México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

Jorge Mendoza García. Licenciatura en psicología y maestría en psicología social por la Facultad de Psicología, UNAM. Profesor de Tiempo Completo de la Universidad Pedagógica Nacional. Coordinador de los libros Significados colectivos: procesos y reflexiones teóricas (2001), ed. ITESM; Enfoques contemporáneos de la psicología social en México: de su génesis a la ciberpsicología (2004), ed. Miguel Ángel Porrúa; El conocimiento de la memoria colectiva (2004) ed. UAT; Cuestiones básicas en psicología social (2005) ed. UAT. Su línea de trabajo es sobre memoria colectiva y olvido social.

 

Sucio, etimológicamente, significa húmedo, manchado, como una mancha que permanece sin secarse en una prenda. Así se conserva la huella de los acontecimientos de la guerra sucia que en nuestro país se desarrolló durante las décadas de los sesenta, setenta y parte de los ochenta del siglo XX. La guerra sucia que se desató, principalmente contra los integrantes de las organizaciones guerrilleras, fue silenciada al paso de los años. En el discurso gubernamental nunca existió. En el exceso del desacierto, el discurso pretendió sustituir a los sucesos, y las acciones de contrainsurgencia llevadas a cabo por el Estado mexicano, con todo y los costos en vidas humanas, fue justificada como una lucha emprendida contra organizaciones delincuenciales, que fue como se mostró ante la opinión pública de aquellos años a las agrupaciones guerrilleras. Si primero se ideologizó a las guerrillas para tratar de contenerlas y negarles reconocimiento social, después se negó su aniquilamiento con métodos crapulosos, formas éstas que también se practicaron en otros países latinoamericanos que se encontraban bajo dictaduras militares.

El gobierno mexicano le apostó al olvido social y emprendió este olvido desde la práctica institucional con la clara pretensión de que tales sucesos sólo existieran en el discurso de la oposición y negarles así credibilidad. Las distintas administraciones federales no hacían alusión a la guerra sucia, y cuando se les confrontaba lo negaban o, en el mejor de los casos, justificaban la actuación de las policías y el Ejército federal pero con las formas de la ley.

Pero tanto el gobierno como el Estado mexicano no tenían contemplado que por fuera de la Historia oficial que se empecinaron en escribir, repetir y mostrar como la más benigna para los mexicanos y en la cual ellos eran los buenos y los herederos de los “Héroes de la Patria”, existe una Memoria Colectiva, memorias que insisten en mantener con vida, literalmente, acontecimientos que resultan de especial significancia para un determinado grupo, colectividad o sociedad, y que tal memoria busca las formas de comunicarse, para que aquellos que no vivenciaron esos dolorosos acontecimientos no los miren como un pasado muerto, sino como un presente vivo. Esta insistencia de los grupos de familiares de las víctimas de la guerra sucia, que durante más de treinta años han persistido en su tarea de no dejar que se olvide la atroz guerra que se practicó contra sus hijos, padres, hermanos… no hace sino mostrar la necesidad de que sobre esas décadas oscuras se arroje luz y se trate el tema con las consecuencias que ello implica. Sí, pues durante lustros la tan anhelada justicia se ha dedicado a archivar las demandas judiciales que los sobrevivientes o familiares de las víctimas han presentado contra aquellos que fueron responsables de torturas, saqueos, aprehensiones ilegales, ejecuciones, desapariciones y muertes.

Solo recientemente la presión de las organizaciones que han demandado la presentación, con vida o mínimamente sus cuerpos, de los desaparecidos durante esos años oscuros, y un factor de coyuntura en la globalización -como lo es el que las fronteras, en cuanto a la demanda de respeto a los derechos humanos en distintas latitudes, se desdibujen-, el hecho de que la justicia internacional extienda su mano hacia territorios antes pensados intocables (como los casos de Chile y Argentina), y el cambio de partido en el gobierno, entre otras cuestiones, han posibilitado que en México se reconozca que hubo excesos que se deben investigar y dejar en claro qué ocurrió en aquellas décadas de terror. Pero el gabinete foxista y recientemente el calderonista, terminaron por asumir un esmirriado compromiso con tal actividad. Y así el denominado presidente del cambio, Vicente Fox, si al inicio se inclinaba por la revisión seria y profunda de ese pasado negro, concluyó expresando que hay que dejar tranquilo ese periodo y mirar hacia el futuro: hacia allá miran los mexicanos, y hacia allá debe mirar el gobierno, insistiría su siempre paradójico razonamiento.

