México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

Elsa Levy, Nació en México en la ciudad de Colima, radica en Guadalajara Jalisco desde 1973. Obtuvo la licenciatura en Psicología; diplomados en Cultura Jalisciense, Jalisco en el arte, y Crítica y Fantasía de la literatura hacia el tercer milenio; además, posgrado en Creación y crítica literaria por la SOGEM, y Curso superior de pensamiento Latinoamericano, Casa de las Américas, La Habana, Cuba. Actualmente cursa la Maestría en Literaturas Comparadas. Algunas publicaciones: El vuelo de la iguana (Cuentos)1991,Tinta Fresca (Cuentos) 1996,La cabaña de El Moro (Noveleta) 1998,Escribir deja mucho dinero (2005) 

 

 

Voy a decirle la verdad, a pesar de que le prometí a Epifanio que nunca lo diría, pero de repente me nació, de acá muy dentro, la necesidad de que al menos usted, señor Obispo, sepa lo que en realidad pasó. Antes de contarle, por favor tome esta plática como secreto de confesión. Así se dice, ¿verdad? Lo aprendí del catecismo.

         Pues resulta que Pifas (es el apelativo de mi amigo Epifanio) y yo, su servidor, Apolonio García, andábamos como muchos del pueblo sin chamba; pero ya en propósito de decirle la puritita verdad, más bien nos hacíamos pendejos, siempre podríamos trabajar de jornaleros en el corte de la caña, o del café, pero no, con eso de que habíamos estudiado hasta la prepa, y por aquello del presumir, nuestra tirada era más alta. Nomás se nos iba el día en andar de güevones parados en las esquinas. Temprano, mirábamos pasar a las mujeres rumbo al molino de nixtamal; a medio día, en la esquina de la secundaria les echábamos ojitos a las chavas que salían de la escuela, no podíamos hacer otra cosa, nunca traíamos dinero ni siquiera para invitar una paleta. A la hora de la comida, cada uno se iba para su casa. Por la tarde, y como en la mía teníamos televisión, Pifas, a las cuatro ya estaba aplastado en uno de los equipales de la sala. Ahí nos la pasábamos mirando películas, las telenovelas que a mi jefa tanto le gustan, series policiacas y hasta los noticieros.cieros.

         Hace unos meses pasó todo ese desmadre del mentado “Mochaorejas”. Nos enteramos en la tele de los secuestros y maldades que había hecho el hijo de la chingada. Usted perdone, pero además de que soy mal hablado, este cuate ya ni la chingó. Bueno, también oímos sobre el dineral que juntó de los rescates. Cuando Pifas comenzó a decirme que los secuestros eran muy buen negocio, yo le seguí la corriente creyendo en el puro vacile. Nos divertíamos pensando en quiénes, en el pueblo, si los secuestraban podrían pagar un rescate. No, mano, me decía Pifas, en este pueblo habemos puros jodidos, de los de aquí no sacarían ni para la cerveza.erveza.

         Por esos días era la fiesta patronal de nuestra Señora de la salud. Ya sabe usted, peregrinaciones con la Virgen en andas; kermesses; castillos; bandas de música; cuetes y juegos pirotécnicos, ¡y claro! misas, sermones y rosarios. Nosotros nos metíamos a todo; a fin de cuentas no costaba nada. Cuando fue la peregrinación, noté que Pifas miraba y miraba a la Virgen, y cosa rara, hasta se quedó callado por un rato. Luego me jaló del brazo y me dijo: Ven, vamos a salirnos del borlote, se me ha ocurrido algo y quiero contártelo.

         Fuimos por ahí a sentarnos en una calle sin gente, y se soltó.

¾Apolonio, ya sé a quién vamos a secuestrar.

Yo le seguí el jueguito, aunque algo encabronado, pensando que si para esa tarugada me había sacado de la bola.

¾¿A quién, tú? no me digas que al comisario¾. Me burlé.

