
I
También yo he
replegado la mirada
que se alargó
expectante ante un sueño vacío.
También, como en
torrente, bajé los escalones
desde la luz más
limpia
hasta alcanzar
esta oquedad opaca.
Entonces es aquí.
No digas que soñaste
con hallarte entre
cuatro paredes de miseria:
al norte, la
ambición; al sur, vanas mentiras
y, al este y al
oeste, la piara.
Tú no formabas
parte -no estabas entre ellos-,
pero aún te
empecinas en esa misma sombra.
II
Cuando tomé aquel
tren creí que alzaba el vuelo,
que la tierra se
hundía bajo la marquesina,
que hierros y
cristales caían con estrépito,
que las luces
geométricas del vagón eran alas
para alcanzar los
sueños.
-Pero tú ya sabías…,
¿por qué ahora te
asombras de que aquella balumba
fuera tan
solamente el tren en su arrancada?
No pretendas el
gesto desdeñoso del héroe.
Eras tú quien
caías.
III
¿A qué capilla
piensas retirarte?
¿A qué celda o qué
templo? ¿Ante qué imagen
que contemple
impasible tu gemido crispado?
¿Dónde hallarás el
vaso que recoja la lágrima?,
¿en la barra del
bar o, de pie, en la cocina,
ante el cuchillo
de la madrugada?
Y si piensas
quebrar la espada de tu furia,
¿contra qué muro o
perro? ¿Entre qué gentes
se abrirá paso el
grito, agudo como un dardo,
como un hierro que
hiere y envenena la herida?
Y ¿cómo compondrás
el gesto compungido
para mover el
ánimo de los precipitados
transeúntes?
No pierdas el
tiempo que se evade,
planeando
estrategias emotivas.
Si hace tiempo que
tú ya no oyes sus quejas,
echa tu llanto al
pozo del olvido.
IV
La copa, aquí, al
alcance de la mano,
entre libros,
papeles y sueños volanderos,
emergiendo del río
de proyectos perdidos,
y manteniendo,
firme, el líquido silbante,
junto al ángulo
agudo de la tijera abierta...
El vértice,
clavado en la cruz del presente.
-Elige. Si te
asusta afrontar la caída
en las fauces del
tiempo,
recórtale las alas
sombrías a la tarde
y ahógate en el
sueño del licor ambarino...
Pídeles a los
dioses que detengan
la marcha de la
nave.
Del área relegada