Pero tales contradicciones no hicieron sino atizar la polémica, y comenzó a dibujarse cada vez más la necesidad de arrojar luz sobre el pasado, de poner en claro los asuntos de casa: de mostrar empíricamente la crudeza de la guerra sucia, y cerrar el capítulo que aún sigue abierto. Como abiertas siguen las heridas, muy a pesar de que los partidarios del olvido social insistan en que es necesario olvidar periodos de dolor, de sangre, para no abrir las heridas. En nombre de las víctimas y sus familias se ha expresado una y otra vez la necesidad de dejar de lado el asunto. Peor aún, se ha dicho que no es sano ni viable traer a cuentas el pasado pues ello llevaría a enardecer los deseos de venganza de un sector de la sociedad.

No obstante, para ello hay respuestas. En el primer caso, algunos sobrevivientes han insistido: las heridas aún no se cierran, los temblores, angustias, miedos, noches entrecortadas, gritos nocturnos, el quiebre de voz al narrar los hechos, las piernas mutiladas, el brazo ya inexistente, el trastorno mental causado, todo ello ahí está, no se ha ido; la herida no se puede abrir pues aún no se cierra. Y si se ha cerrado, puede que no termine de cicatrizar o haya quedado una infección, razón por la cual hay que curar, hay que diseccionar, analizar la herida, discutir el tema. En el segundo caso, algunos familiares han expresado: queremos saber a quién hay que perdonar, pero para ello debemos primero saber quiénes fueron los responsables de las muertes o desapariciones de los allegados. No ocurrirá en todos los casos, seguramente, pero para llegar a ese segundo momento necesariamente se requiere conocer quiénes son los victimarios.

A fines de noviembre de 2001 la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) dio a conocer un informe, del cual se desprendían responsables personales de ejecutar acciones de la guerra sucia, pero no se reconoce la implicación de instituciones y menos aún se señalan tales acciones como políticas de Estado. Una de las consecuencias de ese informe fue la creación (en enero de 2002) de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado que, al paso del tiempo, mostró sus limitaciones, asunto que algunos de los integrantes y asesores expusieron en múltiples ocasiones, a pesar del aparente avance en la liberación de órdenes de aprehensión a dos ex-directores de la Dirección Federal de Seguridad involucrados en la represión. Y dadas esas limitaciones, como el no contar con recursos para realizar las investigaciones debidas, y que contará sólo con (escasas) tres oficinas fuera de la ciudad de México, cuando fueron más de una docena los estados donde operó la guerrilla y, por tanto donde se efectuó la guerra sucia, ello ya planteaba una barrera severa. Al final, cuando la Fiscalía concluyó sus labores quedaron grietas, inconformidades de parte de algunos de sus integrantes para con fiscal de esa instancia y sus conclusiones no dejaron satisfechos a las distintas organizaciones que por años han demandado esclarecimiento de la represión de las pasadas décadas.

Hay muchas interrogantes que familiares y sobrevivientes de la guerra sucia han expresado, y la fiscalía especial no tuvo respuesta. De ahí que resulte necesario construir otras posibilidades, que bien pueden ser o no institucionales, para que se expongan, con la crudeza que ello implica, los acontecimientos de la guerra sucia y los actos a seguir. Es indispensable persistir en el intento de esclarecimiento.

