La
chiquilla se paró en lo alto del trampolín, extendió los
brazos, le miré la piel oscura de las axilas recién
rasuradas, está buena, dijo el chino Méndez, parece una
sirena, y se arrojó a la piscina. Antes de hundirse en
el agua hizo un par de piruetas en el aire. Pasó una
rubia en hilo dental y con pinta de Miss Universo y la
seguimos, devorándola con los ojos.
–Si se ahoga, yo la rescato –dijo Méndez.
–Ya quisieras.
La chiquilla demoraba mucho en salir. Se ve que
tiene buenos pulmones, pensé.
Escuchamos pedidos de auxilio.
–¡La chiquilla se ahoga!
Saltamos de la torre y nos arrojamos a la piscina.
La sacamos desfalleciente. Fui yo quien le hizo
respiración boca a boca. Menos mal que recobró el
conocimiento. Estaba nerviosa, asustada. Se pasó un buen
rato llorando, y yo consolándola, diciéndole una y otra
vez que solo había sido un pequeño susto.
Había venido sola. Se llamaba Lorena. Tenía quince
años. Apenas una criatura que estaba despertando a la
vida. Me mandaron acompañarla a su casa. En el trayecto
entramos a una heladería. A Lorena le gustaba el helado
de chocolate. Pedí dos barquillos de chocolate.
–Te debo la vida, Agustín. Gracias.
–No tienes de qué, Lore. Ese es mi trabajo.
–Todavía estoy media asustada.
–Ya pasó –le dije, mirando sus ojos de mar agitado
donde aún había miedo, temor, terror. Pobre criatura.
Le agarré las blancas y delicadas manos: estaban
heladas–. En lo que va del verano nadie se ha ahogado.
–Yo pude haber sido la primera, Agustín.
–Pero no fuiste. En esa piscina nadie se ahoga.
–Fue una sensación extraña. Sentía que alguien me
jalaba de las manos hacia un pozo oscuro y sin fondo.
–Fui yo quien te jaló para sacarte del agua.
–Gracias, Agustín, te debo la vida.
–No sigas diciendo eso que te voy a hacer pagar
los helados.
Sonrió. Tenía una sonrisa triste. Había tristeza
en su carita de ángel. Un ángel triste. Yo también
estaría igual si me hubiera salvado por un pelo de la
muerte, pensé.
–Mis abuelitos se iban a volver locos si me moría.
–Ni les vayas a contar lo que te pasó.
–Para qué preocuparlos por gusto –dijo Lorena–. Lo
que tengo que hacer es aprender a nadar.
–Si quieres, yo puedo enseñarte. Ven cuando
quieras al club.
–En casa tenemos piscina, Agustín.
–Mejor entonces. Mañana mismo podemos empezar. Los
lunes los tengo libres.
–Para no hacer el ridículo la próxima vez que me
arroje del trampolín, ¿no?
–Te arrojaste mal, nada más. Ya verás que con un
par de lecciones terminas de campeona olímpica estilo
mariposa.
Lorena sonrió con esa sonrisa triste que tenía
esculpido en el rostro.
Terminamos nuestros helados y la dejé en la puerta
de su casa.
El lunes en la tarde fui a buscarla. Desde la
esquina vi gente en su puerta, una carroza. El corazón
me empezó a latir con temor.
–Ayer la pobrecita se ahogó –me dijo una señora
que se presentó como la abuelita de Lorena–. Se tiró
desde lo alto del trampolín y se golpeó la cabeza. No
hubo quién la rescatara. Yo salí a visitar a unas amigas
y mi esposo dormía.
Entré a la casa, crucé el amplio jardín. Ahí
estaba la piscina, ahora vacía. En la orilla estaba
sentado un anciano. Le quise hablar y no me dijo nada.
–Está así desde ayer –me dijo la abuela–. Es como
si quisiera escuchar los gritos de auxilio de Lorena
para ir a salvarla. Le dije que nunca se duerma mientras
ella se bañaba. Mi nietita no sabía nadar, joven, recién
estaba aprendiendo. Le estábamos buscando un profesor de
natación.
