
Marisol Llano Azcárate (Asturias,
1964) estudió Filología Hispánica (Literatura) y
desde 1989 es profesora de Lengua Castellana y
Literatura.
Génesis de un crimen,
Ella no hace daño a nadie, ¿Quién mueve
los hilos?, Mosaico ensangrentado, La
muerte acecha en Luna Europa, Alerta en la
estación espacial, Siete relatos con Roberta
y Víctimas, fugitivas, asesinas son los
títulos que ha publicado. Ha obtenido el Premio
Literario de Cuentos “Maresía” 2002 con La
esposa del noctámbulo. Ha participado en los
libros colectivos Ínsulas encantadas, Rojo
sobre negro y Encuentro de Arte y Género de
Médicos del Mundo-Canarias, reeditado con el
título Mujeres de palabra. Han
sido publicados numerosos relatos suyos en diversas
publicaciones literarias.

Las estrellas son bellas, por una flor
que no se ve…
Antoine de Saint-Exupéry
Eloísa había conocido a aquel apuesto joven durante un viaje
interinsular. Ella iba a pronunciar la conferencia inaugural
de un congreso de criminología y él, a realizar su trabajo
habitual.
Habían hablado durante todo el viaje, que les
resultó más breve de lo esperado, pues, cuando el avión tomó
tierra, todavía quedaba mucho por decir. Ambos descendieron
juntos y se dirigieron a la terminal para recoger su
equipaje, bastante exiguo ya que sólo se quedarían dos o
tres días en la isla.
De un modo bastante informal, se presentaron, puesto
que aún no conocían sus nombres; él se llamaba Antonio, pero
los amigos lo llamaban Tonet, así le gustaba más. A Eloísa
este nombre le trajo a la memoria la imagen del sensual
personaje de Cañas y barro que tiene un destino
trágico. Se esforzó por olvidarlo. Ella dijo su nombre de
pila, Eloísa. Ninguno de los dos mencionó sus apellidos.
El vuelo se había retrasado más de quince minutos.
Eloísa estaba inquieta, puesto que sabía que el organizador
del congreso aguardaría impaciente su llegada. Él la
llevaría al hotel donde estaba previsto celebrar el evento e
inmediatamente comenzaría el acto de apertura, seguramente
breve y de contenido político, por parte alguna autoridad
local y, a continuación, la conferencia inaugural, que
Eloísa debía pronunciar y que tendría una duración de
noventa minutos.
Tonet había insinuado en dos ocasiones que quizá
podrían verse durante aquellos días, pero Eloísa sabía que
no, que un congreso absorbía totalmente a sus organizadores
y a sus conferenciantes y que no tendría momentos para sí
misma. Y así se lo había dicho al joven. No obstante, él
repitió su proposición más tarde, cuando se despidieron, y
Eloísa sólo alcanzó a decir que sí, pero no se
intercambiaron teléfonos ni apellidos ni direcciones.
No obstante, ella tenía plena confianza en poder localizarlo
más adelante, empleando solamente los datos que conocía de
él a través de la conversación que habían sostenido durante
el viaje. Eloísa colaboraba a menudo con la policía y su
trabajo consistía en descubrir aquello que los demás no eran
capaces de ver. Por lo tanto, no albergaba ninguna duda
acerca de su capacidad para encontrar al joven cuando
finalizase aquel congreso y ella regresase a casa.
Pero los interrogantes acudieron con prontitud a su mente,
ejercitada en formular miles de preguntas para intentar
hallar el camino de cada investigación. ¿El joven habría
dicho la verdad?, ¿o acaso sería mentira lo que le había
contado?, ¿ella le habría resultado verdaderamente atractiva?,
¿se trataría de un psicópata, aunque no lo pareciese?, ¿o
sería sólo un donjuán que, ante la perspectiva de aburrirse
en la isla, había pensado intentar ligarse a la pasajera del
asiento de al lado?
