto.

 

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