¾No, me respondió, aunque por él nos pagarían para que no lo devolviéramos. ¡Agárrate! vamos a secuestrar a la Virgen de la salud.

Sentí de repente algo así como un toque eléctrico que me sacudió todito, y le repelé de inmediato:

¾No la jodas, cabrón, ¿cómo que a la Virgen?

¾Mira, me replicó, toda la gente del pueblo la quiere, le regalan vestidos, joyas, hasta mandaron hacer su corona de oro. Cada fiesta patronal gastan un chorro de dinero. Desde hace rato he pensado, de que por ella pagarían un buen rescate .

De ahí en adelante, mañana, tarde y noche, Pifas se la pasó meditando en sus planes, y tratando de convencerme de que con el dinero que sacáramos nos podríamos ir al Norte, nuestro gran sueño. ¿Y sabe para qué? para regresar un día a México con la dolariza, comprar una casa, un carro, andar bien vestidos y poder invitar a cualquier muchacha al restaurante más catrín de Colima. Quedándonos aquí nunca lograríamos nada. Además, Pifas me repetía que nadie saldría lastimado, que no fuera marica; que si no aceptaba lo haría solo. Tan seguro estaba, y tan fácil todo, que me convenció.

Lo primero que hicimos fue amarchantarnos en la iglesia, ya dizque rezando adentro, ya en la banqueta de enfrente o dándole vueltas a la manzana. Checamos los horarios de las misas, las entradas y salidas del señor cura. También apuntamos los movimientos del sacristán cuando abría y cerraba las puertas del templo y de la sacristía, la que da al atrio y la que da a la calle de atrás de la iglesia.

El entusiasmo de Pifas se me pegó. Después de tantos meses sin chamba, por fin estaba ocupado en algo. La verdad, nunca pensé en la seriedad del crimen que planeábamos, sólo me dejaba llevar por ese palpitar acelerado del corazón, por ese calor en la cabeza cuando se hace algo difícil, prohibido. Me disculpaba diciéndome yo mismo: la Virgen no está viva, ella no va a sufrir. Para nada tomé en cuenta a las personas del pueblo, ni al padre Santiago quien pagó el pato.

Nos tardamos unos dos meses en completar el plan. Cómo entrar y salir de la iglesia; cómo transportar la imagen, y a dónde; nuestras coartadas, y hasta papel, sobres, pegamento, periódicos y tijeras, para hacer los mensajes del pedimento del rescate. No en balde habíamos visto tantos noticieros y películas sobre secuestros. Y ni hablar, el pinche Pifas es muy abuzado.

La tarde del lunes que escogimos para realizar el secuestro, fui a la última misa y me quedé escondido abajo del órgano. A las doce de la noche, por la puerta trasera de la sacristía, usted no lo sabe pero da a una calle muy oscura, yo le abriría a Pifas; él traería la bicicleta de su tío Julián, una que tiene adaptado un carrito para cargar mandados. Para el despiste, Pifas se había ofrecido a pintársela gratis.

Durante las horas que pasé en la iglesia, sin ruidos, a oscuras y con los nervios atizándome, comencé a sentir algo así como remordimientos por la ofensa que le haríamos a la Virgen, pero me animaba pensando en el Norte, en el dinero y en todo aquello que nos volvería millonarios.

A las doce abrí la puerta. Pifas entró y nos trepamos al altar. Y así de fácil la bajamos. Nunca les pasó por la cabeza que alguien pudiera robarse a la Virgen; no estaba encadenada ni guardada en vitrina con llave. No pesaba y era más chica de lo que se la mira desde las bancas. Yo creo que se ve grande por los vestidotes que le ponen. Nos salimos de la iglesia, tapamos a la Virgen con una cobija, y la metimos al carrito. Nos largamos en chinguiza, Pifas pedaleaba la bicicleta, yo caminaba rápido al lado, deteniendo la imagen para que no se nos fuera a romper.

Hacía unas semanas habíamos encontrado un cobertizo en medio de la huerta abandonada, propiedad del difunto don Everardo. Pensamos que era perfecto para ser nuestro cuartel, ya que nadie del pueblo se atrevía a entrar.

