Juan Soto Ramírez. Es profesor
Titular C de Tiempo Completo de la Universidad
Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, en la
licenciatura en Psicología Social y miembro del Área
de Estudios Rurales y Urbanos. También imparte
cursos de Metodología de la Investigación en la
Maestría en Antropología Social en la Escuela
Nacional de Antropología e Historia. Cursa el
Doctorado en Antropología Social en Dicha Escuela.
Tiene estudios de Licenciatura – Universidad
Autónoma Metropolitana, Iztapalapa – y Maestría –
Facultad de Psicología de la Universidad Nacional
Autónoma de México – en Psicología Social. En el
2006 publicó un libro titulado Psicología Social
y Complejidad, editado por la UAM-I y Plaza y
Valdes. Tiene publicaciones en libros, revistas y
diarios del país y del extranjero.

En más
de una ocasión he escuchado que la pornografía resulta
ofensiva para muchos porque se argumenta que es una forma de
violencia ejercida hacia las mujeres. Las feministas
ortodoxas son especialistas en construir este tipo de
discursos y convencer a más mujeres de que es así. Sin
embargo la evolución y la historia fijaron las bases para
entender que la revolución de ayer, fue marxista, contra la
explotación de unos seres por otros; hoy ecologista, contra
la explotación de la naturaleza por los seres humanos;
mañana feminista, contra la explotación de cada ser humano
por sí mismo (Ibáñez: 1986, 255), de acuerdo con el género.
Desde el feminismo converso pasando por el feminismo
perverso llegando hasta el feminismo predominante, no
se ha podido desarrollar una discusión profunda en torno a
la pornografía, porque las discusiones se han centrado en la
coacción femenina representada en las imágenes sin reconocer
que dicha coacción está en muchas partes más, la sociedad y
las prácticas sociales, por ejemplo. El feminismo
antipornografía ha acabado por desinteresarse de la
represión sexual a que, no obstante, se ven sometidas las
féminas. De hecho […] a veces parece considerar que el
control de la utilización de la fuerza contra las mujeres en
el terreno sexual, aun si su lucha se dirige sobre todo
contra la pornografía, va inevitablemente ligado a la
represión de la sexualidad. Desde esta perspectiva se
propugna implícita, cuando no explícitamente, la necesidad
de dicha represión con el fin de lograr la erradicación de
la violencia y del abuso sexual de las féminas (Osborne:
1993, 183). El feminismo antipornografía requiere de la
pornografía para reivindicarse como tal y ha entendido a la
pornografía como una forma de reclusión al ámbito de la
prostitución, sin darse cuenta que los mercados
pornográficos para mujeres han crecido paulatinamente. Las
revistas
hechas por feministas y enfocadas a la excitación sexual por
medio de imágenes “estilo pornográfico”, que comenzaron a
aparecer en 1984, fueron consideradas por muchas feministas
como una conquista sexual de las mujeres en la búsqueda de
su propio placer y del dominio del logos en este
terreno (Idem. 181-182).
Después de todo, las cosas han ido cambiando con el paso del
tiempo. Que la pornografía en numerosos países ya no sea un
crimen y que la historia de la pornografía no se haya
limitado exclusivamente a la historia de la censura (Arcan:
1991, 29), es un hecho. No obstante, la práctica del sexo
oral está catalogada como sodomía y prohibida actualmente de
forma explícita en 24 estados norteamericanos (Castells:
1997, 264). Sabemos que el empleo de la boca como órgano
sexual, a principios del 1900 se consideraba o se sigue
considerando como una perversión (Freud: 1905, 366). Y aquí
hay un dato curioso, el contacto entre los labios o la
lengua de una persona y los genitales de otra, estaba o
sigue catalogado como una perversión. No así el contacto
entre dos bocas y dos lenguas o algunas otras partes del
cuerpo. El empleo sexual del orificio anal, que en un pasado
lejano era muy común, también se ha visto como una suerte de
desviación. La bisexualidad y la homosexualidad no han
corrido con mejor suerte.
