Camino por la explanada que conduce a la
fosa donde hace unas semanas encontraron los huesos del
hombre, el guerrillero heroico que murió cuando yo aún
era niño. La peregrinación ha terminado; empezó hace
muchos años, más de treinta, cuando supe que fue
asesinado junto con sus compañeros. Siempre tuve el
deseo de venir a estas montañas, de recorrer los caminos
y respirar el mismo aire que ellos lo hicieran, hace ya
tanto tiempo.
Ayer llegué al pueblo y lo primero que
hice fue dirigirme al hospital para pedir hospedaje por
una noche. Esto no es de extrañar porque soy médico y
los colegas, especialmente en los pueblos de provincia,
siempre nos brindan albergue en una cama de su
hospital. Después de acomodarme en una sala ubicada en
la parte vieja del edificio el director, un joven médico
en servicio rural, se fue a su casa deseándome feliz
estadía.
Vine a este pueblo de las montañas para
conocer el lugar que guardó por muchos años los huesos
del hombre. No tiene nada de fanatismo, ni de
religiosidad, ni de curiosidad, ni de turismo;
simplemente quiero estar en el lugar donde acampó por un
largo periodo de tiempo; digamos que mi visita se debe
al mismo placer racional que, de estar vivo, tendría por
asistir, al menos por una vez en mi vida, a una
conferencia o a un acto de masas, para escucharlo hablar.
Solo es eso.
Después de recorrer el hospital, un
ritual que entre los médicos tiene un poco de vocación y
otro de rutina, salí a conocer el pueblo nacido entre
las montañas que tienen a sus pies el monte bajo que
crece en las últimas estribaciones de Los Andes. Sus
calles son empinadas y están empedradas con redondas
piedras de río. Las casas, de arquitectura colonial, se
encuentran deterioradas por el paso del tiempo. La gente
es simple, alegre y hospitalaria. En las puertas del
hospital conocí a don Gato, un lugareño agradable y
conversador que me habló con amabilidad y, mientras
caminamos por las calles apenas iluminadas por la
mortecina luz de los faroles del alumbrado público, me
puso al tanto sobre la historia del lugar y las
costumbres de la gente. Con el tono jovial
característico de la zona me contó anécdotas
relacionadas con la vida de los médicos y las enfermeras
que pasaron por el hospital. También me puso al día
sobre historias de aparecidos, bultos y tesoros
escondidos que hay en el pueblo y que, cuando uno menos
espera, cruzan por el camino. Cuando supo que yo no
venia por razones de trabajo, rápidamente se dio cuenta
de la intención de mi visita al pueblo.
-Yo conozco donde está la fosa, pero
ellos no estaban allá. Yo se porque se lo digo. Es puro
invento. Quieren hacernos creer que lo hallaron y que se
lo llevaron, pero eso es por política. Nunca se los
llevarán porque ellos ya pertenecen a esta región- me
dijo en actitud confidencial.
-No se, dijeron que era él y que fue
encontrado utilizando lo más moderno de la técnica
forense. Me gustaría conocer el lugar- le respondí
esperando mayor información.
-Está bien, está bien -contestó
enigmático y después añadió cambiando el tono de su voz-
Si usted de veraz quiere ir, está bien, yo le explico.
No puedo llevarlo, eso si, porque trabajo, pero le
indico dónde queda el lugar. Después me busca para que
me cuente cómo le fue. Mi casa es esa grande de dos
pisos que está en la plaza, al lado del Hotel. Si no la
puede encontrar igual pregunta por mí, aquí todo el
mundo me conoce
Ahora bajo por unas grietas que el tiempo
y las lluvias han calado en la greda; una escasa
vegetación cubre el arcilloso terreno; finalmente la
fosa está ahí, sus contornos se dibujan como fauces
hambrientas en medio de la amplia explanada de tierra.
