México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

 

Jahir Navalles Gómez (abril/1975). Psicólogo por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Maestro en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Miembro del Seminario Permanente de Memoria Colectiva y Olvido Social (2001-2003); Miembro del Seminario de Psicología Teórica (2003); miembro del Seminario de Psicología colectiva Contemporánea (2006 a la fecha). Ha participado en congresos, coloquios y conferencias nacionales e internacionales sobre psicología social y ciencias sociales. Campos de interés: Historia y Psicología teórica, espacio urbano, cuerpos y narrativas cotidianas

 

 

Caminar, no se trata sólo de eso, siento que es algo más, algo así como sumergirse en la corriente que te lleva, que te arrastra, que en ocasiones te ahoga, o que, en el más común de los casos, se ve ahogarse a los otros, y con ellos te identificas o, en la más arrogante de las situaciones, exhibes un desdén ante su paso, ante su presencia, ante su imagen frente a tus ojos. Y en sus ojos también estás porque son ellos, los otros, los que te conciben como el posible referente de esa existencia entrecruzada y compartida.

Volver la mirada, estoy seguro que eso exige algo más, conlleva reconocerse en la mirada de lo visto, sea un rostro, un gesto, un andar, cual si fuese una invitación a trascender las barreras que nos separan y nos circundan, las mismas que imponen los intercambios y subyugan los vínculos, clasificando, categorizando, a cada grupo, colectividad e individuos implicados. Y la mirada adolece de su necedad por no remontarse a su ideal existencia, ya que se entrampa en las distancias, omitiendo su sutil condición, porque lo que provocaría de manera primigenia sería el tacto de lo visto.

La contemplación es un réquiem al contacto, no es impersonal o apático, sino todo lo contrario, es íntimo, lúdico y gentil; íntimo porque al mirar se está inmerso en lo que se ve, y se siente y se oye; es lúdico porque se juega con las formas de acercamiento y de distancias, con la intención por el cobijo fraternal, por el despecho ante el regateo de las cercanías; es gentil porque demarca los detalles de la convivencia entre uno y todos los demás, entre pocos y entre los que estén presentes.

Personas y personajes liminales, escenarios centrales, guiones que se renuevan cada día, posturas fingidas y asentamientos humanos, reuniones privadas en espacios públicos, conversaciones públicas que se transforman en demandas íntimas, con esos emplazamientos se forma el flujo y el transcurrir urbano, contra ellos se colisionan nuestras formas de vida, de ser, de estar, de habitar, de adoptarlas e imitarlas. Y el encanto sugerido es que mañana continúen ahí, donde se puedan aprehender por segundos, por horas, y de ello conversar, ya sea en el instante que ocurren, ya sea después de que su deslumbramiento irruptivo se halla disipado de nuestra conciencia.

Permanecen y siguen perturbando, provocan malestares ideológicos y disputas comunales, trastocan afectos colectivos e imponen sentimentalismos grupales, reconstruyen realidades y demandas que se creyó ya estaban zanjadas, proyectan el pasado como cómplice irónico y crítico del presente, con la intención de que los proyectos inmaculados de un futuro ideal no se concreten. Y suelen cobijar a todo aquel que de ellos reniegue, pero que obnubilados están por la configuración de cada una de sus partes, más aún el manto es para aquellos que sólo en la nebulosidad de las interpretaciones gestan una visibilidad en la cual emergen.

Entonces no es sólo caminar y ver, sino que implica deambular y observar, aspirar y transpirar, remontarse por los mismos senderos si es que se tiene la intención de llegar a comprender el por qué es que esos personajes están ahí, del por qué los espacios derrumbados crean nostalgias, del por qué las periferias no son sólo referencia de exclusiones materiales y de viviendas, sino de pensamientos y acusaciones. Y la legitimidad de las distancias y del desdén hacia ciertas presencias se impone, exhortando al reconocer del porque las diferencias son el condicionante de la identidad y del sentido de pertenencia.