Ahí llevamos a la Virgen, y sin destaparla la acomodamos en un rincón. A la puerta le pusimos una cadena y un candado. Regresamos al pueblo ya como a las dos de la mañana. Nadie nos miró salir, ni llegar.

Temprano, como a las seis y cuarto, cuando el sacristán entró a barrer la iglesia, comenzó el argüende. Las campanas comenzaron a tocar como aviso de incendio. La gente madrugadora, toda extrañada, se juntó en la iglesia. El sacristán gritaba, el señor cura entraba y salía del templo. Pifas y yo participamos en todo y nos hacíamos igual de sorprendidos que los demás.

“¡Se robaron a la Virgen!” “¡Qué sacrilegio!” “De seguro son ladrones de otro pueblo”. “Hay que dar parte a las autoridades de Comala”. ”Dios les mandará un castigo terrible a esos rateros”. “Vamos a rezar para que la Virgen haga un milagro y la devuelvan”. Ya no me acuerdo de tantas otras cosas que la gente decía, el caso es que no sabían ni qué hacer. Vinieron policías de Comala, y para comenzar revisaron todas las casas. Y, ¡pues sí! no encontraron nada.

         Nos quedamos quietos y callados hasta que pasaron tres semanas y la gente y el señor cura medio se aplacaron. Entonces dejamos el primer mensaje en una de las cajas de madera donde se echa la limosna. Decía así: Tenemos a la virgen. Si quieren que la regresemos depociten $50,000.00 en una volsa de plastico negro, en el tuvo roto de la sanja del potrero de las juntas. No se tarden y no abisen a la polisía.         

         Al día siguiente era de lo único que se hablaba en el pueblo, aunque con duda: ¿Cómo saber si de verdad quienes habían pedido el rescate tenían a la Virgen? Dejamos pasar una semana. La gente se desesperaba. Entonces Pifas, recordando lo que hacía el “Mochaorejas”, se le ocurrió cortarle un pedazo a la falda del vestido de la Virgen; lo metimos en el sobre junto con otro recado: Se estan tardando mucho, si no creen que tenemos a la virgen, ahí les mandamos una prueva. Recuerden, $50,000.00, y no abisen a la polisía porque entonces nunca mas berán a la virgen.

         Ya con eso nos creyeron. El padre Santiago hizo una junta de emergencia en el templo, y después de gritos y maldiciones de los hombres, chilletas y caras tristes de las mujeres, se decidió que entre todos reunirían el rescate. Pifas y yo andábamos en la bola, y aunque también hacíamos cara de preocupación, nos dio mucho gusto cuando lo supimos. El comisario sugirió pedirle ayuda a usted, señor Obispo, pero el señor cura dijo que era un problema del pueblo y lo resolveríamos solos, además confiaba en que la Virgen hiciera un milagro.

         A usted se le harán pocos los $50,000.00 pero yo pienso que en el pueblo nadie había visto junta esa cantidad de billetes. Primero se hizo una colecta, ¿sabe cuanto se juntó? apenitas $5,000.00. Bien decía Pifas que todos los del pueblo estábamos jodidos. Hay que bajar el rescate, propuse. ¡Para nunca! brincó Pifas, ya dijimos $50,000.00 y los tienen que juntar. De ahí en adelante se comenzó a poner muy necio.

         Pasó otra semana. El señor cura, junto con las mujeres de la cofradía de la Virgen, organizaban rifas y kermesses. Pifas hizo otro recado, le cortó un pedazo de cabello a la peluca de la Virgen y lo puso dentro del sobre. La nota decía: Comensamos a impasientarnos. Ahí les va un pedaso del cabello de la virgen. La procima ves sera algo que la ará verse muy fea. Dejábamos los recados en lugares diferentes, siempre dentro de la iglesia y donde el padre o el sacristán pudieran encontrarlos. Por esos días, de a diario la iglesia estaba llena, así que no se sabía quién había sido.

