Odette Alonso (Santiago de Cuba, 1964).Poeta y narradora. Licenciada en Filología. Su cuaderno Insomnios en la noche del espejo (Chetumal, 2000) obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” 1999. Ha publicado, además, los poemarios Enigma de la sed (Cuba, 1989), Historias para el desayuno (Cuba, 1989), Palabra del que vuelve (Cuba, 1996), Linternas (Nueva York, 1997), Visiones (México, 2000), Diario del caminante (Monterrey, 2003), Cuando la lluvia cesa (Madrid, 2003) y El levísimo ruido de sus pasos (Barcelona, 2006). Compiladora de la antología Las cuatro puntas del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora, que será publicada próximamente por la Editorial Plaza Mayor (Puerto Rico); este proyecto obtuvo uno de los Premios 2003 de Cuban Artists Fund (Nueva York). Ha sido incluida en antologías de poesía y narrativa. Textos suyos aparecen en revistas y páginas de Internet. Es miembro de la Red de Escritoras Latinoamericanas (Relat), de la Unión de Mujeres Escritoras de las Antillas y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Radica en México desde 1992.

 

 

La ciudad como escenario en la lírica lésbica                                                                               

 Ciudad de México, 10 de octubre de 2006

  

DIVINAS PERVERSIONES

  

No cabe duda: la ciudad es el escenario por excelencia de la diversidad en todos los sentidos y de la variedad sexual en particular. Desde la lírica sáfica hasta sus más jóvenes y recientes cultivadoras, la poesía lésbica ha nacido y se ha nutrido en esos ambientes citadinos, cuna de todas esas divinas perversiones. 

Gracias Pierre Louÿs, el autor de Las canciones de Bilitis, conocemos la ciudad primera de la lírica lésbica, aquella urbe espléndida que dio vida, hacia el siglo vii antes de Cristo, a una poesía que contrastaba con la virilidad del ideal homérico, una poesía espiritual, dispuesta a cantar con delicadeza y refinamiento los sentimientos que se confinaban a los espacios privados. De ella nos dice Pierre Louÿs (Las canciones de Bilitis, Barcelona, Ediciones 29, Colección Ucieza, 2003, pp. 10-11): 

Lesbos era entonces el centro del mundo. A medio camino entre la bella Ática y la fastuosa Lidia, la isla tenía por capital una ciudad más iluminada que Atenas y más corrompida que Sardes […] Las calles estrechas y siempre atestadas por una multitud resplandeciente de telas coloreadas, túnicas de púrpura y de jacinto, cyclas de seda transparente, basaras arrastrantes en el polvo de los zapatos amarillos. Las mujeres llevaban en las orejas unos grandes aretes de oro engastados de perlas brutas y en los brazos brazaletes de plata maciza groseramente cincelada en relieves [...] La animación de Mitylene no cesaba con el día, pues nunca era tarde para que se oyera, por las puertas abiertas, los sones de alegres instrumentos, los gritos de las mujeres y el ruido de las danzas. […] En una sociedad en la cual los maridos por la noche están tan ocupados en el vino y las bailarinas, las mujeres fatalmente debían acercarse y buscar entre sí el consuelo de su soledad. De ahí vino que aquéllas se enternecieran en esos amores delicados, a los cuales la antigüedad daba ya su nombre, y que mantuvieran, pese a lo que opinen los hombres, más pasión verdadera que viciosa búsqueda. 

Creo que fatalmente no es el adverbio más apropiado para referirse a “esos amores delicados [con] más pasión verdadera que viciosa búsqueda”. Creo que ni Safo ni Bilitis ni las servidoras de las musas, aquellas compañeras de las poetas lesbianas, las de Lesbos, usarían o pensarían siquiera en describir sus amores con ese adverbio. Creo que su poesía y la posterior, la que llega hasta nosotras, la que nosotras seguimos cultivando en honor a ellas, no merece ese adverbio fatal. ¡Cosas de hombres éstas de calificarnos desde su más absoluta ignorancia especulativa! 

Pero como les iba diciendo, los escenarios urbanos han sido, desde Mitylene hasta hoy, el más fecundo caldo de cultivo para las relaciones lésbicas y la poesía que las canta. La ciudad como espacio físico, los oficios de ciudad, los hobbies y los ambientes citadinos, la comida, los atuendos, los afeites, los modos y maneras de las urbes, han encontrado y encuentran lugar privilegiado en la poesía escrita por mujeres para otras mujeres. 

Alrededor del año 1800, Wu Tsao, en su poema “Para la cortesana Chi’ng Lin”, describía ambientes que remontaban a las servidoras de las musas en Lesbos: 

Sobre tu esbelto cuerpo

Repiquetean los adornos de jade y de coral de tu cinturón [...]

Tú brillas intensamente como una lámpara perfumada

Entre las sombras circundantes.

Jugamos juegos del vino

Y una a la otra nos recitamos poemas [...]

Luego una a la otra nos pintamos hermosas cejas. 

