

Sir Bertrand Russell, mi maestro, enojado conmigo
Usted por aquí, me dijo emergiendo su tenue figura de la niebla londinense; qué bueno, le invito un té y platicamos. Sir Bertrand Russell echó una mirada a su reloj, justo a tiempo, son las 4:45. No puedo, rápidamente dije, cortando su gesto de tomarme por el brazo. Tengo un compromiso. ¡Ay, estos jóvenes de hoy, siempre con prisa...! A menos que su cita sea de otro orden, me guiñó el ojo; en ese caso reconozco carecer de armas para retenerlo.
Y sin decir más, sir Bertrand Russell regresó a la niebla. Noté, cuando ya estaba de espaldas, que su figura vacilaba. Casi corrí a decirle ¡voy con usted! Pero me contuve. Y apreté el paso. Puntual, a las 5 crucé la entrada del British Museum. Tras el mostrador de la biblioteca, una taza de té en una mano y el platillo en la otra, la amable viejita de siempre atendía a la hora de siempre mi pedido de siempre:
- Por favor, las Obras escogidas de sir Bertrand Russell.
Esa noche me acosté y casi no pude dormir. Tenía la niebla londinense en la garganta. A la mañana siguiente ya a las 9 telefoneaba a casa de mi maestro. Ocupado, ocupado... imposible comunicarse. Dejé entonces el protocolo de lado y marché por él; me disculparía, intentando, en caso de no recibirme, concertar una cita a través de su secretario. Bajé del bus frente a su casa... una multitud a la puerta. ¿Qué pasaba? ¡Sir Bertrand Russell había muerto la noche anterior!
Me abrí paso hasta el féretro. Allí estaba mi maestro. Te esperaba, me dijo desde el ceniza de su rostro, desde su cuerpo más tenue que nunca, desde esa paradoja de su ausencia. Amas más los libros que la vida, has preferido la obra al autor, la letra a la carne... aquí tienes las consecuencias: debía decirte algo, era importante, lo he olvidado; no esperarás que en estas condiciones guarde buena memoria.
E incorregible insistí:
- ¡Sir Bertrand Russell, sir Bertrand Russell, le ruego, ese mensaje para mí, podré encontrarlo en uno de sus libros?
Yo estaba de pie junto al féretro y me sentí envuelto por una expresión final de fastidio. Mi maestro no quería saber más conmigo.
Me fui.
Y cuando alguna vez voy a una biblioteca, invariablemente pido:
- Las Obras completas de sir Bertrand Russell, por favor.
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Más vale (morir) mal acompañado que solo
Había una vez un príncipe que partió en cruzada contra las ratas. Después de años de luchas al frente de un ejército, sólo él queda y está próximo a morir. Pero también de lograr la victoria, tiene a las ratas acorraladas. Con las últimas fuerzas, el príncipe levanta su espada y, cuando va a descargarla, una le lanza un chillido:
- ¡Espera! Si acabas con nosotras, morirás solo, lejos de tu patria, sin siquiera ratas que te asistan.
El príncipe baja la espada, se arrodilla y es fraternalmente rodeado por sus antiguas enemigas. A punto de expirar, una de ellas le pone un espejo delante y el príncipe ¿qué ve? Una rata.
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A la búsqueda del ligue perdido
I
Ella está sentada frente a mí, leyendo “Otelo, el moro de Venecia”. Mi táctica: hacerme pasar por el autor del libro.
-¡Yo soy William Shakespeare!
-¿Ah, sí? Pues fíjate que escribes bien aburrido.
No hubo ligue.
II
Ella está sentada frente a mí, leyendo “Hamlet, el príncipe de Dinamarca”. Mi táctica: hacerme pasar por el autor del libro.
-¡Yo soy William Shakespeare!
-¿Ah, sí? Identifícate.
-Pero...
-Licencia de conducir, tarjeta de crédito, lo que tengas...
No hubo ligue.
III
Ella está sentada frente a mí, leyendo “Romeo y Julieta, los amantes de Verona”. Mi táctica: hacerme pasar por el autor del libro.
-¡Yo soy William Shakespeare!
-¿Ah, sí? Tú eres William Shakespeare y yo soy Sor Juana Inés de la Cruz.
No hubo ligue.
IV
¿Y para eso me ha servido leer las Obras Completas de William Shakespeare, para eso, eh?
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Tía Eutanasia juega a la lotería: si pierde, gana; si gana, pierde
Mi querida tía Eutanasia, hay que reconocerlo, era una persona negativa. Apartada de todos, su vida giraba en torno al juego de la lotería. Pero no aceptaba correr los riesgos propios del azar. Entonces ideó no comprar billetes pero anotar el número. A ése, le jugaba a perder.Tía Eutanasia, después del sorteo, consultaba con ansiedad la lista de premios, muy contenta de no haberse sacado ninguno. ¡Hoy me gané los tantos y tantos pesos que he jugado a no ganar! -exclamó una y otra vez.
En una palabra, al perder, ganaba; al ganar, perdía. Pero la suerte acabó jugándole la mala pasada que era de temerse: el número elegido ¡resultó con el premio mayor!
Fue con cianuro el -¡ay!- último acto negativo de mi querida tía Eutanasia.
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"A mi querida OTAN"
Había escrito una historia de amor y quería dedicársela a su amante sin que su esposa se enterara. Tuvo suerte. Ocupaba un alto cargo en la OTAN y su amante se llamaba Onésima Torcuata Andrómeda Nomeolvides. Así que dedicó su historia de amor “A mi querida OTAN” con el beneplácito de su esposa que admiraba a la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
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destiempos.com I Año 1 I Número 3 I 2006 ©