Jahir Navalles Gómez (abril/1975).
Psicólogo por la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM). Maestro en Psicología Social por la
Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Miembro del
Seminario Permanente de Memoria Colectiva y Olvido
Social (2001-2003); Miembro del Seminario de
Psicología Teórica (2003); miembro del Seminario de
Psicología colectiva Contemporánea (2006 a la fecha).
Ha participado en congresos, coloquios y
conferencias nacionales e internacionales sobre
psicología social y ciencias sociales. Campos de
interés: Historia y Psicología teórica, espacio
urbano, cuerpos y narrativas cotidianas

Caminar, no se trata sólo de eso, siento que es algo más,
algo así como sumergirse en la corriente que te lleva, que
te arrastra, que en ocasiones te ahoga, o que, en el más
común de los casos, se ve ahogarse a los otros, y con ellos
te identificas o, en la más arrogante de las situaciones,
exhibes un desdén ante su paso, ante su presencia, ante su
imagen frente a tus ojos. Y en sus ojos también estás porque
son ellos, los otros, los que te conciben como el posible
referente de esa existencia entrecruzada y compartida.
Volver la mirada, estoy seguro que eso exige algo más,
conlleva reconocerse en la mirada de lo visto, sea un rostro,
un gesto, un andar, cual si fuese una invitación a
trascender las barreras que nos separan y nos circundan, las
mismas que imponen los intercambios y subyugan los vínculos,
clasificando, categorizando, a cada grupo, colectividad e
individuos implicados. Y la mirada adolece de su necedad por
no remontarse a su ideal existencia, ya que se entrampa en
las distancias, omitiendo su sutil condición, porque lo que
provocaría de manera primigenia sería el tacto de lo visto.
La contemplación es un réquiem al contacto, no es impersonal
o apático, sino todo lo contrario, es íntimo, lúdico y
gentil; íntimo porque al mirar se está inmerso en lo que se
ve, y se siente y se oye; es lúdico porque se juega con las
formas de acercamiento y de distancias, con la intención por
el cobijo fraternal, por el despecho ante el regateo de las
cercanías; es gentil porque demarca los detalles de la
convivencia entre uno y todos los demás, entre pocos y entre
los que estén presentes.
Personas y personajes liminales, escenarios centrales,
guiones que se renuevan cada día, posturas fingidas y
asentamientos humanos, reuniones privadas en espacios
públicos, conversaciones públicas que se transforman en
demandas íntimas, con esos emplazamientos se forma el flujo
y el transcurrir urbano, contra ellos se colisionan nuestras
formas de vida, de ser, de estar, de habitar, de adoptarlas
e imitarlas. Y el encanto sugerido es que mañana continúen
ahí, donde se puedan aprehender por segundos, por horas, y
de ello conversar, ya sea en el instante que ocurren, ya sea
después de que su deslumbramiento irruptivo se halla
disipado de nuestra conciencia.
Permanecen y siguen perturbando, provocan malestares
ideológicos y disputas comunales, trastocan afectos
colectivos e imponen sentimentalismos grupales, reconstruyen
realidades y demandas que se creyó ya estaban zanjadas,
proyectan el pasado como cómplice irónico y crítico del
presente, con la intención de que los proyectos inmaculados
de un futuro ideal no se concreten. Y suelen cobijar a todo
aquel que de ellos reniegue, pero que obnubilados están por
la configuración de cada una de sus partes, más aún el manto
es para aquellos que sólo en la nebulosidad de las
interpretaciones gestan una visibilidad en la cual emergen.
Entonces no es sólo caminar y ver, sino que implica
deambular y observar, aspirar y transpirar, remontarse por
los mismos senderos si es que se tiene la intención de
llegar a comprender el por qué es que esos personajes están
ahí, del por qué los espacios derrumbados crean nostalgias,
del por qué las periferias no son sólo referencia de
exclusiones materiales y de viviendas, sino de pensamientos
y acusaciones. Y la legitimidad de las distancias y del
desdén hacia ciertas presencias se impone, exhortando al
reconocer del porque las diferencias son el condicionante de
la identidad y del sentido de pertenencia.
