México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

  Osvaldo Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de cuentos, poesías y algunos artículos, más de veinticinco publicaciones en revistas de literatura, universitarias y virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la Sociedad de poetas de la Open  University, Inglaterra, del Círculo de Escritores de la V Región Chile y de la Sociedad de  Escritores Latinoamericanos y Europeos, SELAE. Primeros textos publicados :  Amores de tejado, Revista de  Literatura Chilena en el  exilio N°6, 1978, California. La vida a través de una reja, misma revista N°10, 1979. Ultimo texto publicado : Los tallarines estaban fríos , Antología Literaria, A 30 Años del golpe militar, 2005  Milán, Italia. Primer premio en  cuento : Concurso  Literario Internacional DE LA ong  Reencuentro, 2005, Chile, con el relato  La Golemah 

 

 La anciana Dolores San Juan nunca encontró la vida más lenta como ese caminar sin fin por llano desierto, lleno de arroyuelos secos. Trataba de regresar a su casa. Venía de la ciudad donde había conseguido un árbol navideño para Juanito, su único nieto, que la esperaba en el rancho medio desmantelado que fué la casa del General. Estaba casi segura de que al final de este camino sin camino y sin orillas se encontraba el pueblo.

                     Todo comenzó aquel día aciago y espeso, cuando Juanito jugaba con su vieja pelota de trapo, horas y horas sin cansarse. El niño le  preguntó a Dolores, murmurando lentamente con su vocecilla hambrienta.

                    - ¿Abuela qué es un árbol de Navidad?

                   Cuando la vieja le describió cómo eran los árboles navideños que existían en la ciudad, y como las gentes de bien lo adornaban en sus casas de ladrillo pintado, el pobrecito huérfano sonrió con pena y dijo:

                    - Nosotros nunca tendremos una joya así, tan bonita.

                     El comentario de su nieto atravesó el pecho esmirriado de Dolores con la dura frialdad de un cuchillo acerado.

                    Dolores San Juan idolatraba a su nieto, único vestigio familiar que la revolución le dejó. Sabía que esta Navidad no habría regalos para él. Tampoco los hubo el año pasado, pero aquella vez consiguió al menos dos terrones de azúcar, sumo sacrificio de su comadre Dorotea. El azúcar permitió que ese día santo su nieto bebiera excepcionalmente un té caliente y dulce. Había sido una verdadera fiesta, pues hay que tener mucho coraje para beberse, toditas las mañanas del año, el áspero y amargo té de cactus seco picado, pero que al menos limpiaba el polvo que la noche y el viento del llano depositaban en la garganta de los habitantes del pueblo.

                    Dolores lo pensó mucho durante varios días. Una noche sin estrellas, después que su nieto se durmió, se dirigió al antiguo cementerio, atravesando la polvareda que el viento le lanzaba con sus largos aullidos. Apenas encontró la tumba de su marido, comenzó a escarbar con sus manos desnudas la seca  tierra que cubría el féretro. Con sus dedos ensangrentados abrió la tapa del cajón que ella misma había construido con trozos de madera arrancados a los muros del rancho familiar.

                    Su marido estaba prácticamente igual, más delgado tal vez,  parecía un tronco fósil.La sequía que asolaba el llano durante tantos años, absorbió el agua y la sangre del acribillado cuerpo del difunto, dejándole sólo la piel acartonada adherida a los huesos. Los gusanos ni siquiera aparecieron. ¿Para qué?

                    ¿Por qué se mataron así? - Preguntó Dolores, pero no quedaba nadie para contestarle.

                    A duras penas desnudó al esqueleto de su guerrera. Después nutriendo la tierra con su sangre, cerró todo, dejando la tumba casi tal como la encontró. La anciana abandonó el cementerio cerca del amanecer. Un poco antes rezó delante de la tumba del marido, luego se despedió con voz desdentada.

                   - General, al menos que me sirvas de algo, ahora que estás muerto, ya que de vivo no me serviste de mucho. Me dejaste que aprendiera a vivir por mi cuenta y le gané a la vida. Tu no.

