espacio de creación

 

 

Adelanto de la novela Espejo de tres cuerpos de Odette Alonso

 

 

I CAPÍTULO

―¡Búscate un novio y déjame en paz! ―gritó Raquel antes de cimbrar toda la casa con un portazo descomunal.

“Igualita a su padre”, refunfuñó Ángeles y se dejó caer en la banqueta. La del espejo tenía expresión de incredulidad. La observó en silencio por unos segundos y acabó alzando los hombros y haciéndole una mueca de resignación. Luego acercó su cara al vidrio, palpando apenas con la yema de los dedos los surcos que el tiempo había marcado alrededor de los ojos, en la frente, a los lados de la boca. Algunas canas empezaban a asomarse entre su pelo oscuro y encrespado. Tenía los ojos tan hinchados…

Aquel había sido, sin duda, el peor momento de su vida. Recién fallecida su madre, con Raquel de quince años, Marco se había enredado con su secretaria. Y eso hubiera sido lo de menos, los hombres siempre tienen algún asunto entre manos; lo verdaderamente terrible es que aquella mujer, más joven y más guapa, muy lista y muy eficiente, según contaba él mismo antes del suceso, se había quedado con su marido en un abrir y cerrar de ojos.

Para Ángeles, que no lo esperaba, al menos no de ese modo tan fulminante, aquello había sido una apoteosis. Acostumbrada a contar con el apoyo de su madre y con el respaldo seguro de Marco, hallarse de pronto absolutamente sola con la hija la desconcertó. Reorganizar la vida de esa empequeñecida familia le tomó más tiempo del que podría sospecharse. Por si fuera poco, Raquel, que había sido un amor de niña, empezaba a padecer los síntomas monstruosos de esa epidemia que es la adolescencia.

Creyó volverse loca. Si bien Marco, en medio del complejo de culpa por su intempestiva fuga, había prometido cumplir con sus aportaciones mensuales a la economía de su ex familia y lo había hecho puntualmente, vivir con mucho menos de lo acostumbrado, en plena adolescencia de una Raquel pedigüeña y desconsiderada, fue mucho más de lo que creía soportar. Y ni pensar entonces en el doctorado, porque entre las limitaciones económicas y las del tiempo, la vida se le convirtió en un desbarajuste. Poco a poco dejó de preocuparse por sus propias inquietudes y se arrojó a una rueda de la fortuna en la que pasaba de las obligaciones del trabajo a los desplantes de Raquel y de los desplantes de Raquel a las obligaciones del trabajo sin apenas tiempo para rellenar sus pulmones. Además, se acabaron los paseos y las películas y las comidas fuera los fines de semana, porque Raquel prefería salir con su primo Felipe o cualquiera de sus amigos que acompañarla.

Así, se fue acostumbrando a estar sola, demasiado sola, la mayor parte del tiempo. Apenas pasaba los cuarenta y estaba convencida de que su vida había terminado, que todo sería cuestión de sobrellevar el resto. Aunque pretendientes no le faltaron, no aceptaba la cercanía de otro hombre. No sólo porque aún pensara con demasiada frecuencia en Marco, sino porque la decepción que su marido le había sembrado en el alma le cerraba las puertas a toda nueva relación. “Tal vez cuando crezca Raquel”, pensaba a veces, pero se apagaba las urgencias del cuerpo con la aparente indiferencia del alma y así se iba tronchando los posibles caminos, una y otra vez, convencida de que el encierro en que se había sumido era su última frontera. 

 

Se alegró de estar detrás del ventanal de la sala de maestros, a buen resguardo. Afuera, el sol primaveral caía con furia perpendicular sobre el amplio patio de la escuela. Bajo los árboles más frondosos había un grupo de jóvenes sentados en semicírculo. Parecían divertidos, se reían, comentaban entre ellos. Como si los ojos de Ángeles taladraran, una de las contertulias giró la cabeza lentamente y la divisó tras el ventanal. Levantó la mano y saludó. Ángeles le respondió con un gesto triste, lejano. Cuando se dio la vuelta, se encontró con la mirada penetrante de Mario Valencia.

―¿Cómo se pierde así la motivación? Me he convertido en un costal... ―le dijo.

―¿De qué hablas? ―el hombre parecía desconcertado. Más que por la afirmación de Ángeles, porque creyó que ella había sorprendido en su mirada la carga de lascivia que trataba de ocultar sin mucho éxito.