La mención de la ciudad como espacio físico que cobija a estos amores es el primer nivel, el más inmediato, de inserción de esta lírica en el contexto urbano. Así, por ejemplo, en “Ella pasó por aquí”, Djuna Barnes (Estados Unidos, 1892-1982) le dice a la muchacha que se ha marchado “toda vestiditos, ceceando por la ciudad” que se la robará “como un penique entre la multitud”. La misma neoyorkina multitud dentro de la cual soñó Laura Ruiz (Cuba, 1966) besar a su novia: 

Yo sólo quería construir un camino por donde ir y venir. Un camino que vigilar hasta que consintieras ser besada en el invierno del Central Park, con el mismo miedo con que en un cine de isla acaricié tus muslos cuando Scarlett O’Hara —que no era Vivian Leigh sino tú— levantó los ojos y dijo mirándome: Lo pensaré mañana. 

La misma ciudad en que Dina Piera di Donato (Venezuela) canta a la “Sargento Josanna Jeffrey”, “mi centinela de trenzas escarchadas/ más bella que Central Park en invierno/ tatuado de azafrán/ firmado Christo [...]Josanna mía mi aliento de bambú”, la novia negra del Bronx, suicidada después de un año en la insensata guerra de Bagdad. Las mismas “calles bulliciosas”, en uno u otro continente, qué más da, de las cuales Elsa Gidlow (Gran Bretaña, 1898-1986) ha “sustraído a una hermosa muchacha de sus deslucidos sueños […] para un sacrificio que le ofreceré a la noche”. 

Esa deambulante, citadina al fin, puede convertirse en ciudad ella misma, al menos para los ojos de su amada, como propone Silvia A. Ramos (Cuba, 1953) en su poema “Mujer”: 

He sido tus calles,

cada viejo

adoquín,

cada reja y muro

trenzados

por tus ojos. 

O puede confundirse en “las orgías/ los encuentros inteligentes/ el amor sin amor” característico de las grandes ciudades posmodernas que Manelic Ferret (Cuba, 1961) refiere en su poema “Filón”. 

En esas ciudades posmodernas acontecen otros encuentros, otras reuniones que buscan, como en Lesbos entonces, como en cada ciudad de la historia, el refugio de los espacios íntimos. Allí, alejadas de la mirada mundanal del resto, en la tibia atmósfera de las cocinas y los comedores y las salas de estar, ocurren otras degustaciones indudablemente citadinas.  

Tal es el caso de la cena mediterránea que Gloria Bosch (España, 1959) quiere preparar en “Receta de cocina frustrada a las finas hierbas”: 

Apenas empiezo a saborearte

y ya me entran ganas de comerte

mordisquear tus orejas despacio

lamer tu cuello lentamente,

prepararte un aderezo con mi aliento

mezclar tu saliva con mis dedos. [...]

El orégano previsto en tu mejilla

la pimienta salpicada en tu mirada

la vainilla extendida por tu nuca

la menta en tu piel y la mostaza.

El comino, el limón, la hierbabuena

el romero en tu frente, en tus labios la salvia

el azafrán y el laurel en tus hombros

por tus dientes el anís, la alcaparra. 

Tal intento se frustra porque la amante mantiene “una dieta muy estricta”; las dietas que son, sobre todo en los últimos tiempos, atormentantes ocupaciones citadinas. Sin embargo, de no haber tenido que congelar “en la memoria el menú del deseo”, a esta cena le hubieran venido de maravilla las copas de vino tinto que, en el poema que ese título lleva, “Copas de vino tinto”, comparte Raquel Rolando Souza (Brasil, 1960) con la mujer de sus amores mientras sus rostros se avecinan y una lengua unta a la otra y los cabellos de ambas se entretejen. 

Y como para gustos se han hecho los colores y los grosores, mientras unas cuidan su peso, tatiana de la tierra (Colombia, 1961) nos confiesa, en su “Oda a las lesbianas desagradables”, que tiene “ansias de una lesbiana regorda/ tan grande que no cabe dentro de la puerta de Starbucks/ y tiene que construir un café afuera para ella”.  

[…] sueño con una lesbiana sin dinero

tan pobre que no tiene carro ni monedas para el autobús

camina descalza por las calles dondequiera […]

les roba a las supertiendas

estafa a los hombres de negocio […]

hace una parrillada de pájaros en su carrito de compras 

Y así, cafetería, dinero, autobús, supertiendas y hombres de negocio componen un cuadro completamente citadino.

 

Dunia Galindo (Venezuela, 1961), por su parte, sospecha que Freud —ese otro hobby tan urbano—,  

Sabe que estuve con ella

         Que me cuesta volver a la horma,

                                   seguir el mapa

         Que no se trata de desdeñar constructos religiosos,

                                                                        culturales

         Que el malestar en él,

                 la transgresión en mí

                 es un asunto más primario

                                     menos retorcido:

 

         Que yo no tengo la culpa

         Que la culpa es de sus trenzas  

                                          y del olor que [te] sale de los pechos. 

Y en aposentos más privados, en las habitaciones donde la pasión se teje y se desteje como las “agujas entrando y saliendo de la tela” de Amy Lowell (Estados Unidos, 1874-1925), hay dos mujeres probando que su amor no es el fatal consuelo que atribuía el viejo Louÿs a las mujeres de Lesbos. Por eso en “Habitación 324”, Mae Roque (Cuba, 1972) presupone —sabe— que 

[…] puede existir un hotel

con un cuarto

y dos mujeres

o una sola a ambos lados de la puerta,

que extienden las manos al mismo lugar

para reencontrarse siempre.

Entonces la muerte

será la sombra que pasa

por el largo pasillo

olvidando en qué cuarto

dos mujeres se abren como la vida. 

 

.::.

 

 destiempos.com  Año 1 I  Número 5 I  2006 ©

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