Relato

 

 

Reencuentros incisivos

Margarita Mejía.

 

Distantes vero suas non possunt mutuas agnoscer poenas, sed unum quemeque oportet suis mederi angustiis el poenarum savarum esse remedium.

Andrés del Capellán, De amore.

 

 

   Siempre a alcanzarte la madrugada está dispuesta, siempre frente a la puerta abierta de la habitación, siempre dejando caer al suelo la mochila ennegrecida por los años de uso, siempre mientras ese cactus rebosante y delulidor que en sus manos tenía, te recuerda que no puedes alejarte sin desviar entristecida la mirada sobre las paredes llenas de promesas.

   Tu acompañante liquidado en una ola de humo lo dejaste a la espera de fundirse con lo que el vacío estómago reclama: una carta postrimera reducida a cenizas, mientras Damien Rice canta a lo lejos “The Blower's Daughter”, como un eterno recuerdo de que jamás podrás desviar tus ojos de su presencia…

   A diario te ves recogiendo del suelo lo que has abandonado: un corazón que clama latir entre veinte dedos y no sólo en diez donde apenas logra contraerse… Ahora este viento frío que azota a un cuerpo desolado, fulmina todos los arco iris que te invitaron a recorrer espacios lejanos y ajenos desde los cuales escribiste una historia que dibujaba un árbol perenne en el que al parecer nada desprendería nuevamente tu hoja a la deriva…

   Ahí es donde se cimbran los recuerdos, ahí es donde el juramento puedes deshacerlo, ahí de frente al frío avasallante del cual el cuerpo sólo espera acostumbrarse, y de adentro surja poco a poco el calor que mueva tus brazos consolante para emprender un paso afuera de esa puerta.

   O tal vez el camino es tomar un sorbo, un solo y firme sorbo para olvidar que has resguardado todo este tiempo, con celo, un lado de la inmensa cama individual, y dejar de creer, como Girondo, que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme…

   Ojalá pudieras recluir todas las pasadas noches de insomnio en noches de antaño, alejar de tu mente esas lunas acompañada por los aullidos nocturnales de la ciudad que te resguarda. Olvidar siquiera las interminables noches contemplando tu amada luna y percatarte con la sonrisa desvanecida, del reencuentro con su ausencia.

   Pero sólo puedes, como siempre, encender otro cigarrillo confidente de tus añoranzas, perpetuando una y mil veces que ya no debe haber más esa persistencia aunque sus labios sigan tatuados en tus huesos, y creer que con un poco más de tiempo su recuerdo se desvanecerá en esa otra mirada hacia tus ojos como algún día fueron mirados… 

   Pero aún quieres volar, volar hacia otro encuentro, transportarte lentamente con el suspiro que escapa de tu aliento y no cruzar el río donde habitan los refugiados de sus melancolías.

   Y oyes el sonido leve del teléfono indicando que han enviado un mensaje de buenas noches desde una cama, desde un cuarto a oscuras donde siempre se revelan ese amor oculto al mundo.

   Con cuánto afán, a la llegada de cada media noche, esperas confiada y expectante el llamado del viento que azota las paredes, recordando la suplica por pronto volver a sentirse entrelazadas. Descartando por completo que tal vez quien hoy compartió un sorbo caliente de charla a la deriva, sería quien puede mitigar por años la ausencia de quien nunca volverá a tu lado, y menos cuando los sonidos de la noche claman con fuerza que le extrañas siempre, y que no hay motivo para seguir lejana de sus manos, de sus labios, de lo que dio vida a su cuerpo.

   Pero paralizada permaneces a un paso de renunciar a sus paredes que a diario reclaman no te alejes, que deberías dejarte transportar a una realidad certera, pero con la desesperanza de no reencontrarte tal vez a su lado. Y cada vez que amanece en tu ventana, te abalanzas sobre el suelo a llorar tu engaño, mientras el puño cerrado golpea el suelo maldiciendo una y mil veces tu indecisión y miedo por dejar pasar las sombras, mientras el recorrer las calles con la mochila repleta de ansias por reiniciar el vuelo se convierte en una imprecisa incidencia realizable.

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