El
tocamiento, ese rito previo al acto sexual, al parecer en
vías de extinción, estaba exento de ser considerado como una
perversión, siempre y cuando el acto sexual continuase hasta
su fin. Tanto el tocamiento como el beso, durante el acto
sexual, fueron producto del coito frontal.
Gracias al encuentro cara a cara en el momento del acto
sexual se dieron importantes ventajas adaptativas que
transformaron la socialización sexual. El contacto corporal
se extendió y agregó un elemento más: la estimulación
emocional de contemplar el rostro de la pareja durante el
coito (Gubern: 2000, 166). Posteriormente, el beso se fue
transformando, se fue adaptando a diversas situaciones hasta
convertirse en una práctica social generalizada. Un beso es
el que une y separa a los amigos, amantes y a los mismos
enemigos. El beso inaugura relaciones entre las personas (como
el primer beso que se dan dos enamorados que han dado inicio
a una relación o como dos personas que no se han visto desde
hace algún tiempo), pero también las clausura (tal como
sucede cuando las personas se dan el beso de despedida o del
adiós para siempre).
El beso
es un rito de intimidad (Le Breton: 1998, 76). Marca la
pauta para que las interacciones sociales se desarrollen. El
beso puede ser una “marca de afecto”, un “rito de entrada y
salida de una interacción” o una “forma de felicitación”. Va
desde el contacto físico hasta el momento metonímico de la
ternura o el amor. Dibuja la intimidad de las personas en
público o la reafirma en privado. Cumple con funciones
sociales específicas. Una de las cosas más importantes es
que el beso es una breve posibilidad de acceso al cuerpo del
otro (Idem. 84). Tanto el beso como el abrazo o el golpecito
en el hombro forman parte de nuestra comunicación táctil
(Eco: 1978, 38), esa que fue dando pauta para el desarrollo
de los códigos del gusto. El beso incorporó un conjunto de
elementos dramáticos a las relaciones sociales. Y más allá
de los besos que nos permiten satisfacer ciertas normas
sociales a través de los convencionalismos, está el beso que
se da en el pene o en los labios vaginales. El que se da con
la lengua en el clítoris hasta llegar al orgasmo o el que se
da en el pene hasta la eyaculación. Pero también lo es el
beso que se da en el culo, es un beso que se da a oscuras
mientras los ojos están hundidos en la carne, se trata de un
beso cegador. Además no pueden confundirse los dos orificios
de arriba con los de abajo, el orificio que toma (la boca) y
el orificio que da (el ano). Por eso el beso de atrás era
juzgado degradante. Por eso el ano se convirtió en el gran
fantasma de la iglesia (Hennig: 1996, 37). La exhibición del
orgasmo masculino, por ejemplo, constituye la imprescindible
autentificación de la acción (y de su placer), por lo que
este es un momento culminante de los documentales
fisiológicos (Gubern: 2000, 180). Es una constante en las
imágenes denominadas pornográficas que la eyaculación se
haga visible para el espectador y tenga que efectuarse fuera
de sus orificios naturales por lo que se han creado una
variada gama de soluciones para ello: eyaulación sobre el
rostro, la boca o algunas partes del cuerpo en especial. El
orgasmo femenino, sin embargo, puede ser fingido. La marcha
bípeda no sólo marcó un momento decisivo en la evolución
humana, también propició la aparición de los glúteos, el
desarrollo del cerebro y el redondeo de la pelvis (Hennig:
1996, 17-18). Con ella, surgió un nuevo cuerpo y formas
distintas de relación en el terreno sexual. Diversas partes
del cuerpo como los senos, la vulva y los glúteos se
convirtieron en centros de atracción para la mirada.