         Una noche me encontré a mi jefa muy triste rezando el rosario. Ven, Apolonio, me dijo, acompáñame a rezar, tú más que otras gentes debes estar agradecido con la Virgencita de la salud. ¿Por qué, madre? Le pregunté. No te puedes acordar pero cuando eras apenas un chilpayate de dos años, un domingo fuimos toda la familia a un día de campo a la parotera pegadita al río Cuastecomate. Me distraje prendiendo la lumbre para asar la cecina y tú jalaste para el agua. Gritaste y nos dimos cuenta de que la corriente te llevaba. Engarrotada de susto veía como el agua te revolcaba. Pensé que te ibas a ahogar, eras tan chiquito. Lo único que se me ocurrió fue gritarle a la Virgen: Virgencita, ¡sálvalo! tú puedes hacer el milagro. Ya para entonces corríamos río abajo para tratar de alcanzarte. De repente vimos que algo te atoraba. Tu camiseta se había enganchado en un tronco. Cuando te sacamos, te lo juro mijo, aunque los demás dijeron que veía visiones, el tronco tenía la figura de la Virgen de la salud. Yo siempre he creído que ella me hizo el milagro.

Sabe, señor Obispo, desde esa noche comencé a sentirme mal. Veía a la Virgen por donde quiera: en las sombras de las plantas, en la forma de las nubes, y sobre todo en los troncos de los árboles y en los horcones de las cercas.

Mientras tanto, la mayoría de la gente del pueblo se dedicaba a juntar lana para completar el rescate. En la misa de doce del domingo, el señor cura dijo que sólo se llevaban reunidos $15.000.00, y pidió un esfuerzo mayor. Luego recitó una oración muy larga que íbamos repitiendo, pidiéndole a la Virgen que hiciera un milagro. A la salida, en el atrio oí hablar a la gente. Unos venderían sus casas, otros irían a Colima a pedir limosna de puerta en puerta. Una señora, ñenga como una calaca, dijo que comería tortillas y chile todo el mes para poder dar al menos cien pesos, con tal de que regresaran a la Virgen. Los que nada tenían, rezaban, hacían promesas y mandas. Créamelo, me sentía culpable y sufría por dentro, ya ni pensar en el viaje y en los dólares me animaba.

La tarde de ese domingo fuimos al cafetal. Pifas se miraba urgido. Destapó a la Virgen y sin dejar de mirarla me habló fuerte: la situación está que arde, de aquí en delante la gente hará lo que sea para recuperar a la Virgen. Les daremos el tiro de gracia. En una semana más tendremos todo el dinero. Te aseguro. Luego se burló de la Virgen: sólo que “ésta” haga un milagro y se regrese sola a la iglesia.

Me dio miedo. En ese tiempo llegué a conocer muy bien a Pifas, y sabía que era capaz de cualquier cosa. ¿Qué vamos a hacer? le pregunté nervioso. Qué poca imaginación tienes, me respondió riéndose, pues mañana le cortaremos una oreja a la Virgen y se la mandamos al señor cura. Se me sumió el estómago y tuve ganas de vomitar. Me puse frío y la vista se me nubló. Pero luego empecé a tener coraje, un coraje tan grande que hasta la cabeza me palpitaba. No dije nada. Pifas tapó la imagen y regresamos al pueblo. Comienza a preparar tus chivas, ya no tardamos en jalar para el Norte. Fueron sus palabras de despedida.

