
Osvaldo Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno,
autor de cuentos, poesías y algunos artículos, más de
veinticinco publicaciones en revistas de literatura, universitarias
y virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la
Sociedad de poetas de la Open University, Inglaterra,
del Círculo de Escritores de la V Región Chile y de la
Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos,
SELAE. Primeros
textos publicados : Amores de tejado, Revista
de Literatura Chilena en el exilio N°6, 1978,
California. La vida a través de una reja, misma
revista N°10, 1979. Ultimo texto publicado : Los
tallarines estaban fríos , Antología Literaria, A
30 Años del golpe militar, 2005 Milán, Italia.
Primer premio en cuento : Concurso Literario
Internacional DE LA ong Reencuentro, 2005, Chile, con
el relato La Golemah

La
anciana Dolores San Juan nunca encontró la vida más
lenta como ese caminar sin fin por llano desierto, lleno
de arroyuelos secos. Trataba de regresar a su casa.
Venía de la ciudad donde había conseguido un árbol
navideño para Juanito, su único nieto, que la esperaba
en el rancho medio desmantelado que fué la casa del
General. Estaba casi segura de que al final de este
camino sin camino y sin orillas se encontraba el pueblo.
Todo comenzó aquel día aciago y
espeso, cuando Juanito jugaba con su vieja pelota de
trapo, horas y horas sin cansarse. El niño le preguntó
a Dolores, murmurando lentamente con su vocecilla
hambrienta.
- ¿Abuela qué es un árbol de Navidad?
Cuando la vieja le describió cómo
eran los árboles navideños que existían en la ciudad, y
como las gentes de bien lo adornaban en sus casas de
ladrillo pintado, el pobrecito huérfano sonrió con pena
y dijo:
- Nosotros nunca tendremos una joya
así, tan bonita.
El comentario de su nieto atravesó
el pecho esmirriado de Dolores con la dura frialdad de
un cuchillo acerado.
Dolores San Juan idolatraba a su
nieto, único vestigio familiar que la revolución le dejó.
Sabía que esta Navidad no habría regalos para él.
Tampoco los hubo el año pasado, pero aquella vez
consiguió al menos dos terrones de azúcar, sumo
sacrificio de su comadre Dorotea. El azúcar permitió que
ese día santo su nieto bebiera excepcionalmente un té
caliente y dulce. Había sido una verdadera fiesta, pues
hay que tener mucho coraje para beberse, toditas las
mañanas del año, el áspero y amargo té de cactus seco
picado, pero que al menos limpiaba el polvo que la noche
y el viento del llano depositaban en la garganta de los
habitantes del pueblo.
Dolores lo pensó mucho durante
varios días. Una noche sin estrellas, después que su
nieto se durmió, se dirigió al antiguo cementerio,
atravesando la polvareda que el viento le lanzaba con
sus largos aullidos. Apenas encontró la tumba de su
marido, comenzó a escarbar con sus manos desnudas la
seca tierra que cubría el féretro. Con sus dedos
ensangrentados abrió la tapa del cajón que ella misma
había construido con trozos de madera arrancados a los
muros del rancho familiar.
Su marido estaba prácticamente igual,
más delgado tal vez, parecía un tronco fósil.La sequía
que asolaba el llano durante tantos años, absorbió el
agua y la sangre del acribillado cuerpo del difunto,
dejándole sólo la piel acartonada adherida a los huesos.
Los gusanos ni siquiera aparecieron. ¿Para qué?
¿Por qué se mataron así? - Preguntó
Dolores, pero no quedaba nadie para contestarle.
A duras penas desnudó al esqueleto
de su guerrera. Después nutriendo la tierra con su
sangre, cerró todo, dejando la tumba casi tal como la
encontró. La anciana abandonó el cementerio cerca del
amanecer. Un poco antes rezó delante de la tumba del
marido, luego se despedió con voz desdentada.
- General, al menos que me sirvas de
algo, ahora que estás muerto, ya que de vivo no me
serviste de mucho. Me dejaste que aprendiera a vivir por
mi cuenta y le gané a la vida. Tu no.