Con la
incorporación de los adornos en los centros eróticos del
cuerpo, diversas funciones fisiológicas (como el
enrojecimiento de los glúteos que se da aún en ciertos
grupos de mandriles), fueron modificándose e incluso
desaparecieron. El juego de la seducción sin adornos, hoy en
día, parece imposible. El adorno juega en el filo de dos
opuestos, el egoísmo y el altruismo (Simmel: 1908, 387). Es
máximo egoísmo porque destaca a su portador y al lugar que
se ha destinado para él, pero también es máximo altruismo
porque el agrado que produce es experimentado por los demás,
no disfrutándolo el propietario sino como un reflejo. Los
adornos ocultan algo a la vista desviando la atención sobre
el objeto, pero a la vez resaltan lo que ocultan sin dejarlo
ver de manera directa. Favorecen la imaginación y el
erotismo, son el valor agregado de la sensualidad. La
utilización de adornos corporales, desde los personales como
el tatuaje hasta los más impersonales como las piedras y los
metales, construyeron un nuevo derecho: el de cautivar y
agradar. Los adornos incorporaron una dosis de
artificialidad en el sujeto, ampliando la importancia del
sujeto desembocando en la estilización de la individualidad.
A partir de ellos se construyó un universo simbólico que
posteriormente se transformó en industria. En el adorno se
reúnen la acentuación sociológica y estética de la
personalidad el “ser para sí” y el “ser para otros” resultan
causas y efectos alternativamente (Idem. 391). El erotismo y
la seducción, tal como los conocemos, están endeudados,
históricamente, con el adorno. El caso del ombligo es
particular. Además de centro cósmico, geográfico,
arquitectónico y psíquico, tiene múltiples implicaciones
sexuales (Tibón: 1979). Implicaciones que no tenía hasta el
desarrollo de las cosmogonías. Sin embargo, otras partes del
cuerpo han sido más desgraciadas y menos preciadas. El caso
de las axilas es claro: deben rasurarse por si acaso se
muestran, a diferencia del pubis que se muestra menos, pero
puede permanecer intacto, natural, con todo y su vellosidad.
La geografía corporal y la connotación sexual de las partes
del cuerpo están relacionadas con las cosmogonías. Exhibir
ciertas partes del cuerpo puede resultar escandaloso para
algunos grupos humanos mientras otros pueden exhibir esas
mismas partes del cuerpo sin el menor recato. Baste a
cualquiera mirar algún documental sobre algunas tribus
africanas para darse cuenta de ello. La pornografía es un
argumento. Porque es pornográfico lo que la sociedad declara
como tal (Arcan: 1991, 28), y también aquello que la mirada
de cada individuo declara como tal. La pornografía ha
evolucionado tanto, que ahora es posible encontrar
fotografías de pies (desnudos, atados, con zapatos, botas,
etc.), en revistas y sitios de internet. Así que un par de
pies, sin cuerpo, puede resultar pornográfico para algunos.
Con
el paso del tiempo, las imágenes pornográficas cambiaron. Lo
que antes se consideraba como tal puede no serlo hoy en día.
Sabemos que el mundo de la moda permitió que la ropa,
nuestra segunda piel, se fuera pegando más al cuerpo.
Permitiendo exaltar ciertas formas del cuerpo que escapaban
a la vista. La moda se mostró cada vez más complaciente con
las miradas deseosas por destapar su morbo. Y muchas prendas
de vestir se fueron encogiendo. Desde la ropa interior hasta
la exterior. Estar a la moda en París, a final del siglo XIX
y en los primeros años del siglo XX, se vinculaba a las
líneas de corsetería, lencería, encajes, velos, plumas,
mantillas y guantes. Y a estos artículos (junto con los
botones de fantasía, artículo que protagoniza toda su
historia) fue a los que se dedicó de modo especial La
Nueva Parisien
durante sus primeros años de vida. Debemos recordar que
durante la alta Edad Media, época que transcurrió entre los
siglos XI y XII, el modelo de belleza del momento
consideraba celestial el cuerpo de una mujer si su pecho no
aparecía a los ojos de los demás muy voluminoso y si sus
caderas eran amplias. Para cumplir con estos requisitos, la
ropa interior confeccionada buscaba reflejar fielmente los
cánones impuestos por la “moda” de la época. La idea era
intentar disimular al máximo posible, unos grandes senos.