Si tan sólo pudiéramos ser Baudelaire por un día, no por la
sapiencia y los ensueños teóricos del legado romántico, ni
por ser, con una carga malinchista, reconocidos bajo una
nacionalidad francesa, ni por remontar el siglo XIX, mucho
menos por sus tendencias suicidas, y sí por la mofa y la
ironía, por el gusto de ser acogido por las calles y las
plazas, los alumbrados y las sombras que desde ellos se
cristalizan, por contrastar nuestro pensamiento enquistado y
esperanzado en las mejoras provenientes de la modernidad,
por el recorrido acompasado y virtual al interior de una
muchedumbre, por no amedrentarse y desilusionarse de las
magnificencias que los espacios vacíos sugerían; ¿o acaso es
demasiado pedir darle un giro distinto a las formas en las
cuales nuestra mirada podría aproximarse a la realidad?
Se trata entonces de reinventarse como ser humano en la
misma atmósfera destilada por la vida colectiva, de su
naturaleza inaprensible y de su intangibilidad cínica,
porque ahí está, afrentándose desde los resquicios, los
vestigios y los ecos socialmente más amplios y
grandilocuentes que las sumatorias de individuos que se dice
crean a un grupo o comunidad, de sus comportamientos y sus
atributos causales. ¿será que las fuerzas, las tensiones,
los conflictos que emergen y permanecen, los símbolos que se
proponen, los significados que se provocan, el intercambio o
la yuxtaposición de los mismos, renuevan cada vez las
relaciones que se exponen y que se ostentan, y de las cuales
se desprenden aquellos personajes liminales recurrentes de
la citada vida colectiva?
De las sombras y desde los recovecos, de las esquinas y en
los parques o acotamientos, acurrucados en los umbrales o
siendo parte de los escaparates comerciales, bajo los
puentes o como entidad con la que colisionaría el tráfico,
con diversas edades y aspiraciones, con personales recuentos
e ilusiones, emergen y exigen su permanencia en el espacio,
porque lo han recorrido con toda su estiba, y con el se han
cimbrado a partir de sus derrumbamientos y edificaciones,
porque ellos son ese mismo espacio tantas ocasiones
transitado, conocen su sentido, reconocen sus rechazos, ya
que han memorizado sus trazos, los gestos y las muecas, el
malestar que causan sus presencias ¿mera casualidad o se han
derivado de esas experiencias, con qué o con quiénes se
tuvieron que topar para causar revuelos y destierros, quizás
sean sus vivencias proclamadas como los futuros relatos?
Incertidumbre común y coloquial que se cuestiona por esos
personajes, por su multiplicidad, por sus semejanzas, por su
antesala liminal, porque se creyó que se podrían esconder,
porque ahora se destinan intelectualmente como una
problemática a resolver, allende sus palabras y mutaciones,
lo que se vuelve relevante es la disección de sus demandas y
sus comportamientos, su aprehensión y control para así pasar
por buen samaritano; lo extraño, lo diferente, lo diverso,
lo ajeno, se designan como los escenarios que exhortan a la
homogeneidad social.
En la conciencia laberíntica que llevan a cuestas las
ciudades, pareciera que la identificación y nominalización
de los personajes y las realidades que emergen de sus
emplazamientos, causan el resquemor y la sorpresa suficiente
para repudiarlos y para fascinarse con sus andanzas,
enquistándose cual consignas a seguir que proclaman tanto su
desaparición como su reinserción a la normalidad,
perogrulladas académicas que reflejan el nulo interés por
sobrellevarles, por la comprensión sincera de sus acciones,
por reconocer y reconocerse como parte del mosaico social en
la mirada de ellos que también somos nosotros.