Si tan sólo pudiéramos ser Baudelaire por un día, no por la sapiencia y los ensueños teóricos del legado romántico, ni por ser, con una carga malinchista, reconocidos bajo una nacionalidad francesa, ni por remontar el siglo XIX, mucho menos por sus tendencias suicidas, y sí por la mofa y la ironía, por el gusto de ser acogido por las calles y las plazas, los alumbrados y las sombras que desde ellos se cristalizan, por contrastar nuestro pensamiento enquistado y esperanzado en las mejoras provenientes de la modernidad, por el recorrido acompasado y virtual al interior de una muchedumbre, por no amedrentarse y desilusionarse de las magnificencias que los espacios vacíos sugerían; ¿o acaso es demasiado pedir darle un giro distinto a las formas en las cuales nuestra mirada podría aproximarse a la realidad?

Se trata entonces de reinventarse como ser humano en la misma atmósfera destilada por la vida colectiva, de su naturaleza inaprensible y de su intangibilidad cínica, porque ahí está, afrentándose desde los resquicios, los vestigios y los ecos socialmente más amplios y grandilocuentes que las sumatorias de individuos que se dice crean a un grupo o comunidad, de sus comportamientos y sus atributos causales. ¿será que las fuerzas, las tensiones, los conflictos que emergen y permanecen, los símbolos que se proponen, los significados que se provocan, el intercambio o la yuxtaposición de los mismos, renuevan cada vez las relaciones que se exponen y que se ostentan, y de las cuales se desprenden aquellos personajes liminales recurrentes de la citada vida colectiva?

De las sombras y desde los recovecos, de las esquinas y en los parques o acotamientos, acurrucados en los umbrales o siendo parte de los escaparates comerciales, bajo los puentes o como entidad con la que colisionaría el tráfico, con diversas edades y aspiraciones, con personales recuentos e ilusiones, emergen y exigen su permanencia en el espacio, porque lo han recorrido con toda su estiba, y con el se han cimbrado a partir de sus derrumbamientos y edificaciones, porque ellos son ese mismo espacio tantas ocasiones transitado, conocen su sentido, reconocen sus rechazos, ya que han memorizado sus trazos, los gestos y las muecas, el malestar que causan sus presencias ¿mera casualidad o se han derivado de esas experiencias, con qué o con quiénes se tuvieron que topar para causar revuelos y destierros, quizás sean sus vivencias proclamadas como los futuros relatos?

Incertidumbre común y coloquial que se cuestiona por esos personajes, por su multiplicidad, por sus semejanzas, por su antesala liminal, porque se creyó que se podrían esconder, porque ahora se destinan intelectualmente como una problemática a resolver, allende sus palabras y mutaciones, lo que se vuelve relevante es la disección de sus demandas y sus comportamientos, su aprehensión y control para así pasar por buen samaritano; lo extraño, lo diferente, lo diverso, lo ajeno, se designan como los escenarios que exhortan a la homogeneidad social.

En la conciencia laberíntica que llevan a cuestas las ciudades, pareciera que la identificación y nominalización de los personajes y las realidades que emergen de sus emplazamientos, causan el resquemor y la sorpresa suficiente para repudiarlos y para fascinarse con sus andanzas, enquistándose cual consignas a seguir que proclaman tanto su desaparición como su reinserción a la normalidad, perogrulladas académicas que reflejan el nulo interés por sobrellevarles, por la comprensión sincera de sus acciones, por reconocer y reconocerse como parte del mosaico social en la mirada de ellos que también somos nosotros.