Dolores se pasó todo el día puliendo
como pudo los botones de cobre de la guerrera del
general San Juan. Al llegar la noche los botones
brillaban como si fueran de oro, pero las manos de la
anciana estaban desolladas casi hasta los huesos. Se
vendó los dedos penosamente con trozos de tela arancados
a la apolillada guerrera. Después dió a Juanito un añejo
pedazo
de tortilla que quedaba del día anterior y una taza de té de
cactus, casi frío, porque el fuego se fué muriendo
lentamente, una vez que el último trozo de madera se
consumió entero en el horno de barro. Ella se acostó sin
cenar. ¿Cenar qué?
Al día siguiente muy temprano, Dolores
preparó dos delgadas tortillas con el último puñado de
harina de maíz, ensilló su anciana mula tuerta y renga,
entregó las tortillas al nieto, diciéndole antes de partir:
- Tome Juanito, aquí tiene comida hasta
mi regreso, si le da sed, vaya a buscar agua al río, dizque
todavía no se ha secado del todo.
La vieja partió a la ciudad. Con los
pocos pesos que obtuvo con la venta de los botones de cobre,
logró que un borracho le fabricara un simulacro de árbol de
navidad con un mango de escobillón encontrado en un basural
y unos trozos de alambre cubiertos con papel de periódicos,
teñidos con colorante verde. El resultado fue un mamarracho
de árbol, de ramas raquíticas, pero verdes. El dinero
alcanzó también para una naranja, regalo para el nieto.
Y Dolores San Juan se encontraba ahora
ahí, en medio del páramo. Su pueblo estaba todavía muy allá,
pero el viento lo alejaba y lo alejaba, convirtiendo el
regreso en una pesadilla seca y polvorienta. Parecía que
hacía siglos que marchaba en círculos, completamente
extraviada en esa tierra yerma., con el falso árbol
hiriéndole los hombros. El sol,indiferente a todo, atacaba
despiadadamente con sus rayos ardientes y mortales al papel
teñido de verde, las ramas se convertían en alambres
cubiertos de un papel amarillento desolador, donde
resaltaban las negras letras de la imprenta de la ciudad.
La anciana comprendió demasiado tarde el
error cometido: haberle confiado el camino a la mula ciega y
vieja. Hacía tres días que la pobre bestia había muerto.
Ayer, ¿O había sido esta mañana? Dolores se comió la
naranja, diciéndose:
- Necesito fuerzas para volver al pueblo.
Más le hubiera valido seguir con hambre.
Comerse el fruto apenas jugoso había sido la última tortura.
La boca seca, los labios casi destrozados por múltiples
tajos, la garganta estrecha por la sed, soportaron apenas el
martirio ácido de la amarga naranja. Casi se desmayó de
dolor. Pero el recuerdo del esqueleto que le había cortado
el camino más atrás, la mantenía alerta. Los huesos mondos y
blanquecinos le habían recordado los buitres que la seguían
despiadamente. Lo trágico había sido observar que el
esqueleto aún mantenía asido con gran firmeza y con sus dos
manos, un esqueleto de buitre. El macabro cuadro contaba la
tragedia por si sólo. Estaba claro, los buitres habían
atacado al hombre apenas éste cayó al suelo. Al parecer el
desgraciado tuvo fuerzas suficientes para coger al rapaz que
le robaba sus carnes y lo mató con sus propias manos para
después morir con él.
Dolores San Juan caminó toda la noche sin
conocer el sosiego. Luego cayó al suelo de bruces.
Comprendiendo que su última hora era ya, se dio vuelta como
pudo para dejarse morir así nomás por nomás. Quería morir
desafiando al sol.
- De esta manera será más rápido, se dijo,
mientras un nubarrón negro le cubría los ojos. Eran las seis
de la tarde.
De repente sintió como si garfios ardientes
se incrustaran en su pecho. Cuando el picotazo le robó el
ojo izquierdo, un dolor lacerante le atravesó el cráneo de
lado a lado. Alcanzó apenas a ver el plumaje sucio del
buitre picotéandole el otro ojo. Antes de morir tuvo un
pensamiento para el nieto que la esperaba en el rancho
lejano y desvencijado.
- ¡Feliz Navidad Juanito!
