México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

 

Fabio Fernando Meza es estudiante de la Facultad de Salud de la Universidad de Antioquia de Medellín, Colombia. Nació en la población de San Fernando, Magdalena, Costa Caribe, y ha escrito crónicas que han aparecido en diferentes medios. También ha ganado premios al mejor cuento corto y un premio universia en 2005.

 

Alguna vez alguien dijo que los colombianos todo lo tomamos demasiado en serio, todo lo llevamos a los extremos. Y quien lo dijo tiene razón. 

Cuando nacía la República de Colombia, el congreso aprobó entre sus símbolos patrios, la bandera. Esta fue ideada como tres franjas cuyo primer color ocupa la mitad del total de la bandera y los otros dos, la otra mitad. 

La bandera que actualmente ondea en todos los establecimientos públicos de Colombia, está grave, y de muerte, y lo más triste es que todos tenemos la culpa. Está penando en vida. 

Desde el mismo día que se le dio vida jurídica a los símbolos patrios, o quizás desde mucho antes, es a la bandera a la que más hemos herido con nuestras lanzas de destrucción.

En ella el color amarillo representa la riqueza de nuestros suelos, y el color azul la riqueza de nuestros mares, ríos y demás cuerpos de agua, desde esa época hemos jurado no descansar hasta no ver totalmente arruinadas estas riquezas de nuestro suelo. Y a fe que lo hemos hecho de maravilla, ya que desde hace muchos años las dos franjas más importantes de nuestro símbolo sufren de anemia crónica.

Por culpa de nuestra mente depredadora, de nuestro instinto exterminador, de nuestras ansias de destrucción, ya no es el color amarillo, el otrora amarillo del sol de las dos de la tarde anunciándole a  San Fernando Magdalena, que va a caer un fuerte aguacero; por culpa de nuestra visión de criminales, el color azul, ya no es el azul cielo a donde viajaban los sueños y vivencias. ¡Qué desgracia! 

Pero también somos un país de paradojas. Para que al color rojo de nuestra bandera no le pase lo mismo que le pasa a sus compañeros, nos hemos tomado el trabajo de teñirlo cada día más y más y más de sangre, ya que él representa precisamente "la sangre derramada por nuestros antepasados", y como van las cosas, es el único color de la bandera que no se preocupará en el futuro de desaparecer de su puesto, ya que constantemente lo estamos alimentando. Y él, feliz. 

Es triste mirar hacia atrás y ver solo desolación donde antes todo era de un esplendor maravilloso, suelos ricos en yacimientos, bosques, praderas inmensas pintadas siempre de verde. Dan ganas de llorar al ver a tantos animales buscando con desespero un trago de agua. Pronto lo haremos nosotros. 

Deseo con todas mis fuerzas, que vuelvan nuestras riquezas al sitio que les corresponde por herencia, para que no muera el color amarillo de la bandera; no importa que el oro de las minas sea utilizado para colocarle a los gamonales sanguinarios, cáscaras enormes en sus dientes cariados y lo muestren  con orgullo en sus sonrisas hipócritas. 

Ruego que los cuerpos de agua resuciten para que el color azul de la bandera se bañe no solo del agua de lluvia;  para que las brujas de Talaigüa Viejo,  dejen de planear todas las noches sus maldades en el hueco que dejó el agua de la ciénaga desaparecida cerca de "Batatal", la finca de mis más gratos recuerdos. 

Ojala el Dios de Colombia que es tan misericordioso, nos obligue a cerrar los ojos para que al abrirlos, veamos que la bandera tiene sus dos franjas con sus colores intensos que hieren la mirada de tanto fulgor; y notar sin sorpresa que el color rojo se destiñó, palideció y murió anémico porque no nos da la gana de seguir alimentándolo con la sangre de nuestros hermanos. 

En alguna oportunidad un indio Arhuaco  me decía con el corazón arrugado de tristeza:" No queremos entender que la tierra no nos la han regalado nuestros padres. Que la tierra nos la han prestado nuestros hijos". Cuanta razón le asiste. 

Seguramente, nuestros nietos serán dichosos al ver verdadera y fielmente en la bandera  representada nuestras riquezas en el color amarillo y en el color azul. Y del color rojo no haya siquiera el recuerdo triste y lejano,  y en su reemplazo con alegría veamos al color de la vida, del amor, y de las mil esperanzas, el que no tiene color de tantos colores que tiene, y estábamos guardando hace mucho tiempo  en nuestras almas para cuando llegara el momento feliz.

 

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