Eloísa le había insinuado, aunque muy someramente, que ella
en ocasiones colaboraba con la policía, pero no había
entrado en detalles; la charla más bien se había centrado en
sus clases de la Facultad de Psicología y en el trabajo del
joven.
Eloísa sabía muy bien que había quienes intentaban entablar
una relación efímera con su compañero o compañera de viaje
con el fin de espantar la soledad durante unos días y sin
intención de prolongar en absoluto el breve idilio ni de
extenderlo a su vida cotidiana. En este sentido, ella misma
veía en su feliz matrimonio con Javier un obstáculo a
cualquier posible aventura.
Pero Tonet era tan joven y tan apuesto que la tentación se
había apoderado de la madura Eloísa. Era un hombre alto, de
estrechas caderas, vientre plano, hombros, brazos y torso
bien formados, bellamente modelados, probablemente por
ejercicios gimnásticos regulares. Tenía la piel morena, de
un bronceado intenso, y llevaba el cabello muy corto, tanto
que incluso dejaba ver el cuero cabelludo. Su rostro,
pulcramente rasurado, lucía una discreta perilla muy a la
moda. Pero no era esta belleza exterior lo que más atractivo
le parecía a Eloísa. Lo que verdaderamente había captado su
atención eran los ojos de Tonet, grandes, negros, brillantes,
que denotaban gran inteligencia.
Eloísa opinaba, razonadamente por supuesto, que la capacidad
intelectual podía observarse en la mirada. Había observado
la diferencia que existía entre los ojos bovinos, de mirada
apagada, de personas poco inteligentes, y el brillo que
delataba la mente preclara de otras. Y Tonet se contaba sin
duda entre los privilegiados de este segundo grupo.
Cuando regresó a su casa, ya de vuelta del congreso, intentó
localizarlo. Llamó a la empresa en la que estaba
absolutamente convencida de que podría encontrarlo. Pero no
lo logró. Buscó otros números de teléfono, todos del mismo
tipo de servicios. Mas tampoco pudo hallarlo. Entonces
volvió a su mente la duda de si él le había dicho la verdad
o le había mentido.
A pesar de sus fracasos iniciales, recuperó pronto la
confianza en su gran capacidad de investigación y recordó a
dónde se dirigía el joven el día que se conocieron. Aquello
se estaba convirtiendo en un reto. Decidió trasladar su
labor de búsqueda a la guía telefónica, después una consulta
a las páginas amarillas y, finalmente, en la red, en la
página que permitía localizar teléfonos por temáticas y
lugares. ¡Eureka! Eloísa se creyó en posesión de los números
necesarios, de los negocios donde Tonet había estado
trabajando aquellos días… Pero no llamó inmediatamente.
Eloísa necesitaba un breve período de reflexión. Estaba
enamorada de su marido y comprendía que esta obsesión por el
joven de ojos inteligentes era sólo un capricho. En
principio, ella misma se daba cuenta de su deseo de
continuar aquella conversación incompleta, y no veía otro
interés, pero sabía muy bien –no en vano se había casado y
divorciado varias veces y había tenido numerosos amantes–
que podía no quedarse ahí, sino convertirse en algo más
sensual, más físico, más íntimo quizá. Tampoco era capaz de
decirse a sí misma que esta idea le desagradase, porque el
joven era tan atractivo…
La detenía también el hecho de que, habiendo mencionado ella
que trabajaba en la Facultad de Psicología, Tonet podía
intentar localizarla… Pero no parecía haberlo hecho… Quizá
su único interés, cuando le preguntó si podían volver a
verse, era pasar una o dos noches en compañía de una nueva
conquista, nada más… Durante varios días, estas dudas la
detuvieron en su intención de utilizar los números de
teléfono que había logrado descubrir… Evidentemente, tampoco
ella pensaba casarse ni comprometerse con un perfecto
desconocido, pero no le agradaba la idea de considerarse
sólo la última posibilidad de espantar el aburrimiento o la
soledad de alguien durante un viaje.
