
Amadís, Cirongilio,
Esplandián, Palmerín, Claribalte, Clarián, Platir,
Felixmarte, Belianís, Arderique, son sólo
algunos
nombres de caballeros de ficción. Los libros que
contienen sus aventuras, los libros de caballerías, han
provocado diversas reacciones, no sólo entre lectores no
especializados sino también dentro del gremio académico.
Resulta sintomático el comentario que hace Jorge Luis
Borges en su Manual de zoología fantástica acerca
de los dragones: “Nos parece pueril y suele contaminar
de puerilidad las historias en que figura” (65). Borges
aclara que tal puerilidad se debe al exceso con que
aparecen en los cuentos de hadas. Sin embargo, no es
descabellado extender la referencia a los elementos
maravillosos que pueblan los relatos caballerescos, toda
vez que el ambiente presentado por éstos ha sido
calificado de: “mundo puro e irreal [...] Fácil será
burlar un universo novelesco tan depurado que venía a
ser abstracto” (Chevalier 98-99). Un universo tan cerca
de la abstracción como de la puerilidad, podría añadirse
con cierta sorna.
En
el lado opuesto encontramos opiniones como la de
Rodríguez Lobo que decía sobre el mismo asunto que: “en
el libro [de caballerías] cuéntanse las cosas como era
bien que fuessen y no como sucedieron, y así son más
perfectas” (apud. Serrano Poncela, 125). En el
ámbito especializado, es ya un tópico mencionar el
supuesto desprestigio en que cayeron estas obras después
del escrutinio del cura y el barbero en la biblioteca de
don Quijote, y el desinterés académico por ellas.[i]
No
está de más apuntar que estas obras tuvieron un enorme
éxito editorial; en términos modernos, no dudaríamos en
calificarlas de best-sellers. Además, el público
estaba compuesto por gente extremadamente variada. Sin
embargo, antes de entrar en detalles, será necesario
ahondar en el origen de estos textos.
Mencionaremos primeramente la distinción entre libros y
novelas de caballerías, propuesta por Martín de Riquer.
Entre los primeros se cuentan los hechos entretejidos de
un héroe que rebasa los límites humanos, situados en
parajes extraordinarios y en pasados casi míticos,
mientras que en las segundas encontramos las hazañas no
entrelazadas de héroes menos sobrehumanos (apud.
Green, 353). De ahí que de manera general, y dicho sea
sólo como ejemplo, el Amadís de Gaula, pleno de
encantamientos y seres maravillosos, sea considerado un
libro de caballerías, y Tirante el Blanco, más
aterrizado en la realidad, una novela caballeresca.
Es
posible identificar varios elementos que originaron este
tipo de literatura. De acuerdo con Juan Manuel Cacho
Blecua, el trabajo de Geoffrey de Monmouth, Historia
regum Britanniae, compuesta a principios del siglo
xii,
suministró la base para las obras que abordaban el tema
del rey Arturo y su corte, es decir, textos de materia
artúrica. Esta Historia y la coetánea
Prophetiae Merlín proveen componentes que después
aprovecharán los libros de caballerías: el recurso del
testigo de los hechos, el mago que conoce los hechos
venideros y el rey ejemplar. La traducción de la
Historia regum Britanniae a lenguas romances hizo
posible que las leyendas artúricas permearan en
distintos ámbitos (19-24).
Las obras de Chrétien de Troyes, ejecutadas
durante la segunda mitad del siglo
xii:
Erec y Enid, Chevalier au Lion, Perceval
ou le conte du Graal y Chevalier à la
Charrete, tuvieron gran importancia. En la última,
Lanzarote queda establecido como el modelo del caballero
cuya influencia en la conformación del resto de
caballeros ficticios será notable (Flori 247). En
los textos de Chrétien de Troyes, se ensalza la vida de
la corte, al tiempo que se conjugan la aventura
individual junto con el amor (Cacho Blecua 26).
Ya está aquí la semilla de lo que caracteriza
en gran parte el contenido de la caballeresca hispánica:
la caballería que el héroe ejercía en guerras y
en torneos, y el amor, por supuesto, cortés en el
que el caballero, rendido por una dama, se sometía a una
relación vasallática con ella, y cumplía con severas
normas de comportamiento tales como fidelidad y
discreción.
Por otra parte, está el conjunto de textos de
materia artúrica conocido como la Vulgata,
seguido de la Post-Vulgata. En estas obras se
continuaron muchos de los rasgos establecidos por de
Troyes, y, a la vez, se determinaron otros tales como el
carácter biográfico (en contraste con las aventuras
escogidas que manejaba Chrétien) y la importancia de la
profecía (Cacho Blecua 26-28).
