Hay hombres que por cada desgraciado que matan graban
una raya en la cacha de su pistola. A mí, por cada
secreto que guardo, la Muerte me va dejando, poquito a
poquito, una marca en la cara.
Parece que fue esta mañana cuando llegué a San Pablito,
con sólo miedo en las manos. Me acerqué a este mismo
portón y le pedí trabajo a un señor que trataba de
protegerse la nariz del viento frío con el cuello de su
camisa.
—¿Qué sabes hacer?
—Montar, cazar conejo, cuidar animales y cortar leña.
—Arréglate con mi hija; está allá adentro.
I
Ella era unos dos años mayor que yo, y como siempre me
pasaba, me enamoré en ese instante. Me dijo que no
necesitaba ayudante, que si quería, me daba algo de
comer y que me fuera.
Mientras comía, le conté todas las aventuras con que
soñaba, como si fueran ciertas. La tenía boba. No
quise que sintiera lástima por mí. Jamás le he contado
cómo iba huyendo de mi casa, de la manera en que mi
madre me había corrido sólo por un beso… ¿Qué es, qué
era un beso? ¿Qué eran dos bocas imantadas escondidas
detrás de un árbol?
II
Cuando Dolores dijo que podía quedarme a ayudarla a
acarrear el agua, a componer las maderas de la casa, a
matar a los guajolotes y a traer la leña, sentí que al
corazón mío lo arrastraba una corriente hacia ella y que
de paso borraba el beso de Licha.
III
Una tarde, a la hora en que el sol se ruboriza al ver
entrar a las estrellas con su chachareo, besé a Dolores.
—¿Cómo va a ser, si somos dos…?, me dijo.
—Ya nos arreglaremos, le contesté.
IV
Dos años después, el señor, como era su costumbre, salió
de la casa pero la nueva mañana llegó sin él: al
principio, caían unas gotas gordas y la gente salía de
sus casas a llenar cacerolas. Era tan raro que lloviera
en esa época. La lluvia arreció ferozmente, como
nunca. La gente se protegía en sus casas. Los que
bajaban del autobús pedían socorro a los vecinos,
quienes abrían sus puertas a toda prisa para volverlas a
cerrar.
Dolores no permitió que abriéramos la nuestra. Dijo que
a partir de ese día ningún alma extraña entraría a
nuestra casa.
V
La tormenta seguía, sin rayos y sin truenos; era pura
agua. Del camino de San Carmelo se empezó a divisar un
remolino negro sobre el fondo gris claro de la lluvia.
Entonces sí que la gente sintió pánico. Justo en el
entronque de las carreteras de los dos pueblos se detuvo
el torbellino negro y paró la lluvia. Atrás de él venía
una carreta tirada por dos mulas, sin arriero, y
tendido, el señor padre de Dolores.
Dicen que fue el marido de una querida que tenía en San
Carmelo.
VI
Veintidós años han pasado y todavía quedaba agua de
aquella lluvia en la poza. Una tarde, fue otro beso; a
la siguiente un abrazo; a la tercera dijo Dolores que
debíamos casarnos. La cuarta, ella se hizo una corona y
un ramo de flores blancas y, en la cocina, donde nos
conocimos, pues nos casamos.
VII
Una mano... otra mano... sus ojos, mi frente, su pelo,
mi pierna, su boca, mis pechos, su espalda, mi pubis, la
seda fricada, mi sexo, su dedo, mi ritmo, su vientre,
mis nalgas, su oreja, mi cuello, su hombro, ¡el baño del
cielo!
VIII
¿Te acuerdas, Doloritas, cuando te dije que nos
arreglaríamos? Y ya ves, no te he engañado: te beso
toda, te amaso, te chupo, te lamo y con estos diez dedos
aquí, en tu sexo –no le cuentes a nadie— estallidos,
temblores y risas te arranco.
IX
-Ay, esas estrellas que no se cansan de chancearse al
sol; míralas, ya lo están poniendo colorado otra vez, le
digo a Dolores.
-Igualito que tú, cuando te digo que quiero ser madre,
me responde.
-Ay, Doloritas, otra vez con ese cuento, le contesto.
-Verás que mañana será bien cierto.
X
En el casco de la vieja hacienda de San Carmelo había
función de ópera itinerante. Poco antes del atardecer,
nosotras y el pueblo estábamos reunidos en la gran sala
de paredes de piedra y escalinatas doradas. Había
cirios por doquier y, entre las butacas, apareció Aída.
Llevaba una peluca de cordeles negros trenzados; unos
anillos de oro, en perfecta alineación con sus párpados,
le circundaban los ojos.
Una intensa sombra negra cubría del borde de los anillos
hasta la frente y los pómulos, formando un antifaz.
Movida por su larga túnica malva, Aída subió al
escenario sin dejar de mirar a Doloritas y cantó sólo
para ella. A final, todos aplaudían rabiosamente. Aída
agradeció la ovación con una reverencia y al dar nuevo
el rostro al público tenía el maquillaje del antifaz
negro corrido por las lágrimas. Extendió el brazo y
mostró la palma de su mano izquierda a Doloritas, para
llevarla luego a su corazón.
XI
A la mañana siguiente, Doloritas y yo discutimos: estaba
embarazada. Yo afirmaba que el hijo era del canto de
Aída; ella que de los aplausos del pueblo.
XII
Sentadas en la terracita, miramos a Pablo del Carmelo
crecer.
XIII
Esa tarde el sol incendió las nubes y sobrevino la noche
larga, sin estrellas. Llegaron ellos, que buscando
rebeldes. Sacaron a todos los hombres y a Pablo del
Carmelo también.
XIV
A golpes, las mujeres fuimos encerradas en la alhóndiga
y le prendieron fuego. Concentraron a los hombres en la
plaza, los interrogaron, los molieron a golpes y luego
los destazaron.
XV
Doloritas sólo bajó la cabeza. Al levantarla, tenía el
antifaz negro y oro chorreado de lágrimas. Una a una,
las mujeres fueron acercándose para mojarse los
vestidos. Así, nos salvamos del incendio.
XVI
La calle es un río de lodo, sangre y noche. Ninguna de
las mujeres se atreve a encender ni una vela por miedo a
que regresen. Si tropezamos, recogemos la mano o el
torso que no nos deja avanzar.
XVII
Doloritas aúlla. Ha encontrado a Pablo del Carmelo
entero y ella sola arrastra su cuerpo hasta la cueva
donde se refugiaron las estrellas esa tarde.
XVIII
Todas tenemos el deber de velar a un muerto. Doloritas
me envía a armar uno. El río de lodo y sangre ahora me
da un pedazo de pierna y luego un brazo. A tientas,
reconozco una cabeza. La limpio con mi aliento y le
aliso los cabellos. Me la llevo abrazándola contra mi
corazón.
Ya tenemos nuestro muerto.
XIX
Pablo del Carmelo salió de la cueva a los noventa y tres
días, una tarde en que las estrellas decidieron volver a
divertirse a costillas del sol.
XX
A veces, ellos regresan y preguntan por los que se les
fueron vivos. Nosotras decimos que el nuestro murió,
aunque bien sabemos que está fraguando la venganza al
lado de su padre, el pueblo.
Y a mí, la Muerte me pone otra marca en la cara por cada
secreto.