Finalmente decidió llamar y, cuando lo hizo, halló
que los números de teléfono no correspondían a los negocios
que ella había esperado encontrar… Ahora ya no sabía dónde
podía seguir buscando… Había agotado su última posibilidad.
Ya sólo le quedaba la opción de esperar… ¿Intentaría él
localizarla? ¿Le habría impactado su atractivo natural hasta
ese punto? ¿Era Tonet el verdadero nombre del apuesto joven?
Cada vez más preguntas…, surgían una y otra y otra,
continuamente, en cualquier momento… Desde luego, admitía
Eloísa con una sonrisa entre irónica y resignada, Tonet
había conseguido despertar, al menos, su curiosidad…
Poco a poco, durante los momentos en que se sentaba
en su terraza a paladear una copita de aromático moscatel o
sencillamente a deleitarse con la contemplación de una parte
de la ciudad y del mar, comenzó a fijarse en los vehículos
que circulaban por las calles cercanas, intentando captar la
imagen del conductor o de los pasajeros. Coches, furgonetas,
guaguas desfilaban ante sus ojos. Eloísa buscaba en ellos a
un hombre con los rasgos de Tonet. Era un intento abocado al
fracaso, lo sabía. Pero a medida que la búsqueda se revelaba
más difícil e infructuosa, en la mente de Eloísa se
desarrollaba la idea de que en la misma ciudad, en aquel
momento, latía el corazón de Tonet, quizá con los mismos
esperanzados impulsos que el suyo. Entonces se preguntaba si
él también recordaría su imagen y si desearía encontrarla,
como le sucedía a ella.
Con estos románticos pensamientos, volvió a su
memoria la imagen de un atractivo británico que ocupaba un
alto cargo en la Interpol, Charles, con quien ella había
sostenido una apasionada relación amorosa a lo largo de casi
dos décadas. Ardorosamente enamorada de él desde el mismo
momento en que se habían conocido, Eloísa supo convertirlo
pronto en su amante y mantener su intermitente idilio
durante diecisiete años. Todavía, en ocasiones, añoraba la
tersa piel negra de Charles y su olor delicioso, su
distinción y su encanto, su carisma, todo lo que le rodeaba…
En lujosas habitaciones de hotel de las principales ciudades
de Europa se habían amado lujuriosamente, mientras
cooperaban en investigaciones policiales que afectaban a
varios países. Pero la relación que había comenzado con un
toque frívolo acabó por convertirse en una obsesión para
Eloísa a medida que los años transcurrían. Poco a poco, la
belleza de su amante, que también parecía conocer el secreto
de la eterna juventud, despertó en ella celos del tiempo que
pasaban separados. Se imaginaba a Charles, cuando no estaba
junto a ella, conquistando a otras mujeres…, siempre con
compañía femenina… Reconocía que era una obsesión enfermiza,
y en su fuero interno se sentía terriblemente mal al
reconocer que no era capaz de reprimir tan desatinados
pensamientos. A consecuencia de esto, Eloísa había visto la
necesidad de cambiar de modo de vida y había dado un giro a
su carrera, había comenzado a impartir sus clases en la
Facultad de Psicología y, a partir de este momento, su
trabajo con la policía se fue limitando a algunas
colaboraciones esporádicas. Entonces dejó de ver a Charles.
Pero aún era capaz de vibrar al recordar las escenas de amor
que habían compartido… Y, en cierto modo, Tonet le había
devuelto todos aquellos recuerdos que permanecían dormidos,
agazapados, quizá voluntariamente escondidos para dar a su
protagonista otra oportunidad de encontrar la felicidad que
siempre había buscado.
El recuerdo del joven desconocido constituía una posibilidad
sin desarrollarse, que conservaba intacto su potencial de
amistad o de amor. Pero pasado un tiempo, Eloísa sabía que
comenzaría a dudar: quizá le había dicho Tonet, Toni, Toño,
Tono o Tino… Su imagen, su voz y su historia se
desdibujarían a pasos agigantados. La neblina de lo
cotidiano los ocultaría por completo con rapidez
