México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

Marisol Llano Azcárate (Asturias, 1964) estudió Filología Hispánica (Literatura) y desde 1989 es profesora de Lengua Castellana y Literatura. Génesis de un crimen, Ella no hace daño a nadie, ¿Quién mueve los hilos?, Mosaico ensangrentado, La muerte acecha en Luna Europa, Alerta en la estación espacial, Siete relatos con Roberta y Víctimas, fugitivas, asesinas son los títulos que ha publicado. Ha obtenido el Premio Literario de Cuentos “Maresía” 2002 con La esposa del noctámbulo. Ha participado en los libros colectivos Ínsulas encantadas, Rojo sobre negro y Encuentro de Arte y Género de Médicos del Mundo-Canarias, reeditado con el título Mujeres de palabra. Han sido publicados numerosos relatos suyos en diversas publicaciones literarias.

 

Las  estrellas  son  bellas, por una flor que no se ve…

Antoine de Saint-Exupéry

 

Eloísa había conocido a aquel apuesto joven durante un viaje interinsular. Ella iba a pronunciar la conferencia inaugural de un congreso de criminología y él, a realizar su trabajo habitual.

        Habían hablado durante todo el viaje, que les resultó más breve de lo esperado, pues, cuando el avión tomó tierra, todavía quedaba mucho por decir. Ambos descendieron juntos y se dirigieron a la terminal para recoger su equipaje, bastante exiguo ya que sólo se quedarían dos o tres días en la isla.

        De un modo bastante informal, se presentaron, puesto que aún no conocían sus nombres; él se llamaba Antonio, pero los amigos lo llamaban Tonet, así le gustaba más. A Eloísa este nombre le trajo a la memoria la imagen del sensual personaje de Cañas y barro que tiene un destino trágico. Se esforzó por olvidarlo. Ella dijo su nombre de pila, Eloísa. Ninguno de los dos mencionó sus apellidos. 

        El vuelo se había retrasado más de quince minutos. Eloísa estaba inquieta, puesto que sabía que el organizador del congreso aguardaría impaciente su llegada. Él la llevaría al hotel donde estaba previsto celebrar el evento e inmediatamente comenzaría el acto de apertura, seguramente breve y de contenido político, por parte alguna autoridad local y, a continuación, la conferencia inaugural, que Eloísa debía pronunciar y que tendría una duración de noventa minutos.

        Tonet había insinuado en dos ocasiones que quizá podrían verse durante aquellos días, pero Eloísa sabía que no, que un congreso absorbía totalmente a sus organizadores y a sus conferenciantes y que no tendría momentos para sí misma. Y así se lo había dicho al joven. No obstante, él repitió su proposición más tarde, cuando se despidieron, y Eloísa sólo alcanzó a decir que sí, pero no se intercambiaron teléfonos ni apellidos ni direcciones.

No obstante, ella tenía plena confianza en poder localizarlo más adelante, empleando solamente los datos que conocía de él a través de la conversación que habían sostenido durante el viaje. Eloísa colaboraba a menudo con la policía y su trabajo consistía en descubrir aquello que los demás no eran capaces de ver. Por lo tanto, no albergaba ninguna duda acerca de su capacidad para encontrar al joven cuando finalizase aquel congreso y ella regresase a casa.

Pero los interrogantes acudieron con prontitud a su mente, ejercitada en formular miles de preguntas para intentar hallar el camino de cada investigación. ¿El joven habría dicho la verdad?, ¿o acaso sería mentira lo que le había contado?, ¿ella le habría resultado verdaderamente atractiva?, ¿se trataría de un psicópata, aunque no lo pareciese?, ¿o sería sólo un donjuán que, ante la perspectiva de aburrirse en la isla, había pensado intentar ligarse a la pasajera del asiento de al lado?

Eloísa le había insinuado, aunque muy someramente, que ella en ocasiones colaboraba con la policía, pero no había entrado en detalles; la charla más bien se había centrado en sus clases de la Facultad de Psicología y en el trabajo del joven.

Eloísa sabía muy bien que había quienes intentaban entablar una relación efímera con su compañero o compañera de viaje con el fin de espantar la soledad durante unos días y sin intención de prolongar en absoluto el breve idilio ni de extenderlo a su vida cotidiana. En este sentido, ella misma veía en su feliz matrimonio con Javier un obstáculo a cualquier posible aventura.

Pero Tonet era tan joven y tan apuesto que la tentación se había apoderado de la madura Eloísa. Era un hombre alto, de estrechas caderas, vientre plano, hombros, brazos y torso bien formados, bellamente modelados, probablemente por ejercicios gimnásticos regulares. Tenía la piel morena, de un bronceado intenso, y llevaba el cabello muy corto, tanto que incluso dejaba ver el cuero cabelludo. Su rostro, pulcramente rasurado, lucía una discreta perilla muy a la moda. Pero no era esta belleza exterior lo que más atractivo le parecía a Eloísa. Lo que verdaderamente había captado su atención eran los ojos de Tonet, grandes, negros, brillantes, que denotaban gran inteligencia.

Eloísa opinaba, razonadamente por supuesto, que la capacidad intelectual podía observarse en la mirada. Había observado la diferencia que existía entre los ojos bovinos, de mirada apagada, de personas poco inteligentes, y el brillo que delataba la mente preclara de otras. Y Tonet se contaba sin duda entre los privilegiados de este segundo grupo.

Cuando regresó a su casa, ya de vuelta del congreso, intentó localizarlo. Llamó a la empresa en la que estaba absolutamente convencida de que podría encontrarlo. Pero no lo logró. Buscó otros números de teléfono, todos del mismo tipo de servicios. Mas tampoco pudo hallarlo. Entonces volvió a su mente la duda de si él le había dicho la verdad o le había mentido.