Desde la memoria colectiva, que es entendida como el proceso de reconstrucción del pasado vivido y significado por un grupo, colectividad o sociedad, no se pretende imponer una visión, una perspectiva de tales eventos; no, pues ello constituiría una nueva forma de protestad donde un grupo tiene la versión dominante. De lo que se trata, es de mostrar que existen múltiples memorias, pero que en especial algunas, las de las víctimas y sus familiares, han sido relegadas, no han sido escuchadas, han sido minimizas o de plano omitidas, mandándolas al olvido. No obstante, y a pesar de lo cual, se mantienen, se manifiestan por diversos sitios, por ejemplo vía tradición oral, como constantemente se han mantenido múltiples memorias de los dominados. Visto así, no se aspira, como algunos lo han dicho, a que se imponga una verdad, en este caso, la de los mártires, sino que se manifiesten, que se expongan, que se conozcan y que se escuchen esas versiones, las de aquellos que sufrieron en carne propia la represión y que aún sobreviven. A ellos y su prosapia es necesario escucharlos, por el solo hecho de que tienen algo qué decir; y, más aún, porque es, en este caso, el otro punto de vista, la versión siempre negada y jamás escuchada. Es necesario, entonces, conocer la visión de los golpeados. Pero no sólo conocerla, sino saber qué hacer con esa información, qué consecuencias acarrea y su impacto a nivel social y legal. De ahí que cobre sentido la discusión que se ha generado desde hace algunos años en torno a si crear o no una comisión de la verdad que investigue los sucesos sucios del pasado.

Al respecto existen distintas posturas que pueden delinear una propuesta. En ello insiste el presente trabajo, pero se omite la categoría de “verdad” para tal comisión, porque trae implícito el argumento de que existe una verdad y ésta emergería o sería descubierta por tal comisión. Nuevamente, desde esa perspectiva, ronda el fantasma del totalitarismo, pero ahora con un signo distinto, el de la oposición. Así, lo que se propone es que, efectivamente, se cree una Comisión (del pasado, de la memoria…) que inquiera en torno a la guerra sucia de los sesenta, setenta y ochenta; esto es, la comisión tendría que trabajar en el esclarecimiento del pasado.

La tal Comisión debe ser Independiente del gobierno federal como ocurrió en Sudáfrica. Ello por lo que han señalado certeramente distintos analistas: no se puede hacer una revisión apropiada del pasado con las instituciones actualmente existentes. “Apostar a la institucionalidad del país” para conocer lo que aconteció en el pasado “sería equivalente a archivarla”. Segundo, si la Comisión no tiene compromisos con el gobierno, tampoco debe tenerlos con ninguna, algunas o todas las organizaciones que demandan se arroje luz sobre la guerra sucia, pues su tarea es para con la sociedad y no con uno u otro grupo; de no ocurrir así, se corre el riesgo de que se parcialice, no ya a favorecer la postura oficial sino la de un grupo con ciertos intereses o en un extremo deseoso de venganza.

Tercero, se requiere disposición y voluntad de los poderes Ejecutivo y Legislativo para que la información que se encuentra archivada, y que aún es bastante, se ponga a disposición de tal Comisión (y no se le obstruya, como ocurrió con la Fiscalía, a quien el Ejército escondió información) y que ésta trabaje, como bien lo ha indicado Enrique Semo con la capacidad de un historiador como Fernand Braudel y de un detective-investigador como Sherlock Holmes. Cualidades necesarias para explorar tales acontecimientos. Cuarto, deben esclarecerse los trabajos de la Comisión, tales podrían ser: a) investigar i. e. descubrir, esclarecer y reconocer las acciones de tortura, asesinato, masacres, desaparición y las distintas violaciones a los derechos humanos cometidas durante la guerra sucia; b) responder a las necesidades específicas de las víctimas; c) arrojar luz sobre los autores materiales e intelectuales de tales atrocidades y excesos; d) indagar qué ocurrió con los desaparecidos políticos; e) contribuir a la justicia y a la rendición de cuentas; f) determinar responsabilidad institucional; g) contribuir a disminuir el conflicto que pesa sobre ciertos aspectos del pasado, y promover la reconciliación.

Quinto, deben establecerse las facultades, alcances y limitaciones de la Comisión, que bien podrían ser: a) brindar información para ayudar a “pagar reparaciones”, las que pueden ir desde la indemnización a los familiares y/o a los sobrevivientes, hasta el juicio a los responsables de los daños; en consecuencia b) contribuir con sus informes para que los responsables sean llevados a juicio, por lo que c) la Comisión no tendría facultades para llevar a juicio o castigar a los señalados como responsables de las atrocidades, pero si d) proponer reformas al sistema de procuración de justicia; y e) la información que genere debe estar disponible para quien desee consultarla.