Para ello nada mejor que cubrir el busto con un corsé.
Mientras la “moda” de fines del siglo XIX vestía a las
mujeres, Touluse-Lautrec las desvestía y Degas, por su parte,
hacía lo suyo (Hennig: 1996, 53). En cuanto al vestido,
podemos decir que uno de sus objetivos básicos ha sido
diferenciar a los hombres de las mujeres: la diferenciación
sexual en el vestido comienza en el momento del nacimiento
con la asignación de canastillas, juguetes, ropa de cama y
muebles de color rosa pálido para las niñas y de color azul
pálido para los niños. La ropa hecha específicamente para
niño suele ser de colores más oscuros y suele ir estampada
con motivos relacionados con los deportes, el transporte y
los animales salvajes. La ropa de niña es de colores más
pálidos y va decorada con flores y animales domésticos (Lurie:
1992, 237-238). Y así como el vestido permite diferenciar a
los hombres de las mujeres, también permite diferenciar a
niños, jóvenes, adultos y viejos. Solemos ir vestidos de
acuerdo con nuestra edad (Idem. Op. Cit. 70-71), y si no lo
hacemos podríamos ser objetos de severas críticas por parte
de las personas que nos rodean. A principios del siglo XX,
por ejemplo, se produjeron cambios interesantes en la
indumentaria femenina ya que el corsé se relajó gradualmente
y se dio una subida de falda que dejó ver el suelo alrededor
de 1905 y hacia 1912 estaba por encima del tobillo (Idem.
Op. Cit. 248-249). Paulatinamente la moda permitió que se
mostrara más cuerpo y que se exaltaran algunas formas del
mismo de manera deliberada. Las abuelas no suelen vestirse
de minifalda, pero las mujeres jóvenes o adultas sí. Lo que
quiere decir que la forma de vestir no sólo está asociada a
la edad sino también a la forma de mostrar el cuerpo (las
piernas, los senos y la espalda, por ejemplo). La moda ha
promovido una suerte de actitud desnudista como ya lo
habíamos mencionado. Esa actitud de mostrar ciertas partes
del cuerpo que con anterioridad no solían mostrarse. La moda
ha favorecido que la seducción se convierta en un vehículo
de comunicación.
Sabemos que Adán y Eva se dieron cuenta de su desnudez hasta
después de haber comido del fruto prohibido (Bateson y
Bateson: 1987, 107), después de haber probado las delicias
de la carne. Después de que Eva fue engañada por el diablo
en forma de serpiente. La seducción implica la mecánica de
la ilusión, el engañoso respeto con que la inocencia
considera la experiencia y la engañosa envidia con la que la
experiencia considera la inocencia (Idem. 169), de tal forma
que no podamos estar libres de estas ilusiones. La seducción
echa mano de la ficción para concretarse. En la seducción,
ese acto irrepetible históricamente, los participantes deben
creer que todo lo que hay ahí es real aunque lo único que
encuentren sea sólo la irrealidad de sus más dulces y
oscuros sueños. De alguna manera, la sexualidad está
esquematizada. Los expertos en sexualidad lo saben bien. Ha
sido la industria comercializadora del látex la que, de
manera simpática, se ha encargado de esta tarea. Aprender a
ponerse un preservativo y aprender a conducir un automóvil
tienen mucha semejanza. Hay mucha explicación de por medio,
pero lo mejor viene después. Debemos recordar que en algún
tiempo la utilización de preservativos era casi exclusiva de
las clases más poderosas pues los preservativos hechos de
tripas de cordero o de oveja eran demasiado caros. En algún
tiempo, los preservativos se utilizaron con la finalidad de
prevenir el embarazo y no las enfermedades de transmisión
sexual. En el siglo XVII, se comenzaron a utilizar, pero no
fue sino hasta el siglo XVIII que su uso se popularizó.