A pesar de sus fracasos iniciales, recuperó pronto la confianza en su gran capacidad de investigación y recordó a dónde se dirigía el joven el día que se conocieron. Aquello se estaba convirtiendo en un reto. Decidió trasladar su labor de búsqueda a la guía telefónica, después una consulta a las páginas amarillas y, finalmente, en la red, en la página que permitía localizar teléfonos por temáticas y lugares. ¡Eureka! Eloísa se creyó en posesión de los números necesarios, de los negocios donde Tonet había estado trabajando aquellos días… Pero no llamó inmediatamente.

Eloísa necesitaba un breve período de reflexión. Estaba enamorada de su marido y comprendía que esta obsesión por el joven de ojos inteligentes era sólo un capricho. En principio, ella misma se daba cuenta de su deseo de continuar aquella conversación incompleta, y no veía otro interés, pero sabía muy bien –no en vano se había casado y divorciado varias veces y había tenido numerosos amantes– que podía no quedarse ahí, sino convertirse en algo más sensual, más físico, más íntimo quizá. Tampoco era capaz de decirse a sí misma que esta idea le desagradase, porque el joven era tan atractivo…

La detenía también el hecho de que, habiendo mencionado ella que trabajaba en la Facultad de Psicología, Tonet podía intentar localizarla… Pero no parecía haberlo hecho… Quizá su único interés, cuando le preguntó si podían volver a verse, era pasar una o dos noches en compañía de una nueva conquista, nada más… Durante varios días, estas dudas la detuvieron en su intención de utilizar los números de teléfono que había logrado descubrir… Evidentemente, tampoco ella pensaba casarse ni comprometerse con un perfecto desconocido, pero no le agradaba la idea de considerarse sólo la última posibilidad de espantar el aburrimiento o la soledad de alguien  durante un viaje.

        Finalmente decidió llamar y, cuando lo hizo, halló que los números de teléfono no correspondían a los negocios que ella había esperado encontrar… Ahora ya no sabía dónde podía seguir buscando… Había agotado su última posibilidad. Ya sólo le quedaba la opción de esperar… ¿Intentaría él localizarla? ¿Le habría impactado su atractivo natural hasta ese punto? ¿Era Tonet el verdadero nombre del apuesto joven?  Cada vez más preguntas…, surgían una y otra y otra, continuamente, en cualquier momento… Desde luego, admitía Eloísa con una sonrisa entre irónica y resignada, Tonet había conseguido despertar, al menos, su curiosidad…

        Poco a poco, durante los momentos en que se sentaba en su terraza a paladear una copita de aromático moscatel o sencillamente a deleitarse con la contemplación de una parte de la ciudad y del mar, comenzó a fijarse en los vehículos que circulaban por las calles cercanas, intentando captar la imagen del conductor o de los pasajeros. Coches, furgonetas, guaguas desfilaban ante sus ojos. Eloísa buscaba en ellos a un hombre con los rasgos de Tonet. Era un intento abocado al fracaso, lo sabía. Pero a medida que la búsqueda se revelaba más difícil e infructuosa, en la mente de Eloísa se desarrollaba la idea de que en la misma ciudad, en aquel momento, latía el corazón de Tonet, quizá con los mismos esperanzados impulsos que el suyo. Entonces se preguntaba si él también recordaría su imagen y si desearía encontrarla, como le sucedía a ella.

        Con estos románticos pensamientos, volvió a su memoria la imagen de un atractivo británico que ocupaba un alto cargo en la Interpol, Charles, con quien ella había sostenido una apasionada relación amorosa a lo largo de casi dos décadas. Ardorosamente enamorada de él desde el mismo momento en que se habían conocido, Eloísa supo convertirlo pronto en su amante y mantener su intermitente idilio durante diecisiete años. Todavía, en ocasiones, añoraba la tersa piel negra de Charles y su olor delicioso, su distinción y su encanto, su carisma, todo lo que le rodeaba… En lujosas habitaciones de hotel de las principales ciudades de Europa se habían amado lujuriosamente, mientras cooperaban en investigaciones policiales que afectaban a varios países. Pero la relación que había comenzado con un toque frívolo acabó por convertirse en una obsesión para Eloísa a medida que los años transcurrían. Poco a poco, la belleza de su amante, que también parecía conocer el secreto de la eterna juventud, despertó en ella celos del tiempo que pasaban separados. Se imaginaba a Charles, cuando no estaba junto a ella, conquistando a otras mujeres…, siempre con compañía femenina… Reconocía que era una obsesión enfermiza, y en su fuero interno se sentía terriblemente mal al reconocer que no era capaz de reprimir tan desatinados pensamientos. A consecuencia de esto, Eloísa había visto la necesidad de cambiar de modo de vida y había dado un giro a su carrera, había comenzado a impartir sus clases en la Facultad de Psicología y, a partir de este momento, su trabajo con la policía se fue limitando a algunas colaboraciones esporádicas. Entonces dejó de ver a Charles. Pero aún era capaz de vibrar al recordar las escenas de amor que habían compartido… Y, en cierto modo, Tonet le había devuelto todos aquellos recuerdos que permanecían dormidos, agazapados, quizá voluntariamente escondidos para dar a su protagonista otra oportunidad de encontrar la felicidad que siempre había buscado.

El recuerdo del joven desconocido constituía una posibilidad sin desarrollarse, que conservaba intacto su potencial de amistad o de amor. Pero pasado un tiempo, Eloísa sabía que comenzaría a dudar: quizá le había dicho Tonet, Toni, Toño, Tono o Tino… Su imagen, su voz y su historia se desdibujarían a pasos agigantados. La neblina de lo cotidiano los ocultaría por completo con rapidez

 

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