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María Elena Cerecero.
Zitácuaro, Michoacán, México. Poeta y narradora. En
1993 le otorgan Mensión Honorífica en Concurso de
poesía japonesa convocado por Japan Air Lines. En el
año 2000 recibe el primer lugar en el Concurso de
Poesía Mexicana Contermporánea organizado por el
Grupo Abrace de Uruguay y Brazil con publicación de
obra. Es cofundadora de revistas Cántaro y
Palabras de arena, compiladora de los libros:
Bahía de Juglares y Poemas de Javier Haddad.
Sus textos han participado en obras como: Cantos
de la colmena,
UNAM/INBA,
Bahía de juglares, Las divinas mutantes, Las
flores de la dicha. Ha publicado poemarios:
Las lluvias rojas, Los caprichos del agua, Poemas de
uso diario, Apago luces y el libro de cuentos:
Las horas vacías. Poemarios inéditos:
Ángel de papel y Poemas rimados. Inédito
también el libro de relatos: Ocuilan, vida y
milagros. Ha impartido talleres literarios para
el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores
Monterrey y la Fundación Telmex.

En
1994, estaba yo pegando tabiques en aquel lado, por la
puerta, cuando vino un padrecito de la Mitra de México,
traiba una libreta aquí bajo el brazo y otros aparatos
como cámaras, se paró a mirar las paredes y aluego me
dice: “Voy a tomar unas fotos para hacer una película y
por ai le cuento la historia, a ver si aprende usted
algo”, le dije “pus a ver, si Dios permite”, luego
empezó a contar…” “Aquí, cuando llegaron los españoles,
estaba la señorita Malinche en compañía de todos los
indígenas cuando llega Hernán Cortés y les pregunta a
unos de ellos que dónde estaban las minas de oro y de
plata y, aquellos señores pos no respondían porque no
había nada ni de una cosa ni de la otra, así que de
muina los agarraban, los colgaban de un árbol y a darles
de garrotazos y varazos hasta que los horcaban; entonces
estos españoles dijeron, pues como no dicen nada, pus
entonces los matamos…y la señorita Malinche como era
organizadora de los indígenas acabó por decirle a Cortés.
“Mira, Hernán, lo que estás haciendo realmente es una
injusticia porque todo lo que estás buscando tú, no hay…
pus como no hay nada, mejor déjalos en paz…aquí nada más
hay minas de grava, de tezontle, de arena y de piedra
cantera. Otra cosa no hay, así que no molestes más con
eso” y Hernán le responde: “Bueno y…¿a cambio de qué los
voy a dejar?” La señorita Malinche se quedó pensando un
rato y le responde “ “Realmente… mira, si los dejas en
paz, me voy contigo para que ancina veas que quiero más
a mis indígenas que a mi vida, asi es que mejor déjalos.
Yo me voy contigo”. Le dice Hernán: “Bueno, entons tamos
de acuerdo”. Así quedó la cosa, la señorita con él o él
con ella, o sea que ya se dieron a comprender uno al
otro y por la tarde le dice él, Bueno y ¿a dónde nos
vamos a ir a dormir? ¿On tá el dormitorio? Y ella…pues
nos vamos a Tlaltucapa, de ese cerrito para allá donde
hay una cueva grande. Allí vivía ella. Estuvieron en ese
lugar aproximadamente una semana porque a él no le gustó,
dijo “Aquí no me gusta, está muy feo, muy barrancudo…pa
subir está muy alto y pa bajar está feo…¿Qué no tienes
otro lugarcito a dónde vivir?…dice ella: “solamente en
el Castillo, a ver si te gusta”…así que agarraron por
la barranca fina, cruzaron por donde está la piedra que
toca y luego por la mina de arena hasta llegar al
Castillo pero a Hernán tampoco le gustó porque estaba
igual de barrancudo y hasta más feo. A tanto buscar
acabaron por irse por Chalmita y se fueron bajando para
un lugar que entonces se llamaba San Juan, cerca de una
peña grande, allí pasa un río y luego pa acá está el
pueblito de Santa María y de este lado ya está como una
laderita, Y cuando estaba allá arriba el señor este,
Hernán, le dijo a la señorita Malinche…”Ay, Mali mira
ese plancito. Este lugar me regusta”, “pues casualmente
-le contesta ella- tenía yo pensado que me hicieras aquí
un convento para darles religión católica a los
indígenas y en Ocuilan tambien me vas a hacer otro - le
dijo- porque ellos necesitan aprender. -Esto fue en
1525- Ah, y mira, Hernán, también quiero que le pongas
mi nombre a este lugar”…y por eso Malinalco se llama así,
por la señorita Malinche. En 1535 fue cuando se comenzó
a trabajar en el convento de aquí, para 1540 pusieron
una ermita para empezar a darles religión a los señores
indígenas. En 1560 se terminó la obra y ya estaban dando
la dotrina y ya las personas que Dios les había dado
licencia de aprender la dotrina pues ya se la sabían
pero llegó el tiempo, cuando Él los mandó a traer (a
todos un día nos manda traer) y fueron enterrados allí
dentro de la iglesia porque le habían puesto muchísimo
entusiasmo a la dotrina y para agradecerles eso, fueron
los primeros en ser enterrados allí; y ahora que
vinieron a hacer la reconstrucción de toda la unidad,
del museo y todo, ya jallaron todos los cadáveres. Pero
el Jefe, que es el que sabe todas las cosas… y en mi
imaginación pienso que Él sabía que no estaba bien lo
que se estaba haciendo porque el 7 de agosto de 1711 a
las siete de la mañana, en medio de la santa misa, mandó
un temblor que lo destruyó todo. Empezó poquito a
poquito pero después se vino re maciso y se vino pa bajo
toda la iglesia. Todos los que estaban en la misa allí
quedaron pa siempre; hasta el señor cura que se llamaba
Melchor Ocampo.
Esto fue lo que platicó el Cura aquel que mandó la Mitra
de México y vino a hacer película de todo y que me dijo:
“A ver si tiene usté memoria para aprenderse lo que le
voy a contar…”.

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Año 2 I Número
9
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