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EL MILAGRO DE LA PALABRA CERVANTINA
“Yo he abierto en mis Novelas un camino
por do la lengua castellana puede
mostrar con propiedad un desatino.”
Cervantes.
El mundo novelesco de Cervantes
Una famosa frase cervantina nos dice que: “El alma ha de estar con un pie en los labios y el otro en los dientes”. Como la voz. Como la lengua. O como la voz con la lengua. “Si es que hablo con propiedad”, añade Cervantes. Y podría añadirse que el alma que está con un pie en los labios y el otro en los dientes es precisamente la misma propiedad humana de hablar. Es la voz instrumentada por la lengua, encarnada en la lengua por la lengua, en pura sensación. Es el lenguaje vivo del hombre. Es, efectivamente, un alma que quiere salir, escaparse, por la boca. Y, muy probablemente, en Cervantes, para entrársenos por los ojos. Es en una palabra: la palabra viva, creadora, reveladora; la palabra poética.
Al examinar el lenguaje cervantino, se advierte enseguida, lo mismo cuando escribe en prosa que en verso, que nos suele sonar muy bien. El milagro de la palabra cervantina no se verifica en el tiempo, sino en el espacio, luminosamente. Es, por así decirlo, una palabra creadora, la suya, de naturaleza eminentemente visual, teatral, aparente; y aparente con una evidencia reveladora. El mundo novelesco animado por la palabra cervantina, trasmutado por el mágico poder de la palabra en un mundo verdadero; este mundo maravilloso es, o se hace, de una apariencia que no engaña. Las apariencias no engañan nunca en este mundo de las novelas de Cervantes. Como no engañan en el teatro, Porque en él la palabra, el lenguaje imaginativo es máscara y es voz. En la triste figura de Don Quijote se nos representa el alma de la novelería: el alma y el cuerpo; la máscara y la voz del mundo. La máscara y la voz del mundo, es el mundo mismo, sin engaño. Es la revelación del mundo.
No se disfraza Alonso Quijano de Don Quijote; no está dentro de don Quijote Alonso Quijano; al contrario, está fuera; dentro de Don Quijote no hay nadie, ni nada: el es el vacío, la vanidad humana de Quijano la que encierra esta triste figura de caballero: un poco de aire en que alienta una voz: voz que, ahuecada por la máscara, por el vacío de la máscara resonará hasta el cielo como un grito, revelándose a voz en grito, el secreto de la vanidad quijotesca, secreto a voces, en Cervantes, de toda la novelería. El secreto a voces del mundo, que es su vanidad.
Al verdadero novelista que fue Cervantes, como al personaje de su libro, toda la fuerza, toda el alma, se le iba por la boca. Se le iba por la boca toda su fuerza animadora del mundo: la palabra.
La última palabra de este mundo –la última palabra de Cervantes sobre la novela, sobre el mundo-, es ésta: desengaño. Pero entre tanto –y todo es entre tanto en las novelas, todo es entre tanto en el mundo-, ¡ah!, se nos mete el mundo, así amorosamente animado por la palabra, se nos mete este mundo, maravillosamente por los ojos; como una risa: como una clara risa. Porque el desengaño de este mundo, de estos mundos, acaba en eso, precisamente, en risa. El laberinto del mundo de la novela acaba donde empieza el mundo de la poesía. La poesía está siempre del lado de allá. El fin del mundo de la novela –su revelación- es el principio del mundo de la poesía. Y como nos dijo Cervantes: “Yo siempre me afano y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”.
destiempos.com I Año 1 I Número 3 I 2006 ©