                   Dolores se pasó todo el día puliendo como pudo los botones de cobre de la guerrera del general San Juan. Al llegar la noche los botones brillaban como si fueran de oro, pero las manos de la anciana estaban desolladas casi hasta los huesos. Se vendó los dedos penosamente con trozos de tela arancados a la apolillada guerrera. Después dió a Juanito un añejo

pedazo de tortilla que quedaba del día anterior y una taza de té de cactus, casi frío, porque el fuego se fué muriendo lentamente, una vez que el último trozo de madera se consumió entero en el horno de barro. Ella se acostó sin cenar. ¿Cenar qué?

                    Al día siguiente muy temprano, Dolores preparó dos delgadas tortillas con el último puñado de harina de maíz, ensilló su anciana mula tuerta y renga, entregó las tortillas al nieto, diciéndole antes de partir:

                    - Tome Juanito, aquí tiene comida hasta mi regreso, si le da sed, vaya a buscar agua al río, dizque todavía no se ha secado del todo.

                   La vieja partió a la ciudad.  Con los pocos pesos que obtuvo con la venta de los botones de cobre, logró que un borracho le fabricara un simulacro de árbol de navidad con un mango de escobillón encontrado en un basural y unos trozos de alambre cubiertos con papel de periódicos, teñidos con colorante verde. El resultado fue un mamarracho de árbol, de ramas  raquíticas, pero verdes. El dinero alcanzó también para una naranja, regalo para el nieto.

                   Y Dolores San Juan se encontraba ahora ahí, en medio del páramo. Su pueblo estaba todavía muy allá, pero el viento lo alejaba y lo alejaba, convirtiendo el regreso en una pesadilla seca y polvorienta. Parecía que hacía siglos que marchaba en círculos, completamente extraviada en esa tierra yerma., con el falso árbol hiriéndole los hombros. El sol,indiferente a todo, atacaba despiadadamente con sus rayos ardientes y mortales al papel teñido de verde, las ramas se convertían en alambres cubiertos de un papel amarillento desolador, donde resaltaban las negras letras de la imprenta de la ciudad.

                  La anciana comprendió demasiado tarde el error cometido: haberle confiado el camino a la mula ciega y vieja. Hacía tres días que la pobre bestia había muerto. Ayer, ¿O  había sido esta mañana? Dolores se comió la naranja, diciéndose:

                 - Necesito fuerzas para volver al pueblo.

                 Más le hubiera valido seguir con hambre. Comerse el fruto apenas jugoso había sido la última tortura. La boca seca, los labios casi destrozados por múltiples tajos, la garganta estrecha por la sed, soportaron apenas el martirio ácido de la amarga naranja. Casi se desmayó de dolor. Pero el recuerdo del esqueleto que le había cortado el camino más atrás, la mantenía alerta. Los huesos mondos y blanquecinos le habían recordado los buitres que la seguían despiadamente. Lo trágico había sido observar que el esqueleto aún mantenía asido con gran firmeza y con sus dos manos, un esqueleto de buitre. El macabro cuadro contaba la tragedia por si sólo. Estaba claro, los buitres habían atacado al hombre apenas éste cayó al suelo. Al parecer el desgraciado tuvo fuerzas suficientes para coger al rapaz que le robaba sus carnes y lo mató con sus propias manos para después morir con él.

                 Dolores San Juan caminó toda la noche sin conocer el sosiego. Luego cayó al suelo de bruces. Comprendiendo que su última hora era ya,  se dio vuelta como pudo para dejarse morir así nomás por nomás. Quería morir desafiando al sol.

                 - De esta manera será más rápido, se dijo, mientras un nubarrón negro le cubría los ojos. Eran las seis de la tarde.

                 De repente sintió como si garfios ardientes se incrustaran en su pecho. Cuando el picotazo le robó el ojo izquierdo, un dolor lacerante le atravesó el cráneo de lado a  lado. Alcanzó apenas a ver el plumaje sucio del buitre picotéandole el otro ojo. Antes de morir tuvo un pensamiento para el nieto que la esperaba en el rancho lejano y desvencijado.

                 - ¡Feliz Navidad Juanito!

              

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