A todo lo mencionado hay que añadir el
Tristán, que se conserva en tres textos de la
segunda mitad del siglo
xii: los
poemas franceses incompletos de Béroul y de Thomas; y la
versión íntegra de Elihart von Oberg. Otro elemento de
importancia está conformado por las historias con tema
clásico como el Roman de Enéas, que data de cerca
de 1156. En él, hay seres fabulosos cuya presencia cubre
las necesidades de maravillas de los lectores o posibles
escuchas (Ibid. 30-42).
La penetración de la temática de estas obras en
la literatura peninsular es gradual. Es posible
sintetizarla en tres grandes etapas: presencia,
inserción y creación. En la primera, se encuentran la
posible llegada de la Historia regum Britanniae
por medio de Leonor de Inglaterra, casada con Alfonso
viii;
además del conocimiento de las historias artúricas por
algunos trovadores catalanes (Lida 34-135). Por último,
la existencia de traducciones castellanas y portuguesas
de la Post-vulgata en la Península redondea la
presencia de esta literatura.
La
fase de inserción comprende el uso de la Historia
regum Britanniae en el Fuero General de Navarra;
Alfonso x
también lo hizo en la General Estoria. En esta
etapa vemos, pues, no sólo el conocimiento de la materia
artúrica sino su uso en crónicas y códigos.
En
el periodo de creación, podemos incluir El libro del
cavallero Zifar[ii]
a principios del siglo
xiv y el
Amadís de Gaula. El llamado Amadís
primitivo (hoy perdido) constaba de tres libros, y
probablemente fue creado a finales del siglo
xiii. En
la última década del siglo
xv, Garci
Rodríguez de Montalvo refunde estos textos y presenta la
versión en cuatro libros que conocemos actualmente. En
Las sergas de Esplandián, de su autoría,
narra las aventuras del hijo de Amadís.
Ya
en los años finales del siglo
xv se
había introducido la imprenta, y los libros de
caballerías tuvieron una gran demanda. El éxito se
extendió hasta principios del siglo
xvii. El
Belianís de Grecia, de Jerónimo Fernández, y el
Cirongilio de Tracia, de Bernardo de Vargas, se
imprimieron en 1545; el Tirant lo Blanc, de
Joanot Martorell, en 1490.
La
buena aceptación del Amadís propició que fueran
creadas continuaciones del libro. Entre ellas, podemos
contar el Amadís de Grecia y el Florisando.
Otros libros también generaron continuaciones. Estos
conjuntos (el libro origen y las secuelas) son llamados
ciclos. Dos de los más destacados son el de
Amadís y el de Palmerín de Olivia.
Las ediciones de los libros de caballerías fueron
abundantes, como ya se ha hecho notar. El Amadís
tuvo veinte ediciones y sus continuaciones sesenta y
seis; el Caballero del Febo llegó a seis. De
acuerdo con Sylvia Robaud, el volumen de las ediciones y
el tamaño del corpus de los libros editados,
permiten afirmar que la caballeresca es, en términos
cuantitativos, la fracción más relevante de la
literatura áurea. El público era, como escribí antes,
variopinto y nutrido: reyes como Pedro
iv de
Aragón e Isabel la Católica; santos como Ignacio de
Loyola; letrados como Fernando de Rojas, el pueblo
llano, y, por supuesto, aquellos que emigraron a América
(cx-cxxi).
El
penúltimo punto es motivo de polémica. Máxime Chevalier
afirma que los únicos indicios de que los libros de
caballerías eran una lectura popular: “no pasan de tres:
el caso del curandero morisco Román Ramírez, una frase
de Juan Arce de Otalora, un episodio del Quijote”
(89), y que ninguno de estos casos es suficiente para
dar validez a dicha suposición. A su juicio, el público
de la caballeresca era la minoría aristocrática, letrada
y pudiente.
En
abono de una opinión contraria podemos aducir el notable
hecho de que los primeros españoles en América estaban
familiarizados con nombres de personajes y reinos de los
libros de caballerías. Los ejemplos más característicos
son el bautismo de los territorios de California y de la
Patagonia con nombres extraídos de aquellas obras de
ficción.
Por otra parte, es sorprendente la incidencia que esta
literatura tuvo sobre la realidad. Además de que se
organizaban torneos inspirados en pasajes de los libros
caballerescos, es casi inexcusable recordar a Suero de
Quiñones, quien retó durante cierto tiempo a todos los
caballeros que quisieron cruzar el puente del río Órbigo.