A medida que me acerco tengo el extraño presentimiento
de que voy a encontrarme con él, que una ineludible
cita, pactada décadas atrás, me espera. Desde las
montañas el fresco viento de la mañana trae voces como
de ecos perdidos. Siento que estoy volando, como si no
tuviera un cuerpo que me contenga, una sensación de
incorporeidad se apodera de mí y solo percibo la
claridad de la mañana envuelta en la brisa que tiene un
fuerte olor a flores silvestres.
Me acerco al borde del amplio hueco
labrado en el suelo y ahí está el hombre, reclinado
sobre su enorme mochila de campaña, con su estampa
guerrillera, disfrutando el tabaco de su vieja pipa.
Junto a él están sus compañeros. Parecen fantasmas
surgidos de la nada. Visten unos uniformes que hace
mucho fueron verdes y que ahora tienen un color
indefinido que han ido tomando de todas las tierras y de
todas las aguas que tocaron; calzan con abarcas, como
simples campesinos.
-Hola compañero -me dice el hombre y me
alarga su humeante pipa- ¿Quieres fumar? De comer, no
tenemos.
Los demás me miran sonriendo. Sus miradas
son francas y claras.
Atónito sin saber que contestar, me quedo
pasmado por la visión; entonces la algarabía de una
veintena de adolescentes que llegan cantando,
irreverentes y curiosos por conocer el lugar, me distrae.
Vuelvo la mirada hacia el fondo de la profunda
excavación pero el hombre y sus compañeros se han
marchado, solo queda la tierra que por tanto tiempo los
cobijara.
Un sentimiento de desconcierto y
perplejidad invade mi espíritu mientras regreso al
pueblo de las montañas. Reflexiono sobre aquella fugaz
pero nítida imagen que hace tambalear mis posturas más
racionalistas. Nunca creí en fantasmas ni me dejo
impresionar por cuentos de aparecidos, pero ese momento
fue tan intenso y la sensación de estar frente al hombre
y sus compañeros tan real que estoy a punto de creer que
fue cierto. Sin embargo poco a poco recupero el sentido
de lo racional y la única explicación que encuentro es
que mi largamente esperada visita, la incesante lectura
sobre la historia de este grupo de hombres, la
identificación con sus ideales, el enrarecido aire de
las montañas y, finalmente, las truculentas historias
que me contara don Gato, hicieron que mi mente fabrique
un encuentro imposible. Ya más sereno, y preso de un
agradable romanticismo, pienso en qué hubiera sucedido
si aquellos jóvenes no llegaban; tal vez me iba con el
hombre y su grupo a lidiar en sus combates porque ahora
deben ser poemas y flores, y no balas, lo que disparan
con sus viejas carabinas.
Cuando llego al pueblo busco a Don Gato,
para contarle mi historia. Seguramente esto tampoco lo
creerá, pero necesito hablar con alguien y quién mejor
que él para hacerlo, así tendrá una anécdota más con qué
distraer a los visitantes. No lo encuentro en la plaza,
tampoco por las inmediaciones del hospital donde anoche
lo conocí. Me dirijo a su casa, toco la puerta y me
atiende una viejecita de ojos verdes y de piel arrugada
por los años.
-¿Está don Gato? -le pregunto
entusiasmado.
-¿A quién dice usted que busca? -me
contesta sorprendida.
-A don Gato -le respondo de inmediato-,
no se cómo se llama pero me dijo que lo busque aquí.
-No puede ser -me dice algo molesta-
usted se está confundiendo joven, aquí vivo sola con mi
nieta. Tuve un hijo al que llamaban Gato, pero él ya no
vive aquí.
-Disculpe señora, pero ayer en la noche
estuvimos juntos, conversamos y me dijo que vivía aquí,
que ésta era su casa.
-Ya le digo joven, aquí solamente vivimos
mi nieta y yo. Mi hijo hace mucho que partió con
aquellos guerrilleros que murieron en el monte y nunca
más volví a saber nada de él.