Porque no se trata de poner a la marginalidad como el tema
de moda, ni postular como objeto de consumo novedoso a la
miseria de la realidad liminal, mucho menos a las taxonomías
psicologizadas de cada uno de los gestos, comportamientos y
discursos que se desprenden de esas realidades interpeladas,
sea para ser justificación presupuestal de los proyectos e
instancias universitarias, sea para remendar las actitudes
puritanas ante las presencias legítimas y las ausencias
impuestas; será ante la interlocución con la otra cara de la
realidad contemporánea que ésta misma se describa, con las
heridas y el dolor social que se destila de sus entrañas,
con las voces acalladas y sofocadas por los derrumbamientos
y las nuevas edificaciones, por el nulo interés en la
reinserción de los relegados, por la descortesía y soberbia
del argot científico al suponer las soluciones únicas en la
aproximación a estos escenarios, en motes sociológicos o
apellidos antropológicos, en datos psicológicos o proyectos
de salvación reglamentados.
Cada personaje, situación, analogía, reflexividad, acto
social, gesto de uno para todos, gestos de todos que se
hacen uno, que se exhiben en la vida urbana no requieren de
motes cientificistas que clamen por su existencia, ante todo
son alusiones dignas de la realidad cotidiana, con todo y
sus apologías al ser referencia constante, con todo y sus
redenciones al ser sorpresa y renovación afectiva, epílogos
de historias entrecortadas y entremezcladas, acuñadas en el
miasma de las ciudades, desde los desplantes en los
encuentros de las miradas, ante el rechazo de transitar por
ciertos lugares, según los acuses sentimentales que puedan
emerger de esa realidad.
Réquiem liminal que pareciera antecede a cualquier
aproximación, composición de la vida urbana en las
apostillas que se recorren, en la grandilocuencia de su
rechazo, en la sutileza de su estancia, condensando lo
manifiesto y lo oculto, lo alto y lo bajo, lo secreto y lo
explícito de la vida social, de los artefactos que la rodean
y la recrean, de las actitudes que van y vienen, de los
comportamientos de antaño o de los que han sido retocados
contemporáneamente, de los discursos y plegarias que se
exponen, de los rostros y de los andares fortuitos, de las
historias cortitas sin fin.
Mirada y contacto se engarzan por instantes, se entremezclan
a partir de la revaloración de la realidad circundante que
se expone, se fusionan ante el desamparo de cada uno de los
personajes y de sus relatos vivenciales, del abordaje del
paisaje urbano que se reconfigura con el andar, confrontando
la lontananza erudita que presupone la recuperación de las
emociones y subcategorías simuladas, personalizadas al grado
de disipar la intimidad colectiva que ha sido destilada, en
cada recoveco, en cada apatía, en cada desplante, en toda
ilusión de reinserción con la cual se acuña el sentido de
pertenencia.
Pero cada uno conlleva la velocidad necesaria que
reconstruye la afectividad colectiva, en los trazos
citadinos que llevan a las periferias emotivas, en el paso a
paso que logra la redención de los asentamientos, donde la
rapidez de lo efímero desaparece los paisajes iniciales,
donde el horror a los derrumbes y nuevos emplazamientos, el
espanto ante viejos rostros y el rechazo ante nuevas
historias son causa de estupefacción, de contemplación
visceral, de soliloquios que intentan describir la presencia
del otro en el escenario propio, y en el proyecto de nuevos
recorridos donde se ubiquen y se descarten miradas, para así
no poderles palpar.
El aura fatalista a los abordajes de las realidades
cotidianas, que se viven y se rememoran, es el punto crítico
de análisis de la vida social. Empero, no basta con sólo
señalar los porqués de los cuales adolecen las
aproximaciones a la misma, porque lo que realmente interesa
son las formas de congregar y reconocer similitudes y
empatías, y cada rostro tiene una historia diferente, otras
más que simplemente colindan, las menos que quieren ser
olvidadas, las suficientes para que las esperanzas puedan
aflorar, las necesarias que recuperan los visos de un ensayo
afectivo que reconfigure las instancias y los emplazamientos
de la colectividad.
Así es como se recrea una atmósfera urbana, un halo que
cobija a los desamparados y a los excluidos sentimentalmente,
a los mal vistos y enjuiciados moralmente, a los que alguna
vez tuvieron algún terruño donde sobrevivir, a los muros y
las calles, a la iluminación que opacó las realidades, a la
buenaventura de la realidad cotidiana; y por eso clamó por
ser Baudelaire, aunque tal vez no sea suficiente sólo un día.
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