―Ahí está Berenice, sentada con sus alumnos en el pasto. Como amigos. Con esa frescura de la juventud, de las cosas comunes... Y yo mirándolos desde aquí como quien mira el pasado. Un pasado tan lejano que ya no puedo reconocerlo. Hace tantos años que no se me ocurre sentarme en el pasto con mis alumnos... Ya ni siquiera los saludo en los pasillos...

―Ángeles, Berenice Gallardo es ese tipo de gente llama la atención así: echadotes en el pasto fumando marihuana.

―Ay, Mario ―Ángeles sonrió, condescendiente―, tú también la fumas.

―Pero en mi sillón, oyendo música... no tirado en el pasto con los alumnos.

No se calmaba el fuego en los ojos de Mario. Era una lástima que una buena amistad se diluyera en los recelos y la insistencia de un amor no correspondido. Y no era exactamente que Mario le disgustara; le parecía un hombre atractivo, con personalidad, inteligente, pero tenía un defecto: era casado. Y Ángeles no querría, ni por un instante, infligirle a otra mujer los sufrimientos que ella había padecido. Sin embargo, aquel brillo en la mirada de Mario, aunque la inquietaba, no le resultaba desagradable. Y él lo sabía.

―Tú sigues siendo una excelente profesora ―le dijo, cubriendo con su mano grande la mano afilada de Ángeles.

“Sí, excelente y esquemática”, pensó ella, “cansada, indiferente, de las que enseñan sólo entre las cuatro paredes del salón de clases”.  

 

A sus veinticuatro años, Berenice Gallardo era una mujer brillante. Al menos eso le pareció a Ángeles, especialmente después que su ponencia acerca de los métodos de enseñanza en la universidad posmoderna le hiciera transitar de lo que consideró payasadas al inicio de la lectura a una especie de admiración. La muchacha había transformado aquella tediosa reunión de maestros en un debate enriquecedor y encarnizado, como hacía años no ocurría en esas sesiones de supuesto intercambio.

A partir de entonces, sus encuentros se hicieron más frecuentes y más prolongados. Ángeles sentía que conversar con la muchacha era la transfusión de juventud y entusiasmo que tanta falta le hacía. Se convirtió en la primera lectora de sus textos, académicos y literarios, y se deslumbró con su excelente redacción y ortografía, su amplio bagaje teórico, su certeza de enfoque y su profundidad de análisis, cualidades cada vez más difíciles de encontrar, incluso entre sus propios colegas. Se sentían tan a gusto que, casi sin proponérselo, comenzaron a compartir sus horarios de comida y, en ocasiones, después de clases, se quedaban a ver alguna película en el videoclub de la facultad.

Berenice tenía el don natural de hacerlo girar todo a su alrededor y en poco tiempo se convirtió en la cabecilla de las maestras jóvenes. A Ángeles, que se sentía feliz teniendo en exclusiva su amistad, le molestó que se volviera una regularidad que cada mediodía las muchachas las invitaran a compartir su mesa en la cafetería.

―Es que son unas chamacas caguengues… Muy informales, muy tontas...

―Ángeles, las formalidades las inventaron los mediocres, los sumisos y los acomplejados. Se puede ser serio sin ser un amargado… ¿Acaso te han faltado el respeto?

No le quedó otro remedio que negar con la cabeza y hacer un gesto resignado. Le asustaba la posibilidad de volver a comer sola, en aquella mesa alejada de siempre y entendió que la única manera de conservar la cercanía con Berenice sería integrarse. Y aunque en los primeros días se mantuvo reservada y silenciosa, terminó por comprender que también tenía cosas comunes con aquellas muchachas y se engolosinó con la pertenencia a un grupo en el cual, a pesar de las diferencias de edad y de criterio, y tal vez por eso mismo, se sentía apreciada y tomada en cuenta, sentimientos que nunca había percibido tan claramente entre las otras profesoras y que cada vez le era más difícil recibir de Raquel.

Agradecida y deseosa de perpetuar esa suerte, propuso a sus nuevas amigas una reunión en su casa.

―El sábado, que Raquel se va con su papá.

Inmediatamente después de decirlo se arrepintió. Pero Berenice, con un entusiasmo que a ratos parecía exagerado, les repartió tareas y compras. El viernes en la tarde todo estaba perfectamente planeado. “A las ocho en punto”, les advirtió antes de echarse al hombro la mochila y salir de la sala de maestros con un brazo en alto en señal de despedida.

 

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