México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

Harol Gastelú Palomino. Huancavelica, Perú, 1968. Profesor de Arte por la Universidad Nacional de Educación La Cantuta. Premio Horacio 2004 en cuento por el libro Historias urbanas. Finalista en novela con Agustín el guerrillero, publicado en yo escribo.com en el Horacio 2005. Premio “Feria del libro Ciudad de Trujillo 2007” en cuento.

 

 

La chiquilla se paró en lo alto del trampolín, extendió los brazos, le miré la piel oscura de las axilas recién rasuradas, está buena, dijo el chino Méndez, parece una sirena, y se arrojó a la piscina. Antes de hundirse en el agua hizo un par de piruetas en el aire. Pasó una rubia en hilo dental y con pinta de Miss Universo y la seguimos, devorándola con los ojos.

         –Si se ahoga, yo la rescato –dijo Méndez.

         –Ya quisieras.

         La chiquilla demoraba mucho en salir. Se ve que tiene buenos pulmones, pensé.

         Escuchamos pedidos de auxilio.

         –¡La chiquilla se ahoga!

         Saltamos de la torre y nos arrojamos a la piscina. La sacamos desfalleciente. Fui yo quien le hizo respiración boca a boca. Menos mal que recobró el conocimiento. Estaba nerviosa, asustada. Se pasó un buen rato llorando, y yo consolándola, diciéndole una y otra vez que solo había sido un pequeño susto.

         Había venido sola. Se llamaba Lorena. Tenía quince años. Apenas una criatura que estaba despertando a la vida. Me mandaron acompañarla a su casa. En el trayecto entramos a una heladería. A Lorena le gustaba el helado de chocolate. Pedí dos barquillos de chocolate.

         –Te debo la vida, Agustín. Gracias.

         –No tienes de qué, Lore. Ese es mi trabajo.

         –Todavía estoy media asustada.

         –Ya pasó –le dije, mirando sus ojos de mar agitado donde aún había miedo, temor,  terror.  Pobre  criatura. Le  agarré las  blancas y delicadas manos: estaban heladas–. En lo que va del verano nadie se ha ahogado.

         –Yo pude haber sido la primera, Agustín.

         –Pero no fuiste. En esa piscina nadie se ahoga.

         –Fue una sensación extraña. Sentía que alguien me jalaba de las manos hacia un pozo oscuro y sin fondo.

         –Fui yo quien te jaló para sacarte del agua.

         –Gracias, Agustín, te debo la vida.

         –No sigas diciendo eso que te voy a hacer pagar los helados.

         Sonrió. Tenía una sonrisa triste. Había tristeza en su carita de ángel. Un ángel triste. Yo también estaría igual si me hubiera salvado por un pelo de la muerte, pensé.

         –Mis abuelitos se iban a volver locos si me moría.

         –Ni les vayas a contar lo que te pasó.

         –Para qué preocuparlos por gusto –dijo Lorena–. Lo que tengo que hacer es aprender a nadar.

         –Si quieres, yo puedo enseñarte. Ven cuando quieras al club.

         –En casa tenemos piscina, Agustín.

         –Mejor entonces. Mañana mismo podemos empezar. Los lunes los tengo libres.

         –Para no hacer el ridículo la próxima vez que me arroje del trampolín, ¿no?

         –Te arrojaste mal, nada más. Ya verás que con un par de lecciones terminas de campeona olímpica estilo mariposa.

         Lorena sonrió con esa sonrisa triste que tenía esculpido en el rostro.

         Terminamos nuestros helados y la dejé en la puerta de su casa.

         El  lunes  en  la tarde fui a buscarla. Desde la esquina vi gente en su puerta, una carroza. El corazón me empezó a latir con temor.

         –Ayer la pobrecita se ahogó –me dijo una señora que se presentó como la abuelita de Lorena–. Se tiró desde lo alto del trampolín y se golpeó la cabeza. No hubo quién la rescatara. Yo salí a visitar a unas amigas y mi esposo dormía.

         Entré a la casa, crucé el amplio jardín. Ahí estaba la piscina, ahora vacía. En la orilla estaba sentado un anciano. Le quise hablar y no me dijo nada.

         –Está así desde ayer –me dijo la abuela–. Es como si quisiera escuchar los gritos de auxilio de Lorena para ir a salvarla. Le dije que nunca se duerma mientras ella se bañaba. Mi nietita no sabía nadar, joven, recién estaba aprendiendo. Le estábamos buscando un profesor de natación.

destiempos.com  I  Año 2 I  Número 9 I  2007 ©

volver al índice  

 

 

 

Copyright 2006-2007- destiempos.com - All Rights Reserved