México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2007 I Año 2 I Número 9

 








 

 

Agustín Tonatihu Torres Miranda hizo la licenciatura en letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, actualmente estudia la maestría en letras españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha participado en dos ocasiones en el Congreso Internacional Jornadas Medievales.

 

Amadís, Cirongilio, Esplandián, Palmerín, Claribalte, Clarián, Platir, Felixmarte,  Belianís, Arderique, son sólo algunos nombres de caballeros de ficción. Los libros que contienen sus aventuras, los libros de caballerías, han provocado diversas reacciones, no sólo entre lectores no especializados sino también dentro del gremio académico.

Resulta sintomático el comentario que hace Jorge Luis Borges en su Manual de zoología fantástica acerca de los dragones: “Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en que figura” (65). Borges aclara que tal puerilidad se debe al exceso con que aparecen en los cuentos de hadas. Sin embargo, no es descabellado extender la referencia a los elementos maravillosos que pueblan los relatos caballerescos, toda vez que el ambiente presentado por éstos ha sido calificado de: “mundo puro e irreal [...] Fácil será burlar un universo novelesco tan depurado que venía a ser abstracto” (Chevalier 98-99). Un universo tan cerca de la abstracción como de la puerilidad, podría añadirse con cierta sorna.

En el lado opuesto encontramos opiniones como la de Rodríguez Lobo que decía sobre el mismo asunto que: “en el libro [de caballerías] cuéntanse las cosas como era bien que fuessen y no como sucedieron, y así son más perfectas” (apud. Serrano Poncela, 125). En el ámbito especializado, es ya un tópico mencionar el supuesto desprestigio en que cayeron estas obras después del escrutinio del cura y el barbero en la biblioteca de don Quijote, y el desinterés académico por ellas.[i]

No está de más apuntar que estas obras tuvieron un enorme éxito editorial; en términos modernos, no dudaríamos en calificarlas de best-sellers. Además, el público estaba compuesto por gente extremadamente variada. Sin embargo, antes de entrar en detalles, será necesario ahondar en el origen de estos textos.

Mencionaremos primeramente la distinción entre libros y novelas de caballerías, propuesta por Martín de Riquer. Entre los primeros se cuentan los hechos entretejidos de un héroe que rebasa los límites humanos, situados en parajes extraordinarios y en pasados casi míticos, mientras que en las segundas encontramos las hazañas  no entrelazadas de héroes menos sobrehumanos (apud. Green, 353). De ahí que de manera general, y dicho sea sólo como ejemplo, el Amadís de Gaula, pleno de encantamientos y seres maravillosos, sea considerado un libro de caballerías, y Tirante el Blanco, más aterrizado en la realidad, una novela caballeresca.

Es posible identificar varios elementos que originaron este tipo de literatura. De acuerdo con Juan Manuel Cacho Blecua, el trabajo de Geoffrey de Monmouth, Historia regum Britanniae, compuesta a principios del siglo xii, suministró la base para las obras que abordaban el tema del rey Arturo y su corte, es decir, textos de materia artúrica.  Esta Historia y la coetánea Prophetiae Merlín proveen componentes que después aprovecharán los libros de caballerías: el recurso del testigo de los hechos, el mago que conoce los hechos venideros y el rey ejemplar. La traducción de la Historia regum Britanniae a lenguas romances hizo posible que las leyendas artúricas permearan en distintos ámbitos (19-24).

         Las obras de Chrétien de Troyes, ejecutadas durante la segunda mitad del siglo xii: Erec y Enid, Chevalier au Lion, Perceval ou le conte du Graal y Chevalier à la Charrete, tuvieron gran importancia. En la última, Lanzarote queda establecido como el modelo del caballero cuya influencia en la conformación del resto de caballeros ficticios será notable (Flori 247). En los textos de Chrétien de Troyes, se ensalza la vida de la corte, al tiempo que se conjugan la aventura individual junto con el amor (Cacho Blecua 26).

         Ya está aquí la semilla de lo que caracteriza en gran parte el contenido de la caballeresca hispánica: la caballería que el héroe ejercía en guerras y en torneos, y el amor, por supuesto, cortés en el que el caballero, rendido por una dama, se sometía a una relación vasallática con ella, y cumplía con severas normas de comportamiento tales como fidelidad y discreción.

