Alguna vez alguien dijo que los
colombianos todo lo tomamos demasiado en serio, todo lo
llevamos a los extremos. Y quien lo dijo tiene razón.
Cuando nacía la República de Colombia, el
congreso aprobó entre sus símbolos patrios, la bandera.
Esta fue ideada como tres franjas cuyo primer color
ocupa la mitad del total de la bandera y los otros dos,
la otra mitad.
La bandera que actualmente ondea en todos
los establecimientos públicos de Colombia, está grave, y
de muerte, y lo más triste es que todos tenemos la
culpa. Está penando en vida.
Desde el mismo día que se le dio vida
jurídica a los símbolos patrios, o quizás desde mucho
antes, es a la bandera a la que más hemos herido con
nuestras lanzas de destrucción.
En ella el color amarillo representa la
riqueza de nuestros suelos, y el color azul la riqueza
de nuestros mares, ríos y demás cuerpos de agua, desde
esa época hemos jurado no descansar hasta no ver
totalmente arruinadas estas riquezas de nuestro suelo. Y
a fe que lo hemos hecho de maravilla, ya que desde hace
muchos años las dos franjas más importantes de nuestro
símbolo sufren de anemia crónica.
Por culpa de nuestra mente depredadora,
de nuestro instinto exterminador, de nuestras ansias de
destrucción, ya no es el color amarillo, el otrora
amarillo del sol de las dos de la tarde anunciándole a
San Fernando Magdalena, que va a caer un fuerte
aguacero; por culpa de nuestra visión de criminales, el
color azul, ya no es el azul cielo a donde viajaban los
sueños y vivencias. ¡Qué desgracia!
Pero también somos un país de paradojas.
Para que al color rojo de nuestra bandera no le pase lo
mismo que le pasa a sus compañeros, nos hemos tomado el
trabajo de teñirlo cada día más y más y más de sangre,
ya que él representa precisamente "la sangre derramada
por nuestros antepasados", y como van las cosas, es el
único color de la bandera que no se preocupará en el
futuro de desaparecer de su puesto, ya que
constantemente lo estamos alimentando. Y él, feliz.
Es triste mirar hacia atrás y ver solo
desolación donde antes todo era de un esplendor
maravilloso, suelos ricos en yacimientos, bosques,
praderas inmensas pintadas siempre de verde. Dan ganas
de llorar al ver a tantos animales buscando con
desespero un trago de agua. Pronto lo haremos nosotros.
Deseo con todas mis fuerzas, que vuelvan
nuestras riquezas al sitio que les corresponde por
herencia, para que no muera el color amarillo de la
bandera; no importa que el oro de las minas sea
utilizado para colocarle a los gamonales sanguinarios,
cáscaras enormes en sus dientes cariados y lo muestren
con orgullo en sus sonrisas hipócritas.
Ruego que los cuerpos de agua resuciten
para que el color azul de la bandera se bañe no solo del
agua de lluvia; para que las brujas de Talaigüa Viejo,
dejen de planear todas las noches sus maldades en el
hueco que dejó el agua de la ciénaga desaparecida cerca
de "Batatal", la finca de mis más gratos recuerdos.
Ojala el Dios de Colombia que es tan
misericordioso, nos obligue a cerrar los ojos para que
al abrirlos, veamos que la bandera tiene sus dos franjas
con sus colores intensos que hieren la mirada de tanto
fulgor; y notar sin sorpresa que el color rojo se
destiñó, palideció y murió anémico porque no nos da la
gana de seguir alimentándolo con la sangre de nuestros
hermanos.
En alguna oportunidad un indio Arhuaco
me decía con el corazón arrugado de tristeza:" No
queremos entender que la tierra no nos la han regalado
nuestros padres. Que la tierra nos la han prestado
nuestros hijos". Cuanta razón le asiste.
Seguramente, nuestros nietos serán
dichosos al ver verdadera y fielmente en la bandera
representada nuestras riquezas en el color amarillo y en
el color azul. Y del color rojo no haya siquiera el
recuerdo triste y lejano, y en su reemplazo con alegría
veamos al color de la vida, del amor, y de las mil
esperanzas, el que no tiene color de tantos colores que
tiene, y estábamos guardando hace mucho tiempo en
nuestras almas para cuando llegara el momento feliz.