Gracias a la tecnología sexual, desde las píldoras
anticonceptivas hasta la creación del viagra (Yehya: 2001,
63-68), en el terreno del consumismo sexual se ha planteado
una nueva frontera del erotismo desprovista de
responsabilidades, temores y compromisos y se han
incrementado las potencialidades del disfrute y del placer.
La sexualidad camina de la mano con un mundo artificial que
garantiza el goce más no la calidad de las relaciones entre
los participantes. Gracias a la tecnología sexual, la
sexualidad se ha esquematizado de manera más notoria: tanto
el viagra como las pastillas de emergencia deben tomarse de
acuerdo con una serie de fórmulas y procedimientos para que
funcionen y así como han liberado a la sexualidad del yugo
de la procreación, la han sometido a la tiranía de la
temporalidad química. En materia de representación de la
desnudez, la sexualidad también se ha esquematizado en el
sentido de que “lo provocativo” se presenta de maneras muy
particulares, resaltando ciertas partes del cuerpo como los
senos, los glúteos o las nalgas, o simulando la adopción de
ciertas posturas corporales. Sin embargo, dichas formas de
representación de la desnudez cambian según la época. Al
principio de los años 50, era posible comprar discretamente
a ciertos viajantes de comercio que las llevaban en el baúl
del auto, fotos en blanco y negro bastante granuladas de
mujeres que hoy parecerían un poco regordetas y que
descubrían un seno o dos adoptando lo que se llamaba
entonces “poses sugestivas”, es decir que se erguían para
hacer resurgir colas y senos, mientras mantenían los ojos
entrecerrados y ubicando la punta del índice en la esquina
de una boca entreabierta (Arcan: 1991, 35).
Para
los “científicos sociales” los materiales pornográficos han
sido no algo más que digno de desdén. El cine pornográfico,
es uno de tantos. El cine porno es, más que un género
narrativo, un género propiamente descriptivo, en el que los
aderezos narrativos son secundarios o irrelevantes. Y es un
género descriptivo porque el cine porno es, ante todo y
sobre todo, un documental fisiológico y atrae precisamente a
su clientela por esta condición. El cine porno es, en efecto,
un documental sobre la erección, la felación, el
cuninlingus, el coito vaginal, el coito anal y el
orgasmo (Gubern: 2000, 180). No debe olvidarse, por ejemplo,
que todo etnógrafo debe aprender a conocer la censura de la
sociedad que estudia, simplemente porque ella es
indisociable de una declaración de principios sobre el buen
orden del mundo, el estado ideal de las relaciones sociales
y el sentido de la vida. La censura es la elección
consciente inevitable entre una división entre el bien y el
mal al que la sociedad no puede sustraerse (Arcan: 1991,
56). Ante la incapacidad de reconocer los materiales
pornográficos como documentales fisiológicos o datos dignos
para la reflexión y el debate, los debates científicos en
torno a la pornografía se han centrado en otros aspectos que
se consideran importantes o dignos de analizar. A los
científicos sociales les hace falta hurgar en los oscuros
recovecos de la vida cotidiana donde se esconden la
pornografía, el erotismo y el arte. Las disciplinas sociales,
frente a las nuevas formas de relación erótico – afectiva,
han sabido conservar sus buenos modales. Por muchos años, se
ha despreciado la riqueza visual de datos producidos en el
ámbito de la pornografía. Una y otra vez, las ciencias
sociales se ocupan de temas pulcros. Eliminar los yugos del
pudor, la moral y el gusto dominante para discutir la
pornografía es necesario para ampliar los espacios y
horizontes de reflexión y producción que se han creado.
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