         Por otra parte, está el conjunto de textos de materia artúrica conocido como la Vulgata, seguido de la Post-Vulgata. En estas obras se continuaron muchos de los rasgos establecidos por de Troyes, y, a la vez, se determinaron otros tales como el carácter biográfico (en contraste con las aventuras escogidas que manejaba Chrétien)  y la importancia de la profecía (Cacho Blecua 26-28).

         A todo lo mencionado hay que añadir  el Tristán, que se conserva en tres textos de la segunda mitad del siglo xii: los poemas franceses incompletos de Béroul y de Thomas; y la versión íntegra de Elihart von Oberg. Otro elemento de importancia está conformado por las historias con tema clásico como el Roman de Enéas, que data de cerca de 1156. En él, hay seres fabulosos cuya presencia cubre las necesidades de maravillas de los lectores o posibles escuchas (Ibid. 30-42).

         La penetración de la temática de estas obras en la literatura peninsular es gradual. Es posible sintetizarla en tres grandes etapas: presencia, inserción y creación. En la primera, se encuentran la posible llegada de la Historia regum Britanniae por medio de Leonor de Inglaterra, casada con Alfonso viii; además del conocimiento de las historias artúricas por algunos trovadores catalanes (Lida 34-135). Por último, la existencia de traducciones castellanas y portuguesas de la Post-vulgata en la Península redondea la presencia de esta literatura.

La fase de inserción comprende el uso de la Historia regum Britanniae en el Fuero General de Navarra; Alfonso x también lo hizo en la General Estoria. En esta etapa vemos, pues, no sólo el conocimiento de la materia artúrica sino su uso en crónicas y códigos.

En el periodo de creación, podemos incluir El libro del cavallero Zifar[ii] a principios del siglo xiv y el Amadís de Gaula. El llamado Amadís primitivo (hoy perdido) constaba de tres libros, y probablemente fue creado a finales del siglo xiii. En la última década del siglo xv, Garci Rodríguez de Montalvo refunde estos textos y presenta la versión en cuatro libros que conocemos actualmente. En Las sergas de Esplandián, de su autoría, narra las aventuras del hijo de Amadís.

Ya en los años finales del siglo xv se había introducido la imprenta, y los libros de caballerías tuvieron una gran demanda. El éxito se extendió hasta principios del siglo xvii. El Belianís de Grecia, de Jerónimo Fernández, y el Cirongilio de Tracia, de Bernardo de Vargas, se imprimieron en 1545; el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, en 1490.

La buena aceptación del Amadís propició que fueran creadas continuaciones del libro. Entre ellas, podemos contar el Amadís de Grecia y el Florisando. Otros libros también generaron continuaciones. Estos conjuntos (el libro origen y las secuelas) son llamados ciclos. Dos de los más destacados son el de Amadís y el de Palmerín de Olivia.

Las ediciones de los libros de caballerías fueron abundantes, como ya se ha hecho notar. El Amadís tuvo veinte ediciones y sus continuaciones sesenta y seis; el  Caballero del Febo llegó a seis. De acuerdo con Sylvia Robaud, el volumen de las ediciones y el tamaño del corpus de los libros editados, permiten afirmar que la caballeresca es, en términos cuantitativos, la fracción más relevante de la literatura áurea. El público era, como escribí antes, variopinto y nutrido: reyes como Pedro iv de Aragón e Isabel la Católica; santos como Ignacio de Loyola; letrados como Fernando de Rojas, el pueblo llano, y, por supuesto, aquellos que emigraron a América (cx-cxxi).

El penúltimo punto es motivo de polémica. Máxime Chevalier afirma que los únicos indicios de que los libros de caballerías eran una lectura popular: “no pasan de tres: el caso del curandero morisco Román Ramírez, una frase de Juan Arce de Otalora, un episodio del Quijote” (89), y que ninguno de estos casos es suficiente para dar validez a dicha suposición. A su juicio, el público de la caballeresca era la minoría aristocrática, letrada y pudiente.

En abono de una opinión contraria podemos aducir el notable hecho de que los primeros españoles en América estaban familiarizados con nombres de personajes y reinos de los libros de caballerías. Los ejemplos más característicos son el bautismo de los territorios de California y de la Patagonia con nombres extraídos de aquellas obras de ficción.