Sexto, para la Comisión se podrían establecer cuatro niveles de actuación para con el pasado: a) conocerse las distintas versiones hasta ahora ocultas o relegadas sobre los sucesos de la guerra sucia, de manera especial la de las víctimas y sus familiares; b) proporcionar información sobre los responsables, tanto a nivel individual como institucional, que planearon y practicaron la represión en esos años, incluso mostrar, si los hubiere, ”patrones” de abuso que se han dado en el pasado; c) indicar cómo reparar los daños que se cometieron contra las víctimas y sus familiares; y d) brindar elementos para el ejercicio de la justicia.

La tarea, en sentido estricto, atraviesa por 1) para la sociedad, conocer lo que ocurrió, y que se ha ocultado, durante la guerra sucia de las décadas pasadas en México. No se trata de que ahora se imponga la versión de los victimados, sino de que emerja una o varias versiones sobre tales sucesos, sobre todo de aquellos a los que se les ha negado credibilidad. Por ahí empieza la recuperación de la memoria; 2) para el sistema, atraviesa por aprender que se cometieron injusticias contra las víctimas: reconocer que hubo gente y agrupaciones que fueron tratados con injusticia, que fueron desaparecidos y ejecutados sin un debido proceso que garantizara no solamente sus vidas sino que permitiera comprobar o rechazar los cargos que se les hacían; 3) para los responsables, en tanto que la Comisión no deviene en tribunal, el derecho a un juicio justo; 4) paralelo a una reforma del sistema judicial (en el caso del gobierno); 5) a las víctimas y familiares, el derecho a una reparación. Lo cual inicia por reconocer que fueron víctimas de una guerra no declarada, que se les persiguió y se les reprimió; y 6) nuevamente para la sociedad en su conjunto, ayudar a prevenir abusos en el futuro: se trata de sentar un precedente ético. En tal caso, se puede apuntar: una sociedad sin memoria está condenada a repetir sus errores.

La consigna, a diferencia de lo planteado por algunos estudiosos, sería algo así como no a la cacería de brujas, sí a la búsqueda de justicia. Ello puede ocurrir a través de una Comisión que rescate las memorias antes escondidas y ahora prestas para ser compartidas, que al señalar cómo ocurrieron los abusos contribuya a prevenirlos y, al ayudar a la rendición de cuentas, contribuya al fortalecimiento de la procuración de justicia, y con ello se concurra a “cambiar la forma en la que un país entiende y acepta los aspectos más contenciosos de sí mismo”, lo cual atraviesa, necesariamente, por modificar las relaciones sociales y aportar elementos a la creación de una nueva cultura política.

Si se quiere un equilibrio social que posibilite el tan anhelado, y de moda, tránsito a la democracia, se requiere, entre otras cuestiones, esclarecer hechos que han quedado arrinconados en la oscuridad de los archivos porque a los anteriores gobiernos priistas les resultaba incomodo que ello se conociera, por la sencilla razón de que sus antecesores partidarios habían sido los planificadores y ejecutantes de tales acciones.

No se puede aducir que las cosas ya cambiaron en el país por el sólo hecho de que los colores del partido en el poder se han modificado, y tampoco se puede repetir, como lo hizo el ex-presidente Fox, que “necesitamos mirar hacia el futuro y olvidar el pasado, perdonar lo pasado”, por la sencilla razón de que no puede haber perdón sobre la base del desconocimiento, eso se denomina omisión. En este caso, la omisión pretende dejar húmeda la sociedad en que nos movemos, lo cual resulta sumamente incómodo. Se hace prudente secar el ambiente, y para ello es necesario exponerlo a la luz, a la opinión, a la sociedad, y que de ello quede constancia.

No se debe dejar de arrojar luz sobre el pasado, pues sólo la comprensión y claridad de éste permite entender el presente y vislumbrar el futuro. La memoria, en todo caso, es una forma de justicia.

 

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