
Tea en mano, brazo en alto, dos sombras pisan, una hacia
delante, otra huyendo, sobre las húmedas traviesas de un
carril comido por la herrumbre del abandono. Es un hombre
sin edad, demasiado viejo para ser tan joven, quien avanza
bajo un cielo teñido de galerna sin conocer el viento.
Ebrio de horas sin futuro, en su piel grabó el
océano dentelladas de salitre e inquietud que se confunden
con las cicatrices de anzuelos prendidos a la carne y
arrancados con el filo de la navaja, las heridas amordazadas
con el acero candente. La mar cuando la bonanza, el mar para
el resto, le ensanchó la mirada -siempre el mismo
horizonte, distinto siempre-, pero hoy mira sin ver.in ver.
Se hizo hombre en el agua de las marejadas, y
descubrió lo fácil que era creer en Dios cuando se temía y
lo sencillo que resultaba perder la fe cuando eran seres
queridos los que no regresaban: el mar, como la tierra, a
veces un paraíso y a veces un cementerio.
Pero se había enamorado de su oficio. Después,
según le dijeron, vendría la costumbre; más tarde, la queja;
y cuando los años se volvían contra uno con todo su peso y
varaban al marinero en la costa, entre los aparejos, como
atrapada entre las relingas -las redes preparadas para otros,
el calafateo finalizado-, aparecía la melancolía, y en ella
renacía el amor de juventud.
“La muerte no la mató.”
Si hubieran preguntado al Rufino qué murmuraba
aquel hombre de ojos apagados y gran estatura, probablemente
habría respondido que eso a él no le importaba; la tos, el
hastío al levantarse y la pobreza al ocaso, justificaban la
actitud del Rufino.
Él, Rufino, conocía la antigua explotación minera
mejor que nadie, por eso cobraría unos cuartos o se los
darían a su esposa, y en aquellas galerías aún había carbón,
sí, pero también había demasiada muerte. Si el gas no
acababa con el nazareno, y tal vez con él mismo, tanto peor,
porque entonces perecerían otros que sí tuvieran algo que
perder: su hijo, su nieto...
El Rufino, mientras seguía al presidiario a una
distancia prudencial que no existía en realidad, mientras le
indicaba la nueva dirección que debía tomar, esgarraba y
tosía de cuando en cuando y trataba de imaginarse cómo
serían los océanos, las aguas que no se podían beber.
“No la mató la muerte, no.”
A la vieja Encarnación todavía se le adivinaba en
el rostro un relámpago de tristeza cuando acudían a su
memoria imágenes del nieto, preso en un penal muy lejano de
la costa.
Eduardo había sido marcado por la desgracia desde
que el padre salió a faenar y el temporal que lo mató sólo
devolvió a la playa unas tablas del barco para dejar
constancia de su furia. Huérfanos al mismo tiempo, unidos el
mismo día por el lazo amargo de las ausencias paternas,
Eduardo y Luz Marina crecieron tan juntos, él palmo a palmo,
ella mucho menos, que nunca hubo un noviazgo más anunciado
en el pueblo.
La vieja Encarnación esbozaba una mueca, eterna
aprendiz de sonrisa, al recordar la imagen de Eduardo y de
Luz Marina, su nieto con la palma de la mano sobre la cabeza
de la chiquilla, tal era la diferencia de estatura que el
transcurrir de los años acusaba entre ambos, tal era el
empeño con que el muchacho cumplía la encomienda de cuidar
de Luz Marina.
Más tarde, cuando Eduardo comenzó a faenar, vino
la preocupación de Luz Marina por el rolar de los vientos,
por el deambular de las nubes. Y vino también don Cipriano,
y mostró su inquietud por las continuas carantoñas de la
pareja; aunque los mozos tuvieran la intención de
convertirse muy pronto en marido y mujer, el demonio
permanecía ojo avizor para torcer los destinos.
Pero el diablo urdió un plan mejor que el temido
por el cura y esperó a que Eduardo y Luz Marina se casaran
para actuar por medio de Colás el tuerto, el hermano de
Cosme el alcalde.
Cosme, de pequeño, había vaciado de una pedrada el
ojo de Colás. Pero el accidente, lejos de separarlos,
estableció un vínculo entre ambos; Cosme, desde entonces,
fue el protector incondicional de su hermano.
Como Colás cultivó todos los vicios, más de uno y
más de una hubieron de transigir con su mal vino y con sus
peores calenturas en cuanto Cosme se instaló en el
ayuntamiento.
Luz Marina, más hermosa que nunca tras su
matrimonio, debió entrarle a Colás por el ojo que le quedaba.
Eduardo, al final de una jornada, halló a su
esposa bañada en su propia sangre, desnuda, agonizante en el
suelo del dormitorio. Ensangrentada, sin ropas, la halló
también su madre después de correr en dirección opuesta a la
que siguió el yerno. Luz Marina apenas susurró un nombre a
su madre antes de morir, el mismo nombre que pronunciaría
cuando su marido tal vez la cobijó en sus brazos durante un
instante.
Contaron que la navaja de Eduardo buscó el pecho
de Colás. Pero su navaja no se hundió en el corazón del
tuerto, sino en la espalda del alcalde: Cosme se interpuso
entre el agresor y Colás en el momento preciso y con su vida
acabó de pagar la deuda contraída con el hermano.
Así lo contaron cuantos lo vieron. Eduardo nada
dijo; a nadie acusó, a nadie explicó su conducta.
Cuantos lo vieron también contaron que Eduardo
persiguió a Colás hasta el faro chico del puerto, donde su
nieto fue prendido por la justicia.
Suspiraba la vieja Encarnación.
“Que yo sé quiénes fueron.”
El director del penal fijó la mirada en uno de los
tejadillos del ala oeste. Las manos a la espalda, con ambas
sujetaba la copia donde figuraba rubricado su consentimiento.
Había sido don Salustiano quien le había pedido
con urgencia un nazareno, un condenado que se prestara a
jugar con la muerte en la mina a cambio de que su pena fuera
conmutada, alguien con pocas probabilidades de reincidir en
caso de salir con vida de la explotación que intentaban
reabrir con la mayor brevedad. Entonces él había pensado
inmediatamente en Eduardo González, el penado silencioso y
cabizbajo que siempre se situaba, lejos de todos, en el
mismo rincón del patio.
“El alcalde ya no lo cuenta,
pero aún me la debe el tuerto.
Y, si salgo de aquí con vida,
para que la muerte me una a
ella de nuevo,
acabaré ajusticiado porque
cobraré el adeudo.”
