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Martín
Cid nació en Oviedo el 26 de junio de 1976.
Novelista,
ha tratado también el ensayo literario.
Actualmente
escribe una
obra
para la revista cultural
Liceus.
Es autor de las novelas Diarios de un Fumador,
Oficios Ingratos y A través del Espejo,
entre otras.

Se desperezó, cansino. Casi se
podían escuchar las aguas fluir, como en un remanso.
La rana contemplaba la catedral.
Toledo, enladrillada, añeja, con sus calles escasas, ya sólo,
así, invitaban al recogimiento. Fluía, en lo alto del río,
la ciudad, antaño populosa, quizá hoy olvidada, rugía,
febril de recuerdos. Fluía, el gran Tajo, se arremolinaba y,
en sus meandros, contemplaba el antaño mar de trigo, hoy
desesperado. Olía a ladrillo y se escuchaba el repiqueteo de
las leyendas.
Contempló la figura, siempre le había parecido extraña. No
era nadie, no era un santo. Su cara de sorpresa, su
expresión de terror, siempre le había causado desasosiego.
No, no era nadie, igual que él. Casi quería escapar, desde
el lugar que se contemplaba todo el valle, verde, alrededor
del río, verde, verde. No era nadie. De rodillas, la figura
parecía querer alcanzar algo, que se escapaba, tenía el
brazo izquierdo apoyado sobre el piso, mientras el derecho
se extendía, inclinado, de rodillas, de rodillas..., como
queriendo avisarle de algo. Entre todas las figuras de la
catedral sólo esa le llamaba la atención, entre las estatuas
de santos, entre las vírgenes y los mendicantes, de rodillas,
parecía avisar, avisarles. No era nadie.
La encontró pensativa. No, no buscaba conocimientos, como
Fausto, caballero español. Pedro la miró, cabizbajo, sabía
lo que quería: una gran joya en la catedral. No, ella no le
quería, ¿qué podría hacer? Sí, tal vez así... Era ridículo,
como él mismo. Ella, María Antúnez, miraba cada día la joya.
Lo sabía, le observaba sin mirar, segura de crear su efecto.
La quería, la deseaba. Ya se podían escuchar las aguas fluir,
en remanso, plácidas.
Casi estaba abandonada. Como hiciera él, él mismo, imagen
espectral de hace quinientos años, la contempló, sin ser
vista. Estaba allí, el rubí que antaño codició María Antúnez.
Lo quería, lo quería. Bastaba un gesto tierno, lo sabía, no
podría resistirse. No esperaría a que ella se lo pidiera.
Sería su regalo, el presente de un enamorado pobre, de un
galán verdadero. La Vírgen del Sagrario contemplaba el gran
rubí, que yacía bajo su regazo, quizá falso. No se acercaría
para contemplarlo. Sin remilgos, la Virgen ofrecía su tesoro,
sobre la mano derecha. No podría resistirse.
Miraba la figura, una vez más, postrada, silenciosa. Gritaba.
Desde lo alto, la ciudad le contempla, altiva, histórica.
Alfonso elevó la mirada. La catedral estaba llena de
turistas que, sin ambages, hablaban en voz alta, sin
historias, sin mil leyendas sepultadas bajo las aguas, bajo
el tiempo, bajo su figura. Había llegado a Toledo hacía dos
días, en una especie de visita familiar. Hacía tiempo que su
familia había muerto, al menos para él. Anclados en la
desesperanza, en la tradición, incapaces de escapar de la
vieja ciudad que, un día, le vio nacer.Entre paredes
cortantes, curvas, recuerdo cerrado en su leyenda, sobre la
que se escuchaba, certero, el silencio del río fluir.
Era de noche, podía recordar la historia, una vieja
tradición familiar, la leyenda local. Tomó la calle
principal de la gran catedral y respiró, profundo, suave. No
quería mirar, mientras los santos le contemplaban. No era
religioso, no era secular, sólo estaba enamorado, ni
siquiera él mismo quería reconocerlo. Se engañaba, ¿qué
importaba? ¿podría una triste joya lograr su amor? No, pero
no podría hacer otra cosa, como el escorpión que muerde a la
rana. Triste rana.
Las sombras, bien lo sabía, se aproximaban. No había rejas,
en la tenue catedral abierta, desierta, como siempre ha
estado, yerta. Sintió un escalofrío. Quizá si cerraba los
ojos podría olvidar los fantasmas, salir huyendo, entregar
la joya a su amada, pérfida María Antúnez. Se acercó,
pidiendo perdón. La tomó, casi con pavor,ojos cerrados. ¿Podría
emprender el camino de regreso? No, no debía abrirlos. Como
en la leyenda griega, que se mira en el espejo, mil gorgonas
esperan su fracaso. El rubí se escapaba entre sus dedos,
perplejo. Podía imaginar la expresión de la estatua de la
Virgen. Sintió frío, el estrépito que se aproxima. No era
más que una débil rana, otra vez la leyenda se hizo eco de
su alma. Las aguas fluían..., quebradas, cantaban.
Los espectros se acercaron, pecaminosos. No, Pedro no podría
abrir los ojos, bien conocía las historias que se contaban.
Corrió, corrió, con el rubí entre las manos, cerradas,
sudorosas, corrió y pensó en su amada. Ya a punto de
alcanzar el exterior, tropezó Pedro. Cayó. El rubí se
precipitó, yendo a caer al exterior de la catedral. Pedro
sólo abrió los ojos un momento, casi una eternidad.
Oscuridad, sólo eso.
María, Antúnez, su amada, esperaba. Tomó el rubí y corrió,
olvidando a Pedro, feliz. Corrió, corrió, corrió... Llegó al
río, al gran tajo, al paciente Tajo, milenario. Bajo la luna
bella, bajo el reflejo de la ciudad de barro, cielo de trigo,
en la noche clara de luna nueva, enterró el rubí cercano al
río. Nadie salvo ella pudo jamás volver a encontrarlo.
Quiso así la suerte que nuestra María Antúnez, mujer plebeya...,
cuando regresaba, unos asaltantes, de los que tantos había,
tomaronla y, quitándole bolsa y alma, arrojaron su cadáver
al río, cerca del lugar en el que yace el rubí, jamás
encontrado. El cuerpo de María Antúnez descendió las aguas y
se precipitó entre las curvas. Sonreía, porque nunca nadie
hallaría su rubí, su gran tesoro.
Pedro Alfonso de Orellana, tras reponerse, corrió en busca
de su bella amada. Llegó a tiempo de ver descender el cuerpo,
a través del gran río. Miró a la bella Antúnez, miró su
dulces formas, miro su alma, miró su rostro muerto. Cayó
Pedro, calló Alfonso, mientras contemplaba la estatua, de
rodillas, como un día estaba Pedro Alfonso, ante el gran
Tajo. Dicen que miró las aguas, dicen que había una rana,
que fijamente le miraba. Así, de rodillas, contempló las
aguas, que caían leves. Al fondo, sobre las aguas, cercano,
un reflejo, su propio reflejo, su propia alma. No se puede
robar a un fantasma.
El alma, aún viva, siempre muerta, de Pedro Alfonso de
Orellana, permanece hoy en la catedral, convertido en piedra.
Abrió los ojos, vio su reflejo, bajo las aguas.
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Año 2 I Número
9
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