México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

María Elena Cerecero. Zitácuaro, Michoacán, México. Poeta y narradora. En 1993 le otorgan Mensión Honorífica en Concurso de poesía japonesa convocado por Japan Air Lines. En el año 2000 recibe el primer lugar en el Concurso de Poesía Mexicana Contermporánea organizado por el Grupo Abrace de Uruguay y Brazil con publicación de obra. Es cofundadora de revistas Cántaro y Palabras de arena, compiladora de los libros: Bahía de Juglares y Poemas de Javier Haddad. Sus textos han participado en obras como: Cantos de la colmena, UNAM/INBA, Bahía de juglares, Las divinas mutantes, Las flores de la dicha. Ha publicado poemarios: Las lluvias rojas, Los caprichos del agua, Poemas de uso diario, Apago luces y el libro de cuentos: Las horas vacías. Poemarios inéditos: Ángel de papel y Poemas rimados. Inédito también el libro de relatos: Ocuilan, vida y milagros. Ha impartido talleres literarios para el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores Monterrey y la Fundación Telmex.

 

En 1994, estaba yo pegando tabiques en aquel lado, por la puerta, cuando vino un padrecito de la Mitra de México, traiba una libreta aquí bajo el brazo y otros aparatos como cámaras, se paró a mirar las paredes y aluego me dice: “Voy a tomar unas fotos para hacer una película y por ai le cuento la historia, a ver si aprende usted algo”, le dije “pus a ver, si Dios permite”, luego empezó a contar…” “Aquí, cuando llegaron los españoles, estaba la señorita Malinche en  compañía de todos los indígenas cuando llega Hernán Cortés y les pregunta a unos de ellos que dónde estaban las minas de oro y de plata y, aquellos señores pos no respondían porque no había nada ni de una cosa ni de la otra, así que de muina los agarraban, los colgaban de un árbol y a darles de garrotazos y varazos hasta que los horcaban; entonces estos españoles dijeron, pues como no dicen nada, pus entonces los matamos…y la señorita Malinche como era organizadora de los indígenas acabó por decirle a Cortés. “Mira, Hernán, lo que estás haciendo realmente es una injusticia porque todo lo que estás buscando tú, no hay… pus como no hay nada, mejor déjalos en paz…aquí nada más hay minas de grava, de tezontle, de arena y de piedra cantera. Otra cosa no hay, así que no molestes más con eso” y Hernán le responde: “Bueno y…¿a cambio de qué los voy a dejar?” La señorita Malinche se quedó pensando un rato y le responde “ “Realmente… mira, si los dejas en paz,  me voy contigo para que ancina veas que quiero más a mis indígenas que a mi vida, asi es que mejor déjalos. Yo me voy contigo”. Le dice Hernán: “Bueno, entons tamos de acuerdo”. Así quedó la cosa, la señorita con él o él con ella, o sea que ya se dieron  a comprender uno al otro y por la tarde le dice él, Bueno y ¿a dónde nos vamos a ir a dormir? ¿On tá el dormitorio? Y ella…pues nos vamos a Tlaltucapa, de ese cerrito para allá donde hay una cueva grande. Allí vivía ella. Estuvieron en ese lugar aproximadamente una semana porque a él no le gustó, dijo “Aquí no me gusta, está muy feo, muy barrancudo…pa subir está muy alto y pa bajar está feo…¿Qué no tienes otro lugarcito a dónde vivir?…dice ella: “solamente en el Castillo, a ver si te gusta”…así que agarraron  por la barranca fina, cruzaron por donde está la piedra que toca y luego por la mina de arena hasta llegar al Castillo pero a Hernán tampoco le gustó porque estaba igual de barrancudo y hasta más feo. A tanto buscar acabaron por irse por Chalmita y se fueron bajando para un lugar que entonces se llamaba San Juan, cerca de una peña grande, allí pasa un río y luego pa  acá está el pueblito de Santa María y de este lado ya está como una laderita, Y cuando estaba allá arriba el señor este, Hernán, le dijo a la señorita Malinche…”Ay,  Mali mira ese plancito. Este lugar me regusta”, “pues casualmente  -le contesta ella- tenía yo pensado que me hicieras aquí un convento para darles religión católica a los indígenas y en Ocuilan tambien me vas a hacer otro - le dijo- porque ellos necesitan aprender. -Esto fue en 1525- Ah, y mira, Hernán, también quiero que le pongas mi nombre a este lugar”…y por eso Malinalco se llama así, por la señorita Malinche. En 1535 fue cuando se comenzó a trabajar en el convento de aquí, para 1540 pusieron una ermita para empezar a darles religión a los señores indígenas. En 1560 se terminó la obra y ya estaban dando la dotrina y ya las personas que Dios les había dado licencia de aprender la dotrina pues ya se la sabían pero llegó el tiempo, cuando Él los mandó a traer (a todos un día nos manda traer) y fueron enterrados allí dentro de la iglesia porque le habían puesto muchísimo entusiasmo a la dotrina  y para agradecerles eso, fueron los primeros en ser enterrados allí; y ahora que vinieron a hacer la reconstrucción de toda la unidad, del museo y todo, ya jallaron todos los cadáveres. Pero el Jefe, que es el que sabe todas las cosas… y en mi imaginación pienso que Él sabía que no estaba bien lo que se estaba haciendo porque el 7 de agosto de 1711 a las siete de la mañana, en medio de la santa misa, mandó un temblor que lo destruyó todo. Empezó poquito a poquito pero después se vino re maciso y se vino pa bajo toda la iglesia. Todos los que estaban en la misa allí quedaron pa siempre; hasta el señor cura que se llamaba Melchor Ocampo.

     Esto fue lo que platicó el Cura aquel que mandó la Mitra  de México y vino a hacer película de todo y que me dijo: “A ver si tiene usté memoria para aprenderse lo que le voy a contar…”.

 

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