Porque no se trata de poner a la marginalidad como el tema de moda, ni postular como objeto de consumo novedoso a la miseria de la realidad liminal, mucho menos a las taxonomías psicologizadas de cada uno de los gestos, comportamientos y discursos que se desprenden de esas realidades interpeladas, sea para ser justificación presupuestal de los proyectos e instancias universitarias, sea para remendar las actitudes puritanas ante las presencias legítimas y las ausencias impuestas; será ante la interlocución con la otra cara de la realidad contemporánea que ésta misma se describa, con las heridas y el dolor social que se destila de sus entrañas, con las voces acalladas y sofocadas por los derrumbamientos y las nuevas edificaciones, por el nulo interés en la reinserción de los relegados, por la descortesía y soberbia del argot científico al suponer las soluciones únicas en la aproximación a estos escenarios, en motes sociológicos o apellidos antropológicos, en datos psicológicos o proyectos de salvación reglamentados.

Cada personaje, situación, analogía, reflexividad, acto social, gesto de uno para todos, gestos de todos que se hacen uno, que se exhiben en la vida urbana no requieren de motes cientificistas que clamen por su existencia, ante todo son alusiones dignas de la realidad cotidiana, con todo y sus apologías al ser referencia constante, con todo y sus redenciones al ser sorpresa y renovación afectiva, epílogos de historias entrecortadas y entremezcladas, acuñadas en el miasma de las ciudades, desde los desplantes en los encuentros de las miradas, ante el rechazo de transitar por ciertos lugares, según los acuses sentimentales que puedan emerger de esa realidad.

Réquiem liminal que pareciera antecede a cualquier aproximación, composición de la vida urbana en las apostillas que se recorren, en la grandilocuencia de su rechazo, en la sutileza de su estancia, condensando lo manifiesto y lo oculto, lo alto y lo bajo, lo secreto y lo explícito de la vida social, de los artefactos que la rodean y la recrean, de las actitudes que van y vienen, de los comportamientos de antaño o de los que han sido retocados contemporáneamente, de los discursos y plegarias que se exponen, de los rostros y de los andares fortuitos, de las historias cortitas sin fin.

Mirada y contacto se engarzan por instantes, se entremezclan a partir de la revaloración de la realidad circundante que se expone, se fusionan ante el desamparo de cada uno de los personajes y de sus relatos vivenciales, del abordaje del paisaje urbano que se reconfigura con el andar, confrontando la lontananza erudita que presupone la recuperación de las emociones y subcategorías simuladas, personalizadas al grado de disipar la intimidad colectiva que ha sido destilada, en cada recoveco, en cada apatía, en cada desplante, en toda ilusión de reinserción con la cual se acuña el sentido de pertenencia.

Pero cada uno conlleva la velocidad necesaria que reconstruye la afectividad colectiva, en los trazos citadinos que llevan a las periferias emotivas, en el paso a paso que logra la redención de los asentamientos, donde la rapidez de lo efímero desaparece los paisajes iniciales, donde el horror a los derrumbes y nuevos emplazamientos, el espanto ante viejos rostros y el rechazo ante nuevas historias son causa de estupefacción, de contemplación visceral, de soliloquios que intentan describir la presencia del otro en el escenario propio, y en el proyecto de nuevos recorridos donde se ubiquen y se descarten miradas, para así no poderles palpar.

El aura fatalista a los abordajes de las realidades cotidianas, que se viven y se rememoran, es el punto crítico de análisis de la vida social. Empero, no basta con sólo señalar los porqués de los cuales adolecen las aproximaciones a la misma, porque lo que realmente interesa son las formas de congregar y reconocer similitudes y empatías, y cada rostro tiene una historia diferente, otras más que simplemente colindan, las menos que quieren ser olvidadas, las suficientes para que las esperanzas puedan aflorar, las necesarias que recuperan los visos de un ensayo afectivo que reconfigure las instancias y los emplazamientos de la colectividad.

Así es como se recrea una atmósfera urbana, un halo que cobija a los desamparados y a los excluidos sentimentalmente, a los mal vistos y enjuiciados moralmente, a los que alguna vez tuvieron algún terruño donde sobrevivir, a los muros y las calles, a la iluminación que opacó las realidades, a la buenaventura de la realidad cotidiana; y por eso clamó por ser Baudelaire, aunque tal vez no sea suficiente sólo un día.

 

 REFERENCIAS

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