Aunque no deja de resultar un poco extravagante y vacuo,
no cabe duda de que fue un suceso derivado de las
ficciones de caballerías.
El
mayor auge de estos libros se dio durante el transcurso
del siglo xvi,
vieron la luz un poco más de sesenta títulos. El
último, el Policisne de Boecia, fue publicado a
principios del siglo
xvii.
Ciertamente, no puede decirse de manera tajante que la
demanda del género terminara en esas fechas, pero sí que
había disminuido de manera considerable. Otro tipo de
obras, vinculadas con la literatura caballeresca,
circularon impresos de manera más fluida, textos
notoriamente más breves, y que han sido etiquetados bajo
el rótulo de Narrativa Caballeresca Breve (véase Baranda).
Dicho de otra manera, no hubo una repentina desaparición
del género.
Por lo pronto, y sin el ánimo de postular una
descendencia directa, pareciera, que el género que en
nuestra época guarda similitudes varias con los libros
de caballerías es la historieta de superhéroes.
Análogamente, Borges, en un ensayo, afirmó que la épica
moderna estaba en los westerns de Hollywood.
Si
bien hay diferencias notables entre el caballero y el
superhéroe (éste, por ejemplo, ya no es un amante cortés),
hay una línea de continuidad en cuanto al arquetipo
mítico del héroe. Existen ejemplos de historietas en las
que incluso ha sido incluido material artúrico, tal como
atestigua, entre otros, el artículo de Alan H. Stewart
“King Arthur in the Comics”. Sin embargo, lo que nos
interesa es hacer resaltar el asunto mítico.
La
idea no es nueva, Segundo Serrano Poncela no vacila en
escribir que las figuras del caballero andante y del
antihéroe (otro caballero o algún monstruo) son
arquetipos que subyacen en la mente del hombre, por ello
los libros de caballerías eran tan leídos y escuchados,
porque cumplían a cabalidad con los moldes del mito. En
sus palabras, el héroe cumplía con las siguientes
características: valor, carisma, inmortalidad, manejo
del espacio, soledad, y culto al principio femenino. El
antihéroe es copartícipe de esas cualidades en cuanto
ayudan a justificar las hazañas del caballero (128, 129
y 138). Al referirse a la literatura de masas, señala
que en ella se trata de conservar el mito heroico, “un
mito al que la sociedad burguesa [...] había vaciado en
moldes modestos [...] Son los mismos héroes
caballerescos provenientes del illud tempus,
vivos aún y actuales [...]” (143-144). El mismo autor
indica los siguientes puntos de contacto entre la
caballeresca y las historietas modernas de superhéroes:
la ayuda al débil, sometimiento de los malvados,
insignias simbólicas y distintivas, así como (en
ocasiones) la ayuda de científicos, emparentados en su
función de protectores y proveedores de objetos mágicos
con los hechiceros como Urganda la Desconocida,
benefactora de Amadís.
Yo
añadiría la discusión en torno a las posibilidades
educativas de los libros de caballerías, con la
diferencia que en éstos se enfatiza la utilidad de un
paradigma de comportamiento, mientras que en las
historietas se ha llegado a considerar la función
didáctica. Francisco Delicado afirmaba que el Amadís:
“enseñaba el verdadero arte de la caballería [se debe]
tomar por ejemplo el modo, la virtud y la bondad de
Amadís [...]” (apud. Serrano Poncela 124). En
cuanto a las historietas, son significativos los títulos
de trabajos académicos como los de Maksimova (“Comics in
Education”), y Stall (“Using Comics to Teach Multiple
Meaning of Words”).
Por último, es preciso
reiterar que, a pesar de una larga indiferencia
académica, los estudios sobre libros de caballerías han
aumentado considerablemente, se abren seminarios
especializados y se han publicado nuevas ediciones.
Desde luego, no cabe esperar un resurgimiento de su
antiguo éxito editorial (los gustos del público han
cambiado sensiblemente), pero no está de más recordar,
como lo ha hecho José Amézcua, la importancia que
tuvieron en el desarrollo de la novela moderna (25).
Quizá dentro de algún tiempo, pueda borrarse aquella
aureola de puerilidad con que a veces se los mira.
[i]
Justo es decir que, de unas décadas a la fecha,
el interés por estos libros ha sido creciente.
[ii]
La inclusión del Zifar en el conjunto de
los libros de caballerías ha sido motivo de
polémicas, puesto que está a medio camino entre
ellos y el género didáctico.