         En la noche no pude dormir bien. A ratos que medio cabeceaba, soñaba pesadillas; veía el rostro de la Virgen desfigurado, primero sin orejas, luego sin nariz, después sin ojos; despertaba de un brinco con el corazón acelerado. Decidí entonces mejor no dormir. Permanecí quieto pensando qué hacer. Poco a poco una idea me fue llenando la cabeza. Eran las cuatro de la mañana. Me vestí, busqué la segueta de mi padre, y sin hacer ruido me salí de la casa y fui hasta el cafetal. Y aunque yo tenía llave del candado, segué uno de los eslabones de la cadena; luego, siguiendo el modo con que Pifas hacía los recados para el rescate, recorté palabras y letras de los periódicos. Hice uno, acordándome de un dicho que a cada rato usaba mi abuelo: ladrón que roba a ladrón, de Dios encuentra perdón. Lo dejé en el lugar dónde había estado la Virgen. Digo había estado, porque me la llevé cargada. No es tan grande ni tan pesada como uno cree. Llegué al pueblo como a eso de las cinco de la mañana, todavía no se miraban gentes. La desenvolví y la dejé en la puerta de la iglesia.

         A las seis de la mañana, repicaron las campanas. Esta vez me hice pendejo y fingí estar dormido. Y la verdad, me dormí, ya con la tranquilidad bien dentro de mi corazón. Al rato me despertaron los gritos de Pifas mientras me zangoloteaba: ¡Apolonio, Apolonio! despierta güevón. Ven para la calle para que te enteres. ¿Qué pasó, qué pasó? me hice el tarado. No lo vas a creer, la Virgen se regresó a la iglesia. Tenemos que ir al cafetal para ver qué chingados sucedió.

Al pasar por la iglesia vi que estaba llena y que habían puesto a la Virgen en su lugar. Las gentes rezaban, lloraban, cantaban, seguras del milagro.

En el cobertizo miramos el candado roto y la puerta abierta, Pifas se puso furioso. Entramos. Pifas recogió el mensaje. Lo leyó, se quedó pensativo y luego me dijo: Apolonio, nos tenemos que largar del pueblo. Alguien debió habernos visto entrar al cafetal y nos siguió. Sabe quienes somos. Nos va a denunciar y nos meterán a la cárcel.

         Yo no hablaba. Miraba el lugar vacío de la Virgen intentando parecer sorprendido. ¡Anda, muévete! me gritó. Vamos por algunas chivas. Puedo agarrar los centavos que mi hermana guarda en su ropero. Tú mira si puedes robarle a tu mamá, luego se lo devolverás. Pediremos aventones, trabajaremos en el camino; de algún modo llegaremos a la frontera.

         Fue cuando le dije: no Pifas, yo no me voy, vete tú. Si me denuncian, pues ya me tocaba. No diré que también tú participaste. Eres un güey, en este pueblo no hay nada que hacer; estamos perdiendo el tiempo. Me repetía, mientras me empujaba de los hombros. Vete tú, yo me quedo. Se lo dije tan en serio que me lo creyó. Un poco más calmado, lo aceptó: de acuerdo, pero te repito, eres un pendejo; pero mira, si no te denuncian, júrame que a nadie le contarás lo que pasó. A fin de cuentas el pueblo salió ganando, ahora ya tienen su milagrito.

         Se lo juré.

         El señor cura, al terminar la misa luego de la aparición de la Virgen, preguntó a las gentes qué querían hacer con los $15.000.00 que se habían juntado para el rescate. Después de hablar y hablar, acordaron que los gastarían en una gran fiesta de acción de gracias, con peregrinaciones, kermesses, juegos pirotécnicos, música, danzantes, y en un vestido nuevo para la imagen. Y así lo hicieron. El pueblo estaba feliz por el milagro, hasta que intervino usted, echándole en cara al padre Santiago de haber planeado todo para sacarle dinero a la gente y hacer famosa la parroquia con lo del milagrito. Por más que él se defendió, y conste, muy macho nos prohibió a los del pueblo que interviniéramos, usted se montó en el suyo y lo cambió de parroquia. Eso no se vale. Eso es una injusticia. Por eso que vine a contarle la historia, como se lo dije al comenzar, en secreto de confesión, para que rectifique (aunque le cueste a su orgullo) y nos devuelva al padre Santiago que, no tuvo vela en el entierro, ni lugar en la procesión, ni tiene cola que le pisen. Ahora sí, señor Obispo, ¿puede darme la absolución?

        

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