Por otra parte, es sorprendente la incidencia que esta literatura tuvo sobre la realidad. Además de que se organizaban torneos inspirados en pasajes de los libros caballerescos, es casi inexcusable recordar a Suero de Quiñones, quien retó durante cierto tiempo a todos los caballeros que quisieron cruzar el puente del río Órbigo. Aunque no deja de resultar un poco extravagante y vacuo, no cabe duda de que fue un suceso derivado de las ficciones de caballerías.

El mayor auge de estos libros se dio durante el transcurso del siglo xvi, vieron la luz un poco más de sesenta títulos. El último, el Policisne de Boecia, fue publicado a principios del siglo xvii. Ciertamente, no puede decirse de manera tajante que la demanda del género terminara en esas fechas, pero sí que había disminuido de manera considerable. Otro tipo de obras, vinculadas con la literatura caballeresca, circularon impresos de manera más fluida, textos notoriamente más breves, y que han sido etiquetados bajo el rótulo de Narrativa Caballeresca Breve (véase Baranda). Dicho de otra manera, no hubo una repentina desaparición del género.

Por lo pronto, y sin el ánimo de postular una descendencia directa, pareciera, que el género que en nuestra época guarda similitudes varias con los libros de caballerías es la historieta de superhéroes. Análogamente, Borges, en un ensayo, afirmó que la épica moderna estaba en los westerns de Hollywood.

Si bien hay diferencias notables entre el caballero y el superhéroe (éste, por ejemplo, ya no es un amante cortés), hay una línea de continuidad en cuanto al arquetipo mítico del héroe. Existen ejemplos de historietas en las que incluso ha sido incluido material artúrico, tal como atestigua, entre otros, el artículo de Alan H. Stewart “King Arthur in the Comics”. Sin embargo, lo que nos interesa es hacer resaltar el asunto mítico.

La idea no es nueva, Segundo Serrano Poncela no vacila en escribir que las figuras del caballero andante y del antihéroe (otro caballero o algún monstruo) son arquetipos que subyacen en la mente del hombre, por ello los libros de caballerías eran tan leídos y escuchados, porque cumplían a cabalidad con los moldes del mito. En sus palabras, el héroe cumplía con las siguientes características: valor, carisma, inmortalidad, manejo del espacio, soledad, y culto al principio femenino. El antihéroe es copartícipe de esas cualidades en cuanto ayudan a justificar las hazañas del caballero (128, 129 y 138). Al referirse a la literatura de masas, señala que en ella se trata de conservar el mito heroico, “un mito al que la sociedad burguesa [...] había vaciado en moldes modestos [...] Son los mismos héroes caballerescos provenientes del illud tempus, vivos aún y actuales [...]” (143-144). El mismo autor indica los siguientes puntos de contacto entre la caballeresca y las historietas modernas de superhéroes: la ayuda al débil, sometimiento de los malvados, insignias simbólicas y distintivas, así como (en ocasiones) la ayuda de científicos, emparentados en su función de protectores y proveedores de objetos mágicos con los hechiceros como Urganda la Desconocida, benefactora de Amadís.

Yo añadiría la discusión en torno a las posibilidades educativas de los libros de caballerías, con la diferencia que en éstos se enfatiza la utilidad de un paradigma de comportamiento, mientras que en las historietas se ha llegado a considerar la función didáctica. Francisco Delicado afirmaba que el Amadís: “enseñaba el verdadero arte de la caballería [se debe] tomar por ejemplo el modo, la virtud y la bondad de Amadís [...]” (apud. Serrano Poncela 124). En cuanto a las historietas, son significativos los títulos de trabajos académicos como los de Maksimova (“Comics in Education”), y Stall (“Using Comics to Teach Multiple Meaning of Words”).

Por último, es preciso reiterar que, a pesar de una larga indiferencia  académica, los estudios sobre libros de caballerías han aumentado considerablemente, se abren seminarios especializados y se han publicado nuevas ediciones. Desde luego, no cabe esperar un resurgimiento de su antiguo éxito editorial (los gustos del público han cambiado sensiblemente), pero no está de más recordar, como lo ha hecho José Amézcua, la importancia que tuvieron en el desarrollo de la novela moderna (25). Quizá dentro de algún tiempo, pueda borrarse aquella aureola de puerilidad con que a veces se los mira.


 

[i] Justo es decir que, de unas décadas a la fecha, el interés por estos libros ha sido creciente.

[ii] La inclusión del Zifar en el conjunto de los libros de caballerías ha sido motivo de polémicas, puesto que está a medio camino entre ellos  y el género didáctico.

 


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